CAPÍTULO TREINTA Y UNO HABLÁ BIEN #2
—La posta es que no sé, le pregunté a mi abogado por curiosidad, pero Nicole seguro la va a sacar más barata porque era menor cuando pasó y está el Código de la Niñez y la Adolescencia, pero tampoco son punibles los hijos en sí…
, así que no sé, los Delgado probablemente cobrarán lo peor.
—Fruncí el ceño, porque no me parecía justo, pero sabía de sobra que el sistema legal de por sí no lo era—.
El otro se va a morir preso. No hay chance.
La condena que le querían dar a Hugo le va a quedar chiquita en comparación…
—Pará, pará, ¿Hugo…?
Marcos formó una amplia sonrisa, la luz iluminándole los ojos de una forma tan impresionante que no dudaba que, si un apagón dejaba al hospital sin electricidad, yo podría guiarme solo con su mirada para estar a salvo
—Lo dejaron en libertad —afirmó, con una alegría casi cantarina en su voz—. Van a tardar unos días en limpiar su nombre totalmente, pero el juez lo liberó. Le di mi llave del hotel para que descansara. Está… está ansioso por verte.
Sonreí, pero no pude evitar pintarme de tristeza tan solo segundos después.
—¿No le hará mal? Digo, como dicen que soy… que soy igual a Eva y…
Él soltó mis manos, pero solo para llevar una a mi cara, colocándome el pelo detrás de la oreja, a pesar de que debía tener grasa como para freír unas torta fritas.
—Siempre fuiste vos misma, tu propia persona. No tu madre, no tu hermana, vos, Kiki. —susurró, con calma, de forma tan pausada como para sintiera cada una de las palabras—. Te quiere ver a vos.
Marcos me miró a los ojos, hablándome con cuidado, como si cada palabra pudiera romperme un poco más. Pero no lo hizo. Al contrario, sentí una mezcla extraña de alivio y dolor que solo él podía darme.
—Yo también quiero verlo.
Durante tanto tiempo, había vivido con esa incertidumbre, con ese peso insoportable en el pecho.
Día tras día, me torturaba pensando en quién podría haber sido, en por qué lo hizo, en cómo algo así pudo pasar.
Pero ahora lo sabía. Finalmente, lo sabía.
Sabía que Hugo Arias jamás hubiera lastimado a mi hermana, porque la amaba.
El alivio me envolvió como una manta cálida. No era un alivio feliz, pero sí uno necesario, uno que me permitió soltar un suspiro largo y profundo. La verdad, aunque dura, era mi liberación.
«La verdad no, no hace ruido.»
Golpes leves se escucharon del otro lado de la puerta, para luego abrirse.
—¿Nicole?
Había un policía a su lado, pero no la traía esposada. Ella tenía la nariz enrojecida del llanto y los ojos hinchados, con la cabeza agacha y los hombros caídos, la mirada cargada de culpa, observándome desde la distancia.
—¿Podemos hablar un momento?
Fruncí el ceño, mi cuerpo tensándose al verla entrar a la habitación.
—Mira, princesa, por mí te podés ir a…
—Papá —susurré, a media voz.
—Creo que no tenés nada más que decir, Nicole.
¿No tenés que irte a declarar? —La rubia se encogió en sí misma ante la dureza de la voz de Marcos, pero negó con la cabeza, respirando hondo—.
Como lo hiciste en 2014 y se borró, ¿te acordás?
—Miré a Marcos con los ojos muy abiertos, esperando que continuara.
Lo vi pensar muy bien sus palabras, al tener a un policía de pie en la puerta—.
Cuando cargaron los datos en tu laptop estaba la primera declaración del caso como descartada: la testigo como una menor, sin nombre, que había visto todo y estaba ilesa, ¿quién más pudo haber sido que ella?
—Fui yo —dijo Nicole, antes de dejarme hablar—.
Como también fui yo la que les dijo a las personas correctas que Chiara volvía a Melo para que te dijeran a vos, Marcos.
Fui yo la que te dijo cuándo era la reducción, aunque sabía que no eras bienvenido, también sabía que ibas a ir de todas formas —empezó a explicar, haciendo caso omiso a lo demás—.
Porque ustedes tenían que juntarse, estar así, aunque no quisieran al principio.
Una risa incrédula se escapó de mi boca, aunque el pecho me resintió.
—¿Y te tengo que escuchar porque a vos te dieron ganas de jugar a hacer de celestina?
—No, Chiara —suspiró, con pesadez—. Me tenés que escuchar porque sé que usaste mi teléfono para llamar a la policía.
—¿Qué…? —Miré el celular a mi lado, al Motorola de tapita, confundida—. ¿Tuyo?
—Lo encontraste en la camioneta de Polo, ¿verdad?
Lo dejé ahí cuando ustedes empezaron a llamarme, porque…
porque me asusté. Y no quería incriminarme, ni tenerlo cerca, mientras decidía qué hacer —Se detuvo, abrazándose a sí misma con sus brazos—.
Quería contarte todo, Chiara, te lo juro, decírtelo en persona, pero no podía ir contra mi padre…
, así que esta fue la única forma que se me ocurrió, sacar tu teléfono de la funeraria y pincharte para que siguieras investigando y no te fueras de Melo.
Si seguías siendo la persona que conocía, sabía que no podías negarte…
Fruncí el ceño, compartiendo una mirada atónita con Marcos.
—Pero, todo lo que sabías, mi oveja, las caretas…
—Podés conocer mucho de una persona por su cuarto, y el de Eva estaba lleno de secretos.
Algunos estaban en clave, en dibujos, pero deduje lo suficiente entre eso y lo que me contabas vos de niñas sin darte cuenta como para pretender ser quien no era.
Viste que el último cuadro que hizo, el que dejó sin terminar era sobre tu oveja y el tractor ¿no?
Había escrito sobre Hugo en el diseño, el resto fue…
adivinar —continuó, con la voz cargada de vergüenza—.
Nadie me prestaba atención de chiquita, podía aprender muchas cosas solo viéndolos…
El cuadro incompleto de Eva me inundó los sentidos, ahogándome la memoria.
—¿Y cómo… cómo sabías de mi madre?
La voz de Marcos apenas era audible, rompiéndose si acaso se oía más alta.
Le di un apretón a nuestras manos unidas, tratando de transmitirle una calma que no tenía.
—No eras el único con los medios para contratar un investigador privado, Marcos.
La carpeta con su nombre en el Jeep de Nicole, la que no había tenido tiempo de esconder.
De pronto, y por fin, todo tenía sentido.
—¿Y por qué me hiciste creer que Eva estaba engañando a Hugo? —pregunté, entonces.