CAPÍTULO TREINTA Y UNO HABLÁ BIEN
Mi psicóloga siempre había tenido la fantasía de que, algún día, casi por arte de magia, mi memoria de la última noche de carnaval iba a volver a mí.
Solía decírnoslo a mi tía Ana y a mí durante las sesiones conjuntas, ya que notaba que la angustia era más de su lado que del mío, porque yo ya me había despedido de esos recuerdos el instante en el que me había despertado en el Hospital de Melo y me habían tardado unos buenos minutos recordar mi propio nombre.
Pero ahora suponía que sus años de arduos estudios de la psiquis humana no habían sido en vano, porque por fin había estado en lo cierto. Casi que había sentido el impulso de buscar su número y contárselo, si es que todavía se acordaba de mí.
Después de todo, ¿cuántas pacientes del interior podría tener que les hubieran dado un balazo, hubieran sobrevivido a él, pero en cambio habían visto a su hermana mayor morir frente a sus ojos y todavía no se había condenado a nadie por el crimen?
No me creía una en un millón, pero un poco especial tenía que ser.
Los gritos del carnaval volvían intactos a mi memoria, la música y la celebración llenándome cada poro de la piel como si estuviera de vuelta ahí.
El olor a caña, choripanes a la parrilla, churros y el inconfundible aroma al maquillaje espeso y laca para el pelo que usaban los participantes del desfile me asaltaron todos los sentidos.
Podía escuchar mis propios pasos en el callejón, incluso cuando me detuve, denotando que había alguien detrás de mí que estaba siguiéndome.
Ahora sabía que esa persona era Nicole Da Rosa.
Recordaba las suelas de mis zapatos manchadas de sangre y, al alzar la cabeza, ver el cuerpo de Eva ya sin vida en el medio del callejón.
Tenía los ojos cerrados y el cuerpo flácido, porque estaba sedada y sin conocimiento incluso antes de la bala que había acabado con su vida.
Y veía la máscara en el rostro de un hombre que era más alto que Hugo Arias, y también menos fornido, con manos delicadas que sostenían la pistola, no aquellas llenas de callos que se conseguían por trabajar en la construcción para sustentar a una familia.
Y, sobre todo, podía identificar más allá del olor metálico de la sangre que me había llenado las fosas nasales por meses, el olor a desinfectante que Alejandro Da Rosa usaba como segunda piel.
No me había desmayado al instante de sentir la bala en mi cuerpo, sino que había podido ver y sentir cómo me salía sangre por la boca.
Además de cómo, para mi absoluta sorpresa, Nicki había presionado sus manitos contra mi herida para tratar de parar la hemorragia, pero porque había alguien más más allá de sus gritos que estaba explicándole cómo hacerlo.
Ella no me había mirado a mí, sino que su boca se movía y sus ojos apuntaban a otro lado, a quien estaba indicándole cómo salvarme la vida el tiempo suficiente antes de que llegara la ayuda de verdad.
En teoría, que los esfuerzos de una niña de doce años hubieran servido para evitar que toda la sangre abandonara mi cuerpo, sin ninguna ayuda, nunca había tenido sentido.
Pero tampoco me había detenido lo suficiente para pensar al respecto, y me había quedado con que mi recuperación había sido un milagro.
Un milagro era que me hubiera disparado un cirujano que sabía exactamente dónde apuntarme sin matarme.
Esa vez había perdido el conocimiento de forma progresiva, incapaz de respirar por mi cuenta mientras la boca se me llenaba de sangre y pensaba en volver a ver a mi madre. Esta vez, había sido inmediato, de golpe, sin darme tiempo a contar ovejas hacia atrás.
Era solo esperable que mi forma de despertar fuera opuesta.
—¡No!
Mis ojos se abrieron de par en par, pero todo a mi alrededor era borroso. El techo blanco del hospital y las luces fluorescentes me cegaron, y mi corazón empezó a latir tan rápido que pensé que me iba a desmayar otra vez.
Un pitido constante me perforaba los oídos, y de repente me di cuenta de las voces a mi alrededor. Alguien me llamaba, me decía que me calmara, pero el pánico me envolvía como una tormenta. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, el miedo me ahogaba.
Una mano suave tocó la mía, pero me sobresalté, intentando liberarme.
—Kiki, está bien, estás en el hospital. Respirá hondo.
Marcos Arias.
Poco a poco, sentí que mi cuerpo se iba relajando a la fuerza, y el caos en mi mente comenzó a desvanecerse. Mis párpados pesaban y el miedo, aunque seguía ahí, se iba apagando junto con todo lo demás.
Estaba a salvo.
—Marcos.
Parpadeé varias veces hasta que conseguí visualizarlo a la perfección: el alivio estaba presente en cada mueca de su cara, aunque sus ojos estuvieran cristalizados y su pelo despeinado, como si hubiera tirado de él de raíz.
Tenía la ropa llena de pasto y paja, incluso algunas manchas de tierra y agua.
Pero sonreía, y eso era lo único que me importaba.
—Estás bien, Kiki.
No sabía si era una pregunta o una afirmación, pero yo asentí, de todas formas.
—¿Me podés abrazar?
Sus ojos se suavizaron de una forma tan drástica que me dieron ganas de llorar.
Me lancé a su cuello el momento exacto en el que él se puso de pie de la silla que tenía a un lado de mi camilla en el hospital, rodeándome la cintura con sus brazos.
Y me permití soltar un par de lágrimas en la seguridad de su cuello, cuando sentí como me llenaba los cachetes de besos, a pesar de que yo también debía estar cubierta de suciedad y sudor.
Quería fundirme con su cuerpo y permanecer ahí para siempre, protegida de todo mal.
—A mí también me alegra que estés bien, Chiara.
Sorprendida, me separé para fijarme que no estábamos solos en la habitación.
—¿Papá?
La primera sonrisa genuina que le veía en años adornaba su rostro, mientras estaba apoyado en la pared lateral, los brazos a cada lado de su cuerpo, como si no supiera qué hacer con ellos. Pero tenía los nudillos enrojecidos y lastimados, y el heno también cubría sus pantalones.
—El hijo de puta solo te dio con un sedante, propofol o algo así, deberías estar bien en unos quince minutos como para irnos.
—¿Qué pasó? —pregunté, volviendo a apoyar la espalda en la camilla, pero con mi mano todavía anclada a la de Marcos, que se había vuelto a incorporar, pero sin perder la distancia entre los dos—. ¿Cómo supiste…?
Marcos sonrió de lado, encogiéndose de hombros.
—No me dijiste «hablá bien» —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—.
El mensaje en sí ya me había parecido raro, pero cuando te llamé…
, tenías la voz tomada, y cuando dije varias expresiones españolas no reaccionaste.
Eso fue para mí toda la confirmación que necesitaba para saber que no estabas bien.
Le di un apretón a su mano, sintiendo mi corazón tartamudear en mi pecho.
Marcos siempre me había conocido mejor que todos los demás, mejor que yo misma. No debía sorprenderme que había vuelto a sus viejos hábitos con la misma rapidez que yo había vuelto a los míos; buscándolo en cada esquina para saber que no estaba sola.
—Joder, ¿eh?
Él rio, estirando la mano para limpiarme una lágrima con el pulgar.
—Joder, sí —coincidió, sonriendo. Su mirada se fue hacia atrás, posándose en mi padre—. Tu viejo se había quedado cerca de la seccional, y le pregunté si había alguna forma de llegar al campo sin que me vieran de la entrada…
—Nadie conoce su campo mejor que yo —dijo mi padre, alzando el mentón. De pronto, los años parecían no tener peso sobre sus hombros, y alcohol, aunque presente en el aire y en su ropa, no le nublaba el juicio—. Nadie. Mucho menos él.
—¿Y fueron juntos a… a salvarme?
Recordaba más personas llegar al establo, pero capaz era una confusión del sedante.
—Llegamos apenas antes que la policía. Los llamaste, ¿verdad?
—Sí, pero no sabía…, no sabía si se escuchaba bien o…, no sé, si iban a llegar a tiempo.
El frío cañón de la pistola en mi frente, el olor a pólvora en el aire.
Alejandro sobre mi cuerpo, con una jeringa en la mano, clavándola en mi cuello.
Y después, todo negro.
—Pero llegamos —dijo Marcos, sosteniendo ambas manos entre las suyas, notándolas temblar. El teléfono de tapida estaba en la mesa de luz a mi lado, inamovible y callado—. Llegamos a tiempo, Kiki. Estás bien. Ya terminó todo, para siempre, ¿sí? Te lo juro. Terminó.
Carraspeé, tratando de calmar a mi cuerpo y hacerle entender que no estaba en peligro.
—¿Todo terminó? —susurré, casi incrédula, volviendo a ver a mi padre.
Diez años de mentiras, de engaños, de confusiones… era difícil de creer.
—El hijo de puta va a tener que ir a juicio, pero las pruebas están todas, además de que confesó en la llamada grabada que le hiciste a la policía —explicó, encogiéndose de hombros—.
Y los demás confesaron todo. El hijo borrando la grabación, el yerno moviendo la careta de un lado a otro, la hija mintiendo en el testimonio, el co-suegro borrando una página de la autopsia…
absolutamente todo. Un trabajo en equipo de la puta madre.
La única que se salvó fue la mujer. Pobre, Susana no sabía nada.
No me sorprendía, conociéndolo, que hubiera dejado a su esposa al margen de su segunda vida de delincuente, sobre todo cuando también pretendía hacerlo con su hija, pero no le había dado el tiempo.
—Y Ramiro y Floren ya cubrieron todo desde su podcast. Incluso sobre…, sobre las dos máscaras. Sobre él y Kamil, hasta hablaron de Bariloche, imaginate —agregó Marcos, incrédulo consigo mismo—. Absolutamente todo .
Por primera vez en lo que me parecía una eternidad, pude respirar profundamente sin que el pecho me pesara. No estaba todo bien, pero al menos sabía . Y en ese momento, saber fue suficiente.
Me recosté en la cama, cerré los ojos y sentí cómo mi cuerpo se relajaba, como si pudiera descansar de verdad por primera vez en mucho tiempo.
—¿Y los mensajes? ¿Polo habló de los mensajes?
—No —dijo Marcos, tras ponerse pensativo—. Capaz porque no es importante para la investigación. Ahora están todos con abogados, no pueden decir gran cosa.
—¿Y qué va a pasar ahora con… con ellos?