La última noche de carnaval CAPÍTULO TREINTA LLAMADO DE ÁNGELES
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CAPÍTULO TREINTA LLAMADO DE ÁNGELES

El tiempo se me escapaba de las manos, dejándome ahogada en una sensación eterna de inmovilidad. Las cuerdas mordían mi piel con cada intento de moverme, haciéndome sentir aún más atrapada.

Ahora estaba atada de pies y manos, tirada sobre el suelo frío y áspero del establo. El olor a heno y tierra húmeda llenaba mis pulmones, pero el miedo lo cubría todo. Sentía el pulso en mis muñecas, acelerado, como si mi propio cuerpo intentara liberarse sin éxito.

Cada vez que levantaba la vista, ahí estaba él, Alejandro Da Rosa, apuntándome con el arma. El cañón, frío y metálico, parecía crecer ante mis ojos. Me invadía una sensación de pánico que me apretaba el pecho hasta casi no poder respirar. Sabía que en cualquier momento todo podía terminar.

Mis manos se movían torpemente, tratando de aflojar las cuerdas, pero era inútil. Me sentía tan impotente, tan pequeña, como si estuviera a merced de su voluntad. La desesperación me nublaba los pensamientos; solo podía pensar en una cosa: sobrevivir.

Sobrevivir lo suficiente para que Marcos pudiera escapar, incluso antes de llegar.

No era estrictamente necesario que yo siguiera con vida; todo el conocimiento que yo tenía, cada pieza del rompecabezas él también la tenía, además de la ayuda de abogados del exterior para encajar las que por ahora no tenían forma.

Sabía que tarde o temprano caería en la cuenta de que todo siempre había estado frente a nosotros, pero yo había sido demasiado terca como para verlo.

Él siempre había sido el mejor investigador de los dos, después de todo.

—¿Qué pensás hacer cuando llegue? ¿Qué ganás con matarnos a los dos?

—protesté, pensando que, si acaso mis minutos estaban contados, lo menos que podía hacer era saciar mi curiosidad antes de morirme—.

Nadie va a caer por vos esta vez, el campo está vacío.

Que es apropósito, ¿no? ¿Los mandaste a todos a casa para matarme en soledad, hijo de puta?

Lo peor de la situación era esa mezcla de frustración y desesperanza, la certeza de que no importaba cuánto lo deseara, no tenía el control.

Ver cómo otros tomaban decisiones, cómo los eventos avanzaban sin mí, me hacía sentir pequeña, insignificante.

Era como estar en medio de una corriente que me arrastraba, sin fuerzas para nadar en contra.

—Ya te dije que yo no te voy a matar, Chiara, ¿es que no escuchás?

—bufó, mirando el arma en lugar de a mí—.

Marcos te va a matar. —Fruncí el ceño, porque si de algo estaba segura, poniendo mis manos en el fuego, es que eso nunca iba a pasar.

Era una seguridad más allá de todo lo demás.

Alejandro sacó un frasco del otro bolsillo del saco, uno cuya etiqueta no podía leer, y una jeringa—.

O, al menos, eso es lo que van a pensar.

—¿Qué hacés? ¡Alejate de mí! —grité, tratando de crear más distancia entre los dos, aunque me tuviera que arrastrar por el suelo y la bosta.

Él se volvió hacia atrás, como para fijarse si los caballos estaban haciendo escándalo por mis gritos o porque un auto se acercaba al terreno. Luego de unos momentos, volvió a verme, tras llenar la jeringa del líquido.

—Es un anestésico, nena. No te alteres.

—¿Te parece que no me va a doler un tiro si me anestesiás, hijo de la gran puta?

—No es por cuestiones de dolor, per se, es para que te quedes quieta cuando lo necesite —explicó, viendo el líquido transparente dentro del soporte de la aguja—.

La ventana entre que llegue el pibe y te mueras tiene que ser chica, no podés armar escándalo y todo está medido al minuto.

Esto es solo para que sea más fácil, para los dos.

Cuando te pase la bala, ya vas a estar inconsciente.

—Ay, ¡qué bueno que sos! ¡No voy a sentir nada!

¡No es como si ya no me hubieras dado un balazo antes!

—grité, irónica. Tener frente a frente a la persona que tantos años había ocupado mis pesadillas, ahora con nombre, apellido y cara, era espeluznante.

No había ninguna máscara que lo cubriera, era él, sin disculpas ni omisiones—. ¿Eso hiciste con mi hermana?

Él pateó el heno en mi dirección, logrando que me cayera hacia atrás. Al hacerlo, mis dedos se toparon con un objeto en el bolsillo trasero de mi pantalón. La sangre me zumbó en los oídos, dejándome inmovilizada un instante: el teléfono secreto de Polo.

—Ella tampoco sabía quedarse quieta ni callada.

El sudor se deslizaba por mi frente mientras me esforzaba por llegar al teléfono.

Cada movimiento era un desafío, una danza lenta y torpe que me agotaba.

Intentaba estirar el brazo lo más posible, sintiendo el tirón en las muñecas, y movía las piernas en un intento fútil de alcanzarlo sin que fuera obvio.

Tenía que seguir hablando. No había nada que le gustara más a un narcisista que hablar, de sí mismo, de cómo era más inteligente del resto, y esta era la obra maestra de alguien como Alejandro, habiendo salido impune diez años sin ningún atisbo de sospecha bajo su nombre; Ramiro, Kamil, Polo…

nunca habían estado cerca de poder explicar todo, no como solo él sabía.

—¿Cómo nadie lo supo? Eso tiene que salir en…, en…

En el análisis forense, en la página 4 pérdida sobre toxicología.

—Pero no salió. —Fue su única respuesta, encogiéndose de hombros.

Debía estar acercándome a algo muy peligroso para Alejandro como para que no me miraba a la cara mientras hablaba, de pronto mostrándose incómodo, rehusándose a prestarme atención.

—El padre de Polo hizo la autopsia, era el médico a cargo — murmuré, más para mí misma que para él.

Ni siquiera recordaba su nombre, pero si su apellido en los documentos que ahora guardaba mi laptop.

Alejandro no me lo afirmó ni negó, pero eso era suficiente para mí, el hecho que se viera, de repente, tan necio en cooperar—.

¿Qué le diste cómo para… para que cubriera un asesinato por vos? ¿Qué…?

Fue como si una luz se encendiera en mi mente, iluminando cada rincón oscuro.

Los detalles que antes parecían desconectados comenzaron a alinearse de forma asombrosamente clara.

Las piezas se encajaron con una precisión que me dejó sin aliento.

Lo que antes era un caos ininteligible se transformó en un panorama coherente, donde cada elemento tenía su lugar y su propósito.

Nicole Da Rosa-Delgado.

—Le diste a tu hija.

—Yo no hice tal cosa —protestó él, ofendido—. Nicole sabía lo que tenía que hacer para ayudar a la familia. Más allá de eso, fue su decisión.

La angustia de Nicki cuando hablaba de su relación, el miedo que sentía de que se dudara de ellos a un nivel que nunca tuvo sentido, la necesidad de insertarse mutuamente en cada detalle de sus vidas para volverlos partes fundamentales.

—Su decisión… fue el unir a las familias para siempre.

Un matrimonio arreglado, por conveniencia, decidido cuando ella tenía doce años y su futuro esposo unos veinticinco, dejándola así sin oportunidad para elegir por sí misma una relación.

Con más fuerza me concentraba en cada pequeño ajuste de las cuerdas de las manos, cada giro que pudiera ayudarme a acercarme al objetivo. El dispositivo, tan cercano y al mismo tiempo tan inalcanzable, parecía burlarse de mi esfuerzo mientras la desesperación se apoderaba de mí.

Casi solté un suspiro de alivio cuando pude sostener el teléfono con una de mis manos; no era táctil, solo tenía que hacer palanca para abrir la tapita y tocar el 911 con los botones.

Ni siquiera sabía si le quedaban minutos al celular, o si acaso iba a sonar en respuesta y ganarme un tiro en la frente.

—Ella hizo lo que tenía que hacer por la familia —dijo él, con severidad.

Me sudaban las manos, el teléfono se me resbalaba entre los dedos y el reloj jugaba en mi contra, pero estaba segura de que estaba tocando el botón de llamar—.

Si vos y tu hermana fueran un poco más como ella nada de esto tendría que haber pasado.

Un sollozo se me escapó de la garganta por el esfuerzo, pero esperaba que él lo considerara parte del miedo que quería infundirme, que tampoco era muy difícil, porque estaba cagada del susto; todavía hacía cortocircuito cuando cerraba los ojos y lo veía en mis párpados con la pistola, apuntándome en el auto, nombrando a mi familia entera como la culpable de nuestros finales, como si nadie más hubiera tenido que ver y las muertes nos pesaran solo a nosotros.

Como la de mi madre, que también había formado parte de sus quejas.

—¿Y mi madre? —pregunté, a media voz—. ¿Tuviste algo que ver con la muerte de mi madre? —Su rostro se oscureció, poniéndose lúgubre, jugando con las sombras del establo—. ¡Respondeme! ¡Si me vas a matar, decime la verdad! ¿No merezco eso, al menos?

La muerte de mi madre había sido la primera en pesarme, al haber sido por darme a luz.

La muerte de mi hermana había sido la segunda, porque no había llegado a tiempo.

No podía sostener nada más en mis hombros, antes de que se rompieran para siempre.

Y definitivamente no podía cargar con la de Marcos.

—Tu viejo dejó el chupi cuando conoció a tu vieja, antes era el borracho que conocés ahora, uno que no sabía ni dónde estaba parado.

Decía que me iba a vender el campo —dijo, mirando más allá de los dos, hacia el terreno que abarcaba la estancia—.

Y después que no, que quería seguir el trabajo familiar, dejarle algo a sus hijas, a su mujer.

Me toreó por años. Y yo ya había hecho mis planes para unirlo con el de mi mujer, incluso antes de que fuera mi mujer.

Y él no podía retractarse porque sí, no más.

Cuando escuché la verdad, fue como si el mundo se detuviera.

Sentí una presión en el pecho, tan fuerte que apenas podía respirar.

—¿Así que la mataste… por esto, por el campo?

El dolor en mi pecho se mezclaba con una ira que nunca había sentido.

—Tu madre tenía un embarazo complicado —dijo, con lentitud, nuevamente, como si fuera idiota—.

Yo ni siquiera estaba ahí. Lo único que hice fue enviar a su obstetra a tratar otro parto difícil en Treinta y Tres, para utilizar los recursos del hospital de la mejor manera posible. Eso no es un crimen, Chiara.

—Pero la querías muerta, así mi padre te vendía la estancia.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza, eran de furia, de impotencia.

Todo lo que había creído sobre su muerte, todo lo que me habían dicho, ahora no era más que una mentira rota.

Mi madre había muerto por mí, y todo este tiempo creía que no había alternativa.

Pero ahora, mirándolo a los ojos, sabía la verdad: él podría haberla salvado, y no lo hizo.

—¿Ves? Nos hubiéramos ahorrado todo esto si tu padre cumplía con su palabra desde el principio.

Todo lo que había creído, toda la historia de su sacrificio, ahora no era más que una cruel mentira.

Ella no tenía que haber muerto. Mi madre podría estar aquí.

Podía haberme conocido, haberme sostenido en brazos, haberme criado.

Pero no lo hizo, y no fue porque el destino lo quiso, sino porque alguien que podía salvarla no lo hizo.

Me dolía respirar, me dolía pensar.

Cada recuerdo que tenía de ella, que nunca pude construir, se volvía una sombra más pesada, una ausencia que ahora era más grande que nunca.

Quería gritar, quería romper algo, pero me sentía tan débil que ni siquiera podía moverme.

La tristeza me consumía, una tristeza tan profunda que no podía encontrar una salida.

—¿Valió la pena tanta muerte, Alejandro? ¿Mi madre, mi hermana, yo…, por el campo?

Él hizo una pausa, sus ojos enfocándose más allá de mí.

—No hagas preguntas que no querés saber la respuesta, Chiara. Ya estás grande.

Los inconfundibles frenos del fusquita hicieron eco en el establo.

Alejandro estuvo encima de mí al instante siguiente, mientras yo me removía como un pez fuera del agua, dando patadas como podía, con los tobillos todavía unidos y la espalda sobre el heno, huyéndole a su brazo que movía la jeringa de un lado a otro como si fuera lo último que iba a hacer en su vida.

Y, en un movimiento brusco, el celular salió disparado lejos de mí, cayendo con la pantalla hacia arriba, con la llamada al 911 todavía en curso.

—¿Qué…? —Sus ojos se abrieron de par en par, pero eran pequeños, ahora que los lentes estaban perdidos lejos por el golpe en el suelo—. ¡Hija de puta!

La puerta del establo se abrió de una patada certera de par en par, logrando que los caballos salieran corriendo lejos y un borroso grupo de personas entrara, en el instante exacto en el que la jeringa se clavó en mi cuello.

Y me gustaría decir que la reacción del sedante al entrar a mi torrente sanguíneo no fue instantánea, pero lo cierto era que no podrían haber pasado más de treinta segundos antes de que todo se volviese borroso para mí, pero al menos ya no sentía el peso del cuerpo de Alejandro sobre el mío.

Podría jurar que oía a Marcos llamarme, pero capaz los ángeles que me esperaban también me llamaban «Kiki».