La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTINUEVE PATADAS Y RELINCHOS
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CAPÍTULO VEINTINUEVE PATADAS Y RELINCHOS

Para ser una persona que se ganaba la vida siendo rápida y eficiente, nunca había reaccionado tan lento a una orden en mi vida. Era como si mi cuerpo estuviera en huelga, negándose a responder y actuar, el instante en el que un arma ocupó mi campo de visión.

Al principio, no podía procesarlo; mis ojos se enfocaban en el brillo metálico que sostenía en sus manos; era una pistola pequeña, compacta, con un cañón corto y un acabado negro mate que absorbía la luz de la camioneta.

La empuñadura tenía un ligero desgaste, como si hubiera sido usada antes, pero bien cuidada.

Parecía diseñada para ser discreta, fácil de ocultar.

El silencio que reinaba se rompió el instante en el que el leve clic del seguro resonó en mis oídos.

—¿Alejandro?

Mi voz sonaba ajena, quebradiza. Tenía la garganta seca, apenas me oía.

—Salí del auto, Chiara. No te lo vuelvo a repetir.

Subió su mano, esas de cirujano que estaban hechas para sanar y cuidar, de forma que el cañón quedaba a la altura de mi pecho donde la cicatriz me picaba debajo de la ropa. Mientras, su otro brazo se pasaba frente a mí, con todo el ímpetu del mundo, para abrirme la puerta de la camioneta.

Un gesto que podría ser tan caballero, si no fuera que estaba amenazándome de muerte.

Contuve la respiración mientras le hacía caso, mis ojos desesperados buscando alguna persona que nos estuviera mirando, pero no había ni un solo trabajador en la estancia, a simple vista.

Estaba vacía. Los únicos ojos curiosos a corta distancia eran los de los caballos, observándonos desde el establo.

Estábamos solos, a kilómetros de un alma, en el medio del campo.

Mi respiración se volvió pesada y cada latido de mi corazón retumbaba en mis oídos.

No podía apartar la vista de esa arma, de lo cerca que estaba su dedo del gatillo. El miedo me paralizaba, y el sudor comenzaba a cubrir mis manos, resbalando por mi espalda.

La realidad de lo que estaba pasando me golpeó con fuerza: podía morir en ese instante.

—Caminá, dale.

Mis piernas temblaban, pero no podía moverme; un paso en falso, una palabra equivocada, y todo se acabaría.

Él me miraba, sus ojos conocidos tan vacíos, como si la persona en quien confiaba se hubiera desvanecido.

Alejandro presionó el arma en mi espalda, lo que me obligó a caminar hacia adelante, en dirección al establo. Los caballos estaban visiblemente asustados, sintiendo la energía del aire, y no dejaban de relinchar.

—Poné las manos en la espalda y quédate quieta.

La fricción de una cuerda se cerró en torno a mis muñecas, haciéndome sisear entre dientes al quemar la piel, para luego sentir su mano en mi hombro, empujándome hacia abajo. Quedé de rodillas sobre el heno, alrededor de la bosta de caballo, tan cerca de que uno me pateara la cara por el miedo.

—¿Por qué…? —Las preguntas se arremolinaban en mi cerebro, mis ojos cristalizados impidiéndome verlo bien, pero era un hecho que Alejandro estaba frente a mí, a escasos metros, todavía apuntándome, a pesar de que estaba indefensa—. ¿Por qué?

¿Por qué me hacés esto? ¿Por qué nos hiciste esto?

Era incapaz de terminar la pregunta, dejándola en el aire, flotando con mis dudas.

—Vos hiciste esto, Chiara. Nos podríamos haber ahorrado este momento, si solo dejabas de meterte donde no te llaman —dijo él, con voz pesada.

Alejandro guardó el arma en el bolsillo interior del saco, con lo que pareció planeada lentitud—.

Todo lo que tenías que hacer era firmar por tu hermana e irte de Melo para siempre y nada de esto hubiera pasado, ¿entendés?

Es tu culpa que hayamos llegado a este punto.

La pregunta era tan, tan obvia, pero tenía que decirla para volver a respirar.

—¿Fuiste vos quién mató a Eva?

—Tu hermana tampoco sabía cuándo dejar de joder.

Esa fue su elección —dijo él, acomodándose los lentes en el caballete de la nariz—.

Nadie tenía que salir lastimado esa noche, si tan solo aprendía a escuchar a los mayores y seguir órdenes.

Vos tampoco sabés seguir órdenes, ¿también voy a tener un problema contigo?

Sentí como si el suelo se desmoronaba bajo mis pies. Mi pecho se apretó tanto que apenas podía respirar. Me costaba procesarlo; todo lo que habíamos vivido juntos en la infancia, cada consejo, cada palabra de aliento, se rompió en mil pedazos.

El dolor era tan profundo que sentí que me arrancaban el alma.

—¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? —bramé, ahogada—. ¿Por qué la mataste?

Mis manos temblaban, todavía atadas a mi espalda, y sentí el calor de las lágrimas que corrían por mi rostro sin control.

La ira y el dolor se mezclaban de una forma tan desgarradora que no sabía si quería destruir algo o derrumbarme por completo, pero lo único que podía hacer era removerme, inquieta, entre el heno y la muerte.

Él me miró desde arriba, con una superioridad moral que no poseía.

—No me dejó opción.

—¡Ella confiaba en vos! —grité, la ira calentándome la sangre en un instante. Él dio un paso atrás, sorprendido por mi arrebato—. ¡Mi viejo confiaba en vos! ¡Todos confiábamos en vos! ¿¡Cómo…, cómo pudiste!?

Mi padre desde siempre siendo socio de los Da Rosa, aun cuando no le era económicamente rentable, vendiéndoles el campo cuando no se consideraba apto para dirigirlo y con eso perdiendo un legado de generaciones de estancieros, teniéndolos tan presentes que hasta el día de hoy era incapaz de pronunciar una mala palabra en su contra.

Alejandro había jugado con él como uno más.

—Lo único que tu hermana tenía que hacer era callarse la boca y nada de eso hubiera pasado —insistió, su voz monótona—. Revisar a los caballitos, alguna que otra ovejita, y mantenerse lejos de los libros contables. Era tan fácil como eso. Pero no me dejó opción, había que proteger el bien mayor.

—¿¡El bien…!? —Me detuve en seco, un escalofrío recorriéndome entera, a medida que las piezas del rompecabezas se encajaban una a una en mi cerebro—. El campo… Eva los iba a denunciar por mentir en los libros contables, por malversaciones. Pero, Kamil…, pensé que él…

Alejandro se rio, una risa amarga y cruel que hizo relinchar a más de un caballo.

—El maricón de mi hijo nunca podría haber hecho algo al respecto, no tiene los huevos bien puestos para hacer lo que se debe cuando se debe —dijo, con asco.

Abrí mucho los ojos, sorprendida del término tan despectivo para referirse a su propio hijo, además de que supiera lo que todos confiaban que se mantenía en secreto de estado, como lo era su sexualidad—.

Lo único que pudo hacer fue avisarme que la niña estaba metiéndose donde no debía.

Pero, más allá de eso, es un inútil, si fue incapaz de borrar una simple cámara de seguridad desde mi casa sin dejar rastros.

La grabación fue borrada el mismo día en el que me había llamado la funeraria.

—Kamil es el tercer usuario. Pero, ¿cómo supo…?

—Tenía que usar uno existente, no crear uno nuevo, pero ves que las cosas salen mal cuando no las hace uno, ¿no? Por eso estoy yo acá ahora y no él, porque ya me demostró de sobra que no puede hacer nada bien.

Mis manos se aferraron al suelo, buscando algo, cualquier cosa que me mantuviera anclada a la realidad, pero solo encontré vacío; siempre había confiado en que estaba a salvo bajo su sombra, dudando de todas las demás que lo rodeaban. Pero esa sombra ahora me aplastaba.

Todo lo que alguna vez creí cierto se desvanecía, y el dolor era insoportable. Cada recuerdo que tenía con él, cada momento en el que pensé que me cuidaba, ahora me quemaba por dentro. Me dolía tanto que pensé que no podía soportarlo más e iba a desaparecer en mí misma de un segundo a otro.

—¿Y Polo? ¿Su padre te dijo que… que me llamaron de la funeraria…?

—Leopoldo es el hijo que nunca tuve: obediente, sumiso y, sobre todo, útil; él buscó la máscara en la casa de ustedes, para después dejarla en la del otro.

Su padre hizo el resto —dijo Alejandro, con una calma que no coincidía con el lugar en el que estábamos—.

Siempre mantuvo a mi Nicole al margen de todo esto, ya fue suficiente que tuviera que verlo antes.

Pero no se suponía que ella estuviera ahí, no se suponía que vos estuvieras ahí…

Sentí un frío recorrerme desde la nuca hasta los pies.

—¿Nicki te… te…? —Era incapaz de terminar la pregunta, las lágrimas ahogándose en mi garganta.

Ella había alertado a la policía, había llegado al momento exacto para salvarme la vida, porque había estado ahí antes, porque había llegado cuando mi hermana todavía estaba viva—.

El primer testimonio…, el que se desestimó. No fui yo. Fue ella.

Las palabras de Catalina retumbaban en mi cerebro, las sospechas de Marcos sobre el llamado de búsqueda y captura de su hermano estando vigente incluso antes de que yo despertara de la cirugía y pudiera hablar por primera vez con cualquier policía: y era porque, sencillamente, yo no había sido la primera testigo.

Era Nicole Da Rosa.

—Era tan chiquita, mi niña, y estaba tan confundida, podría haber visto cualquier cosa, ¿no?

—¡Hijo de puta! —grité, histérica. Las cuerdas crearon más fricción, quemándome la piel de las muñecas—. ¡Sos un hijo de puta! ¿¡Entendés!? ¡Un hijo de la grandísima puta! ¿¡Cómo podés hacer esto y vivir en paz!? ¡Basura!

Él no se inmutó esta vez, apenas poniendo los ojos en blanco.

—Este hijo de puta te salvó la vida —me recordó, como quien no quería la cosa—. Podés agradecerle a Nicole por eso. Ella nunca me lo hubiera perdonado si te dejaba morir esa noche.

Me invadió una sensación de asco y desilusión, una mezcla amarga que no podía tragar; ¿cómo pudo hacerme esto? El nudo en mi garganta se hizo más fuerte, pero no lloré, no podía. Solo sentía esa rabia contenida, una rabia que ardía, pero me dejaba paralizado al mismo tiempo.

—¿Y ahora qué? ¿Ella te va a perdonar que me mates hoy?

—¿Qué te hace pensar que yo te voy a matar, Chiara?

—preguntó, torciendo el gesto. Caminó hacia mí en grandes zancadas, y yo empecé a irme hacia atrás, a arrastrarme para alejarme, desesperada—.

Calmate, nena. —Acto seguido, hizo un esfuerzo para sacarme el celular del bolsillo delantero del pantalón, para luego ponerlo frente a mi cara para desbloquearlo, a pesar de que me movía de un lado a otro, tratando de impedírselo—. Quedate quieta, asustás a los caballos.

—¿Qué carajo hacés? —chillé, viéndolo usar mi teléfono.

—Le estoy avisando a tu novio dónde estás y que venga, claro.

El terror se instaló en mi pecho como un puñal, instantáneo y certero.

Alejandro iba a matarnos, a los dos, en el establo de la estancia que solía ser de mi familia, por la cual mi hermana había muerto, tratando de salvarla.

—¡Deja a Marcos en paz! —bramé, como un animal rabioso. Alejandro, mirándome desde arriba todavía, frunció el ceño, ignorándome—. ¿¡No le arruinaste la vida lo suficiente!? ¡Pará, te dije! ¡No le mandes nada!

El peso de la impotencia me cayó encima como una losa. Estaba ahí, viendo cómo todo se desmoronaba frente a mis ojos, y no podía hacer nada. Era como estar atrapada en un sueño, viendo cómo el mundo se desploma a mi alrededor y no poder moverme, no poder gritar, no poder cambiarlo.

—Lo que le pase a Marcos Arias va a ser tu culpa.

Nadie te mandó a investigar, a remover la mierda, ni antes ni ahora —puntualizó, con lentitud, como si estuviera dando un semanario ante un público estúpido—.

No te puedo dejar testificar mañana ante ningún juez, ¿entendés?

Las cosas tienen que seguir como siempre.

Sentía el corazón acelerado, la respiración superficial, pero nada de eso importaba.

La sensación de incapacidad me ahogaba, y el vacío en el estómago se hacía más profundo.

—¿Cómo sabe…?

—Este pueblo es mío, Chiara. Nada pasa sin que yo me entere, ya deberías saberlo.

En ninguna de mis conjeturas entraba esa verdad tan aplastante: Alejandro Da Rosa era Melo, y Melo era Alejandro Da Rosa. Él siempre había estado un paso adelante de mí en este juego, porque yo ni siquiera sabía que él estaba participando, mucho menos que era el dueño del tablero.

Mi teléfono empezó a sonar y la sorpresa se plasmó en el rostro de Alejandro.

—¿Quién…?

Él cortó la llamada, pero solo volvió a sonar casi automáticamente después y el enojo se adueñó de sus facciones, volviendo a sacar la pistola de su saco.

—El hijo de puta te está llamando —dijo, hincándose con cuidado frente a mí.

Me acercó el teléfono a la oreja al mismo tiempo que le quitó el seguro a la pistola, y apoyó el frío cañón en mi frente.

La respiración se me cortó, mis ojos clavados en los suyos—.

Lo vas a atender y le vas a decir que venga lo más rápido posible, solo.

Nada más. O te vuelo la cabeza, ¿me escuchaste?

Sabía, con seguridad, que Alejandro no estaba amenazándome: aquello era una promesa.

Quería luchar, cambiar el curso de las cosas, pero todo parecía fuera de mi alcance. Era como si el destino ya estuviera escrito, y yo solo era una espectadora en mi propia vida, viéndola terminar.

Cerré los ojos, las lágrimas deslizándose por mis cachetes sin control, y asentí.

Un instante después, escuché la voz de Marcos llenándome los oídos y pude sentir mi corazón latir tan, tan fuerte, como si quisiera salírseme por la boca y volar hasta él, donde pudiera estar a salvo y con él, para siempre.

—¡Kiki! ¿Estás bien? ¿Qué hacés en la estancia…?

Tuve que respirar hondo varias veces para controlar mi respiración y, con eso, mi voz.

—Marcos —susurré, tras carraspear—. ¿Podés venir rápido? Te necesito.

La impotencia era como un veneno lento, invadiéndome por completo.

Podía ver lo que estaba mal, cómo todo se escapaba de mis manos, pero por más que lo intentaba, no podía cambiar nada.

Era esa sensación sofocante de querer gritar, de querer detener el tiempo y arreglarlo todo, pero estar atado, sin poder moverse.

Cada esfuerzo se sentía inútil, como golpear una pared inquebrantable.

—Sí, sí, obvio, ya estoy yendo —dijo él, oyéndose agitado.

La voz también sonaba algo lejana y con eco, por lo que asumí que estaba en altavoz dentro del fusquita y que ya estaba en camino de verdad.

De camino a su fin, conmigo—. Dios, Kiki, me asustaste, dijiste que teníamos que hablar y… , joder, ¿eh? Menudo susto.

Un «hablá bien» se murió en mi boca, cuando me mordí la lengua.

—Perdón, no te quería preocupar. Nos vemos, ¿sí? Te espero acá.

—Llego lo más rápido que el fusquita me deje —dijo él, con una leve risa y yo me quise morir. Tuve que cerrar la boca con mucha fuerza, para que no se me escapara un sollozo —. Te quiero, ¿vale? Nos vemos pronto.

—Te quiero muchísimo, Marcos.

Estaba sellando su futuro para siempre y por fin era capaz de decirlo.

Y ni siquiera sabía si me había oído, porque Alejandro ya había cortado la llamada.