CAPÍTULO VEINTIOCHO LA PUERTA EQUIVOCADA #2
Se había puesto un saco de traje azul sobre la camisa que seguramente le había manchado yo con mocos y lágrimas de antes, pero, con el calor que hacía, ¿no hubiera sido mejor, no sé, ponerse otra?
—¿Me confundí?
Él frunció el ceño, siendo evidente que no me creía una mierda.
—Podés confiar en mí. Te conozco desde el momento en el que naciste —dijo, dando un paso adelante, con lentitud, como si no quisiera asustarme—. ¿Qué estás buscando en mi casa?
Tragué saliva, aguantándole la mirada.
—Es una larga historia y no tengo mucho tiempo —dije, de forma atropellada, poniéndome de pie—. Pero…, ¿confías en tu yerno?
—¿Tenés algo que decir de Leopoldo?
Respiré hondo, tratando de recordar que este solo era el inicio del final, y que pronto tendría que darle muchas más explicaciones a personas mucho más amenazantes que Alejandro Da Rosa, así que lo mejor era que empezara a practicar.
—Alguien estuvo toqueteando el sistema de vigilancia de la estancia y borraron la noche en la que mi hermana murió.
Y casi nadie tiene acceso a eso, ¿no? Está tu usuario, el tuyo, y un tercero…
, y no sé, pensé que podía ser ese tercero su computadora personal o algo.
Y capaz podía encontrar el acceso con la tuya, que es el administrador, ¿verdad?
La boca de Alejandro formó una línea recta perfecta, su mandíbula tensándose.
—¿De verdad crees que él podría hacer algo así?
—No sé. Pero necesito esas pruebas para mañana presentárselas al juez cuando tomé mi declaración otra vez, y el simple hecho de que esté borrada esa noche ya es evidencia…
—En la estancia tenemos copias—dijo, finalmente.
Se reacomodó los lentes en la nariz, para luego pasarse las manos por la camisa, alisando las arrugas invisibles—.
Tendrías que haber venido conmigo directamente, Chiara.
Esto que decís es muy serio, para los dos.
Es mi propiedad de la que estamos hablando.
—No respondí, porque hasta ese momento había tenido que parar balas de demasiados frentes como para percatarme de ese detalle—. Vamos. Te llevo y te lo muestro.
—¿Ahora?
Era lo más coherente, pero Susana había investigado comida vegana y me parecía fatal desaparecer antes de probarle que valoraba la atención que siempre me había brindado, como si fuera parte de su familia.
—¿No dijiste que no tenías mucho tiempo?
Asentí, poniéndome de pie, preparándome mentalmente para lo que significaría.
—Claro, claro. Vamos ahora.
—No le digamos a la familia, ¿sí? No quiero preocuparlos todavía.
La casa era lo suficientemente grande como para salir por la puerta trasera sin llamar la atención.
Entendía que, como yo, tampoco quería dar muchas explicaciones de lo que íbamos a buscar en la estancia, pero de todas formas me sorprendió que sus pasos lo llevaran automáticamente hacia la camioneta de Polo en lugar de al comedor para despedirnos de su familia.
Los minutos de viaje fueron silenciosos, las manos me sudaban y el camino se me hacía eterno. Podía ver los nudillos blancos de Alejandro alrededor del volante, y manejaba tan rápido como cuando habíamos ido a la seccional, tanto que entendía que Nicki era digna hija suya al subirse a un auto.
—¿Sabés a dónde fue mi padre hoy? No lo vi más cuando volví con las llaves.
—Al bar —respondió, cortante—. A donde va siempre, Chiara.
Si el día en el que habíamos reducido el cuerpo de Eva había estado cerca del coma etílico, no me sorprendía que cuando aparecía, después de tanto, el que llevaba años considerando como el culpable de su muerte decidiera ahogar sus penas en el fondo de una botella.
Sin embargo, no me gustó la forma en la que lo mencionó Alejandro.
—¿Alguna vez trataron de sacarlo de ahí? Digo, no sé, ayudarlo, prohibirle la entrada o algo, entiendo que tenés los suficientes contactos en el pueblo como para conseguirlo…
El portón de la estancia estaba abierto, suponía que todos se habían ido a la seccional con la noticia de Hugo.
Pero tampoco parecía haber ningún trabajador cerca, al menos por la forma en la que estaban estacionados los tractores, solitarios a un lado de los árboles, casi como si los hubieran dejado así de repente.
—Tu padre es un hombre grande, no se le puede obligar a comportarse como un adulto tampoco.
—Sí, ya sé, pero ustedes son amigos de toda la vida, socios de años —puntualicé, lógicamente—. Supongo que te jode tanto como a mí ver cómo se consume a sí mismo, después de todo.
—Es cuestión de tiempo. No es algo que me sorprenda.
—¿A qué te referís? —pregunté, confundida.
La camioneta se detuvo una vez dentro del terreno, y él sacó la llave de la ignición.
Él suspiró, como si estuviera cansado de nuestra conversación.
—Que debió haberse puesto así cuando murió tu madre. Venderme el campo, retirarse, dejar todo —continuó Alejandro, con hastío. Su voz sonaba pesada, oscura—. Pero no, tuvieron que pasar doce años más, y tu hermana de por medio.
Mis músculos se volvieron rígidos y los oídos empezaron a zumbarme.
—¿Qué decís, Alejandro? No te entiendo.
Los siguientes segundos sucedieron en cámara lenta, como en una película.
Alejandro se secó el sudor de las manos en la solapa del saco del traje, para luego meter la mano dentro, hacia el bolsillo interior, y de él sacó una pistola pequeña, brillante, llenando el aire del olor algún aceite o solvente, metálico, que apenas se sentía entre el de desinfectante que pintaba su piel desde que lo conocía.
Y me apuntó con ella.
Y consideré qué, capaz, sí que necesitaba protección policial después de todo.
—Salí del auto, Chiara. Despacio y sin hacer pelotudeces, vos y yo tenemos que hablar.