CAPÍTULO VEINTIOCHO LA PUERTA EQUIVOCADA
Respiré hondo varias veces antes de caminar hacia la seccional, otra vez.
Y, para sorpresa de nadie, los Da Rosa estaban esperándome en la puerta.
Pero sin mi padre.
La rabia brotó dentro de mí al ver a Polo, de forma ardiente y sofocante, pero mezclada con una tristeza tan profunda que me dejaba sin aliento. Me dolía más que cualquier golpe físico; era un dolor en el alma, una herida invisible que seguía abriéndose cada vez que pensaba en lo que había pasado.
Me pregunté cómo no lo vi venir, cómo fui tan ingenua, y la vergüenza se mezclaba con el dolor.
Pero lo que más me atormentaba era esa sensación de vacío, de saber que me había dejado boludear de esa manera por alguien como él, y que fuera justamente él que supiera tanto sobre mi pasado y el de Eva.
¿Qué sabía él de Luna ? ¿Qué derecho tenía de saber de mi ovejita?
¿Es que nada en mi vida podía ser sagrado, íntimo? Todo era público, juzgado. Y, a la vez, era un nudo de mentiras que se hacía más y más grande que no lograba desenredar y que iba a terminar ahorcándome con él antes de poder avanzar.
Polo tenía las manos metidas en los bolsillos y el rostro enrojecido, con apariencia incómoda; lo que me hizo pensar, inevitablemente, si acaso sabía que había descubierto su secreto.
—¿Y la mochila? —preguntó Nicki, torciendo la cabeza y señalando mi espalda desnuda.
Por un momento no supe de qué mochila me estaba hablando.
Pero luego recordé a la mochila, claro, la razón por la cual había salido corriendo a la camioneta, la que ahora tenía Marcos, mientras descargaba todos los archivos del disco duro de una de las computadoras de la policía. Esa mochila, por supuesto.
—Creo que la dejé en la estancia —dije, encogiéndome de hombros.
Si Alejandro recordaba cómo la había puesto entre mis pies en la camioneta, no hizo ningún amague de corregirme, solo se mantuvo impasible al lado de su hijo y yerno—.
¿Sigue en pie la oferta de ir a tu casa?
A lo mejor sí necesito estar tranquila un rato. Y comer algo, no sé.
El rostro de Nicki se iluminó al instante, corriendo hacia mí para agarrarme la mano.
—¡Claro! —exclamó, volviendo a ver a su familia con una gran sonrisa, a pesar de que ellos no parecían compartir su emoción—. Pero, ¿y Marcos? ¿No querías irte con él?
—Tiene que arreglar unos temas para…, para el hermano —dije, tras aclararme la garganta.
Me saqué las llaves del bolsillo, extendiéndoselas a Polo, mi mirada desafiante e intensa.
Pero él apenas si me había prestado atención, sus ojos fijos en su esposa como si le fuera la vida en eso—.
Alejandro había estacionado acá a la vuelta, ¿vamos?
—¡Obvio! Pero vos vení conmigo, que yo tengo el Jeep acá nomás y que los chicos se arreglen en la camioneta del horror —dijo Nicki, tirando de mí para que la siguiera, incluso antes de que cualquier integrante de su familia pudiera pronunciar alguna palabra al respecto—.
Vine lo más rápido posible cuando me enteré, no me dio tiempo de nada más…
Para darle algo de crédito, el Jeep parecía más o menos bien estacionado, para ser ella.
—No tuviste tiempo de hablar con Kamil, ¿no?
—No, perdón —dijo, haciendo puchero con la boca mientras nos subíamos al auto.
Sacó una carpeta que estaba en el asiento del acompañante, llevándola hacia su lado—.
Localizarlo fue difícil de por sí, y después cuando empezamos a hablar…
, no sé, creo que él se venía venir que iba a ser un tema complicado, porque estaba más cerrado que nunca. Se me complicó.
No era momento de aclararle que, pese a que ella no había podido advertirle nada a su hermano, eso no iba a detenerme de contar todo frente a un juez al día siguiente.
Pero capaz ella no se había percatado de ese detalle todavía, y yo no estaba en posición de aclarárselo, no cuando ya pensaba en encarar a su marido.
Sin embargo, fue otra cosa lo que me detuvo.
—¿Esa carpeta tenía el nombre de Marcos?
—¿Qué?
—La carpeta que estaba acá, ¿por qué tenía el nombre de Marcos?
Ella titubeó, lo suficiente como para interesarme.
—De Marcos no, de Hugo. Mi padre había mandado a investigar un montón cuando despareció, para tu padre, obvio, y ahora que apareció me puse a buscar en casa esos papeles por si los necesitaba…
Por primera vez en mi vida estaba completamente convencida que Nicole Da Rosa-Delgado estaba mintiéndome descaradamente, mientras ponía el Jeep en marcha y aceleraba como si le fuera la vida en ello.
Estaba segura de que la carpeta decía «Marcos Arias», no el nombre de su hermano.
Pero capaz esa no era la batalla que tenía que pelear en ese momento.
Aproveché el silencio para continuar, con una mano adelante y otra atrás:
—¿Vos sabés si Polo y mi hermana se conocían en el liceo? Tipo, no sé, conocerse seguro, pero si eran amigos o algo. ¿Cercanos?
—¿Cercanos? No, no, para nada. ¿Por qué?
—No sé, me da curiosidad Polo, porque no me acuerdo mucho de él, pero sé que él ya era amigo de Kamil en ese momento, entonces capaz se frecuentaban más de lo que parece, ¿no?
—Kamil era el único amigo de Polo en el liceo —dijo ella, tras carraspear—. Era muy tímido, retraído, en la suya y no sé, un poco raro, dice él. Y tu hermana era popular, no eran del mismo grupo, para nada.
—¿Y cómo era amigo de Kamil, si él también estaba en todos lados?
Por poco chocamos cuando Nicki sostuvo el volante con una mano, para llevarse la otra hacia al pelo y levantarlo, como si estuviera dándole mucho calor en la nuca y necesitara hacerse un moño, pero fuera incapaz dada la situación.
Puse ambas manos en la guantera por el golpe, y el teléfono secreto en el bolsillo me quemó el pantalón.
—Nuestros padres trabajaban juntos. No hay muchos médicos en Melo, había muchas reuniones…
y cosas, para hacer amigos. Así lo conocí yo, también —continuó, sin inmutarse de que casi nos estrellábamos con un árbol inocente—.
Era lo lógico, que termináramos juntos. Nuestros padres eran cercanos, colegas, siempre haciéndose favores y…
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¿Qué cosa? —preguntó Nicki, mirándome. Sus cachetes estaban rojos como un tomate.
—Que se hicieran favores, ¿juntarlos fue un favor? ¿Para quién?
—¡Ay, Chiara! —Se quejó, de repente. La máscara de amabilidad que, hasta ese momento, parecía inmóvil en su rostro pareció resquebrajarse un poco. Tenía los nudillos blancos, rodeando el volante—. ¿¡Por qué hacés tantas preguntas!? ¿¡Es que no te di las suficientes respuestas ya!?
De pronto, me sentí extrañamente libre: hablar con alguien que nunca perdía la paciencia era insoportable.
—¡No! ¿Y vos por qué no podés hablar claro? ¿No ves toda la mierda que puede esconder la gente por no ser sincera?
—¿Sincera? ¡Qué sabrás vos de la sinceridad, si te tardó mil años confesarte a vos misma que amabas a alguien del que todos nos habíamos enterado apenas aprendieron las tablas! ¿¡Sabés lo difícil que lo tienen otras personas, Chiara!? ¡No, no lo sabes! ¡Y aun así te dignas a cuestionar!
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Te referís a Kamil, a lo difícil que lo tuvo él? No podés comparar…
—No, Chiara, vos no podés comparar. Yo sí.
Nicki estacionó de golpe frente a la casa de sus padres, sin ninguna clase de intención de hacerlo bien, donde la camioneta de Polo ya estaba cubriendo la mitad del espacio disponible para toda la cuadra.
—¡Vamos a comer, que mamá aprendió platos vegetarianos para cuando volvieras!
Sin más, salió del Jeep y me dejó con la palabra y un gusto amargo en la boca.
Dentro, me golpeé de lleno con un abrazo de Susana y un olor aroma fresco, herbal e intenso, que me hizo pensar si acaso su incursión en la cocina sin carnes la había llevado a sustituirlo con pimentón y cebolla en grandes cantidades.
Pero no iba a quejarme, el gesto era precioso y ella apenas me daba tiempo de agradecerle por la intención antes de pedirme que por favor probara el tofu que había cocinado, porque para ella sabía a cartón.
No me había dado cuenta del hambre que tenía de algo realmente vegetariano hasta que lo probé, sobre todo porque lo había marinado en especias y soja, a pesar de que su hijo la miraba como si le hubieran crecido antenas en la cabeza.
Pero pronto me vi tan desbordada con sus preguntas que, aunque bienintencionadas, me impedían seguir con la mirada a Polo para poder encontrar un segundo para hablarle de una buena vez.
—Así está excelente, Susana, te juro que lo aprecio un montón —le dije, alejándome un poco de la cocina antes de empezar a marearme.
—¿No le falta jugo de limón, corazón? Para mí sigue faltándole, no sé, algo…
—Carne te juro que no —dije, con una leve risa.
Ella ya se disponía a poner la mesa, con sus hijos moviéndose al comedor, pero parecía que no iba a hacerlo antes de conseguir mi completa aprobación.
Sin embargo, Polo no estaba con ellos y yo juré que había escuchado las escaleras.
Fruncí el ceño—. Pará, voy al baño a lavarme las manos y vemos, ¿sí?
Me separé antes de que pudiera meterme otra cuchara en la boca y fui a subir las escaleras.
Las puertas de las habitaciones estaban entreabiertas, además de la del baño. Menos la de la oficina de Alejandro que estaba cerrada con la alfombra arrugada debajo y que, al mover el pomo de la puerta, descubrí que estaba sin llave.
Pero Polo no estaba escondiéndose ahí. Estaba vacía.
Bufé, frustrada, hasta que me percaté de que lo que sí estaba era la computadora de Alejandro, aquella que era la principal fuente de la memoria de las cámaras de vigilancia, el único lugar donde podría encontrar una copia de aquella noche.
Suponía que podía matar dos pájaros de un tiro, ¿verdad?
La puerta de la oficina se abrió de golpe, sorprendiéndome al punto que me caí hacia atrás, quedando sentada en la silla detrás del escritorio.
—Este no es el baño, Chiara.
Alejandro cerró la puerta detrás de él, torciendo el gesto.