La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTISIETE EL MOTOROLA DE TAPITA #3
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CAPÍTULO VEINTISIETE EL MOTOROLA DE TAPITA #3

En silencio, encerrados en una camioneta, podía jurar que escuchaba una vibración.

—¿Kiki?

Marcos tenía los ojos muy abiertos y en alerta, como si hubieran tirado una bomba cerca.

—¿Vos también escuchás eso o finalmente enloquecí?

— Joder .

—Hablá bi…

Sus manos se movieron más veloces que las mías, abriendo la guantera y moviendo los papeles dentro, donde la vibración se oía más fuerte. Dentro, la pantalla de un teléfono de tapita Motorola iluminó el interior.

—¿Qué…?

Abrió el teléfono y me mostró como el número que marcaba la pantalla del celular escondido en la guantera de la camioneta de Polo Delgado era, nada más y nada menos, que el mío bajo el nombre de «C».

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada mientras el teléfono sonaba.

El instante en el que fue a correo de voz, reaccionamos .

—¿¡Leopoldo Delgado!? ¿¡Me estás jodiendo!?

Si antes me creía enloquecer por escuchar cosas, era que todavía no conocía la sencilla demencia en la que iba a entrar al repasar en mi cabeza todos los mensajes con el número desconocido, desesperada por encontrar alguna pista de este rompecabezas del infierno que parecía que siempre me pasaba por encima.

—¿Por qué…? —A diferencia de mí, Marcos parecía completamente fuera de palabras, mientras que yo solo quería gritar—. ¿Por qué Polo querría limpiar el nombre de mi hermano? ¿Es porque… porque él sabe quién… quién mató a Eva?

—¿¡O porque es un hijo de puta que quería joder con nosotros!

? —grité, histérica, con el teléfono en mano como si fuera una granada.

Y, ojalá explotara de una vez, sobre todo cuando me bajé del auto y cerré la puerta de un golpazo que se escuchó hasta Buenos Aires—.

¡Es que se lo voy a hacer tragar, Marcos!

¡Voy a ir ahora mismo a su casa y se lo voy a meter por el… !

—Sí.

Sorprendida, me detuve en seco para mirarlo, todavía a punto de revolear el celular.

—¿Me dejás metérselo por…?

—No, no —dijo, parpadeando con rapidez. Sus manos sostuvieron el teléfono, cerrándolo en torno a mi puño—. No a que se lo hagas tragar, no ahora. Pero que vayas a la casa y lo encares. Y le saques toda la verdad para usarla mañana con el tribunal.

—Creo que estás subestimando el autocontrol que tengo de ir a verlo y no matarlo —dije, frunciendo el ceño—. ¡Me estuvo pelotudeando toda la semana! ¡Haciéndose pasar por tu hermano, haciéndome creer que… que mi hermana era cualquier cosa!

La primera semilla de infidelidad de parte de Eva a Hugo había sido sembrada por él.

Y yo la había dejado crecer, regándola con mentiras y engaños.

—Es que todo empieza a tener sentido de a poco, Kiki.

No podemos desperdiciar eso —dijo Marcos, con suma calma, aunque podía ver cómo le costaba mantenerla, pero estaba tratando de no transmitirme su nerviosismo—.

El padre de Polo trabaja en la funeraria, de ahí consiguió tu número, ya es un misterio menos.

Ahora necesitamos saber por qué lo hizo, por qué estaba tan seguro de que alguien más mató a Eva como para arriesgarse a personificar a Hugo.

Tenía sentido, por supuesto, pero estaba tan cegada por la rabia que apenas podía pensar.

—¿Y si está tan seguro porque la mató él y nos quería hacer andar en círculos? ¿Entonces qué?

—No lo estoy descartando —aclaró, lógicamente—.

Pero de alguna manera sabe tantas cosas de ustedes y nosotros, o llevaba espiando a tu hermana toda la vida o era lo suficientemente cercano para saberlo.

Y es que en realidad no sabemos nada de Leopoldo Delgado, si parece que apareció en el mapa acá cuando se casó con Nicole, ¿y antes de eso?

Nada. Y necesitamos saber eso, Kiki. Para mañana.

Marcos estrechó nuestras manos con fuerza, con el teléfono entre ellas.

Y suspiré, porque tenía razón.

Él pareció entenderme sin verbalizarlo y esa era una de las razones por las cuales lo quería.

—Llevate la mochila vos —dije, por fin, derrotada, alcanzándosela—. Cuando terminen de descargarse los archivos se van a abrir como un navegador común y corriente. Podés poner que se organicen por fechas y listo.

—¿Estás segura? No me quiero interponer en lo que hay entre vos y esta mochila…

Atesoraba su habilidad para sacarme una sonrisa incluso cuando quería llorar.

—Segura —insistí, para que se la colgara en el hombro—. Avisame si encontrás algo, cualquier cosa. Yo te aviso de lo que pase con Polo.

Iba a tomar eso como despedida, sobre todo cuando él me había dejado las llaves de la camioneta en la mano mientras me guardaba el teléfono recién encontrado en el bolsillo trasero del pantalón, pero me sorprendió cuando me agarró de la cintura para atraerme hacia él y darme un beso, como si fuera la última vez que tuviera la posibilidad de hacerlo.

Y yo me dejé ser con él, aunque el calor del verano quisiera lo contrario.

—Cuidate, Kiki, por favor.

—Ya me dieron un balazo, Marcos, ¿qué posibilidades hay de que me den otro?

Él no se rio, su ceño todavía fruncido, pero yo lo besé y giré sobre mis talones para irme, antes de darle tiempo a arrepentirse.