CAPÍTULO VEINTISIETE EL MOTOROLA DE TAPITA #2
—Porque se cansó, Kiki. Se hartó de todo este circo, de vivir a escondidas, de no saber de nosotros.
Confesó porque qué es eso lo que quieren escuchar, pero ni sabe cuántos tiros pegaron ni dónde quedó el arma —explicó, su voz de ultratumba sonándome en cada célula del cuerpo—.
Lleva años trabajando en changas en Brasil, porque no miran si sos inmigrante, agarrando los laburos más denigrantes y que te dejan hecho bosta físicamente…
—Miró hacia arriba, como si quisiera evitar que las lágrimas que se juntaban en sus ojos tuvieran alguna posibilidad de caer—.
Hasta que vio mi video. Lleva todos estos años con una notificación cada vez que aparezco o subo algo, y cuando terminó su turno y me escuchó…
—Hizo una pausa, respirando hondo—. Es mi culpa que esté acá. Sin ese vídeo, seguiría siendo libre.
—No digas eso, Marcos —dije, frunciendo el ceño—. Es un adulto, y puede tomar sus propias decisiones, no es como si no supiera las consecuencias… Además, ninguno de nosotros lleva siendo libre mucho tiempo. Menos que menos él.
—Chiara…
—Sabés que tengo razón —murmuré, limpiando una lágrima que caía, rebelde y solitaria, antes de que llegara a su boca—. Tu hermano volvió porque se cansó de huir, Marcos. No podrías haberlo evitado, era cuestión de tiempo.
Él soltó una risa sin humor, suspirando.
—No sabía que mamá estaba enferma. Ahora sabe que no tiene mucho tiempo —contó, en voz baja—.
Tengo a mi agente tratando de conseguir un vuelo a Uruguay y a su médico que amenaza con demandarme si la dejo volar.
Pero no puedo soportar la idea de que no se puedan despedir, aunque los ponga en riesgo a los dos. ¿Está mal?
—Dios, no —dije, al instante. El cáncer de Gisela era terminal, eso me había explicado detalladamente Marcos la noche anterior que habíamos pasado juntos, pero no se me había ocurrido preguntarle si eso significaba que estaba permanentemente postrada a una cama o, por otro lado, que ya habían perdido las esperanzas y estaban dejándole vivir sus últimos días en paz.
Como cuando les permiten fumar a los enfermos de cáncer de pulmón—.
Es mucho para procesar y decidir y sos el único que puede hacerlo.
No está mal ni bien, estás…, estás haciendo lo mejor que podés.
—No tengo margen de error, Kiki. Si me equivoco mi madre se muere y mi hermano termina preso —dijo, con la voz estrangulada—. Y la noticia está en todos los portales de acá y España por mi libro y me va a explotar el teléfono y la cabeza y…
—Marcos, vamos a estar bien —dije, tratando de estirar el espiral en el que lo veía meterse—.
Contale de antemano a tu abogado que todo esto se basa en mi testimonio de hace diez años y, mañana, cuando me pidan repetirlo, voy a contarlo todo: Kamil, Ramiro, las caretas, las cámaras…
, todo. El juez va a estar obligado a pedir las grabaciones como prueba e investigar todo , pero esta vez posta —le recordé, estrechándole las manos con fuerza—.
Tu hermano va a quedar en custodia mientras tanto, pero no se lo van a llevar a ningún lado. Y tu madre lo va a poder ver, juntos.
Esta vez la risa si llegó a sus cachetes, levantándolos en un leve paréntesis.
—Parecés vos la escritora de ficción y no yo, eh, con esa imaginación.
—No pierdas la esperanza, por favor. Es lo último que nos queda.
Lo vi asentir con la cabeza, para luego llevar nuestras manos unidas hacia su boca, dejando un beso en ellas.
—Tenés razón. Tengo más información ahora que cuando escribí el libro…, podemos hacer esto, juntos. Aunque sea lo último que nos quede.
Sonreí, llevando mi mano libre al bolsillo, para mostrarle la memoria.
—O casi lo último —le recordé, alzando una ceja. Su rostro se iluminó, y me percaté que en ningún momento le había dicho que había cumplido con su pedido—. Vení, vamos a ver qué tiene esto.
Usé las llaves de la camioneta para abrirla, sentándome en el asiento del acompañante, porque a los pies había dejado mi mochila. Abrí la laptop para prenderla y vi a Marcos sentarse a mí lado mientras conectaba el pendrive, que automáticamente se ponía a descargar la información.
—La puta madre —exclamé, llevándome una mano a la frente, mirando los números aparecer en la pantalla—. Hay siglos de data acá…, va a tardar una eternidad en cargar. Y el archivo de tu hermano debe estar dividido en estos diez años…
—¿Y si mejor le devolvemos las llaves a Polo y vamos al hotel a esperar?
—Va a ser lo mejor —dije, cansada de solo ver como la barra en mi pantalla mostraba que iba un 1% de descarga. Traté de desvincular cualquier otro programa que estuviera enlenteciendo el proceso, pero era inútil. Bufé—. ¿Entonces él no…, él no sabía nada de mí, de los mensajes?
—No —dijo Marcos, mientras yo cerraba la laptop. Él sacó su teléfono, mirando la pantalla con el ceño fruncido—. Y el número nunca me desbloqueó, así que no sé…, no sé quién fue, ni por qué lo hizo. Pero no sé, me dio el empujón que necesitaba para buscarlo.
Asentí, pero tenía un gusto amargo en la boca al saber, con certeza, que habían jugado conmigo de esa manera, y que había otra persona que sabía tanto de mí hermana como de mí como para convencerme de su identidad.
Suspiré, guardando la laptop en la mochila y a cambio sacando el celular. Y le di a llamar.
—A mí ni siquiera me bloqueó, pero no me responde los mensajes, y solo suena y suena y…