CAPÍTULO VEINTISIETE EL MOTOROLA DE TAPITA
Es decir, en un máximo de tres días el destino de Hugo Arias estaría sellado para siempre.
Si se le declaraba culpable de homicidio especialmente agravado, Hugo podría enfrentarse a una condena de entre quince y treinta años de prisión en Uruguay, y eso si no se le sumaba alguno más por estar prófugo de la justicia por una década.
Y, para alguien de cuarenta y cuatro años, sería el resto de su vida privado de libertad.
—¿Entendés por qué te estoy explicando esto, Chiara?
Sentada otra vez en la oficina del comisario Santos, no me quedó más remedio que negar con la cabeza ante su pregunta.
—No, comisario.
—La justicia va a requerir tu testimonio otra vez para corroborar los hechos —dijo, tras suspirar.
Le sudaba el bigote, ya no sabía si por el calor de estar encerrado en esa ratonera o por el estrés—.
Y si es diferente al que diste la primera vez, esto puede afectar tu credibilidad como testigo, especialmente con lo crucial que es tu testimonio.
—Y es que es diferente a la primera…
—Chiara, si se percibe como falso testimonio hay penas de prisión de entre tres meses a seis años —me dijo, con extrema seriedad—. Esto no es una joda.
—Mi testimonio no es falso, comisario. No me haga volver a repetírselo.
Él frunció el ceño y endureció la mirada, como si fuera a asustarme.
Le mantuve la mirada, en el mismo silencio sepulcral que había llevado durante toda su explicación, detalle a detalle, de lo que iba a suceder con Hugo ahora que estaba de vuelta en Melo y en manos de la policía, porque le habían dicho que andaba de preguntona con los cadetes.
Finalmente, suspiró, abatido.
—No tenés permitido dejar la ciudad hasta que se celebre el juicio, te llamaremos en las próximas 24 horas para que te presentes al Juzgado de Melo y des tu declaración ante un tribunal.
Asentí, removiéndome inquieta en mi lugar.
—¿Hugo confesó? ¿De verdad? ¿Textualmente?
—¿Y vos cómo sabés eso? —preguntó, suspicaz, entrecerrando los ojos.
—Porque soy muy lista —dije, rodando los ojos—. ¿Puedo hablar con él?
El comisario me miró como si fuera una niña a la que tenían que explicarle la tabla del 2.
—No, Chiara, no podés.
—¿Al menos podés decirme dónde estuvo todo este tiempo? ¿No me merezco saberlo?
—¿No te contó tu novio todavía? —preguntó, con hastío.
No respondí. En primera porque sí, ya me había dicho, en susurros y dos segundos antes de que me mandaran llamar a mí otra vez.
Y en segunda porque Marcos no era mi novio, ¿verdad?
¿Eso se tenía que hablar, decidir?—. En Brasil, con un nombre falso.
Lo comprobamos con sus empleadores en el Mercosur.
Era completamente incompatible que estuviera trabajando en unas minas en Brasil, bajo tierra, y al mismo tiempo usando un número uruguayo para mandarme mensajes a mí abocando por su inocencia.
Tenía la mente enredada en ideas tratando de recordar el momento exacto en el que había dejado de asociarlo como un número desconocido que estaba haciéndome una joda a el verdadero Hugo Arias; descifrar el punto de quiebre en el que había empezado a creerle a un fantasma cuando solo podía venderme mentiras a medias y verdades borrosas.
—Gracias. ¿Me puedo ir?
—¿Necesitás protección policial, Chiara?
Negué con la cabeza y aproveché su mirada decepcionada para irme de su oficina.
Cuando llegué a la entrada me encontré que no estaba solo Marcos esperándome con esa legión de policías revoloteando a su alrededor como abejas a la miel, pero también estaba mi padre, Polo, Kamil. Nicki y Alejandro Da Rosa.
Nicki se lanzó hacia mí automáticamente, rodeándome con sus brazos.
—¡Ay, Chiara! —exclamó, agobiada—. ¡No puedo ni imaginarme lo que debe ser esto para vos, que esté de vuelta! Dios mío.
—Nicole, estoy bien —dije, separándome para mirarla a la cara. Estaba plagada de una preocupación visceral que me asustó—. ¿Ves? Estoy bien, te lo juro. —Alcé la mirada, encontrándome con los ojos de Kamil, escudriñándome—. ¿Qué hacés vos acá?
Aunque Kamil ya no era mi sospechoso principal, eso no significaba que por culpa de él y Ramiro la investigación se había entorpecido años.
No podía juzgar el tiempo y lugar en el que él decidía salir del closet, pero había un juicio de por medio y un millón de cabos sueltos que podrían haberse atado si iban de frente, aunque fuera entre mentiras.
— Chiara —susurró Nicki, azorada, apretándome el brazo.
—Estamos para ayudarte —dijo Alejandro, dando un paso adelante—. ¿Verdad, Jorge?
Mi padre se veía ligeramente lúcido, pero también estaba sostenido del brazo de Alejandro para no tambalearse.
Sus ojos estaban cristalizados y desenfocados, casi como si estuviera medicado con algún calmante más allá del alcohol, y no me sorprendía, porque alguien como Alejandro tenía el conocimiento suficiente para hacerlo.
—¿Te pidieron que vinieras, papá?
Él asintió, llevándose las manos a la cara para refregarse los ojos.
Dios, era como hablar con la pared.
—¿Querés venir a casa, Chiara? Deberías estar acompañada ahora.
Miré a Marcos, como se mantenía recto y tenso, alejado considerablemente de los Da Rosa.
Y recordé lo que me había pedido antes de entrar a ver a su hermano.
—No, no, tengo que… —Ignoré a Nicki y miré alrededor, de pronto notando que no traía nada en la espalda ni colgando del brazo, pero sí la forma del pendrive en el bolsillo—. Mi mochila. Dejé la mochila en la camioneta. Tengo que ir a buscarla.
—¿Mi camioneta? —dijo Polo, sorprendido.
—Sí, sí, vinimos de allá con Alejandro…, ¿no sabías? —pregunté, confundida. Su suegro torció la cabeza, metiendo la mano en el bolsillo de esos carísimos pantalones para entregarme la llave—. ¡Ya te la devuelvo!
Acto seguido, corrí entre ellos, agarrando la mano de Marcos y tirando de él para salir de la seccional, donde la multitud había descendido considerablemente desde que habíamos entrado por primera vez, pero todavía quedaban ojos curiosos detrás de los policías que salvaguardaban la entrada.
Y, por supuesto, Floren y Ramiro estaban en primera fila.
Sin embargo, ninguno hizo amague de acercarse al vernos, a pesar de que yo ya tenía el «sin comentarios» en la punta de la lengua.
Él se removió de forma incómoda al visualizarnos y ella lo miró con toda la pena del mundo, por un breve instante, antes de volver a recomponer la cara de hija de puta que parecía tener por nacimiento.
Suponía que chantajear a tu hermano para salir del closet era un límite hasta para los gemelos.
La mano de Marcos amagó a soltarme, pero yo solo la apreté con más fuerza.
—Vámonos ya.
Al oírme, dejó de luchar y empezó a seguirme al mismo paso atropellado.
Esta vez no escuchamos ningún grito en nuestra contra, y solo un par de teléfonos nos siguieron con las cámaras mientras cambiábamos de calle, vereda, dando un par de vueltas, hasta volver a llegar a donde había dejado Alejandro estacionada la tan inconfundible camioneta de Polo.
—¿Qué hacés, Kiki? ¿Por qué no querés ir con ellos?
—¿Lo qué? —pregunté, completamente desorientada, como si me estuviera hablando en catalán. Marcos se pasó las manos por el pelo, visiblemente nervioso—. ¿Por qué querría estar con alguien más que vos en este momento? ¡Hablaste con Hugo!
—Sí, sí, ya sé… —suspiró y miró al suelo, como si nuestras zapatillas fueran lo más importante del mundo—. Pero tenés que declarar mañana. Y cuidarte. Y capaz te sentías más protegida con ellos.
Me dolía hasta el fondo del alma que creyera que, en momentos de crisis, mi acto reflejo no había vuelto a ser el que era exactamente diez años atrás: correr a él, buscarlo a él, estar con él.
Le sostuve la cara entre las manos, obligándolo a mirarme.
—No hay nadie en el mundo en el que confíe más que en vos.
Pude ver cómo le subía la nuez de la garganta, como si recién pudiera tragar.
—No te culparía, posta. Sé el aprecio que les tenés a los Da Rosa y…
—Y a vos te quiero. —Lo corté, con suma seriedad, mirándolo a los ojos—.
No me sale decirlo naturalmente y todo esto es muy nuevo para mí, pero yo…
, yo estoy enamorada de vos, Marcos. No sé desde hace cuando ni me importa averiguarlo ahora mismo…
, pero necesito que confíes en lo que te digo, en mí, y en lo que siento.
Marcos por fin formó una sonrisa que, poco a poco, le llegó a iluminar los ojos.
—Te quiero, Kiki —susurró, su nariz rozando con la mía.
Cerró los ojos, apoyando la frente en la mía, y lo imité, jugando con que teníamos alguna clase de privacidad en el medio de la calle—.
No sé qué haría si no estuvieras acá. Es todo un quilombo…
, de Barcelona me pasaron un contacto de un abogado acá, pero está en Montevideo, y solo puede verlo por videollamada mientras se viene para el juicio y mi hermano está mal, y yo no sé qué hacer.
Le solté la cara solo para poder rodearle el cuello con los brazos y así pudiera sentirme en totalidad, de forma física, y dejara de temblar como si fuera a esfumarme entre sus brazos.
—¿Qué te contó Hugo? ¿Cómo está?
—Irreconocible —susurró, una nota de tristeza clara en la voz—. O peor, reconocible , igual que mi viejo.
—Marcos…
—Ya sé que no es como mi viejo, no en serio, pero está igual. Los ojos hundidos y cansados, las manos quemadas y con callos, el pelo rapado… —Suspiró—. Es la viva imagen de las fotos de él, el único recuerdo que tengo. Y eso lo hace peor, porque está en el mismo lugar que él. Va al mismo lugar.
—Pero tu hermano no es un asesino, eso lo sabemos los dos —insistí, a media voz—. ¿Te dijo por qué…, por qué confesó?
Marcos se separó de mi abrazo, pero mantuvo nuestras manos unidas.