La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTISÉIS EL QUÉ DIRÁN #2
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CAPÍTULO VEINTISÉIS EL QUÉ DIRÁN #2

Lo entendí cuando las puertas se cerraron detrás de nosotros, porque la seccional estaba hecha otro desastre, algo completamente opuesto al ambiente cotidiano y aburrido que había encontrado cuando me habían llamado.

Ahora, estaban inquietos, sus miradas eran rápidas, alertas.

Noté cómo sus manos se aferraban un poco más fuerte a sus radios y cómo sus voces, aunque intentaban mantener un tono controlado, llevaban un matiz de urgencia.

Nadie hablaba más de lo necesario; las órdenes se daban con precisión, a los gritos.

Sentí que cada uno de ellos estaba preparado para cualquier cosa, como si ese momento pudiera definir el curso de lo que vendría después.

Verlos así, todos en sus puestos, pero claramente sobrecargados, me hizo entender la seriedad de lo que estaba sucediendo. Y de lo poco preparados que seguían estando para una crisis así.

Pero todo se detuvo cuando se fijaron en nosotros, como en cámara lenta.

El comisario se aclaró la garganta en alto y todos los demás policías continuaron sus movimientos.

—Durante la visita, no podrá entregarle ningún tipo de objeto al señor Arias sin nuestra autorización.

Además, cualquier conversación que mantenga con el detenido deberá estar dentro de las normas establecidas.

Le pido por favor que siga las indicaciones del personal en todo momento.

¿Tiene alguna pregunta antes de que lo acompañe al área de visitas?

Marcos negó con la cabeza y se acercó a mí, abrazándome con fuerza.

Primero pensé que lo necesitaba antes de hablar con su hermano, pero, de pronto, lo escuché hablar en susurros en mi oído:

—¿Tenés el pendrive de la funeraria? —Asentí, aferrando mis manos a sus costados. Nunca lo había sacado del bolsillo del pantalón y no es como si tuviera muchos pantalones—. Usalo acá. Hay que estar un paso delante de ellos.

Se separó tan rápido como se acercó, y por un momento creí que lo había imaginado.

Pero antes de seguir por el pasillo con el comisario me volvió a ver y asintió.

Otro policía se acercó a mí, uno con apariencia nerviosa mucho más joven que los demás que, para mí fortuna, parecía estar más descolocado por las luces de la noticia que yo.

Seguro no estaba en la fuerza cuando el caso de mi hermana había saltado, por la forma en la que me observaba, como si fuera un extraterrestre.

—¿Señorita Kaczka? Hay una sala de espera acá nomás. Si quiere yo…

—Disculpe, oficial… —Me detuve, leyendo el nombre en la plaquita de su pecho.

No había ningún adorno en su uniforme, si era un agente era suerte—.

Oficial Ribas, ¿puedo hacerle una pregunta?

Es que estoy preocupada por lo que va a pasar con Hugo Arias ahora.

—dije, sosteniéndolo del brazo—. Es un minuto, se lo juro, es que esta situación me angustia un montón, ¿sabe?

El policía se detuvo en seco, dudando visiblemente de si hacerme caso o no.

—Entiendo que esté preocupada, pero no puedo darle muchos detalles. —Decidió decir, al fin. Torcí la cabeza, llevándome las manos al corazón. Y él suspiró—. Sin embargo, haré lo posible por aclararle lo que pueda.

Pasé frente a la puerta de la sala de espera, para llegar a la de las computadoras que había visto durante mi charla con el comisario. Estaban todos en sus lugares, moviéndose frenéticamente, menos un lugar libre, que daba de espaldas a la puerta.

—¡Gracias! ¿Me puedo sentar acá? ¿Es ese su lugar?

—adiviné, entrando con rapidez. Había semejante quilombo alrededor que a nadie pareció importarle como me instalé, apoyándome en la mesa, a un lado de la torre de la computadora—.

Oficial Ribas, ¿lo van a dejar acá mucho tiempo a Hugo?

¿Qué va a pasar después de que lo interroguen?

Descolocado, el oficial se sentó en la silla frente a la computadora.

—Mire, lo que puedo decirle es que en este momento estamos siguiendo el procedimiento estándar. Después del interrogatorio, se evaluará si queda en la seccional o si será trasladado a otro lugar.

—Pero, ¿usted cree que lo van a trasladar?

—insistí, frunciendo el ceño. Hacerme la tarada nunca había sido mi fuerte, pero sabía que mientras abriera mucho los ojos, como si todo fuera sorpresa, y mantuviera la voz estable podría llegar a sonar creíble—.

¿No hay alguna forma de saber si lo van a liberar pronto?

Había más chances de que me creciera un tercer brazo del ombligo a que liberaran a Hugo, pero mi mano se estaba deslizando de mi bolsillo hacia la parte de atrás de la torre y necesitaba que él siguiera hablando.

—Eso depende de lo que determine el fiscal y el juez. Yo no puedo anticipar esa decisión. Si no hay indicios suficientes, podría quedar en libertad. Si los hay, podría enfrentar otras medidas. Pero en este punto, todo está en manos de la justicia.

Hice un esfuerzo consciente por no rodar los ojos, porque si algo me habían enseñado los años era que la justicia acá tenía poca validez.

—¿Y si es solo una confusión? ¿No hay manera de que todo se aclare hoy mismo?

—Entiendo su preocupación, pero esto lleva su tiempo.

El proceso es así para asegurar que todo se maneje correctamente.

Lo mejor que puede hacer es estar preparada para cualquier resultado.

Le recomiendo que hable con un abogado…, para que pueda asesorarla mejor, estoy segura de que el acusado ya tiene uno…

proporcionado por su hermano, ¿verdad? Seguro él lo está ayudando ahora.

—Se detuvo, acercándose más a mí, para hablar más bajo, como si fuera un secreto entre los dos, después de mirar alrededor y asegurarse de que nadie estaba juzgándolo—.

El ganó mucha guita por el libro ese, ¿no?

No va a tener problema en conseguir un buen abogado.

No empecé a reír solo porque acababa de desconectar el pendrive, pero asentí.

—¿Marcos? Bueno, sí —dije, encogiéndose de hombros. Me aclaré la garganta, alejándome—. ¿Sos periodista vos también? ¿Te interesan estos temas? ¿Querés una primicia? Porque yo tanto no sé de ellos…

El policía se sonrojó, yéndose hacia atrás, azorado.

—No, no, lo que menos quiero es meterme, era solo…

Detrás de nosotros, la puerta de la oficina se abrió, haciendo resonar las bisagras.

—¿Chiara Kaczka? Usted no puede estar acá.

Me metí la mano en el bolsillo, guardando el pendrive, y me giré para encontrarme a un policía con una cantidad de franjas doradas en el uniforme como para entender que no iba a ser tan fácil de convencer que era media boluda. Así que solo sonreí, encogiéndome de hombros.

—Disculpe, me distraje y lo distraje a él, ¿a dónde voy?

El oficial resopló, mandándole una mirada asesina al pobre policía que ahora temblaba en su asiento, y me llevó hasta la sala de espera sin una palabra más.

Pero apenas me había podido sentar, con el pendrive quemándome el bolsillo y el oficial mirándome como halcón desde mi costado, cuando la puerta se volvió a abrir.

Marcos traía mala cara, el ceño fruncido y con apariencia frustrada, los puños cerrados.

—¿Ya terminaste?

—No me dieron mucho tiempo —dijo, y lo vi tragar con dificultad—. ¿Vamos?

—¿Estás bien, Marcos?

Él no miraba a nadie que no fuera a mí, pero las palabras no parecían salir.

Dio dos zancadas hasta estar frente a mí, y habló contra mi pelo.

—No sé con quién estuviste hablando esta semana, pero no fue con mi hermano.

—¿Qué…?

El oficial habló por encima de los dos, algo sobre que el comisario quería verme, pero era incapaz de prestarle atención, no cuando podía sentir la tensión desprenderse del cuerpo de Marcos como una enfermedad contagiosa por vía respiratoria.

—Hugo llevaba semanas trabajando en las minas de Candiota, en Brasil. Está lleno de hollín—Soltó, de golpe. Abrí los ojos de par en par, reteniendo el aliento, sintiendo su mano apretar la mía con demasiada fuerza—. Bajo tierra. Sin señal.