CAPÍTULO VEINTISÉIS EL QUÉ DIRÁN
La media hora de distancia desde la estancia Da Rosa hacia el centro fue hecha en unos confusos veinte minutos. O menos.
Alejandro no me dejó manejar sola hasta la seccional por lo mucho que me temblaban las manos, además de que él no quería manejar el Jeep y al instante le pidió las llaves a Polo de su camioneta y, para alguien tan perfecto , sí estaba pasándose por el culo el límite de velocidad.
Mi tía me había llamado a los gritos, y tratar de tranquilizarla por teléfono, cuando yo misma me sentía lista para saltar de la camioneta en movimiento, había sido una tarea titánica y, al final, fallida. Me pedía que me volviera ya a Buenos Aires.
Pero yo no podía hacer eso. No podía irme, no ahora.
El minuto a minuto estaba completo en las historias de Instagram de Cómo No Ser Una V íctima, y por la forma de escribir no podía reconocer cuál de los gemelos estaba redactando el texto, pero sabía que estaban juntos porque se veían en los reflejos de los vidrios de la calle mientras grababan a la patrulla llegar a la estación de policía.
Primero, habían mandado a todos sus seguidores al perfil de Marcos, donde solo había un video nuevo en el perfil de él hablándole a la cámara por la mañana.
Todavía tenía los ojos rojos y tristes como cuando había dejado el hotel, y el pulso le temblaba por la forma en la que la imagen se desenfocaba, pero hablaba con seriedad y decisión, sin tartamudear ni temer:
Hugo, mamá no tiene tanto tiempo. El cáncer no puede esperar. Hablame, por favor. Te prometo que lo vamos a resolver. Volvé a casa.
Y luego, lo peor, el instante en el que la patrulla llegó a la estación, donde hicieron un video en directo: la puerta trasera del auto se abrió lentamente, y lo vi salir.
Llevaba la cabeza baja, sus hombros estaban encorvados, y sus manos, esposadas, llenas de hollín.
Los paparazzi se abalanzaron, sus cámaras parpadeando incesantemente, capturando cada ángulo de su rostro, aunque él hacía todo lo posible por evitar las miradas.
La gente alrededor, una mezcla de curiosos y detractores, se movía inquieta, algunos susurrando, otros gritando cosas que no alcancé a entender del todo.
Había una tensión en el aire, una mezcla de indignación, morbo y expectación.
Y los gemelos estaban revolcándose en el escándalo como chanchos en el barro.
Era un espectáculo inquietante: ver a alguien tan expuesto, tan vulnerable, bajo las luces de las cámaras y las miradas de la multitud, después de diez años en los que Hugo Arias estuvo huyendo de la justicia.
Cuando finalmente Hugo desapareció dentro de la estación, el ruido de la multitud se desvaneció lentamente, pero la imagen de su cabeza baja, casi resignada, quedó grabada en mi mente mientras la pantalla de mi celular se tornaba en negro.
Pero no por mucho tiempo, porque pronto empezaron a caerme mensajes de Nicki y Catalina, que eran básicamente las únicas personas en Melo con mi número, preguntándome dónde estaba y cómo me sentía.
Y la verdad era que no me sentía capaz de responder; tenía los dedos tiesos sobre la pantalla, inmóviles.
Al único que llamé fue a Marcos, pero el número me dio ocupado.
El rostro envejecido y venido a menos de Gisela, lleno de lágrimas, angustiado y aliviado al mismo tiempo por finalmente tener noticias de su primogénito se me venía a la mente instantáneamente, y no dudaba que debía estar hablando con ella.
O, no sé, con su publicista, porque esto afectaba su libro y nombre de forma internacional.
—¿Estás seguro de que… de que Hugo confesó?
—Tengo un contacto en la policía que me llamó en cuanto apareció —empezó a contarme, antes de ponerse a maniobrar para estacionar.
La calle seguía llena de personas con los teléfonos fuera, esperando que un policía diera la cara—.
Se entregó, Chiara. Él mismo fue a la seccional de Tranqueras a entregarse.
Dejé de escuchar, como si en un segundo hiciera oídos sordos, mientras volvía a desbloquear la pantalla del celular para buscar en Google dónde quedaba exactamente Tranqueras y no quedar como una ignorante frente a Alejandro.
Rivera , la respuesta era una ciudad chiquita de Rivera.
Estaba a menos de 100 kilómetros de Melo, poco más de una hora de distancia y era la única explicación que le encontraba a la señal rebotando en alguna torre como para figurarme que su teléfono estaba en esta ciudad, cuando su culo no lo estaba.
—¿Me escuchaste, Chiara? —Negué con la cabeza, viendo cómo se arreglaba los lentes sobre el puente de la nariz, de una forma que solo un hombre con una misión lo haría—. Polo está tratando de poner a tu padre presentable para venir, pero podés esperar acá. Nicole está a la vuelta…
No le di tiempo a responder y me bajé del auto, empezando a correr, mientras escuchaba cómo gritaba mi nombre detrás.
Me zumbaba la sangre en los oídos, y mis brazos se movían con violencia para pasar entre la gente, dando codazos hasta pasar la patrulla y llegar a la puerta, donde me encontré que no era la única con la misma idea en mente.
—¡Marcos!
—¡Kiki!
Abrazarlo se sintió como volver a casa.
Los flashes de las cámaras, los gritos de las personas, las quejas de los policías, nada más importaba. Dudaba que algo más existiera, siquiera, que el volver a sentirlo cerca de mí.
—¿Estás bien…?
—¿ Vos estás bien…?
Hablamos al unísono, separándonos de la multitud para entendernos mejor.
Marcos tenía la respiración acelerada y se notaba que había estado corriendo, o al menos que el estrés que experimentaba lo hacía verse así, por eso apoyé las manos en su pecho, tocando su corazón a punto de explotar y su cuerpo temblar.
Sus manos sostuvieron mi cara, aferrándose a ella como si fuera lo único real en su vida.
—¿Tranqueras? —susurró, su voz incrédula, mientras yo hacía puntitas de los pies para poner mi frente con la suya—. ¿Mi hermano siempre estuvo en Uruguay? ¿Siempre estuvo a un par de horas de acá…?
—¡Te juro que no sabía nada! —dije, con la culpa todavía atragantada, deseando desesperadamente que el corazón debajo de mis manos pudiera creerme—. Nunca me dijo dónde se escondía. Nunca supe…
—Ya sé, ya sé, ya sé… —dijo, negando con la cabeza.
Se separó, mirando más allá de mí, para dar un paso atrás que me hizo creer lo peor—.
Perdón por irme así. Tenía que hacer algo.
Tenía que hablarle, pero bloqueó mi número, entonces pensé que podía encontrarme él, ¡pero no que se iba a entregar, la puta madre!
—Dios, Marcos… —suspiré, y por un acto reflejo que no sabía que poseía, traté de tirar de él para poder consolarlo ante la desolación de su rostro, pero él todavía estaba tenso entre mis brazos.
—¡Che, Chiara! ¿Se te olvidó lo que hizo el hijo de puta del hermano?
Sobresaltada, me volví entre la multitud para encontrar al dueño de esa voz, pero había demasiadas caras observándonos, algunos atropellándose entre sí para estar más cerca, a pesar de que la policía trataba de mantenerlos alejados de la puerta de la seccional.
—¡Vas a terminar igual que ella, por pelotuda!
Una segunda voz se escuchó por sobre los gritos, y pude sentir el cuerpo de Marcos tensarse, creando distancia entre los dos.
—¡No aprendiste nada, pendeja boluda!
Furiosa, seguí de puntitas de pie para ver entre la gente, aunque eran demasiadas.
—¡Vení y decímelo a la cara, pelotudo! —grité, en respuesta—. ¡Vení si tenés huevos!
—¡Chiara! —dijo Marcos, agarrándome del brazo para alejarme de la gente.
Estaba incómodo, rehusándome la mirada, presa del ojo público.
—No, no te pongas así, sabés que están diciendo cualquier cosa.
—No es nada nuevo, no me importa, pero vos…
—¿Yo qué? ¿Te pensás que a mí me importa?
—Fruncí el ceño, agarrándole la cara entre las manos para que me mirara a los ojos.
Después de tanto, después de todo, parecía querer crear distancia física entre los dos por mí beneficio, incluso en el momento más vulnerable de su vida, con su hermano reapareciendo de la peor forma posible.
Se me cerró el pecho, de repente el corazón pesándome una tonelada—.
Marcos, a mí me chupa un huevo lo que piense este pueblo.
Yo te quiero a vos, ¿entendés? Por favor, decime que entendés.
—Su mirada se suavizó, sus manos dejando de formar puños, pero no dijo una palabra—.
¿Qué? ¿Qué pasó ahora? —murmuré, asustada.
—Es la primera vez que decís que me querés.
Palidecí, una risa tonta saliendo de mi boca sin permiso; ¿de verdad acaba de decirlo, en ese momento? ¿Y no me había explotado la cabeza? ¿Y no se había muerto nadie? ¿Y él estaba… feliz por eso?
Si no estuviera frente a la seccional de policía capaz hasta me ponía a llorar y todo.
La puerta principal se abrió, el comisario Santos llegando hacia nosotros.
—¿Marcos Arias? Ya puede pasar.
Marcos sostuvo mi mano de repente, apretándola con fuerza.
—Vení conmigo, por favor. —El comisario abrió la boca, dispuesto a negarse al instante—. Es familia, comisario. Ya sabe.
—Solo familia directa , señor Arias. No lo haga más difícil.
—Comisario, ¿usted ve lo que pasa acá afuera? Tampoco es que me pueda quedar sola. —Puntualicé, lógicamente, señalando lo alterada que estaba la multitud—. Déjenme esperarlo adentro, al menos. Por favor.
Dudaba que fueran mis palabras educadas las que convencieron al comisario de dejarme pasar a la seccional con Marcos, pero parecía haber sido suficiente para él si eso significaba minimizar el verdadero desastre que estaba siendo ese momento, sobre todo para un pueblo tan tranquilo como Melo.