CAPÍTULO VEINTICINCO DEBUGGING #2
La ira que ya estaba burbujeando dentro de mí al ver que era incapaz de tomarme en serio solo llegó a su pico máximo al oírlo desacreditar la muerte de mi hermana como si hubiera sido un hecho más de su patética existencia.
Eso fue lo que me llevó a agarrar heno dentro de mi puño, sin importarme sin tenía estiércol o comida en él, y tirárselo por la cabeza.
—¿¡Qué…!?
—¡La puta madre, reaccioná! —grité, histérica.
El caballo más cercano a mí relinchó y yo casi le pido disculpas—.
¡No podés ahogarte en alcohol todas las noches y dejarte morir porque ella ya no está!
Eras increíble , un laburante modelo apasionado por su trabajo, una persona capaz de criar a dos niñas completamente solo al perder a mamá.
Y nunca me dejaste olvidarla, a pesar de que yo no sé cómo era; no sé si me parezco a ella, yo solo sé en lo que me parezco a vos.
—Mi voz fue bajando en intensidad, mi corazón ahogándose en mi pecho—.
Y vos no sos así, no sos esta vergüenza que tengo en frente y que parece un alma en pena, papá.
Me dejaste ir con la tía Ana para cuidarme, aunque eso te dejara a vos completamente solo.
Pero después te olvidaste de mí, de Eva, de mamá y de vos.
Tenía el pelo cubierto de heno, enredado y largo, con la cara manchada de tierra y pasto, pero nunca lo había visto tan despierto como en ese momento.
—Nunca me olvidé de ustedes. No te atrevas a decir eso, Chiara.
—¡No lo parece, si eras incapaz de llamar!
—¡Quería que estuvieras bien y yo no estaba bien!
¡No era bueno para vos! —Él se pasó las manos por la cara, embarrándose todavía más—.
No quería que me vieras así, no quiero que me veas así.
—Se corrigió, su voz baja y contenida—. No tengo nada para darte.
Esta vida…, no es la vida que quiero, no es mi vida, pero no puedo parar. No puedo estar bien sin ellas.
Sollocé, tragándome las lágrimas, porque sabía que nada desacreditaba más una discusión con una persona como él que el llanto.
—¿Por qué yo no era lo suficiente para que quisieras estar bien?
Él se retorció como si le hubiera pegado, sus ojos negándome la mirada.
—Chiara…
—No, no —dije, con firmeza—. Eras mi padre, te necesitaba.
Se había desangrado mi hermana en frente mío y me habían dado un balazo que me había dejado una semana en el cti.
Te necesitaba. Y no fuiste capaz de estar para mí.
Me mandaste lejos y te olvidaste de mí, de que te quedaba una hija viva que sí sabía cómo eras realmente.
Mi padre tenía los ojos cristalizados y una mano en el pecho, como si pudiera sentir la bala que me había atravesado.
Pero nunca iba a sentirla, ni todo lo que había sentido yo mientras él me dejaba sola para refugiarse en el alcohol en lugar de en mí.
—¿Qué querés de mí, Chiara?
Pude sentir como una lágrima rebelde se deslizaba por mi cara, hasta que probé el sabor salado en mi boca. Y, aunque traté de limpiármela con rapidez, sabía que la había visto, porque otras estaban acompañándola.
—Quiero a mi padre de vuelta.
Él volvió a respirar profundamente, como si le costara trabajo a su corazón conseguirlo.
—Creo que está muerto.
Contra todo pronóstico, reí.
Me dolía el pecho, la cabeza me estaba por explotar y estaba sentada sobre paja y caca de caballo, rodeada de animales alterados por mi presencia ahí, tratando de razonar con un hombre jubilado de setenta años que no me conocía, que no conocía, pero eso no evitaba que estuviera rogándole un amor que claramente nunca iba a ser capaz de volverme a dar.
Pero había cumplido mi parte del debugging, confirmando mis sospechas de Kamil. Cualquier otro propósito era una pérdida de tiempo y, francamente, un reflejo de lo poco que me quería y respetaba a mí misma.
—Avisame si algún día le importo lo suficiente y revive, papá .
Sin mediar más palabras, me levanté del suelo, sacudiéndome para limpiarme y me fui del establo con la cabeza en alto y la mochila al hombro, acariciando a los caballos a medida que salía, tratando de trasmitirles que estaba dejándolos con un problema, pero inofensivo para ellos.
La única que podía salir lastimada por su culpa era yo.
Pero, una vez fuera, el sol me dio en la cara con la fuerza suficiente para hacerme llorar.
—¿Chiara?
La figura de Alejandro Da Rosa estaba frente a mí, su rostro mostrando la clase de preocupación que solo un padre podía dar, esa que tanto ansiaba conseguir.
Mi cuerpo se movió solo, dando dos pasos, abrazándome a él. Y lloré por la madre que no tenía, por la hermana que no tenía y por el padre que no me quería lo suficiente como para tenerme.
Le llené de mocos y lágrimas su (seguramente) muy cara camisa de médico. Y él no dijo una sola palabra, abrazándome, permitiéndome llorar en paz por minutos y minutos, hasta que finalmente susurró:
—¿Ya hablaste con Nicole?
—¿Qué? —pregunté, separándome lo suficiente como para mirarlo a la cara. Tenía el ceño fruncido y el rostro oscurecido como nunca lo había visto antes—. No, no…, ¿qué pasó? ¿Nicki está bien?
Alejandro me miró desde allá arriba, como siempre hacía, pero que en esa ocasión me hizo sentir tan, pero tan pequeña, que dudé si acaso no tenía doce años y lo veía a través de las luces fluorescentes del hospital, donde me contaba cómo me había sacado con éxito la bala del cuerpo sin dañar ningún órgano interno importante.
—Encontraron a Hugo Arias. Está en custodia policial.
Podría jurar que, en un instante, se me había parado el corazón.
—¿Qué…?
—Confesó —dijo, su voz firme y lenta, para que no me confundiera en el estado en el que estaba—. Ya terminó todo, Chiara. Por fin terminó.