CAPÍTULO VEINTICINCO DEBUGGING
El concepto de «divide y vencerás» en programación se refería a una estrategia de resolución de problemas que implicaba dividir un problema grande en subproblemas más pequeños y manejables, resolver esos subproblemas de manera independiente, y luego combinar las soluciones para resolver el problema original.
Esta técnica era la base de muchos algoritmos eficientes para así ordenar grandes cantidades de datos, especialmente de forma eficaz en términos de tiempo.
Y eso era exactamente lo que yo necesitaba en ese momento.
Antes, había abordado la investigación como lo haría Marcos, como si estuviera haciendo un libro y necesitara que todo coincidiera a nivel narrativo, cuando debería haber empezado a verlo como un problema de debugging para así terminar de entenderlo por mi parte, como el desastre que realmente era, donde las personas cometían errores sin razones más allá de ser un grano en el culo.
Y el primer error que debía resolver por mí misma era mi padre, con mi mochila al hombro.
Mandar a Floren y Nicki a que corroboraran las historias de sus hermanos, dejando un testimonio escrito y firmado, no iba a ser para nada fácil de conseguir.
Sin embargo, tratar de que el borracho de mi viejo se acordara de algo que podría o no haber hecho mal económicamente con el campo hacía años parecía una misión imposible.
Nicki me había prestado su Jeep para manejar hasta la estancia, con mis nudillos blancos alrededor del volante; había llamado a Marcos y no me había contestado.
Tenía que contarle sobre Ramiro y Kamil, porque esta nueva información podría o no quitarlos de nuestras listas de sospechosos.
No confiaba en Floren, pero se notaba lo suficientemente irritada con toda su explicación como para sonar sincera.
Sin embargo, Kamil podría no estar tan contento de que Eva supiera su secreto, y eso podría haberlo llevado a matarla, ¿verdad?
Los Da Rosa eran la perfecta familia católica del interior, ejemplares desde todo punto de vista, donde seguramente solo habían creado alguna clase de polémica cuando su hija se había puesto de novia con alguien más de diez años mayor, pero al haber terminado en casamiento realmente no había nada para reprochar.
Su boda había sido el evento del año, al final del día.
Pero, ¿tener un hijo que le gustaran otros hombres en pleno 2004? Discutible.
Necesitaba que Marcos lo supiera. Pero ni él ni Hugo respondían mis llamadas.
La camioneta de Polo estaba estacionada fuera de la estancia, lo cual era completamente entendible al ser un día laboral, pero tampoco iba a detenerme.
Estacioné fuera y pasé con la misma tranquilidad que la última vez, los trabajadores apenas compartiendo miradas entre ellos cuando me veían avanzar.
Antes no me había llamado la atención.
Ahora, en cambio, ¿me estaban esperando, acaso?
Me sentía intranquila mientras caminaba hacia la casa, una bruma nueva nublándome el camino.
Incluso los caballos parecían incómodos, caminando con balanceos dentro del establo, algunos dando patadas al suelo por el repique del sonido a distancia.
Habían cambiado en diez años, ya no eran los potrillos que yo conocía y nombraba en mi tiempo libre, pero reconocería la importancia de esos relinchos molestos en cualquier parte.
Contra mi mejor juicio, me acerqué a los establos.
Sentí un nudo en el estómago mientras avanzaba, observando cómo uno de los caballos tenía las orejas hacia atrás y los ojos muy abiertos. Otro, más al fondo, golpeaba con su cabeza la puerta del establo, algo que nunca haría normalmente.
Me acerqué lentamente, tratando de calmar a los animales con palabras suaves, pero mi preocupación crecía a cada paso.
El olor en el aire era más denso, mezclado con un sudor que no debería estar ahí, como si los caballos hubieran estado bajo un gran estrés.
Algo no cuadraba. Seguí avanzando, intentando descubrir qué los había alterado tanto.
De repente, lo vi. Al fondo del establo, medio oculto entre el heno, yacía un cuerpo inmóvil. Me congelé por un momento, el corazón me dio un vuelco. Me acerqué rápidamente, con una mezcla de urgencia y miedo, y al llegar a su lado, me di cuenta de que era un hombre.
Mi padre.
Sabía que era un borracho autodestructivo y, aun así, cada vez que lo veía así me quedaba sin aliento.
Pero eso no evitó que me moviera hacia el estanque de agua de los caballos, sosteniendo el líquido que podía en mis manos, ya que sería imposible levantarlo, y volver hacia él para arrodillarme en el heno y tirárselo en la cara.
Y así repetidas veces, hasta que empezó a reaccionar, igual que la última vez.
—¿Papá?
Tardó un momento en enfocarme con la mirada, y cuando lo hizo, sus ojos reflejaban una mezcla de confusión y alivio.
—¿Dónde…? —murmuró, intentando incorporarse, pero su cuerpo no respondía del todo. Coloqué una mano en su hombro, instándole a que se quedara quieto.
—Parece que una de tus noches locas terminó en el establo —dije, con un deje de gracia, viéndole la cara ahora mojada y desenfocada—. Los caballos están del orto. Los asustaste.
Poco a poco, su respiración fue volviéndose más regular. Asintió ligeramente, como si estuviera recordando algo.
—No… no llegué a la cama.
Se acomodó hacia atrás, cerrando los ojos, tras dar respiraciones profundas.
Moví un poco el heno, asegurando de no estar sentándome en estiércol, y suspiré.
—¿Pasó algo nuevo?
Él bufó, llevándose las manos a los ojos, refregándoselos para desperezarse.
—La vida, nena. La vida.
Puse los ojos en blanco, a pesar de que no estaba viéndome.
—¿Cuánto tiempo tardás en reaccionar normalmente, papá? Quiero hablar con vos —dije, tratando de sonar lo más seria posible, para transmitirle la importancia en mi voz—. Y necesito que estés consciente para hacerlo.
Él protestó, puteando por lo bajo.
—Pareces tu madre, insoportable. Dame un segundo, por Dios.
—bramó él. Me detuve en seco, los hombros tensándose mientras lo veía incorporarse.
Tuve que respirar hondo varias veces, centrarme en el olor a amoníaco por la orina de los caballos, a madera envejecida y tierra húmeda para localizarme en tiempo y espacio.
Mi padre abrió los ojos, apoyándose en una de las maderas que sostenía la comida de los caballos—.
¿Qué? ¿Por qué tenés esa cara? ¿Se te murió otra oveja?
Me reí, una risa cruda y pesada que retumbó en el establo.
—Nunca me habías dicho que me parecía a mamá —susurré, mi voz pequeña y débil, de pronto ahogada en mi garganta—. Es eso, nomás.
Mi padre parpadeó varias veces, sus ojos verde oscuro enfocándose con lentitud, como si fuera la primera vez que realmente me veía a mí desde que había vuelto a Melo. Me preguntaba cuántas veces tenía que hacerlo para dejar de ver a Eva. O a mamá.
—¿Qué querés de mí, Chiara? No tengo nada que darte.
Su voz estaba cansada, triste, pero, principalmente, derrotada .
Ningún hijo debería ver así a su padre. Era desolador.
—¿Le vendiste la estancia a los Da Rosa porque estaba por quebrar?
De todas las cosas que podría haberle preguntado, esa pareció ser la única que no se esperaba. Pero tardó poco en recomponerse y mover los brazos con molestia, como si fuera un mosquito que lo estaba tratando de picar.
—Algo así, qué sé yo.
—Explícame, papá.
Él se quejó, negando con la cabeza.
—¿A quién le importa? Ya pasó, ya pasó.
—¿Cómo pasó? —insistí, ignorándolo olímpicamente—. Necesito saberlo, papá. Ya vi los libros contables, no tiene sentido. La alianza territorial con los Da Rosa no era rentable, deberías haber cortado lazos con ellos y todo se hubiera solucionado para nosotros. Eso es lo único claro en las cuentas.
—Alejandro Da Rosa te salvó la vida, Chiara —dijo, con voz baja y contenida—. Le hubiera regalado el campo. Vendérselo evitaba fundir nuestro nombre y preservar el poco orgullo que nos quedaba, por mucho que me joda.
—Papá, hay falsificaciones de informes de progreso, justificando el uso de subsidios estatales —insistí, recordando lo que había leído antes—.
Manipulación sobre el crecimiento del ganado, lavado de dinero a través de bienes inmuebles en gastos ficticios, desvío de plata para compra de propiedades que no tienen que ver con la estancia…
Los Da Rosa se estaban aprovechando de nosotros desde que Kamil los manejaba.
Él abrió mucho los ojos en genuina sorpresa, pero noté que trataba de esconderla.
—No sé de qué estás hablando.
—Y no, si Kamil manejaba las finanzas de ambas estancias, ¿no?
Pero vos sabías que algo estaba mal, en el fondo, por eso querías que Eva formara parte del equipo contable, ¿verdad?
Aunque vivieran a las puteadas —Lo vi apretar la mandíbula, tensándose—.
Sabés que tengo razón, papá. Kamil estaba esperando el momento justo para sacarnos todo.
Vos sabías eso y estabas preparándote para eso hasta que Eva murió.
Sin embargo, la terquedad venía de familia, y sabía que no era del lado de mi madre específicamente.
—Creo que estás subestimando la mente maestra de un pendejo de, no sé, veinticinco años en ese momento —dijo mi padre, con hastío—.
Se habrá metido en un par de mambos y no sabía cómo salir, y sí, nos estaba comprometiendo y yo prefería tener a mi propia sangre revisándolo, sobre todo para el futuro, pero…
—Pero, ¿qué? —Lo corté, bruscamente.
—Pero no sé a dónde querés llegar rompiendo las pelotas con esto diez años después.
—Creo que Kamil mató a Eva porque descubrió sus «mambos», papá —dije, haciendo comillas con los dedos—. Ahí quiero llegar, a la verdad .
Acto seguido, mi padre se rio, como si estuviera boludeándolo.
—¿Y saberlo la traerá de vuelta?