La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTICUATRO MANO A MANO
70%

CAPÍTULO VEINTICUATRO MANO A MANO

Al crecer, había minimizado la importancia de tener una amiga cercana en mi vida.

En terapia, mi psicóloga solía decir que era una persona muy introspectiva, y que creía que por saber reconocer lo que me pasaba significaba que no necesitaba ayuda de nadie más para entenderme y arreglarme, ni siquiera de ella.

Y es que a veces no necesitaba entenderme para sentirme mejor, pero esa ficha solo me cayó cuando Nicki me abrazó en la puerta del hotel, sin decir una sola palabra ni pedirme una mínima explicación, y pude sentir en sus brazos como a veces las palabras solo servían para confundirme más y tener una amiga que no me las pedía era como dar una gran bocanada de aire después de haber estado toda mi vida bajo el agua.

Llevaba toda mi vida buscando flotadores, cuando ella siempre había estado ahí.

Me había pasado la mañana mandándole mensajes a Hugo, llamándolo, desesperada por hacer algún contacto con él, pero siempre iba a correo de voz. No me había bloqueado, porque siempre daba llamando, pero no llegaba a ningún lado.

Entendía que él estaba protegiéndose a sí mismo con su anonimidad, porque sería peligroso aparecer cuando el verdadero asesino seguía suelto, pero él iba a darle respuestas a Marcos quisiera o no. Era lo mínimo que podía hacer después de haber sido descubierto.

Después de haberme autocompadecido lo suficiente, y de considerar la posibilidad de darme la cabeza contra la pared hasta desmayarme para que pasara el tiempo más rápido, había decidido llamar a Nicki y preguntarle si tenía tiempo para vernos.

Y ella me había dicho que sí, con su alegría natural que esperaba que fuera contagiosa.

Me había vestido con los mismos pantalones negros que ya tendría que haber puesto a lavar, pero no tenía más fuerzas para algo más, y una musculosa blanca que había visto días mejores.

Era esperable que Nicole me llevara al centro, tanto que no me quejé. No me quedaba energía ni para eso.

Al principio, solo la seguí, sin mucho ánimo.

Pero mientras caminábamos por las calles, empecé a notar la energía vibrante que llenaba el aire.

Había música en cada esquina, los tambores resonaban en el pecho como un recordatorio de que la vida seguía su curso, aunque yo me sintiera estancada.

Las murgas ensayaban a plena luz del día, sus voces mezclándose con las risas de los niños que corrían disfrazados por la plaza.

Y Nicki me sostenía del brazo, recordándome que no estaba sola.

—¿Demasiado? —me preguntó, cuando cerré la mano en torno a su brazo con demasiado fuerza, cuando una de las niñas con máscaras se acercó a nosotras con una curiosidad infantil para nada reprocharme, pero que a mí me hizo dar un paso hacia atrás.

—Un poco, perdón.

Meterme de lleno en las celebraciones del carnaval era como terapia de choque para mí.

Sentía todos los nervios del cuerpo expuestos, pero creía que no me quedaban lágrimas en el cuerpo para llorar y, en esa angustia, esa distracción era justo lo que necesitaba para dejar de pensar en si había arruinado todo con Marcos antes de darnos una oportunidad para siquiera empezar.

Nicki no esperó más y me llevó a la feria de artesanías.

Los puestos estaban llenos de colores, collares hechos a mano, bolsos tejidos, y figuras talladas en madera que reflejaban la cultura de Uruguay.

A pesar de mí misma, me encontré tocando los objetos, sintiendo la textura de los tejidos, admirando el trabajo detallado en cada pieza.

Había collares de cuentas de colores, pequeñas y brillantes, cuidadosamente ensartadas en patrones geométricos que parecían inspirados en la naturaleza.

Los colores vibrantes que se combinaban de una manera armoniosa, formando figuras que recordaban a las flores y los paisajes de Melo.

—¿Te acordás de que mi padre nos regalaba uno cada año cuando nos traía a ver las murgas?

—Parece que fue hace una eternidad —susurré, observándolos.

Pero era verdad que, en algún momento del tiempo y desde que mi padre y Alejandro habían empezado a hacer negocios juntos con las estancias, él siempre se preocupaba por comprarnos alhajas cuando tenía tiempo en carnaval, que era una semana que solía tomarse de vacaciones.

Algunos collares estaban hechos con piedras semi preciosas, lisas al tacto y pulidas hasta brillar suavemente bajo la luz del sol.

Las piedras, en tonos de amatista, cuarzo rosa y turquesa, estaban engarzadas en hilos de cuero o cordones trenzados de fibras naturales.

Los hilos, finamente trabajados, añadían un toque rústico pero elegante, como si cada pieza fuera un pequeño trozo de la naturaleza transformado en joya.

—¿No te los llevaste cuando te fuiste?

—No, siguen en casa de mi padre —dije, toqueteando en particular uno de hilo de cuero con una pluma—. Me había olvidado de todo esto. Que había…, no sé, tanto que ver en época de carnaval.

—Es precioso todo, ¿verdad? Parece que no pasó un día desde que te fuiste, ¿eh?

—dijo ella, con una leve sonrisa. Sus manos tomaron el collar que sostenía, y se lo enseñó a la artesana, tras sacar un billete de su bolsillo, pese a mi negativa—.

Dejá quieto, es un regalo de mí para vos, así sigue la tradición.

Reí quedadamente, aceptando que me prendiera el collar.

—Así me gusta, riéndote —dijo Nicki, mientras nos alejábamos de la artesana, su brazo volviendo al mío—. Me encanta que me llames, pero, ¿querés contarme qué pasó? Tenés una carita desde hoy…

Nos detuvimos frente a un escenario improvisado donde un grupo local tocaba música en vivo.

La gente se había reunido alrededor, algunos bailaban, otros simplemente disfrutaban del momento mientras se veían entre sí, con una alegría casi contagiosa.

Esperaba que eso distrajera lo suficiente a Nicki, pero podía sentir su mirada a mi derecha, expectante.

Respiré hondo, negando con la cabeza para mí misma.

—Discutimos con Marcos, nada nuevo.

—¿No?

Era obvio que no me creía una mierda, pero yo sentía la lengua pesada de mentir.

—Bueno, no sé. Las cosas nunca son nuevas con él, hasta que sí lo son y no sé qué hacer —dije, atropellándome con las palabras—.

Pero me mandé una cagada y tiene todo el derecho de estar enojado conmigo.

Y necesita tiempo para pensar y me angustia que no quiera pasar ese tiempo conmigo y que nunca más quiera pasarlo.

Solo noté lo que había dicho cuando Nicki se detuvo en seco, sus ojos abriéndose de par en par.

—¿De qué me perdí?

—¿Vos sabías que Marcos estaba enamorado de mí?

Ella torció el rostro, la colita que llevaba en el pelo moviéndose con ella.

—Obvio, ¿vos no?

—¡No! —exclamé, sorprendiendo a algunos niños que miraban—. ¿Y sabías que yo estaba enamorada de él?

—¿Ahora o cuando teníamos doce años?

— Nicole , la puta madre.

Nicki formó una leve sonrisa y asintió con la cabeza, poniéndome la mano en el hombro.

—¿Vos te acabás de enterar? —Asentí con la cabeza, agobiada de que a nadie se le hubiera ocurrido decírmelo antes que Catalina en el peor momento posible. Ella me abrazó, con ternura, como si fuera de cristal—. Ay, amiga, qué complicado lo tuyo. ¿Discutieron por… por su hermano?

—Algo así —concedí, suspirando—. No sé si me va a poder perdonar en esta.

—Chiara, lleva toda la vida esperando que te des cuenta de algo que él tiene claro desde los siete años, obvio que te va a perdonar esta y todas las demás —insistió ella, con calma. A pesar de que eso debía tranquilizarme, solo podía pensar en lo ajeno que se sentía—. Así es el amor.

—¿Vos le perdonarías cualquier cosa a Polo?

Pude sentir debajo de mis dedos como sus hombros se tensaban, pero la sentí asentir.

—Es mi marido.

Fruncí el ceño, porque eso no era lo que le había preguntado y ella lo sabía.

—Me dijeron que el divorcio llegó a Melo también, eh. No estamos en el 1900.

—Chiara —dijo Nicki, por lo bajo y con extrema seriedad, alejándose para mirarme a la cara.

Tiró de mí para alejarme de la multitud, su cabeza siempre mirando por encima de la mía—.

No podés decir estas cosas, no me voy a divorciar.

Polo y yo somos muy felices juntos, tenemos una casa, una estancia, una vida. No es joda.

—Era un chiste, Nicki —dije, sorprendida por lo oscura que se había tornado su cara—. Perdón, no te quería ofender. No sabía que era…, que era un tema sensible.

Ella se removió, inquieta, sin mirarme, sus ojos moviéndose como abejas alrededor, buscando la flor que necesitaban para detenerse. La transpiración se le estaba acumulando sobre el labio, mientras que la de sus manos ya empezaba a resbalar con mi piel, ya que tenía mi brazo encerrado.

—Mi matrimonio ya fue cuestionado antes, no puedo permitir que vuelva a pasar.

Nicki no habló por un rato, logrando que nos sumiéramos en un silencio incómodo, hasta que se percató que estaba agarrándome con demasiada fuerza, al haberme dejado los dedos marcados, y separarse de un saltito.

—Perdón, me puse súper intensa. ¿De qué estábamos hablando?

—¿Le preguntaste a tu familia si sabían algo del tercer usuario de las cámaras de seguridad?

Si a Nicki le importó el cambio de tema tan brusco, no lo mostró. Es más, pareció aliviada.

—Papá no sabía nada, pero está buscando a dónde va. Creo que ya lo cerró, así que no debería haber más problemas, ¿querés buscar otro día en específico en el sistema?

Negué con la cabeza, sintiendo como me desinflaba ante encontrar otro callejón sin salida.

—¿Kamil tampoco sabía nada?

—No, pero tampoco nunca les prestó atención a esas cosas, ¿sabés? Lo suyo son los números. Está pensando en contratar a una empresa de seguridad diferente, si es tan fácil acceder a esta.

—Es fácil si se tiene acceso al servidor principal, que está en casa de tus padres.

—¿Qué querés decir con eso?