CAPÍTULO VEINTITRÉS NUESTRAS PÁGINAS #2
—¡Drama! —repitió él, riéndose. Tiró de mi brazo, para acercarme a su cuerpo en la cama, volviéndome a tapar con la sábana que cubría la mitad de su cuerpo—. No soy tan buen escritor, Kiki. No podría inventarme eso. Vos siempre fuiste esa luna, por Luna.
Escondí la cara en su cuello, todavía avergonzada, encajándome en su costado al pasar una pierna por sobre las suyas y anclándome a su pecho con los brazos como si fuera una tabla de salvación en un naufragio.
Marcos me dio un beso en la coronilla y rodeó mi cuerpo con sus brazos.
Respiré su aire y el mío, el olor a sudor seco en su cuerpo y a eso tan él que reconocería en cualquier parte, y sonreí, de forma que pude ver cómo se le erizaba la piel al sentir mis labios cerrándose en torno a su cuello.
—¿Nos podemos quedar así todo el día? —pregunté, en un momento extremo de debilidad donde dejé a mi corazón hablar.
—Tenemos mucho que hacer, Sherlock —dijo él, pero no hizo un solo movimiento en soltarme—.
¿O te olvidás lo que me contaste anoche?
El supuesto segundo testimonio, Ramiro y Kamil siendo amigos, los libros contables…
No podemos parar ahora —me recordó, tras suspirar—.
Por mucho que quiero, ¿eh? No te confundas.
No me acuerdo la última vez que dormí una noche entera, así…
Uno de los pasos que sabía que tenía que dar, aparte de asegurarle que nos encontrábamos en la misma página en cuanto a sentimientos, era preguntarle por su pasado.
Sabía que en estos diez años de ausencias no se había vuelto monaguillo, y era un pibe simpático, inteligente y convencionalmente atractivo, además de ser el escritor joven del momento en misterio en España.
Su teléfono debía estar desbordando de mensajes de chicas y chicos interesados en él, y era imposible que no hubiera contestado alguna vez.
A pesar de que yo le había tenido que contar que, para mí, solo había sido él.
Pero después del sexo me había vuelto repentinamente conversadora, como un muñeco al que le habían dado cuerda, y de pronto había necesitado de forma desesperada explicarle lo que había vivido ese día, desde mi charla con el comisario Santos hasta el almuerzo con Catalina, y le permití que me explicara mejor sus sospechas en Kamil, sobre todo ahora que sabíamos que había alguna clase de conexión entre él y Ramiro.
Habíamos quedado en continuar investigando a primera hora del día siguiente, pero ahora el pensamiento de dejar la comodidad de sus brazos me resultaba insoportable.
Sobre todo, cuando nos habíamos dormido a altas horas de la madrugada, contándonos de nuestras vidas en los últimos diez años con pelos y señales, con detalles que ni siquiera sabía que eran relevantes.
Y después le había preguntado si tenía más forros en la billetera. Me dijo que no, pero sí en la mochila. Y el resto de la noche se había ido por la ventana.
Mi celular sonó, ahora enterrado debajo de su cuerpo, por las vueltas que había dado.
—¿Me lo pasás? Debe ser Nicki queriendo juntarse —dije, todavía sin el poder para separarme del todo, pero lo suficiente para verlo estirar el brazo para agarrarlo, no sin antes darme un beso en la boca—. ¿Es…?
Marcos frunció el ceño, mirando la pantalla.
—¿Con quién estás hablando de Ramiro?
Se me heló la sangre, los músculos quedándose rígidos de repente.
Me había olvidado completamente de los mensajes con Hugo, porque llevaba tanto tiempo sin responderme. Demasiado tiempo contando la rapidez que los minutos estaban moviéndose desde que había puesto un pie en Uruguay.
—Marcos, dame el celular. —Mi voz chorreaba culpabilidad, se oía ahogada y apenada, mientras se me cerraba la garganta, estirando la mano para tratar de alcanzarlo. Pero él ya se había incorporado, sus ojos abriéndose de par en par mientras leía los mensajes—. ¡No leas eso, por favor!
Estaba a punto de romper en llanto, desesperada.
—Chiara —murmuró él, con la voz quebrada. Sus ojos volvieron a los míos, y se me rompió el corazón al notarlos cristalizados—. ¿Estás mandándote mensajes con… con mi hermano?
era un amigo de eva no sé, estaba siempre con kamil da rosa, por qué? es sospechoso?
—No sé —confesé, tragando en seco, arrodillada en el colchón, tratando de alcanzarlo. Y es que solo estaba a un metro de distancia, pero de pronto se sentía a años luz—. ¡No sé, posta! Me empezó a mandar mensajes cuando llegué a Melo, contándome cosas, y…
—No me habías dicho que la persona que estaba mandándote mensajes era Hugo .
Su voz estaba nula de emociones, sus ojos clavados a la pantalla.
—Marcos, por favor —rogué, aunque no sabía bien por qué.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Él me dijo que no lo hiciera! —soné, de la forma más patética posible, como una niña. Era una justificación de mierda. Conociéndolo como lo hacía, la reacción que estaba teniendo era esperable y, lo peor, completamente evitable de mi parte—. Ni siquiera estoy segura si es él, solo…
—Te dijo cosas que solo él sabría, Chiara. Sabías que era él. —Me abracé a mí misma, paralizada, viéndolo recoger su ropa del suelo con una mano, mientras la otra se mantenía en el celular, moviéndose casi a ciegas por la habitación—. Y tendrías que habérmelo dicho.
—¡Ya sé! Perdón, tenés razón, es tu hermano, debería habértelo dicho…
—La puta madre, él tendría que habérmelo dicho, ¡haberme buscado! Para saber que…, que estaba bien…, joder. —El pulso le temblaba mientras se llevaba el teléfono a la oreja, haciendo lo que yo nunca me había atrevido: llamándolo—. ¡Hugo! ¿¡Dónde estás!?
Vi la esperanza desaparecer de sus ojos en el instante en el que supe que él le había cortado.
—¿Él…?
—Nunca habló —dijo, con voz pausada, controlada, mientras respiraba por la nariz de forma apresurada—. Cobarde de mierda, nunca habló. No lo puedo creer. Después de tantos años…, de tanto …, Dios.
Me levanté de a poco, dejando que escuchara el repique del colchón, para acercarme a él.
—¿Marcos?
—Mi madre piensa que se va a morir sin volver a verlo. No lo puedo creer.
—Podemos tratar de llamarlo en un rato, cuando se calme —sugerí, con lentitud—. Seguro se sorprendió, pero debe querer hablar con vos y obvio saber de ella. Debe necesitar tiempo, yo…
—Tuvo diez años, Chiara. Dios.
Su rostro se contraía entre el enojo y la desolación, y cualquiera de las posibilidades me daban ganas de abrazarlo y gritar en partes iguales, pero el peso del aire entre los dos me daba a entender que él no estaba para ninguna.
—Perdón. —Apenas alcancé a decir, sin encontrar las palabras necesarias para consolarlo. Marcos suspiró, terminando de abrocharse el pantalón y acomodarse la musculosa—. No te vayas, por favor.
—Tengo que…, tengo que pensar, no sé. Procesar esto. — Sacó su celular de su bolsillo, y volvió a ver el mío, seguramente copiando el número de su hermano—. Solo.
—¿Te puedo ayudar? —Tenía las lágrimas atragantadas, sintiendo la culpa carcomerme viva—. Por favor.
Él negó con la cabeza, pero cuando escuchó como se me escapaba un sollozo, para luego taparme la boca, dio un par de pasos hacia mí. Pero solo sostuvo mi cabeza entre sus manos, dejándome un beso en la frente.
—Te llamo después.
No esperó respuesta antes de ponerse las zapatillas y dejar la habitación.
Y yo me senté en el suelo, con la espalda contra la cama y por fin lloré.
No sabía exactamente por qué, pero sabía que no podía seguir tragándome mis emociones.
Y eso que ni siquiera había podido decirle que yo también estaba enamorada de él.