CAPÍTULO VEINTITRÉS NUESTRAS PÁGINAS
Incluso quince años después, él seguía siendo la única persona con la que alguna vez me había despertado a un lado. Aunque esta era muy diferente a las pijamadas que hacíamos de chicos. Había mucha menos ropa para serlo.
Ahora era yo la que tenía el sueño ligero, y dado que el calor de verano —incluso por la mañana—, no era sorpresa que ya llevara un rato despierta.
Había ido al baño para lavarme la cara y los dientes, con extremo cuidado, pero al volver a la cama Marcos seguía sin moverse, solo con el brazo extendido hacia mi lado, como si estuviera buscándome en sueños.
Tenía el pelo oscuro despeinado y pegado a la almohada, y el rostro tranquilo.
Llevaba siglos sin verlo tan en paz.
Al ver el celular —que había pasado la noche perdido en el bolsillo de mis pantalones ahora adornando el suelo—, y notar que era bastante temprano en la mañana todavía, había decidido acomodarme sentada, con la espalda en el respaldo de la cama, pero moviendo su brazo para que siguiera sobre mis piernas.
No solo porque extrañaba el calor de su piel desnuda contra la mía, sino porque sentía, de alguna forma, que necesitaba recordarle que seguía ahí, que no había desaparecido otra vez.
También había agarrado del suelo mi remera y la versión de bolsillo de su libro que le había tirado por la cabeza; tenía las hojas un poco dobladas, pero más allá de eso, no le había hecho ningún daño.
Esta versión no estaba anotada como la que guardaba en casa, y al ser ligeramente diferente por tener un tamaño distinto, me tomó unos vergonzosos minutos leer unas cuantas páginas antes de encontrar las partes que estaba buscando.
Su madre le había dicho que resolvería muchos de sus problemas si le dijera a la chica cómo se sentía, pero Manuel no estaba seguro.
Y prefería vivir con la seguridad de que Denna García nunca correspondería sus sentimientos, antes de la posibilidad de hacerle daño.
Ella no podía perder a alguien más en su vida y él no podía perderla a ella.
Él la observaba desde el otro lado de la mesa, como lo había hecho miles de veces antes.
Estaban en su café de siempre, ella con el suyo sin azúcar ni leche, donde el ruido de las tazas y las conversaciones llenaban el aire, pero él apenas lo notaba.
Todo su mundo en ese momento se reducía a ella, a Denna.
La veía reírse mientras contaba alguna anécdota trivial, el sonido de su risa era algo tan familiar, tan cómodo, que lo hacía sonreír automáticamente.
Desde que eran niños ella había sido su confidente, su compañera en las aventuras y en las tristezas.
Habían crecido juntos, compartiendo sueños, fracasos y secretos.
Pero había un secreto que él nunca había compartido, uno que crecía dentro de él con cada año que pasaba.
Se lo había dicho a sí mismo una y otra vez que lo mejor era mantenerlo oculto, que no valía la pena arriesgar lo que tenían por un sentimiento que podría no ser correspondido.
A veces, cuando la miraba, sentía un nudo en el estómago, una mezcla de ansiedad y esperanza que lo dejaba sin aire.
Había momentos en que casi se le escapaba, como una palabra que estaba al borde de ser dicha, pero que siempre se ahogaba antes de salir.
No era solo miedo al rechazo; era el miedo a perderla.
Temía que una confesión lo cambiará todo, que esa risa que tanto amaba se desvaneciera, que las miradas cómplices se llenaran de incomodidad.
Cada vez que la veía, su corazón se apretaba un poco más, un recordatorio constante de lo que nunca se atrevía a decir.
En esos momentos, se preguntaba si ella podría sentir algo parecido, si alguna vez había notado las veces que él la miraba un poco más de lo necesario, o si había sentido que sus bromas escondían una verdad más profunda.
Pero entonces, ella lo miraba con esos ojos verdes llenos de cariño, y él se daba cuenta de que lo único que podía hacer era seguir siendo el amigo que siempre había sido.
Así que sonreía, guardaba sus sentimientos una vez más, y continuaba la conversación, fingiendo que todo estaba bien.
Porque, para él, mantenerla en su vida, aunque solo como amiga, era lo único que realmente importaba.
Yo no era una persona artística, leía poco y no podía pintar un cuadro ni que me fuera la vida en eso, entonces no sabía hasta qué punto los artistas utilizaban sus propias experiencias para sus creaciones, que tantas palabras eran prestadas de sí mismos y no creadas para personajes ajenos.
Pero en el fondo, en el hondo fondo que nunca me había permitido reconocer hasta ese momento, siempre había sabido que Marcos me estaba hablando a mí.
—¿Quieres la verdad o la versión que permitirá que nuestra amistad siga adelante sin alterarse?
—La verdad, Manuel. —Un destello brilló en sus ojos cuando le lanzó una mirada desafiante. Manuel suspiró, sintiendo que se estaba preparando para saltar a aguas profundas.
—Vale, Almudena, no sé si lo has notado, pero no tengo un círculo de amigos particularmente grande aquí.
Y aún menos a quienes consideraría verdaderos amigos.
—Ella empezó a hacer un sonido y él levantó una mano—.
Por favor. Estamos siendo honestos aquí.
—Ella asintió—. Así que no quiero arruinar las amistades que sí tengo.
—La miró y dejó caer toda la contención de sus rasgos—.
Y creo que eres la persona más increíble que conozco, la razón por la cual sigo comprando esas estúpidas palomitas de maíz para el microondas a pesar de que se me meten en los dientes, la razón por la que no me da miedo subirme a un caballo ni tener animales cerca.
La razón por la cual estoy seguro de que vamos a descubrir quien lastimó a tu familia, porque eres la clase de persona capaz de descubrirlo.
—Manu…
—Y porque nunca quise perderte. No creo poder soportarlo.
Ella parpadeó y miró hacia abajo, luego lo miró de nuevo, con una expresión cruda.
Un silencio se extendió en la habitación antes de que hablara en voz baja.
—No creo que pudieras perderme, ni siquiera si lo intentaras, idiota.
Manuel suspiró.
En un momento, en el tiempo que le llevó parpadear o a su corazón latir, vio algo, se permitió ver.
Y dejó caer sus propias barreras cuidadosamente construidas, se permitió realmente mirarla como quería.
La caída rubia de sus rizos contra su piel dorada; sus labios rosados y llenos, ligeramente entreabiertos; la forma en que la seda de su vestido apenas rozaba la parte superior de su cuerpo.
Lo que ella le estaba diciendo con la mirada.
Una oleada de puro deseo lo invadió y se apartó de la pared, tratando de averiguar lo que ella quería al mismo tiempo que examinaba lo que él podía tomar.
¿Y si solo era algo de una vez, podría manejar eso? ¿Y si fuera más, se atrevería a esperar eso?
Sí. La respuesta susurró en su conciencia en una corriente de esperanza, teñida de miedo.
Y la besó como llevaba quince años queriéndolo hacer.
Llevé unas de mis manos hacia mis labios, sintiéndolo a él todavía ahí.
Me abrumó tratar de considerar la cantidad de escenarios y posibilidades que él había barajado a la hora de escribirnos.
Los personajes y los recuerdos debieron haberse mezclado, para llenar los espacios en blanco que tenía al no saber la respuesta que podría darle.
Y pensar en la tortura que debió haber sido eso, cuando no tenía idea de dónde me encontraba en esos momentos o si siquiera pensaba en él, me pareció de las cosas más crueles que había hecho en mucho tiempo.
Las palabras no se me daban tan bien como a él, pero entendía que debía verbalizar lo que significaba para mí tenerlo así, tan cerca, conmigo.
Porque al releer sus páginas entendía que la única que estaba quedándose con las confesiones en la garganta era yo, la que todavía le tartamudeaba el corazón antes de admitir la vulnerabilidad que sentía en la piel al tener la suya pegada.
Parecía que todo siempre había estado claro como el cristal para él, mientras yo lo había visto a través de los vidrios rotos que no me mostraban una imagen completa de lo que podría ser.
Volví a verlo, notando que uno de sus ojos estaba abierto. Mi mano se movió por cuenta propia hacia su pelo, para sacárselo de los ojos y pude ver la cara de dormido que tenía todavía, pero también una leve sonrisa cansada.
—¿Cuánto tiempo llevás haciéndote el dormido?
—El suficiente —susurró, arrastrando las palabras. Se refregó las manos por los ojos, apoyándose con los codos en el colchón, para luego desperezarse—. ¿Y? ¿Está entretenida la lectura, Kiki?
Me llevé el libro hacia la cara, tapándola casi completamente, menos los ojos, por si le quedaba alguna duda que estaba leyendo su libro.
—Entretenidísima —dije, para luego darle vuelta y acercárselo, así podía leer por dónde iba. Marcos tardó pocos segundos en enfocar la mirada lo suficiente como para entenderlo, estirando una de sus manos para sostener la solapa del libro— ¿No te parece?
Él rio, tirando del libro para sacármelo de las manos, dejándolo de su lado de la cama.
—Joder, qué vergüenza —dijo, negando con la cabeza para sí mismo—.
¿De verdad habías leído eso y no habías entendido lo que quería decirte?
Si el primer párrafo de todo el libro es: «El niño vio la luna y de pronto supo que su vida tenía sentido.
Y cuando se fue, esperó toda su vida a que volviera… ». Hablaba de la primera vez que te vi.
—¡Pensé que era drama nomás, para la trama! —chillé, volviendo a sentirme colorada.
El niño vio la luna y de pronto supo que su vida tenía sentido. Y cuando se fue, esperó toda su vida a que volviera. Era más que un simple astro por lo que trajo a su vida: dirección, belleza, sentido. Había muchos que no podían entenderlo y, a veces, él caminaba entre ellos.