La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTIDÓS CONVENIENCIA #2
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CAPÍTULO VEINTIDÓS CONVENIENCIA #2

—Al principio eran cartas, pero no tenía a dónde mandarlas, porque sabía que no estabas viviendo acá con tu padre —empezó a contar, con lentitud.

Sus manos seguían en mi espalda y las mías en su pecho, no había tal distancia, si su respiración me chocaba en los labios al hablar—.

Te escribía sobre mi vida en Brasil, lo que veía y hacía, porque quería contarte todo, que pudieras verlo a través de mí.

Después dejé de hacerlo cuando entendí que a vos no te debería importar.

Tragué saliva, sintiendo la garganta rasparme como si me hubiera tragado una lima.

—Perdón.

—No, está bien —aseguró, con suavidad—. Cuando me mudé a España te volví a escribir, porque pensé que…

, no sé, qué capaz estabas ahí, que seguro te habían mandado tan lejos como a Europa.

Pero no te encontré, empecé a pensar que te había imaginado en mi cabeza —continuó, con una risa triste.

Pero yo asentí, porque conocía ese sentimiento a la perfección, creer que nosotros éramos una ilusión de la infancia, como un amigo imaginario que me seguía a todas partes—.

No fue hasta que empecé la facultad que las cartas empezaron a…

mutar, naturalmente, en algo más, porque fue cuando empecé a tomarme la investigación de lo que había pasado acá más en serio, porque ya no tenía que preocuparme en…

, bueno, en hacer alguien de mí, porque ya había entrado en la carrera que quería.

—Siempre fuiste alguien , Marcos.

—Para vos —dijo, una de sus manos pasando a mi cara.

Me acarició desde la nariz al cachete, mirándome como si fuera la primera vez—.

No para este pueblo. Tenía que probarme que podía conseguir entrar a una buena facultad, en Europa, sin ayuda de nadie —insistió, carraspeando—.

Tenía un profesor en particular en la carrera que me caía muy bien, que confiaba en su criterio…

, y le pedí que leyera las páginas que tenía.

Él me sugirió que cambiara los nombres y un par de cosas más, para ver la historia como algo ajeno a mí persona y así analizarla desde otro punto de vista.

Al poco tiempo tenía la historia completa, y él se la mandó a un amigo que trabaja en una editorial…

—Y el resto es historia —murmuré, con una sonrisa.

—Bueno, no —dijo, con una leve risa—. Porque primero le dije que no.

—¿Por qué?

Su pulgar pasó por la unión de mis cejas, para evitarlo.

—Porque no quería remover la mierda, solo lo estaba escribiendo para mí, para entender lo que había pasado…

, o lo que me hubiera gustado hacer, si no hubiera tenido doce años —explicó Marcos, lógicamente—.

Pero mi profesor dijo que a los de la editorial les había gustado posta, que podía ser una buena novela debut…

y le pregunté si vendían internacionalmente, y me dijo que sí.

Y firmé. Porque quería que llegara a donde estuvieras, Europa, África, Latinoamérica…

, donde fuera, y la leyeras. Y me buscaras.

Apreté los labios, sintiéndome pequeña bajo su mirada.

—Pero no lo hice —le recordé, más para mí misma que para él—. Y eso no evitó que siguieras buscándome.

—Lo primero que hice con la plata del libro fue llevar a mi madre a España. La segunda fue contratar a un detective privado para buscarte —admitió, algo avergonzado por cómo su mirada bajaba a otras partes de mi rostro en lugar de mis ojos—. Pero parecía que te había tragado la tierra.

—Había mucha plata de por medio de mi padre para conseguirlo, por si…

, por si quién mató a Eva quería terminar el trabajo conmigo.

Empecé de cero en Buenos Aires, solo con mi tía Ana, la hermana de mamá —le conté, para que entendiera por qué había sido todo tan difícil—.

Pero encontré tu libro en su primera edición hace un año y lo leí. Y no dejé de comprarlo desde entonces.

—¿Y por qué no…, no me contactaste?

Sus redes sociales y página web estaban en la página final, juzgándome desde siempre.

—No sabía qué decirte.

—¿Porque te había confesado que siempre había estado enamorado de vos en forma de personajes que claramente éramos nosotros y eso te asustó…?

—¿Qué? —me reí, contra todo pronóstico, por la cara de preocupación que traía él—. ¡No! Nunca se me había pasado eso por la cabeza. Pensé que tenías que incluir una historia de amor para atraer a las masas y la nuestra era solo conveniente por la trama y eso.

Marcos se rio con tanta fuerza y ánimo que tiró la cabeza hacia atrás, y yo me paré de puntas de pie, porque nunca me había fijado en lo grande que era la vena que tenía ahí y ahora quería dejarle un beso ahí a ver qué pasaba. ¿Era la yugular? No sabía lo suficiente de medicina para reconocerla.

Él se estremeció, sus ojos volviendo a mí.

—Dios, Kiki. Nosotros nunca fuimos convenientes .

Y supe, sin lugar a duda, que tenía razón. Nada de todo eso había sido «conveniente».

Fue esa seguridad la que me llevó a volver a juntar mis labios con los suyos, con tal intensidad que lo hice irse hacia atrás, sus piernas chocándose con la cama, sin detenerme hasta que quedó sentado en el colchón y yo me senté sobre él, con sus manos aferrándose a mi espalda, rozando el borde de la remera que usaba.

Marcos me había buscado por continentes y palabras, lo mínimo que podía hacer yo era ser la primera en dar el paso que rompería, finalmente , la línea entre la amistad que con nosotros siempre estuvo borrosa. Y por eso me saqué la remera y la tiré al piso, sin prestar atención a dónde caía.

Sus ojos se abrieron de par en par y por un momento pensé que me iba a rechazar.

¿Había escuchado mal su confesión? ¿Había sido parte de mi imaginación?

Sin embargo, pronto entendí que era solo la sorpresa inicial, porque no tardó en moverme con más ímpetu para que fuera mi espalda la que se chocara con el colchón y su cuerpo cubriera el mío sobre la cama, sus labios deslizándose por mi cuello.

Y él no comentó por la tanga que tenía desparramada en la almohada porque no había tenido tiempo de guardarla después de bañarme, ni yo por qué ya tenía un condón en la billetera en el bolsillo del pantalón.

Solo quería tenerlo cerca, cerca, cerca . Lo más cerca posible.

Capaz para siempre.

Pero empezaríamos por esa noche.