La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTIDÓS CONVENIENCIA
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CAPÍTULO VEINTIDÓS CONVENIENCIA

Había dado mi primer beso dos meses antes de recibir un balazo.

También me encantaba tener gente en casa dando vueltas para mostrarles los animales a los que me habían dejado ponerles nombres, mientras trataba de convencer a papá de que me dejara prender el tractor.

Solía adorar estar rodeada de personas, al tener la costumbre siempre al crecer, donde rara vez había silencio en mis oídos. Y ese día no había sido la excepción.

Ser mejor amiga de un varón desde los siete años no había sido fácil cuando habíamos empezado la escuela, porque naturalmente queríamos pasar tiempo juntos, dentro y fuera de clase, lo que interfería con la capacidad de hacer otros amigos y nos volvía un blanco fácil de burlas cuando Marcos decidía no ir a jugar al fútbol con los pibes para quedarse conmigo en el recreo.

Y no me importaba lo que dijeran, ni siquiera en ese entonces, pero sabía que tenía ventajas con las que él no contaba: plata y contactos.

Nadie me trataba necesariamente mal, era él quien se llevaba las peores jodas, incluso a veces incluyendo críticas al «pelotudo de su padre que se había dejado llevar en cana».

Los niños podían ser muy crueles, pero solo repetían lo que oían de los adultos y en el campo el prejuicio era ensordecedor a veces.

Al menos habíamos dejado de andar agarrados de las manos, porque a eso de los ocho años nos habíamos dado cuenta de forma casi instantánea que eso sí que no era normal entre amigos y era algo que estábamos imitando de nuestros hermanos.

La noche de la graduación uno de los varones que más descansaba a Marcos estaba siendo particularmente insoportable con sus chistes, porque nuestros hermanos estaban invitados a la fiesta.

Y por primera vez me pareció ver que empezaban a molestarlo, capaz hasta cansarle tantas jodas. O avergonzarlo.

La sola posibilidad de que a Marcos empezara a darle vergüenza que lo vieran conmigo me había helado la sangre, porque iba a empezar a alejase de mí. Y en ese momento había decidido que no iba a dejar que pasara, no si podía hacer algo al respecto.

Entonces había decidido decirle a ese pibe que no me gustaba Marcos, sino él. Y le había dado un beso para probarlo, debajo de un árbol en la estancia de mi familia, con una vaca llamada Bebé mirándonos de reojo a pocos metros.

Ni siquiera me acordaba el nombre de ese niño actualmente

Había cerrado los ojos antes de que nuestros labios se tocaran, pero aun así fue raro y torpe.

El beso había durado solo un segundo y él tenía sabor a chizito y sudor.

No sabía qué hacer con mis labios, ni siquiera si estaba haciéndolo bien.

Fue un choque leve, como cuando dos autos se rozan en un estacionamiento.

No había nada de la magia que siempre había imaginado en esos momentos.

Pero me había convencido de que ese sacrificio nos había salvado la experiencia del liceo, que ahora todos dirían que me gustaba otro y por fin dejarían a Marcos en paz, y podría juntarse con ellos sin que lo eligieran de último, que pudiera unirse al fútbol sin ser el golero para que le dieran pelotazos por gusto y capaz hasta había liberado el camino lo suficiente como para que otra piba se le acercara sin verme como una barrera entre ellos.

Sin embargo, el niño se había ido a pasar el verano con unos familiares a Rocha y ni siquiera sabía si había llegado a contarle al resto de los pibes de la clase antes de que, dos meses después, alguien me diera con una bala en el pecho y matara a mi hermana y eso fuera lo único que se podía mencionar de mi nombre.

Ni siquiera habíamos llegado a empezar el liceo juntos.

Y yo nunca había vuelto a darle un beso a nadie.

Mis años de secundaria en Buenos Aires habían pasado sin pena ni gloria, con mi cabeza metida en los libros como única prioridad.

Y la facultad había sido más de lo mismo, solo que había tenido que socializar un poco más por los trabajos prácticos del primer año, pero después fue fácil evitar a mis compañeros y continuar con mi soledad.

Porque esa soledad era la única protección que tenía para no volver a pasarla mal por nadie.

Creo que eso siempre había preocupado un poco a mi tía, pero después de tantos años de terapia, donde mi psicóloga le había dicho que tratar de presionarme a hablar o cambiar mis costumbres solo iban a generar fricción en nuestra relación, había dejado de insistir en por qué solo celebraba mis cumpleaños con ella cada año.

Y es que la noche que había perdido a Eva también había perdido a Marcos, y era diferente llorar por una muerte que una ausencia, pero me parecía igual de insoportable tener que repetir cualquiera de las dos. Así que me había asegurado de no tener que hacerlo nunca más.

Pero, de todas formas, esta era la primera vez que alguien me daba un beso a mí .

El calor de sus labios provocó un suspiro inmediato de alivio en mí.

Una de sus manos sostuvo mi mandíbula mientras la otra se deslizaba por mi espalda, y yo coloqué mis palmas sobre su pecho.

El corazón latía con una velocidad increíble debajo de mis manos, tanto que consideré la posibilidad de alejarme para preguntarle si estaba bien y encontrar la forma de tomarle la presión.

Pero no lo hice, porque su lengua estaba buscando la mía y yo trataba con mucho esfuerzo de no hacer el ridículo.

El sonido de nuestros labios chocando y nuestras respiraciones mezclándose era lo único que llenaba el aire tranquilo mientras caía el sol por la ventana del hotel.

Y supe, con una seguridad desconocida y desconcertante debido a mi nula experiencia y nerviosismo creciente, que me entregaría felizmente por completo si pudiera seguir besándolo el resto de la noche.

Su mano me atrajo más hacia él, su agarre en mi mandíbula se deslizó hacia mi pelo y yo sentí que no podía tenerlo físicamente más cerca, pero eso no significaba que no podía intentarlo, y por eso mis manos bajaron a su cintura, arrugando la tela de su musculosa entre mis dedos.

Mi pecho tocaba el suyo, y así descubrí que mi corazón también estaba desbocado, haciéndole competencia, pero darme cuenta me sobresaltó.

Marcos se apartó con lentitud, con los ojos atentos mientras observaba mi rostro.

En mis ojos buscaba el arrepentimiento, aquello que rompería el momento para siempre.

Pero yo solo lo miré, sintiendo las rodillas débiles y los ojos como un bambi.

—La puta madre —murmuró antes de besarme más intensamente que antes.

Me reí sobre su boca, era inevitable no hacerlo, y más cuando lo hacía sonreír.

Mis manos encontraron su pelo, jugando suavemente con los mechones más largos que tenía, esos que usaba desde la infancia a pesar de que su madre le había pedido mil veces que se lo cortara para parecer más «prolijo».

Mi espalda comenzó a arquearse y empecé a tirar de él hacia abajo, dejándolo inclinarse sobre mí mientras ambos permanecíamos de pie en medio de la pequeña habitación de hotel, devorándonos mutuamente.

Con una respiración pesada, me aparté para tomar aire, pero sus labios no podían dejar ninguna parte de mí sin besar. Besó mi cachete, bajó por mi cuello y volvió a subir a mi boca, conmigo como una participante dispuesta a ayudarlo en su cometido.

Mis manos sostuvieron su cara, por lo que sus ojos volvieron a los míos.

—Dios, Kiki. Llevo quince años queriendo hacer eso.

Negué con la cabeza, sintiendo el sabor a café en mi boca por él, y le di un golpe leve en el pecho. Era más dulce que el que tomaba yo, seguro con leche y azúcar, pero sentía que podría acostumbrarme.

—Seguro te morías de ganas de darme un beso a los siete años cuando los de la clase decían que las niñas teníamos piojos, ¿no?

Al mis manos pasar a su pecho, las suyas viajaron a mi pelo, jugando con las puntas que me llegaban a los hombros.

—Pero ahora sé que no tenés piojos —susurró, metiendo una mano por mi pelo hasta sostenerme la nuca, poniendo los mechones detrás de mi oreja. Llevó su boca ahí, dejando un beso en el nacimiento del pelo de lado—. ¿Ves? Completamente seguro.

Era una interacción tan, pero tan tonta, trayendo al recuerdo algo tan, pero tan tonto, que reconocer la persona frente a mí, con el que estaba compartiendo el aire, era definitivamente la misma de tantos años atrás fue suficiente para llenarme los ojos de lágrimas.

Traté de que no se notara, parpadeando rápido para ahuyentarlas, porque si había algo más patético que tener el primer beso real de mi vida a los veintidós años sería ponerme a llorar inmediatamente antes.

Pero él lo noto. Él siempre me notaba.

—¿Kiki…?

Llevé mis manos a su cuello para abrazarlo, enterrando mi cara en su pecho.

Estaba temblando como una hoja en temporal.

Sus manos me acariciaron la espalda con calma, pasando por mi pelo.

—Te extrañaba muchísimo.

Él rio quedadamente, y pude sentir como me dejaba un beso en la coronilla.

—Ya sé, Kiki.

—Sí, pero cuando te lo dije no hablaba en serio. No como ahora.

Me recreé en cómo poco a poco podía sentir los latidos de su corazón normalizarse, al estar con la oreja pegada a su pecho, y en base a ellos podía jurar que los míos encontraban el mismo camino.

—Yo también, todos los días. Toda la vida.

Presioné mis dedos en su espalda y me encontré con músculos que definitivamente no estaban ahí a los doce años, como el calor que desprendía su cuerpo al tocarlo o el escalofrío que sufrió cuando le respiré en el cuello, con la piel erizándose en consecuencia.

Y me gustó ver que causaba las mismas reacciones en él, que él en mí.

Me gustó saber que no estaba sola en eso, en sentirlo y en quererlo cerca.

—¿De verdad escribiste el libro para… para mí? —pregunté, apenas en un susurro audible.

A pesar de que prefería seguir escondida en su cuerpo para no verlo a la cara y notara el color inminente en mis cachetes, presa del sonrojo, la delicadeza con la que separó para mirarme a la cara mientras hablaba me hizo entender que, capaz, llevaba siglos con las palabras atragantadas.