CAPÍTULO VEINTIUNO UNO, OTRO Y EL OTRO #2
—Seguiste investigando a los Da Rosa. —Alcancé a susurrar, sintiendo algo similar a la traición en mi pecho—. Nunca dejaste de tenerlos como únicos sospechosos, ¿verdad? Te chupa un huevo lo que yo te diga, porque vos sabés más, ¿no?
—Chiara —dijo, con voz grave—. Escuchame un minuto, por favor. Tiene sentido lo que te estoy diciendo: si se descubría que las estancias estaban por quebrar nadie iba a invertir en ellas, y sus familias lo perderían todo.
—¿Te estás escuchando vos? Eso implicaría que mi viejo sabía todo y lo permitió —protesté, frustrada—. Le hubiera saltado a la yugular a Kamil al toque, ¿o qué? ¿Estás diciendo que lo ayudó?
Marcos bajó la mirada, poniéndome histérica.
Las peleas que me había contado Catalina entre Eva y mi padre, por temas económicos, tenía sentido si ella había descubierto algo. Pero no iba a decírselo ahora, no cuando habíamos quedado en algo y él había ido a mis espaldas.
—Marcos —dije, sintiendo la sangre corriendo por mis venas con furia—. Mi papá no mató a Eva. No puedo creer que siquiera tengo que decírtelo.
—Es que a mí tampoco me cierra, por eso no lo incluí en mi libro.
Pero no sé cómo pudo haber hecho Kamil todo solo —insistió, cansado—.
Debería ser un toque para un pibe como él conseguir un arma, no es ese el tema, es que hizo todo sin ser visto.
Conseguir la segunda careta de tu casa teniendo acceso a la estancia no sería difícil, pero hacerlo solo…
—¡La puta madre! —grité, tirando a un lado los papeles—. ¡Saca la cabeza de tu libro y mirá a la gente real! ¡No sabés de lo que estás hablando!
Por primera vez en mi vida, pude ver a Marcos quebrarse . No encontraba palabra que explicara mejor el crack que hizo su rostro, cambiando radicalmente.
—¡No puedo! ¡Estoy diseccionando el trabajo de mi vida, reviviendo las cosas más horribles que se dijeron de mi familia porque vos sos incapaz de ayudarme! ¡Decís que mi investigación es necesaria pero no podés dignarte a leer el libro!
Lo iba a cachetear. La mano me picaba de ansiedad, su cara era mi blanco ideal.
—¿¡Qué!?
—¿¡Por qué no podés leerlo, Chiara!? —bramó, sus palabras empapándose de una mezcla de dolor y rabia que parecía salir de su cuerpo después de haber estado detenidas durante una eternidad—.
¡Es para vos! ¡Lo hice por vos! ¡Para que lo leyeras y me buscaras, para poder tenerte en mi vida otra vez, porque era imposible encontrarte a vos !
Me chupa un huevo quien me lea, pensé que no lo iba a hacer nadie nunca, yo solo quería que te llegara a vos.
Marcos tenía los ojos cristalizados y el pecho le subía y bajaba agitadamente.
La última vez que lo había visto así había sido cuando lo había echado del hospital, diez años atrás, cuando seguridad lo tuvo que sacar pataleando porque él se negaba a irse. Pero ni siquiera en ese momento parecía tan profundamente… roto.
Tenía un nudo en la garganta, las palabras atorándose en él.
—¿De qué hablás? —susurré, con la voz quebrada.
Pero mi pregunta pareció ponerlo peor, llevándose las manos al pelo para tirar de él de raíz.
—¿¡Por qué me obligás a decirlo!? ¿¡Por qué me obligás a pasar por esto, cuando llevo toda la vida esperando que te des cuenta, cuando a vos no te importa!?
Marcos nunca me había puesto un dedo encima para dañarme, pero su voz histérica sumado al temblor de su cuerpo me hirió más de lo que cualquier golpe podría haberlo hecho. La bala que había tenido en el pecho no era capaz de hacerle competencia al sentimiento de ese momento.
—Dios, sos un hijo de puta.
Él soltó una risa cruel y amarga, negando con la cabeza para sí mismo.
—¿Alguna vez leíste el epígrafe, al menos?
Para Kiki, mi mejor amiga,
a pesar de todos y todo, en esta vida y en las demás,
te busco donde sea que estés.
Furiosa, abrí mi mochila y le tiré por la cabeza la versión de bolsillo de su libro que había comprado antes de que todo este desastre de viaje hubiera empezado, el día que había recibido la llamada de la funeraria.
—¿Qué…?
Metí la mano en mi valija, revolviendo entre los pocos pantalones que había llevado, y saqué otra copia, una de la primera edición que había sacado, un año atrás, cuando todavía la historia estaba entre él y yo, y el resto del mundo no conocía mi más grande secreto.
Mi apodo, mi vida, mi hermana. Y a él. El secreto que guardaba más cerca del corazón, para sobrevivir a la ausencia de todo lo que había conocido alguna vez.
Y se lo tiré también, golpeándole el pecho, a la altura de la cicatriz de bala en el mío.
Estaba llorando y ni siquiera sabía cuándo había empezado.
—Si esa es la verdad, si nunca me importaste vos, entonces ¿por qué cada vez que veo este libro de mierda, lo compro? ¡Cada puta vez, Marcos! ¡No puedo ni salir de mi casa sin una copia en la mochila, la puta que te parió a vos y a tu historia de mierda!
Marcos se detuvo en seco, como si lo hubieran electrificado con un cable pelado.
Capaz yo era el cable pelado, dispuesta a dañarlo si osaba tocarme.
La historia de Denna y Manuel me taladraba el cerebro, cada escena viajando por mi mente a la velocidad de la luz, cada diálogo y reflexión en párrafo que se me había grabado a fuego en la memoria, que nunca necesitaría un olor para poder identificar con él.
Y supe, por el temblor en sus manos, que estábamos gritando por personas que nunca habíamos sido, pero los dos queríamos ser. Para ambos, en par.
—Dijiste que no lo habías leído.
Ahora fue mi turno de reír, poniendo los ojos en blanco.
—¡Te mentí, obvio que te mentí! —dije, el corazón latiéndome a tal velocidad en el pecho que parecía querer escaparse de mí y huir lejos, muy lejos donde jamás tendría que mostrar tal vulnerabilidad con otra persona.
Porque ese era mi problema: llevaba demasiado tiempo dentro de mí misma como para permitirme ver algo más. Verlo a él.
—¿Por qué? —susurró, a media voz.
—Porque odio tu libro, Marcos —pronuncié, con una seguridad abrasadora—.
Dijiste que yo era lo único que tenía sentido en este pueblo, dijiste que podría ser alguien increíble, dijiste que estábamos destinados a estar juntos y podíamos conseguir lo imposible, como resolver el puto asesinato de mi hermana.
¡Se lo dijiste al mundo, me lo dijiste a mí y desearía que nunca lo hubieras hecho porque no lo decías en serio!
Parecía que Marcos había visto un fantasma, quedándose pálido como el mármol.
—Joder, Kiki.
Bufé, irritada.
—Hablá bien.
Por un momento, ambos nos quedamos en silencio, uno completamente enardecedor en comparación a los gritos anteriores. Y ni una palabra más salió de sus labios antes de dar dos grandes zancadas para quedar frente a mí, sostenerme la cara con las manos y juntarlos con los míos.