La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTIUNO UNO, OTRO Y EL OTRO
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CAPÍTULO VEINTIUNO UNO, OTRO Y EL OTRO

Marcos estaba esperándome en la puerta de mi hotel cuando volví por la tarde.

Estaba sentado en el borde de la vereda, con los pies en la calle y las manos enredadas en sus cordones.

Era lo mismo que hacía cuando me esperaba fuera de la estancia cuando éramos chicos.

Hacía nudos y los deshacía, entretenido hasta el final de sus días siempre y cuando pudiera concentrarse en algo más que en sus pensamientos.

Tenía la cabeza baja, la mochila entre sus piernas, y el fusquita estacionado a un par de metros. El calor de esa lata debía ser insoportable, como para considerar como algo mejor el sentar el culo en el piso, con el sol dándole de lleno en la nuca.

Pareció sentirme llegar, de alguna forma, porque no tuve que llamarlo para que me viera.

—Chiara —dijo, con las cejas bajas. Parecía un perrito que habían abandonado en la calle, ¿había sido yo la culpable?—. ¿Cómo te fue? Te… te estuve llamando, quería saber cómo estabas.

No sabía si se refería con la policía o Catalina. pero eso no cambiaba que no le había contestado.

Para peor, Hugo seguía sin responder mi mensaje sobre Ramiro Bandelli.

Me sentía incómoda con solo mirarlo, a pesar de que no era la primera vez que observaba sus grandes ojos oscuros como si tuvieran los secretos del universo.

Tenía memorizada su cara con los ojos cerrados, sus gestos sin necesitar describirlos.

Pero ahora sentía que había una clase de evidencia plasmada en mi cara que todos podían ver, un entendimiento de mis sentimientos que yo no llegaba a sostener con mis manos que todos los demás eran capaces de describir a la perfección.

Al crecer, nos habían dicho incontables veces que íbamos a terminar juntos, como nuestros hermanos, porque éramos mejores amigos, porque era la idea heteronormativa promedio que tenía el campo para darnos.

Pero yo nunca les había prestado atención a palabras ajenas, cuando solo me importaba lo que sentía al poder contar con él en mi día a día.

Pero, ¿él sabía? ¿Era capaz de describir lo que nos unía, o era algo que solo yo vivía?

—Estuve con Catalina y su hija hasta recién. Le puso «María Eva» a la bebé.

No me di cuenta de que estaba temblando hasta que vi la preocupación en sus ojos.

Me sentía sobregirada de información y emociones, tantas que era incapaz de procesarlas.

Era una mezcla de angustia y melancolía por una vida que no era mía.

—¿Y ellas están bien?

—Sí, tienen una buena vida en Montevideo. Ella trabaja de psicóloga en un programa de protección de mujeres que sufren violencia de género —le conté, recordando las palabras que habíamos compartido durante el almuerzo—. Por Eva.

A su pesar, Marcos asintió. No necesitaba explicarle más para entender el dolor.

La pasión que había expresado Catalina por su carrera me hacía pensar que había terminado en ella con o sin la influencia de la vida y muerte de mi hermana, porque parecía ser de esos aspectos que trascendían las ocurrencias de la vida para llegar siempre al mismo camino. Como lo que Eva sentía con el arte.

Para mí la Programación era fácil, sencillamente.

Me calmaba encontrar errores, dar las vueltas necesarias hasta resolver los problemas.

Pero no sentía pasión por eso, sino que era conveniente, solitario y pagaba bien.

Me aislaba del resto del mundo, me encerraba en mí misma, a pesar de ser mi peor enemiga de vez en cuando.

¿Era demasiado tarde para considerar si había algo más allá en mí?

Un silencio pesado e incómodo nos envolvió, ninguno sin dar un paso adelante.

—Catalina piensa que me estás manipulando para limpiar el nombre de Hugo.

A Marcos se le tensó la mandíbula, pero volvió a asentir.

—¿Y qué pensás vos?

Su tono no era derrotista, ni siquiera triste. Era pausado, sonando cada letra, como si le costara un mundo pronunciarlas y a mí un universo escucharlas.

No tenía idea de cuánto tiempo llevaba esperándome, pero incluso a la distancia podía ver el daño del sol en su cuello, las marcas de sus manos mientras se sostenía la cabeza y me sentí horrible al no haberle respondido nunca el teléfono.

Y es que no sabía qué decirle, porque no sabía por dónde empezar.

Y no quería que me viera tan mal.

—¿Querés entrar? —dije, por fin, lo que pareció una eternidad.

Lo vi soltar el aire y me pregunté desde cuándo lo estaba guardando, como si fuera el último que pudiera respirar.

Esperé a que me siguiera antes de abrir la puerta principal del hotel.

Era la primera vez que él entraba a mi hotel y lo sentía como si estuviera metiéndose en mi intimidad, la piel zumbándome mientras pasábamos por recepción y la chica que estaba ahí que masticaba chicle ni siquiera alzó una ceja al ver dos personas entrar.

El hotel en el que él estaba quedándose me había hecho firmar para entrar, incluso mostrar mi dni, pero sabía que este iba a ser diferente.

Más discreto, por decir de alguna forma.

Mi habitación nunca me había parecido tan chiquita como en ese momento, con él ocupando mi espacio vital, a un lado de mi mochila entreabierta y la valija golpeada.

Había un vaso de agua a medio tomar y una tanga sobre la almohada y de pronto me puso nerviosa que él pensara que era sucia o desprolija.

¿Desde cuándo me importaba lo que él pensaba?

¿Por qué había necesitado que Catalina me lo dijera para verlo por mí misma?

Si era tan obvio, ¿Marcos también podía verlo? ¿Y eso lo estaba poniendo incómodo?

Nuestro reencuentro todavía era algo delicado, algo frágil que quería cuidar y proteger, que me recordaba una época donde había más colores que grises y las personas me veían como más que la hermana de la muerta.

Sus ojos nunca habían cambiado la forma en la que me observaban, y me paralizaba la idea de que lo hicieran ahora, por culpa de algo que no podía entender ni controlar, pero en que el que estaba sola en eso.

—¿Estás bien, Chiara? Estás pálida.

« Kiki , por favor, decime Kiki», pensé, pero no le dije, no era capaz de decírselo.

Marcos trató de acercarse, capaz a tomarme la fiebre por la forma en la que su mano iba hacia mi frente, pero yo pegué un salto atrás como si tuviera varicela y pudiera contagiarme, por acto reflejo.

El dolor fue inmediato en sus ojos, dando un paso hacia atrás.

—El comisario me dijo que no tenían suficientes pruebas nuevas como para reabrir la investigación, y que me había escuchado en el tráiler del podcast y parecía que estaba faltándole el respeto al trabajo que habían hecho antes —expliqué, de golpe, para sacarme eso de encima y ver si podía quitarle el ceño fruncido—.

Era solo eso. No para arrestarme o algo de eso. No sabía nada de la funeraria.

Marcos suspiró, aliviado, llevándose las manos a la cara.

—Joder, Chiara, podrías habérmelo dicho. Llevo todo el día pensando que había pasado algo horrible.

Me mordí el interior del cachete, para no decirle que hablara bien.

—Fue una cagada de mi parte, tenés razón —admití, repentinamente avergonzada.

La distancia entre los dos no era la suficiente a la vez que me resultaba sofocante la idea de tenerlo tan lejos.

Era una angustia desconocida que no lograba nombrar, pero estaba volviéndome loca—.

Pero, aparte, el comisario me dijo que hay…

, no sé, plata que no cierra de parte del intendente, y que te están investigando a vos. Que no tengo que juntarme con vos.

Esperé que lo negara, de alguna manera. Pero no lo hizo.

Sin embargo, se veía excepcionalmente culpable .

—¿Eso tenía el sobre que le diste a un tipo del otro día? ¿Plata?

—Iba a contarte —atinó a decir, apoyando la espalda contra la pared, como si él también necesitara la distancia—. Eventualmente.

—¿Por qué le estabas dando plata al intendente, Marcos?

—No me mires así, Chiara. Estaba tratando de conseguir la información que necesitamos.

—Te estoy mirando como lo hiciste vos cuando hablé de hackear el sistema de la funeraria, ¿por qué está bien que vos sobornes al intendente de la ciudad, pero yo no puedo meterme con una página más rota que mi padre?

Sos un escritor reconocido internacionalmente, no podés andar haciendo estas cosas. No después de…

—Porque yo no tenía otra opción —sentenció, con brusquedad.

Abrió la mochila que había dejado en el piso, y sacó un fajo de papeles de ella—.

Quería conseguir los libros contables de las estancias Da Rosa y la de ustedes.

Y nadie más que él podía conseguirlos para mí.

Hay irregularidades que afectan al municipio, a la Agencia Tributaria.

Nunca antes había visto libros contables, pero no debían verse llenos de rayas rojas, marcadores y engrapados con brusquedad para sostener la monstruosidad de páginas que pretendían con unas míseras grapas.

Fruncí el ceño, estirando las manos para ver los papeles de más de cerca.

—¿Por qué?

—Te mentí en algo antes, pero fue porque quería estar seguro —empezó a decir, con lentitud, como si yo fuera un animal a punto de atacar ante la palabra incorrecta—.

El personaje de Antonio nació de Kamil, cuando supe que también laburaba en los campos, pero en el de su madre —continuó y se acercó de a poco, paso a paso, para señalarme entre las hojas—.

Y ver a tu viejo borracho ahora, vendiéndole el campo a ellos, hacía que tuviera sentido.

Eva se enteró de las malversaciones en las cuentas de las estancias y Kamil la mató para callarla.

Yo no era Eva, yo sí entendía de números y matemáticas.

Y la copia del libro contable que tenía enfrente me decía que las estancias estabas sufriendo pérdidas brutales en los ingresos con la cantidad de plata que se gastaba para mantenerlos, porque la Da Rosa no producía tanto como la Kaczka, sin embargo, entorpecía la mayoría de los gastos.

Pero eso, extrañamente, no era lo que más me molestaba de la situación.