La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTE DEL OTRO LADO DEL ESPEJO #3
58%

CAPÍTULO VEINTE DEL OTRO LADO DEL ESPEJO #3

—Estamos del mismo lado, los dos queremos justicia por Eva, independientemente de Hugo. Te lo juro. —No sabía por qué, pero estaba desesperada porque me creyera. Necesitaba que lo hiciera. Contra todo pronóstico, soltó una risa que no llegó a sus ojos—. ¿Qué dije?

—Sos igual a tu hermana hasta para hablar de los Arias — dijo, como si estuviera incrédula con su propio razonamiento—. Te brillan los ojos. Es increíble.

El calor me viajó a la cara de forma automática.

—Catalina, te estoy hablando en serio.

—Yo también —insistió, todavía con la mueca burlona en el rostro—. Tienen algo, ¿eh? Los Arias. No sé qué es, pero siempre lo tuvieron, y ustedes siempre estuvieron ahí, con ellos. Parece inevitable. Ellos, ustedes. Increíble .

Mis sentimientos por Marcos eran confusos y llevaban años barridos debajo de la alfombra, acumulando polvo, como para verse de forma tan clara a plena luz del día como ella insistía.

Era una cercanía que nunca había podido replicar con nadie más, que no me había atrevido a imitar.

Un entendimiento que iba más allá de las palabras y los gestos, que simplemente se sentía diferente.

Pero no sabía qué significaba. Nunca me había permitido pensarlo.

—Cata, por favor, que es todo un quilombo, no sé ni cómo admitieron mi testimonio como único…

—Es que no era el único, Chiara, creo que ni siquiera era el primero —me insistió, profundamente convencida de sus palabras por la forma en la que le saltaban los ojos de sus cuencas—.

Vos no te habías despertado de la cirugía cuando Hugo ya tenía orden de captura, y es que alguien más lo había visto irse del callejón.

—¿Qué? —pregunté, atónita, porque era la primera vez que lo escuchaba en mi vida.

El peso de la condena social de Hugo solo estaba en mis hombros, jamás había sido algo compartido—.

Te tenés que estar confundiendo. El comisario de la policía me dijo hoy mismo que yo era el único testimonio de esa noche.

Esa vez fue el turno de Catalina de parecer sorprendida, incluso yéndose ligeramente hacia atrás, mirándome como si fuera la primera vez.

—No… no me dan los tiempos —susurró ella, más para sí misma que para mí—. Pensé en esa noche un millón de veces, la recuerdo hasta el cansancio, y estoy segura de haber escuchado eso. Y ya con dos testigos era imposible de negar, Chiara, te juro que me lo acuerdo así.

—Te creo, posta —confesé, al notar la angustia en su voz—. Pero no lo entiendo.

¿El testigo se había retractado? ¿El comisario me había mentido? ¿Habían escondido el segundo testimonio para dejar que mi palabra fuera la decisiva? Las posibilidades eran infinitas. E insoportablemente dolorosas de pensar.

La cabeza me empezó a doler y tuve que alejarme definitivamente de mi plato, sin ninguna clase de apetito que se pudiera volver a encontrar. Apenas tomé un gran trago de agua para refrescarme la garganta, porque la sentía seca como si estuviera muerta.

—Los pibes del podcast que te trataron de entrevistar… — dije, de repente, recordando sus palabras—. Los conocías, ¿no? Son de tu generación, pero de Treinta y Tres. Fueron a Bariloche juntos.

Catalina alzó una ceja, seguramente desconcertada por el cambio de tema brusco, pero luego asintió.

—Me di cuenta después, cuando te mandé el mensaje sobre Ramiro.

Están irreconocibles —dijo, encogiéndose de hombros—.

Siempre fueron… raros, muy unidos, seguro por ser gemelos, pero ta, era raro.

Pero ahora con el podcast son insoportables.

Y ta, Eva y Ramiro estuvieron juntos en Bariloche, antes de conocer a Hugo.

Y él es un pelotudazo, pero, a lo mejor…

—¿Sabés si siguieron siendo amigos después? —pregunté, porque no tenía interés en que terminara esa oración—. Estuve viendo los comentarios viejos del Instagram de Eva y había uno de él de hace diez años, diciendo que iba a venir al carnaval a verla, ¿sabés si pasó?

—Fua, Chiara, me estás matando —dijo, negando con la cabeza—. Tu hermana era amiga de todo el mundo, era imposible no serlo. Pero si era cercana con ese pibe no tengo idea, nunca me lo mencionó, ni a las demás de nuestro grupo de amigas. Es más, pensé que era amigo de Kamil Da Rosa, no de ella.

—¿Kamil? ¿Posta?

Dos pibes insufribles de plata, no debería sorprenderme tanto como lo hacía, porque no había encontrado ninguna conexión entre ellos en Instagram. Ni siquiera se seguían en ninguna red social. Más allá de haberse cruzado el mismo año en Bariloche, no había nada que pudiera atarlos juntos.

—Sí, se hicieron amiguísimos en Bariloche, y creo que Kamil empezó a ir a Treinta y Tres después para juntarse. No estaba casi ningún finde en las jodas de esa época.

—Ah, no sabía.

—¿Y es importante saberlo?

Todavía no sabía qué tanto, entonces solo le dije que no.

Después, Catalina me contó que lo único que le daba pena de que no comiera más carne era que nunca había comido los panchos del restaurante La Pasiva de Montevideo, que supuestamente tenían una mostaza especial que juntos eran lo mejor del mundo.

Yo solo me reí con levedad, acariciándole el cachete regordete a su hija, sin el alma para decirle que, la verdad, tampoco me gustaba la mostaza.