CAPÍTULO VEINTE DEL OTRO LADO DEL ESPEJO #2
—Primero no le gustó que estuviera con él, que era mil años mayor y un inútil sin futuro…
sus palabras, no las mías —agregó, al verme fruncir el ceño—.
Después cuando se enteró que se había anotado a la Facultad de Bellas Artes y no a la de Veterinaria le armó tremendo lío, y Eva se arrepintió, me dijo que ya fue, pero yo sé que era él que le dejó los ovarios al plato —continuó, con hastío—.
Y después, a pesar de no saber un sorete de contaduría, quería que se metiera de lleno en los números de la estancia para familiarizarse con el negocio, porque ella tendría que seguirlo cuando él se jubilara y no era una pavada mantenerlo. Pero la ponía muy, muy mal todo.
—No sabía que se había llegado a anotar en Bellas Artes, pensé que… no sé, que nunca lo había intentado.
—Hugo la convenció, supuestamente. Todavía no sé qué mierda ganaba él con eso, creo que solo quería meter quilombo para alejarla de tu viejo y así controlarla más al no tener a nadie de su lado, no sé.
Se me cerró la garganta al considerarlo, porque el análisis de Catalina seguro tenía años y años de psicología arriba, pero sentía que tenía los ojos teñidos desde el inicio para analizar la situación, y lo que ella veía como la necesidad de crear caos para aislarla yo lo veía como el empujón que ella siempre había necesitado para ponerse primera en su propia vida.
O capaz yo era una ingenua, a esas alturas.
—Nunca había considerado ese peso, de…, de estar sin mi mamá y tener que hacerse cargo de todo después de él…, más si no le interesaba hacerlo.
—A tu hermana le encantaba el campo, Chiara, la hacía muy feliz y no es que odiaba estar con los animales, pero no era lo suyo.
Y cuando no es, no es, ¿entendés? —Al haber podido crecer y estudiar sin esas limitaciones la verdad era que, entenderlo creía hacerlo, pero nunca al nivel que había sentido Eva, donde toda su vida pasaba frente a sus ojos, continuando un legado generacional que la hacía miserable.
Sin embargo, asentí con la cabeza—. A mí siempre me gustó la psicología, y mi familia nunca me pidió que hiciera nada en particular, más que ser… feliz, por así decirlo.
—¿Y mi hermana no era feliz?
De repente, la angustia que me envolvió entera al considerarlo fue insoportable. No había risa de bebé en el mundo que pudiera quitármela de encima, pero María Eva parecía estarlo intentando con mucho interés, por cómo rompió en carcajadas cuando su mamá le tocó suavemente la nariz con el dedo.
—No, no, Dios, no estoy diciendo eso —se corrigió, visiblemente tocada al verme tan triste tan de repente—.
Claro que Eva era feliz contigo, conmigo, con tu viejo, con los animales que cuidaba, e incluso con…
con Hugo. Pero siempre hay espacio para más felicidad, ¿entendés?
No hay límite. Y si lo hubiera, ella merecía acercarse a él, no dudar de todo lo demás.
Su mano se acercó a la mía sobre la mesa, tiesa a un lado del tenedor que había quedado desechado hacía siglos; todavía tenía sal entre los dedos, porque era incapaz de comer las papas fritas con él, pero a ella no pareció molestarle.
Me dio un apretón con decisión, con una sonrisa triste en los labios.
Nunca me había puesto a pensar en el concepto de ser inmensamente feliz, tanto que no parecía acabar, la posibilidad siempre se había sentido fuera de mi alcance.
Era feliz en Buenos Aires, cómodamente feliz, normalmente feliz, cotidianamente feliz; pero siempre sentía el límite en una esquina, presente a mi lado, buscándome. Buscándonos.
—Cata —susurré, mi corazón incapaz de seguir soportándolo—. No creo que Hugo haya matado a Eva.
Perdí el contacto con su mano casi al instante, el frío sintiéndose ajeno en febrero.
—¿Marcos Arias te está tratando de lavar la cabeza con estas cosas, Chiara?
Me encogí como si fuera una niña a la que estuvieran rezongando, y podría jurar que María Eva, sentada en su sillita alta de bebé, también lo hacía, reconociendo el tono de su mamá.
—Marcos no está tratando de convencerme de nada, Cata…
—Es que es reentendible, que sacó un puto libro al respecto, que tiene a todo Melo comiendo de su mano y al mundo entero mirándonos como si fuéramos animales de circo, ¡incluso con fotógrafos y podcast en pleno Cerro Largo! Pero vos sabés lo que pasó, ¡estabas ahí!
No me dejé sorprender por su efusividad, porque la veía en un espejo de mí misma meros días atrás, pero eso no iba a significar que iba a quedarme callada en respuesta.
—Es ese el tema, que yo no sé lo que pasó.
—Eso es lo que Marcos quiere que creas —insistió Catalina, frustrada de repente—. Eran mejores amigos de pendejos, más que nada porque sus hermanos estaban de novios, pero no es tu amigo ahora. No están del mismo lado. No podés confiar en él.
A pesar de saber, a ciencia cierta, que Marcos y yo no éramos necesariamente amigos hoy en día, el recordatorio de boca de alguien que debía recordarnos pegados uno al otro al crecer se sentía como la mierda.