La última noche de carnaval CAPÍTULO VEINTE DEL OTRO LADO DEL ESPEJO
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CAPÍTULO VEINTE DEL OTRO LADO DEL ESPEJO

El olor a humo y chinchulín no se me iba a ir nunca de la ropa, de eso estaba segura.

Debería haberle mencionado a Catalina que era vegetariana cuando me había invitado a almorzar con ella y su hija, pero lo menos que quería era suponer un inconveniente para lo que debía ser una salida entre ellas dos, a pesar de que María Eva, con un flamante año y medio, tampoco estaba en posición de comerse un asado.

La Rueda era un restaurante típico en Melo, donde el olor a leña quemada se mezclaba con el de las carnes asadas.

El sonido de las conversaciones animadas llenaba el aire, acompañado por el tintineo de cubiertos y platos, porque el restaurante estaba lleno.

En una esquina, un parrillero vigilaba cuidadosamente las brasas, mientras giraba con destreza las piezas de carne sobre la parrilla.

La luz tenue de las lámparas colgantes creaba sombras suaves en las paredes, decoradas con fotos antiguas de la ciudad y utensilios de cocina rústicos.

Habíamos pasado los temas de conversación típicos para cuando el mozo se acercó a tomar nuestros pedidos, después de estar ojeándonos un rato desde lejos mientras nosotras mirábamos la carta, a pesar de que yo sabía que más allá de una porción de fritas no iba a encontrar nada para mí.

Catalina me contó que había conocido a su novio en facultad, que no estaban casados porque no creían en el matrimonio en sí y que eso les había roto el corazón a sus viejos un tiempo (pues, como personas del muy, muy interior, eran tradicionales y, por qué no, católicos como para querer ver a su hija en blanco el día de su boda por iglesia), pero para cuando María Eva había nacido ya no les había importado que no hubiera un papel de por medio que legalizara la unión que tenían.

A veces me olvidaba lo intensos que eran con las tradiciones en el interior; nena con nene, juntos toda la vida, con casa y perro, trabajando de lo mismo que sus padres se habían roto el lomo por conseguir. Me parecía irreal.

Personalmente nunca había sentido atracción por alguien del mismo género (aunque, la verdad, tampoco nunca me había gustado una del opuesto), pero sabía que a mi tía le chuparía un huevo si así fuera. Y creía que mi viejo también.

No fue hasta que llegó la comida que se percató que mi plato era muy diferente al suyo y tuvo que comentarlo.

—¿Desde cuándo sos vegetariana? —me preguntó, mientras le daba puré de zapallo en una cucharita a su hija, lo que era la pregunta favorita de cualquier persona a la que le mencionaba que no comía animales.

A mi pesar, había pollo cocido y desmenuzado en su plato, así que la bebé ya estaba comiendo más carne que yo.

—Diez años —dije, tras meterme en la boca una papa frita.

—Ah, entonces desde… —asentí, antes de que terminara de formular la oración: desde que me había ido de Uruguay—. ¿Y por qué? ¿Tu tía es vegetariana?

—No, aunque ahora no come casi nada de carne, pero dice que no puede dejar el atún —aclaré, con una leve risa—.

No sé…, nunca me había puesto a pensar qué pasaba realmente en la estancia de la familia, ¿sabés?

Obvio que entendía que vendíamos carne, que teníamos animales, y que la carne que consumimos salía de los animales…

pero, una de mis primeras noches en Buenos Aires empecé a investigar posta de qué pasaba y cómo pasaba, porque mi viejo no me había mostrado nada, no como a Eva…

, y vi cosas horribles; documentales, artículos, fotos…

que nunca más quise hacerlo. Y estoy en proceso de pasar al veganismo, en un futuro próximo.

—Claro, claro, entiendo… —dijo, con un deje pensativo, mientras su hija reía al probar el pollo de su cuchara.

—No te estoy juzgando, Cata. Posta, todo bien.

Y estaba siendo sincera, esperaba que no se lo tomara personal, así como yo no me tomaba personal las caras que siempre recibía cuando lo contaba, especialmente desde que había llegado a Melo, porque en Argentina no era como que tuviera que mencionarlo tantas veces por semana.

A los doce años debería haber tenido la inteligencia suficiente para entender que, si éramos el mayor productor de carne de Cerro Largo solamente con la estancia de mi familia, que teníamos plata hasta para hartarnos sin necesitar un segundo ingreso, debía ser porque matábamos muchísimos animales.

Pero no fue así. A mí solo me gustaba pasear por el campo y visitar a las vacas y ovejas, darles nombres e historias; no les daba bola a las gallinas y los gallos me daban miedo, entonces no me acercaba al gallinero (creo que ni en ese entonces era fan del pollo), pero tampoco deseaba que algo malo les pasara, solo que dejaran de cacarear por las noches.

Y listo. Para mí era eso la estancia.

Pero resultó que era muchísimo más. Había un stock de varias miles de cabezas de ganado bovino, posiblemente entre 5,000 y 10,000 o más, con un sacrificio anual de miles de animales para mantener su posición de liderazgo en el mercado nacional.

En cuanto a la producción ovina, uno de más de 10,000 ovejas, con un sacrificio anual también en el orden de varios miles.

Además, se necesitaba de una infraestructura robusta que permitiera procesar, almacenar y transportar la carne de manera eficiente, incluyendo mataderos y sistemas logísticos adecuados, con acceso a mercados de exportación.

No podía tener todas esas muertes en mi conciencia a los doce años.

Era imposible limpiar la sangre de mi apellido, pero podía decidir dejar de perpetuarla.

—Solo… me sorprendió.

—¿Por mi familia o en general?

—La razón en general, creo —admitió, y de pronto me pareció que estaba avergonzada—.

Es una pelotudez, pero lo primero que pensé cuando dijiste que eras vegetariana fue en tu familia, sí, pero en…

, en que veías la carne en ellos, no sé, cómo que habías creado una aversión a la carne como para separarte de ellos todavía más, para no tener nada que te uniera a tu vida acá.

Suspiré, pero me encogí de hombros.

—Mi psicóloga lo consideró también, cuando empezó a tratarme.

No me parecía una locura, pero tampoco quería considerarlo como el empujón inicial.

—Es que me pisé el palito sola —rio, divertida—. Soy psicóloga, cognitiva-conductual.

Suponía que el misterio de qué había ido Catalina a estudiar a Montevideo con Eva estaba resuelto: Psicología. Nunca le había dado mucho pienso. Me avergonzaba confesar que nunca había pensado mucho en ella como su propia persona, más allá de un personaje en la vida de mi hermana.

—¡Ah, fue mi tipo de terapia! ¿Tenés tu propio consultorio?

—Sí, allá en Montevideo, pero trabajo principalmente en InMujeres, un programa dentro del Ministerio de Desarrollo Social que se enfoca en la protección y apoyo de mujeres que sufren violencia doméstica —me explicó, con completa seriedad, mientras le limpiaba la boca a su bebé con una servilleta—.

Por… por Eva. Me inspiró Eva. Me gustaría poder haberla ayudado más.

El peso de las papas fritas me cayó de golpe en el estómago como si de una tira de asado se tratara, produciendo malestar de forma casi instantánea.

Miré a su bebé, sonriente y algo adormilada después de un par de bocados, y el corazón se me estrujó, como siempre que era golpeada con el reconocimiento de lo mucho que había cambiado vidas la pérdida de mi hermana, y no solo la mía.

Y es que el dolor siempre trascendía más de lo que parecía.

Me removí el asiento, incómoda.

—¿Mi hermana te había mencionado antes algún momento de… violencia, con Hugo?

—No —susurró, su rostro apagándose—. Eso es lo peor, que no se sintió con, no sé, la confianza para contarme nada y yo estaba demasiado metida en mis boludeces como para darme cuenta de las señales —dijo, sin mirarme.

Ahora sostenía una de las manos de su hija entre el dedo índice y pulgar, dejando que ella encerrara la suya en totalidad—. Nunca me voy a perdonar eso.

—Capaz no había señales, Cata.

—Siempre hay. Y tu hermana andaba secretiva ese tiempo, nerviosa capaz, pero pensé que era por la estancia.

Tu viejo quería que empezara a involucrarse en la economía del campo, que supiera cómo administrar la plata, y los números la ponían del orto, siempre había sido horrible en matemáticas…

—Suspiró—. Me tendría que haber dado cuenta que era algo más que los quilombos que tenía con tu viejo por eso.

Fruncí el ceño, porque decir que Eva era horrible en matemáticas sería quedarse corto, porque siempre había sido incapaz de ayudarme con los deberes de la escuela ni cuando estaba viendo divisiones en dos cifras, por lo que me parecía un delirio de mi padre tratar de presionarla a entenderlos, más con la cantidad de plata que debía moverse en la estancia en esa época.

—¿Tenían quilombos? ¿Más allá de… de Hugo?

Que mi padre nunca había sido fan de él no era nada nuevo, si la tensión en las cenas cuando se nos unía era palpable en el aire hasta para mí, pero más allá de eso siempre habían sido unidos, incluso más de lo que yo lo había sido con él y eso que era la única figura de guía que tenía en mi vida.

Siempre pensé que los había unido la muerte de mi madre y que era un vínculo que yo no podía aspirar ni a entender, por eso nunca me había sentido responsable de que nosotros no lo tuviéramos.

Después de todo, la conexión que yo tenía con Eva era suficiente para mí; podría no ser la persona preferida de papá, pero era la de ella.

Catalina torció el gesto, y de pronto me sentí de doce años otra vez, viéndola por mi casa tan indescifrable como en ese entonces.

—Tenían pila de quilombos, Chiara —me dijo, visiblemente sorprendida de que para mí eso fuera noticia —. Supongo que no lo mostraban en frente tuyo porque eran temas de grandes en ese momento, y puede que todo empezara con Hugo, pero era solo eso.

—¿A qué te referís?