CAPÍTULO DIECINUEVE CUESTIÓN DE TIEMPO #2
—Porque ustedes ya habían decidido que era culpable — susurré, de pronto agobiada por la importancia de mis palabras—. Porque era el novio, el pobre, el del padre preso, el que no podía defenderse. Pero Hugo amaba a mi hermana, nunca le hubiera hecho daño.
La boca del comisario se quedó en una línea recta perfecta y supe, con certeza, que nunca me iba a creer. Al menos no hasta que tuviera una prueba real, tangible, que no estuviera abierta a discusiones.
Y yo no tenía idea de cómo conseguirla.
Ambos suspiramos, casi al mismo tiempo, como si el aire de esa sala ahora estuviera cargado del cansancio que nos pesaba a ambos en los hombros.
—Te prometo que si llega nueva información abriremos el caso. Pero no hasta entonces.
De pronto no me quedaban fuerzas para protestar, era como si me hubiera chupado la energía discutir con otra persona más que no estaba dispuesto a ayudarme.
Iba a levantarme e irme, y que me arrestara por desacato si quisiera. Pero él habló antes:
—¿Puedo darte un consejo antes de que te vayas? De parte de un padre y de alguien que lleva toda su vida en este pueblo.
—Dale, sí —respondí, sin ganas, pero sabiendo que la pregunta era capciosa.
—Te vieron la otra noche con Marcos Arias.
No cometas los mismos errores que tu hermana, no confíes en alguien así.
—Le sostuve la mirada, impasible. Sus palabras solo confirmaban las mías, que el preconcepto de los Arias siempre iba a estar ahí, esperándolos, esperándome—.
Que esto quede entre nosotros dos, por favor, pero si hay alguien que es una persona de interés para la policía es él.
Chasqueé la lengua, aburrida.
—Marcos no sabe dónde está Hugo, no pierdan el tiempo.
—No es por eso. Hay… temas, que no cierran desde que llegó, con el intendente. Hay unas… irregularidades.
—¿De qué hablás?
No reconocería al intendente de Melo ni que me lo señalaran directamente, pero sí había visto a Marcos en la Intendencia, dándole un sobre a un hombre de traje en una habitación cerrada. Y nunca le había preguntado nada al respecto. Pero eso podía significar cualquier cosa, ¿verdad?
—Hay plata que no se sabe de dónde viene. Y lo conecta a él.
—¿Y eso que tiene? No entiendo.
Pero el comisario solo suspiró, negando con la cabeza.
—Cuidate, Chiara. No te hagas mala sangre, tenés mucha vida por vivir todavía.
Salí de la seccional mirando el suelo.
Saqué el celular del bolsillo, escribiendo un mensaje para Hugo:
¿Qué sabés de Ramiro Bandelli?
Estaba desesperada. Ni siquiera le había respondido el mensaje preguntándome si tenía un sospechoso y él no había vuelto a insistir.
Sentía que estaba alejándome de la verdad a cada paso que daba, al contrario de lo que necesitaba, y en cada uno de esos perdía más la comunicación receptiva con Hugo.
—¡Eh, Chiara!
Tenía que salir de la seccional, caminar dos cuadras, doblar y llegar al fusquita estacionado, con Marcos esperándome. Pero avancé sin mirar hacia adelante, esperando ansiosa que me llegara una respuesta, hasta que me llevé puesta a otra persona en la calle. O personas, para ser más específica.
—Catalina. —Solté, sintiendo que el aire abandonaba mis pulmones de golpe. Pero no estaba sola, había un carrito de bebé a su lado y una bebé muy, muy real sacando la cabeza entre la tela que la protegía del sol—. Y…
Catalina sonrió con dulzura, moviendo la tela que le cubría la cara a su hija. Tenía pecas, grandes ojos azules y pelito oscuro, además de que era ligeramente morena, más que su madre.
—María Eva.
— Wow . —Fue lo único que alcancé a decir, observándola como si fuera la primera bebé que veía en mi vida. Que no lo era, obviamente, pero no solía tener infantes tan cerca tampoco—. Dios. Es preciosa.
—Gracias, linda —dijo, manteniendo su expresión alegre, hasta que de pronto se oscureció, llevando una mano a mi hombro—. ¿Estás bien, Chiara? Estás temblando. Y casi cruzás la calle sin mirar.
—No, no, te juro que iba a mirar, yo…
No estaba bien, tanto que no podía ni manufacturar una mentira para ella.
Y la vi torcer el gesto, haciéndome creer que estaba buscando la mentira en mis facciones, como las encontraba en las de Eva. Mi Eva. Nuestra Eva.
Doblando a la esquina, Marcos apareció, su rostro colmado de preocupación; seguramente había tardado más de lo esperado, entre mis gritos de niña petulante y mi confusión inicial, lo suficiente como para causarle malestar.
Catalina giró el rostro, consternándose completamente al identificarlo.
—¿Te está molestando? ¿Por eso estás así?
Sorprendida, volví los ojos a Catalina.
—¿Qué? No, no. Tuve que ir a la seccional, me llamó el comisario.
Sin embargo, el asco seguía casi palpable en su cara, tanto que creí que no me había escuchado, porque seguía pendiente de Marcos con tanta atención como si tuviera que protegernos del daño.
Y recordé que, para alguien como Catalina, Marcos representaba a Hugo.
Ella bufó, poniendo los ojos en blanco.
—¿Tenés algo que hacer ahora? Iba a ir a comer con María Eva.
Miré a Marcos, con los hombros tensos, pendiente de cada palabra, aunque se mantuviera a una distancia razonable. Parecía que él tampoco había necesitado más de un par de segundos para entender el desagrado de Catalina, y por eso seguía al margen.
Lo miré con atención y no encontré dudas en mí, a pesar de lo que había dicho el comisario.
Suponía que ese había sido mi primer error.
Negué con la cabeza, pero mis ojos solo lo veían a él.
—Me encantaría, Cata. Vamos.