CAPÍTULO DIECINUEVE CUESTIÓN DE TIEMPO
Tarte o temprano, en el transcurso de mi vida, sabía que iba a terminar en una seccional de policía. Era cuestión de tiempo. Al menos no me habían arrestado. Todavía.
El vestíbulo estaba casi vacío, pero a lo lejos, detrás del mostrador, vi a un par de policías en uniforme, sus miradas cansadas y acostumbradas a todo tipo de situaciones.
Uno de ellos levantó la vista brevemente hacia mí, antes de volver a sus papeles, como si mi presencia fuera solo otra cosa más en su rutina diaria.
A un lado, en un banco de madera desgastado, un hombre de aspecto desaliñado, con el rostro pálido y ojos hundidos, estaba esposado y encorvado, murmurando algo para sí mismo.
El lugar parecía antiguo, las paredes de color crema estaban decoradas con tablones de anuncios llenos de papeles amarillentos y fotos en blanco y negro de algún acto conmemorativo.
Había una sensación de pesadez en el aire, como si el lugar estuviera cargado de secretos y angustias.
A lo lejos, desde alguna oficina trasera, escuché el sonido de una máquina de escribir, un eco persistente que parecía salir de otra época.
—Chiara Kaczka —dijo un hombre robusto y visiblemente acalorado, con camisa blanca de manga corta, bolsillos en el pecho y la bandera de Uruguay bordada a un lado; además de otro tipo de tela en sus hombros, una condecoración, capaz.
Asentí con la cabeza, a pesar de que no estaba preguntándome nada—.
Soy el comisario Ignacio Santos, seguime por acá.
La seriedad en su rostro me daba a entender que no había espacio para dudas, así que le hice caso.
Me llevó a una habitación cerrada, donde solo parecía haber una mesa de plástico gris y dos sillas, esperándonos.
—Tomá asiento, Chiara —dijo, señalándome una de las sillas. Me senté, tratando de parecer aburrida—. ¿Sabés por qué estás acá?
—No.
La posibilidad de que me hubiera comido alguna cámara en la funeraria y ahora supieran que les había robado datos era muy posible.
Emiliano, el recepcionista ahí, había quedado lo suficientemente confundido con toda nuestra interacción como para llamar a la policía para que me hicieran alguna clase de investigación.
Me habían llamado esa mañana para que fuera, de buena manera, a la seccional, que el comisario quería hablar conmigo. Y, a pesar de que había preguntado varias veces por qué, el policía al teléfono se había negado a darme algún detalle.
Le había avisado a Marcos y él no se había ofrecido a acompañarme. No es que tuviera que hacerlo, necesariamente, pero no se había ofrecido , lo que era raro en él. O capaz solo estaba mal acostumbrándome a algo que no iba a durar.
En cambio, dijo que nos veríamos después, que él también tenía que dar unas vueltas por el pueblo. No me había especificado nada, y yo no me sentía con potestad como para preguntar.
—Espero que entiendas que siempre nos tomamos el caso de tu hermana con toda la seriedad que tiene para darte esta seccional. La Dirección Nacional de Policía Científica y la Dirección de Investigaciones a nivel nacional estuvieron involucrados en la investigación.
Traté de no resoplar; habían hecho un trabajo de mierda, sin pistas en diez años.
Además, eso había sido por presión del sector agropecuario del departamento, en vista de que mi padre no se encontraba en condiciones de manejar la estancia y, con eso, afectaba la producción del país.
Y los Da Rosa habían movido todas las cuerdas que sostenían para presionarlos en cumplir con lo mínimo, que era encontrar al culpable.
Pero no lo habían conseguido.
—Bueno.
—Yo era el comisario en esa época, nunca había visto un despliegue así por nadie en todos mis años en la fuerza policial…, ¿entendés por qué te estoy diciendo esto?
Fruncí el ceño.
—No.
Podría jurar que las manchas de sudor de su camisa crecieron cuando bufó.
—Salió un…, un adelanto del episodio del programa ese que están haciendo estos…
, estos chicos de Montevideo sobre el caso de tu hermana.
—Era notorio que no entendía lo que era un podcast ni qué buscaba específicamente, si parecía que lo más que escuchaba diariamente era la radio, pero estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano en hacerse entender por mí—.
En el que salís vos hablando, dudando de esta investigación, de que no se hizo lo suficiente.
Y poniendo en duda el testimonio que diste…
—Ah. —El alivio fue instantáneo en mi estómago, el nudo desenredándose: no sabían nada de la funeraria, solo me habían llamado porque los había hecho quedar como unos inservibles en el podcast. Tenía todo el sentido del mundo—. Bueno, es verdad.
—Los testimonios que se recogen en el marco de una investigación son documentos oficiales, y cualquier alteración o falsificación de estos puede tener graves consecuencias legales tanto para la persona que lo realiza como para quien lo ordena o consiente…
—Tenía doce años, una bala me acababa de atravesar el pecho, había visto a mi hermana mayor morir frente a mis ojos y tenía más morfina en sangre que un drogadicto.
No creo que ese testimonio sea válido cuando se abra la investigación —dije, con seriedad—.
Porque es eso a dónde querés llegar, ¿no?
Que tienen que abrir la investigación. ¿Me van a volver a tomar la declaración ahora?
La emoción era tan palpable en mi voz que quise gritar. Especialmente cuando la cara del comisario me dijo todo lo contrario.
—No, Chiara. No vamos a reabrir la investigación.
—Pero los homicidios no prescriben, es completamente posible reabrir un caso después de diez años si…
—Chiara —dijo el comisario, con dureza—.
Conozco a tu padre de toda la vida, fuimos juntos a la escuela y al liceo.
Es por el cariño que le tengo a él que estoy explicándote esto ahora, de esta manera.
No hay nueva evidencia para reabrir el caso de Eva; Hugo Arias la mató y huyó del país. Es importante que entiendas eso.
Cerré las manos con los puños en mi falda, notando los nudillos blancos.
El tono paternalista con el que me hablaban todos me iba a enloquecer finalmente.
—Si conocés a mi padre también viste nacer y crecer a mi hermana, ¿no te jode ni un poco lo que le pasó, que nunca encarcelaron al culpable?
Porque es tu culpa —espeté, con la misma seriedad que estaba usando él, hablándome como si fuera una nena chiquita a la que tenían que explicarle que no podía comer más caramelos porque le iba a doler la panza—.
Hay un asesino suelto en Melo y es tu culpa.
¿No tenés hijos? ¿No te importa tu pueblo?
Porque va a volver a matar. Nada le impide hacerlo con los ineptos que hay en la policía.
Eso pareció enojarlo lo suficiente como para endurecer la mirada, la pena alejándose.
—No me hagas arrestarte por desacato, por favor.
Me mordí la lengua, de forma literal y figurativa, pensativa.
—Lo único que me acuerdo antes del balazo fue haber visto la careta blanca de plumas rojas que mi hermana le había hecho a Hugo —empecé a contar, a pesar de su clara negativa por seguir entreteniéndome—.
Pero mi hermana había hecho dos caretas y tengo pruebas de eso, ustedes encontraron una en la casa de los Arias, pero no la segunda.
Esa la tiene la persona que realmente la mató.
El comisario Santos suspiró, cansado.
—Aunque eso fuera real, no…
—La estancia de mi familia tiene cámaras, y alguien borró hace una semana la grabación de ese día, la prueba de que Hugo Arias estaba ahí con su hermano en el momento exacto en el que alguien más estaba matando a Eva —continué, hablando rápido y pronto, como si una bomba fuera a estallar si no me apuraba—.
Los servidores de las cámaras están en la casa de los Da Rosa, los Delgado y hay un tercer usuario sin identificación, pero que está en Melo. Ese usuario debe ser el asesino.
—Chiara, no…
—No, no, pará, dejame seguir. —Lo detuve, histérica—.
La noche en la que Eva murió iba a encontrarse con Ramiro Bandelli, pero supuestamente él nunca apareció y al mes siguiente él y su hermana se fueron a hacer un máster a Italia.
¡Literalmente se fueron del país! ¡Huyeron!
No podés decirme que no es sospechoso, la puta madre.
Solo me guardé el detalle de la autopsia de Eva, porque todavía no sabía qué significaba que faltara una página del examen toxicológico y, para ser sinceros, no me haría quedar mejor con la policía para tratar de explicar cómo había conseguido la copia oficial del documento.
—¿Y de dónde sacaste esa información vos?
—¡De internet! ¿¡No tienen un solo policía que sepa usarla!?
Me quería arrancar el pelo con las manos, de la desesperación.
O hacer rebotar su redonda cara con la mesa, a ver si de un par de golpes empezaba a ser más receptivo y dejaba de mirarme como si estuviera completamente loca, con una mezcla de pena y atención por sí, efectivamente, hacía algo como arrancarme el pelo con las manos.
—Es muy grave lo que estás diciendo, Chiara. Acusar a alguien así.
—¡Ya sé! ¿Por qué todo el mundo dice eso? Es el homicidio de mi hermana, ¡ya sé que es algo grave! —chillé, sin medir mi voz, porque estaba harta de escucharlo—. ¿Podrían investigarlo, al menos, por favor? Entrevistarlo, mínimo. Preguntarle qué estaba haciendo ese día.
—No tenemos razones para hacerlo. Es tu palabra contra la suya.
—Eso no evitó que mandaran un aviso de búsqueda y captura para Hugo Arias, cuando las pruebas contra él son circunstanciales, como mucho. Es el testimonio de la niña que estaba traumatizada y perdiendo sangre en baldes y una careta en su casa, ¡nada más!
—Él huyó, Chiara. ¿Por qué huiría un hombre inocente?
La misma pregunta que yo le había hecho a Marcos me golpeaba de frente en la cara.
Y la respuesta era la misma que él me había dado.