La última noche de carnaval CAPÍTULO DIECIOCHO Y A GRABAR #2
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CAPÍTULO DIECIOCHO Y A GRABAR #2

Eso pareció ser lo suficiente para despertar a Ramiro del trance que estaba, porque empezó a pasar con velocidad las hojas de su cuaderno, y leyó una pregunta en voz alta, creo que antes de poder razonarla, por la forma en la que palideció:

—¿Surgieron nuevas pruebas o testigos que podrían cambiar el rumbo de la investigación?

—El libro de Marcos trajo muchísima prensa, mucha gente hablando al pedo, obvio, pero también otra que nunca habló antes. Detalles que no parecían importantes en 2014 que ahora podrían serlo todo…

Utilizar una plataforma del nivel de la de este podcast para amenazar al asesino a sueldo de mi hermana, que todavía debía seguir en Melo, no era sensato. Pero era lo que tenía que hacer si quería respuestas.

La grabación no se había borrado sola y la hoja de la autopsia tampoco. Y, capaz, esa persona no trabajaba sola, no era la misma en ambos casos. Y llevar un secreto de esa gravedad por diez años te podría por dentro, tarde o temprano empezaría a oler a muerto. De eso estaba segura.

—¿Pensás que todavía es posible resolver el misterio?

—Por supuesto. No tengo dudas de que mi hermana y Hugo van a ser vengados en el mismo momento. Y pronto .

La mano de Ramiro se movió hacia la grabadora, pero Floren se la golpeó para alejarla.

Lo vi tragar saliva, nervioso.

—Pará, ¿estás diciendo que Hugo Arias no mató a Eva?

Sonreí, y deseé, por una vez, que me estuvieran grabando, porque los gemelos estaban pasándolo horrible y yo, por primera vez, no parecía una llorona. Una víctima más; como si hubiera algo más en mí que eso, más en Eva que eso.

—Es exactamente lo que estoy diciendo.

—Es muy grave lo que decís, Chiara. Sos la única testigo del caso, no podés forzar a la policía a abrir una investigación por…, por una pelotudez.

—Yo no estoy forzando nada. Simplemente no tengo más doce años, y me acuerdo de más cosas. Llevo toda la vida tratando de acordarme de ellas.

Solo recordaba la careta blanca como un reflejo, las plumas rojas. Pero ellos no tenían por qué saber eso.

—No creo que entiendas de lo que hablás…

—¿Por qué, Ramiro? ¿Qué sabés vos que yo no sepa? —pregunté, en cambio, con prepotencia—. Sé que ambos conocían a mi hermana, capaz hasta eran amigos, ¿pensás que eso te da la potestad de tratar de contar su historia acá y que yo no voy a pretender contar la mía?

Si es que era posible, el color abandonó el rostro de Ramiro y empezó a boquear como un pez fuera del agua.

—Chiara, no…

Su hermana chasqueó la lengua.

—Es interesante esto que decís, eh, no la desacredites, Rami —dijo Floren, incorporándose en su lugar.

No me gustó una mierda el brillo en sus ojos.

No sabía dónde todavía, pero estaba segura de que me había pisado el palito de alguna forma—.

¿Te sentís responsable de que nunca se hayan encontrado al culpable, entonces, si testificaste mal hace diez años? ¿Pensás que podrías haber hecho más?

La sonrisa de superioridad se borró de mi rostro, y tuve que respirar hondo.

—Sí —confesé, luchando porque mi voz no se quebrara—. Y por eso estoy haciendo todo lo posible ahora para encontrarlo ahora, que tengo el tiempo y recursos que antes no tenía.

—Algunos dicen que las víctimas a veces provocan sus propios asesinatos. ¿Crees que tu hermana hizo algo para poner en peligro su vida?

Ese tipo de pregunta era extremadamente insensible y cruel, pero sabía que tarde o temprano llegaría; Marcos había visto los suficientes episodios de su podcast la noche anterior como para contármelo en el auto de camino al café. Se suponía que estaba preparada para cualquier cosa.

—Creo que mi hermana confió en las personas incorrectas.

—Si te dijeran que tuvo una vida secreta, ¿cómo te sentirías? ¿Te sorprendería descubrir que no la conocías tan bien?

Sentí que sus palabras eran como un golpe en el pecho, dejándome sin aire.

—Teníamos trece años de diferencia. Es normal, estábamos en etapas completamente separadas.

No éramos gemelas —dije, al fin, concentrándome en el olor a café negro a mi lado.

Estaba en una cafetería. Estaba bien—. No como ustedes, que deben contarse todo, ¿no?

¿Te contó Ramiro que estuvo con mi hermana?

¿O que iba a venir a verla a Melo el día que murió?

¿Te mostró la máscara de plumas a vos también?

—Suficiente, Chiara.

Esta vez, Floren no fue lo suficientemente rápida como para interceptar a su hermano, que detuvo la grabación con un golpe sordo. El plástico se quejó. Capaz hasta estaba roto.

—¡Ramiro! —protestó su hermana, alterada, llevando sus dedos inquietos hacia el aparato.

—Nunca había venido a Melo antes —espetó, con brusquedad—. Sabía que estabas trastornada, pero no sabía que también eras una mentirosa.

Sus ojos verdes estaban verdaderamente furiosos, clavándose en los míos de una forma que por fin podía entender la frase «si las miradas mataran…», porque esa me hubiera desintegrado en el aire.

—No estoy mintiendo y tu reacción me lo confirma. ¿Siempre tuviste problemas de ira? El consejero escolar que te trató en Trento por estrés al mes de la muerte de mi hermana sí que lo pensaba.

Por un segundo, creí que me iba a pegar.

Floren le sostuvo el brazo, tirando de él hacia atrás.

—Creo que sí que fue suficiente por un día, ¿no? Te hablaremos si necesitamos más material, Chiara.

Me levanté, dejando las manos apoyadas en la mesa, acercándome a la grabadora golpeada.

Y le di a grabar.

—Fue un placer, queridos .