La última noche de carnaval CAPÍTULO DIECIOCHO Y A GRABAR
47%

CAPÍTULO DIECIOCHO Y A GRABAR

Cuando llegué a La Nonna después de tantos años, lo primero que noté fue cómo todo había cambiado y, a la vez, permanecía igual. El camino que llevaba al café estaba bordeado por árboles que parecían más grandes, más imponentes, como si el tiempo los hubiera hecho crecer a la par de mis recuerdos.

Mi padre solía traernos acá todo el tiempo, porque era de las cafeterías más lindas de Melo.

Todo parecía más chiquito de lo que recordaba, cuando la chiquita antes era yo.

En una esquina, contra uno de los grandes ventanales, me esperaban Floren y Ramiro Bandelli sentados en una mesa rectangular de madera clara. A lo lejos, veía sobre la mesa sus celulares, cuadernos, lápices y lo que parecía una grabadora antigua.

Respiré hondo, acercándome a ellos.

Mi única ventaja era que sabía más de ellos que ellos de mí.

Me había pasado el resto del día, después de fracasar (por así decirlo) en la funeraria, investigándolos.

Y eran tan, pero tan egocéntricos que la huella digital de los dos podría cubrir la geografía de Rusia si fuera física, lo cual no me debía sorprender si eran influencers .

Florencia y Ramiro Bandelli, gemelos nacidos en la ciudad y departamento de Treinta y Tres, Uruguay, en octubre de 1990; con él siendo, según ella comentaba en sus post de felicitaciones en Instagram, dos minutos mayor.

Se habían mudado juntos a la capital para estudiar Comunicación en la Facultad de Información y Comunicación, y actualmente ambos eran periodistas, ella digital y él audiovisual.

Habían hecho el mismo Máster en Comunicación de dos años de duración en Trento, Italia, a los veinticinco años, y después de vivir cinco en total en Europa habían decidido volver a Uruguay, situándose esta vez en Montevideo, para empezar un podcast de true crime, el que llevaba cinco años siendo considerablemente famoso en Latinoamérica.

Eran hijos de una familia acomodada, con tierra y ganado, y un campo en Tacuarembó que iba de generación en generación, y donde parecían huir cada vez que sufrían alguna crítica potente por sus episodios compartidos en Spotify y YouTube, a juzgar por las fotos que tenían subidas cuando «desaparecían» de las redes por una temporada.

Parecían ser dos personas letradas e inteligentes, tanto de calle como conocimiento de libros, pero Marcos no mentía cuando había dicho que buscaban el sensacionalismo: a veces sus episodios parecían un capítulo moderno de Santo y Seña , con más chismes y críticas descaradas, porque al ser un medio privado, y no televisión abierta, podían permitírselo.

Ambos habían coincidido en el viaje de quince años de mi hermana a Bariloche en 2005, porque al no ser grandes las generaciones de Melo, normalmente se unían con las de Treinta y Tres por el tema de los colectivos y así abaratar costos.

Ellos aparecían en la misma fotografía grupal de Eva que ahora estaba rota en la pared de mi casa antigua, con la nieve empapándolos enteros.

Lo que significaba que eran la misma generación que Catalina, Kamil y Polo, pero no lo suficientemente importantes como para que Catalina los reconociera cuando fueron a preguntarle por una entrevista para el podcast.

Pero las coincidencias no se detenían ahí, porque había comentarios de ambos, y viceversa, en las fotos del antiguo perfil de Instagram de Eva, denotando que había alguna clase de familiaridad entre ellos, quizás hasta amistad.

Incluso, había un comentario de Ramiro debajo de la última foto que mi hermana había subido —la semana antes de morir, con los preparativos del carnaval—, donde leía: «@bandelliramiro: no puedo esperarrrrrrrrr a ir a verte! ».

Sin embargo, no había ningún rastro de que Ramiro había estado en Melo ese verano. Y, el marzo siguiente, los gemelos habían partido a Italia sin mirar atrás.

Era, cuando menos, curioso .

—Chiara, querida —dijo Floren, con una gran sonrisa. Tenía los labios pintados de rojo carmín y la cara preciosa a pesar del calor, tanto que el colorete de los cachetes era, seguro, apropósito—. Pensamos que ya no llegabas, que te habías asustado.

Resistí el impulso de mirar la hora, porque sabía que no estaba llegando tarde, si yo misma había decidido el momento y lugar para vernos, pero algo en el tono de Floren me hacía pensar que solo quería ver mi reacción.

Me encogí de hombros y los saludé de lejos, sentándome frente a Ramiro.

Colgados de la silla veía los mismos gorros de visera que habían usado antes, con el logo del podcast, que ahora estaba bordado en sus remeras blancas. Me hizo acordar a las de Lacrosse, con el cocodrilo tan chiquito y por la forma del cuello y aspecto de la tela. Estaban impolutos, siendo sincera.

—Buenas. —Solo dije, como generalidad—. ¿Empezamos?

—¿No querés un café, té, algo?

—¿Puedo preguntar qué te hizo cambiar de opinión?

Los hermanos hablaron al mismo tiempo, pero yo solo le respondí a ella:

—No, no podés —dije, con una risa. Pretendía sonar divertida, pero la verdad era que hablaba en serio, y él lo sabía—. No tengo tiempo que perder e imagino que ustedes tampoco, que necesitan algo para remontar este episodio, si nadie les aceptó una entrevista antes, ¿no?

—Tenemos el material suficiente, Chiara.

Esto es solo por respeto —espetó Floren, por un momento de mala manera, mostrando la tensión que cargaba por la forma en la que apretó la mandíbula—.

Pero, tenés razón, nunca hay tiempo que perder, ¿no?

Me imagino que no te jode que grabemos, ¿verdad? —Negué con la cabeza—. Empezamos.

Él abrió uno de los cuadernos frente a él, y empezó a leer, tras mirar la hora.

—Martes, 13 de febrero, 17:35 de la tarde, nos encontramos en La Nonna en Melo, Cerro Largo, Uruguay, de parte de Cómo No Ser Una Víctima con Chiara Kaczka, la hermana menor de la víctima de Eva Kaczka, para tener unas palabras. Yo soy Ramiro, y mi hermana es Floren. Estamos acá para la verdad.

—Por primera vez en diez años alguien consigue dar contigo, Chiara.

¡Estabas desaparecidas! —exclamó Floren, como si fuera lo más interesante del mundo—.

Estas son las primeras palabras que das en una entrevista para un medio después del asesinato de tu hermana, ¿verdad?

El que, hasta el día de hoy, es considerado uno de los misterios más grandes de Melo, donde cayó toda una generación de producción ovina y bovina del país, en consecuencia.

Esperaba que ellos también hubieran hecho su investigación, pero era una forma pobre de empezar.

—Es verdad.

—Es importante destacar que, además de la hermana de la víctima, sos parte de la misma escena del crimen, ya que según las noticias una segunda bala te impactó en el pecho y por poco te dieron por muerta, ¿verdad? Pero el famoso cirujano melense, Alejandro Da Rosa, logró salvarte la vida.

—¿Hay una pregunta en todo eso, Floren? Porque me sonó capciosa.

Ella apretó los dientes, pero mantuvo la sonrisa.

—Por supuesto que la hay: ¿dónde has estado desde entonces?

—Argentina —dije, sin titubear.

—El Río de la Plata… emocionante, uhmmm —rio, irónica.

—Sí, bueno, es que no tenía a nadie en, no sé, Italia, como para huir a Europa cuando pasó, ¿sabés? Encontré alojo donde mejor podía.

Ramiro miró a su hermana al instante, girando el cuello con tanta rapidez que, para mí, podría habérselo lastimado de la brusquedad. Pero ella solo torció ligeramente el rostro, sin quitar los ojos de los míos.

—Hubiera sido desastroso, porque el libro La verdad no, no hace ruido , de Marcos Arias, el hermano del principal sospechoso, está siendo furor en Europa, ¿verdad?

Traducido a diez idiomas en el último año, también es un best-seller en Italia —contó, como si no lo supiera—.

El libro que, al final del día, nos trae acá hoy, porque finalmente la gente ha descubierto que la historia de esa novela no es tan ficción como parece y es, en cambio, la de Eva.

Y puso a este pueblito en el mapa por algo mucho más interesante que su producción de asado.

—También es verdad.

Floren parecía ser buenísima relatando, pero sus conclusiones carecían del golpe que estaba buscando tan desesperadamente.

—¿Qué tenés para decir sobre ese libro, Chiara? Me imagino que habrá sido difícil convivir con su existencia, sobre todo cuando Marcos era tu mejor amigo de la infancia y él y Hugo Arias, el sospechoso, eran cercanos a tu familia desde que eras una niña.

—Nunca lo leí —mentí, porque si todavía no se lo había confesado al propio Marcos no iba a empezar con ellos—. Pero sé que le va bien, lo venden mucho en Argentina. No sabía que lo habían traducido tanto. Debe perder algo al no estar en español rioplatense, ¿no?

—Pierde algo de la viveza criolla de la que nació —continuó ella, sin titubear—. Ahora es la primera vez en diez años que vos y Marcos coinciden en un mismo lugar, ¿verdad? ¿Cómo fue eso?

—Sorpresivo, no tenía idea que iba a pasar. No tengo contacto con nadie desde que me fui.

—¿Ni siquiera con tu padre?

—Ni siquiera con mi padre.

—Tratamos de concretar una entrevista con él, pero fue menos que satisfactorio. Parece pasar sus días en estado de ebriedad constante desde el asesinato, ¿te sientes responsable por haber contribuido, al no haber estado presente en tanto tiempo?

—No —dije, con el mismo tono monótono de antes—. Mi viejo es un hombre grande, no tengo ningún poder de decisión en lo que hace o deja de hacer.

—Es algo así como el poco poder que tenía él sobre las decisiones de Eva, ¿verdad? Porque se dice que no estaba de acuerdo con su relación con Hugo, por los diez años de diferencia y porque venía de una familia de bajos recursos.

Solté una risa, poniendo los ojos en blanco.

—Floren, perdoname, pero siento que esto es un monólogo para escuchar tu propia voz, ¿realmente querés saber algo de mí?

Ella carraspeó, descolocada.