La última noche de carnaval CAPÍTULO DIECISIETE UNA MINI SOLUCIÓN EN 3.0 #2
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CAPÍTULO DIECISIETE UNA MINI SOLUCIÓN EN 3.0 #2

Él me devolvió la sonrisa, por fin volviéndose a notar cómodo en su espacio.

Giré sobre mis talones y salí de la funeraria, dejando que el aire caliente me golpeara de lleno.

Avancé mirando hacia el frente y caminé un par de cuadras en piloto automático, sin prisa ni pausa. Podría estarme dirigiendo a mi antigua casa a pie, a lo de Nicole o quizás al hotel, porque solo me movía por las calles principales.

Hasta que doblé en una poco transitada, volví a doblar y abrí la puerta del fusquita de Marcos que me esperaba. La cerré y dejé los papeles boca abajo sobre el tablero, y respiré hondo, por fin soltando todo el aire atrapado en mis pulmones hasta ese momento.

—¿De verdad conseguiste que te dieran una copia de los datos de los empleados de la funeraria del pueblo, Chiara Kaczka?

—Ni cerca —dije, con una leve risa—. ¿Me pasas mi mochila? Que no llego.

Marcos se estiró, para agarrar mi mochila que había dejado en el asiento trasero.

Al hacerlo, se le levantó la musculosa que antes estaba por dentro del pantalón y pensé qué, ¿en qué momento, entre tantas mudanzas y haber escrito un puto libro con una investigación de años, le había dado tiempo de ir al gimnasio como para tener abdominales?

Casi dejé que mi curiosidad me ganara, pero, por suerte para mí, fue solo un segundo antes de tener mi mochila en mi falda. La abrí y saqué la laptop, para abrir el aparato en mis piernas en su lugar.

Saqué del bolsillo del pantalón el pendrive, conectándolo con rapidez.

—¿Chiara…?

—Nunca me iba a dar esa información ese pobre laburante, Marcos —dije, como única justificación a mis actos—. Al menos no por su cuenta.

Él protestó, como si ya no supiera de sobra que no estaba a bordo de mi plan.

—Es ilegal, joder.

—También lo es matar, ¿sabías? —bufé, mis ojos no despegándose de la pantalla mientras empezaba a sacarle la encriptación a los archivos.

Había miles, pero, a diferencia de los de la memoria de la casa de Nicki, estos estaban tan prolijos como el pobre Emiliano detrás de su escritorio.

Una vez bajó toda la información, volví a guardarlo en el bolsillo trasero de mi pantalón gris—. Y hablá bien.

Escuché una pequeña risa salir de Marcos, pero era notorio que no quería dar el brazo a torcer y sabía que reírse era, de alguna forma, mostrarse de acuerdo con lo que acababa de hacer.

Los nombres de los empleados eran pocos y ninguno resaltaba a simple vista, ni por familia, edad u ocupación. Pero estaba segura de que había algo entre tanto dato que me era importante, lo sentía, de alguna forma, hasta en mis huesos.

—Víctor Delgado es uno de los directivos de la funeraria, supervisa embalsamados en caso de ser necesario —dije, tras leer la ficha de empleado—. Es el padre de Polo. Él me dijo que trabajaba como médico forense. Acá y en Montevideo. También con Alejandro Da Rosa.

—Y…, bueno, sería raro que haya más de un embalsamador en este pueblo.

—¿«Embalsamador»? ¿Eso está bien dicho así?

—Sí, Chiara, es la palabra correcta en español para referirse a una persona que se dedica a la práctica del embalsamamiento …

—Dios, que horrible —dije, con solo pensar lo que significaba, donde había que aplicarle algunas sustancias químicas al muerto para tenerlo listo.

Había que tener un estómago para soportarlo…

—. La puta madre, hay demasiada información, y nadie parece importante.

Ninguno de estos nombres me llama la atención.

Marcos hizo un sonido de afirmación desde la garganta, para luego llevar su dedo a mi pantalla, que en cualquier otro momento se llevaría un chillido por estar ensuciándola, pero en ese solo pude dejarlo estar.

—¿Te deja ver en cuántos casos trabajó Víctor?

—Creo que sí, debe estar por acá…

Víctor había trabajado en la gran mayoría, para ser honestos, porque parecía ser un médico respetable del calibre de Alejandro, por lo que no era un dato relevante.

Hasta que empecé a bajar entre los años, meses y días, y encontré el nombre de mi hermana entre ellos, marcándolo a él como médico forense que la había trasladado hasta la funeraria con su aprobación, pero también como único profesional que había trabajado en embalsamarla.

—¿Por qué hizo el trabajo él? Era pleno carnaval…

El color se drenó de mi rostro cuando descubrí que podía abrir el archivo completo del reporte forense de mi hermana, mi mano empezando a temblar sobre el touchpad de la laptop.

—Kiki, no tenés por qué leerlo. Ya sabés qué pasó.

Marcos tenía razón: ya sabía lo que le había pasado a Eva, porque yo había estado ahí.

Una única bala que, simbólicamente, le había atravesado el corazón. Y nada más.

Asentí con la cabeza y alejé mis manos, llevándolas a mi pecho.

—¿Podés leerlo vos? En caso de que haya algo importante, no sé.

—¿Estás segura? Debe ser morbo al pedo, no sé…

—Por favor.

Parecieron ser las palabras verdaderamente mágicas, porque me dejó de discutir.

Le dejé la laptop en su falda y miré por la ventana a la vereda, solo fijándome por el rabillo del ojo como abría el pdf incrustado en el documento y su mirada seguía ágilmente cada palabra.

Por unos minutos no dijo nada, solo movió el cursor hacia abajo.

—¿Y?

Marcos se aclaró la garganta, y cuando volví a mirarlo tenía el ceño fruncido.

—Falta una página.

Estaba pálido y nervioso, toqueteando con atención.

—¿Cómo que falta una página? —pregunté, girando la pantalla para verla de frente.

—Están numeradas… y falta la 4. —Señaló los números en las esquinas inferiores derechas de las páginas, con el logo de la funeraria en el contrario—. Además, la 3 se corta en mitad de un párrafo y va a la 5, que es la última.

—Pero, ¿por qué…? ¿De qué mierda hablaba antes la 3?

—Sobre… sobre el resultado de los análisis de laboratorio de la necropsia.

Los análisis que detectaban si había droga, alcohol o toxinas venenosas en su sangre al morir; si tenía enfermedades o tumores en su cuerpo; si tenía baja, no sé, la puta vitamina d en sus últimos momentos de vida. Y más, mucho más que yo no estaba enterada.

Pero que escondía lo suficiente como para borrarla.

Todo estaba incompleto; las grabaciones de las cámaras, la putísima autopsia…, pero teníamos dos caretas. Una, sin dueño. El otro dueño, desaparecido, como la página frente a nosotros.

Mi teléfono sonó, pero al fijarme solo era el podcast de los Bandelli confirmando la reunión a la que los había citado la noche anterior.

Y volví a agarrar mi laptop, porque había muchas cosas que no sabía, pero sí sabía cómo buscar en internet.

Y si esos dos hijos de puta escondían algo, no iba a ser tan fácil de desaparecer.