La última noche de carnaval CAPÍTULO DIECISIETE UNA MINI SOLUCIÓN EN 3.0
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CAPÍTULO DIECISIETE UNA MINI SOLUCIÓN EN 3.0

El carnaval podría afectar muchas cosas en Melo, pero nunca los horarios de la funeraria. Había algo solemne en eso, como la resolución de que, al final del día, nada era más importante que la muerte.

La casa fúnebre tenía una fachada sobria y discreta, como si se esforzara por no llamar demasiado la atención en medio de la calle.

La edificación era de un solo piso, pintada en tonos claros, y las ventanas, cubiertas con cortinas opacas, no dejaban ver el interior, manteniendo el ambiente de privacidad que uno esperaría de un lugar así.

Había un pequeño cartel en la entrada, con letras elegantes que decían el nombre, y una puerta de madera sólida, que parecía haber sido abierta y cerrada miles de veces hasta dañar las bisagras.

Al acercarme, sentí un ambiente tranquilo, casi silencioso, como si la misma estructura estuviera acostumbrada a contener el dolor y la calma que vienen con su propósito.

A mí, sin embargo, se me aceleró el corazón con solo entrar.

Me golpeó un fuerte olor a flores frescas, mezclándose con algo como el incienso o las velas cítricas. El problema era que también se le unían los productos de limpieza, volviéndolo abrumador.

—Buenos días, bienvenida. ¿En qué puedo ayudarle hoy? —me preguntó el hombre del otro lado del mostrador, de piel oscura y rasgos amables. Estaba entrajado, a pesar de los mil grados que hacían afuera y que el aire acondicionado de acá adentro trataban de apaciguar.

Carraspeé, tratando de recuperar mi voz como si la funeraria me la hubiera robado como Úrsula a Ariel en La Sirenita.

El hombre estaba detrás de un escritorio alto, con una computadora de torre, teclado y mouse sobre él. Había un par de papeles arreglados metódicamente a un lado, con unos post-it amarillos por encima y una lapicera a su lado. Nada más.

Había una cámara detrás de él, apuntando a la puerta y, por eso, a mí.

Perfecto.

—Hola, creo que hablamos por teléfono la semana pasada. Soy Chiara Kaczka —dije, asumiendo, de por sí, que en un pueblo como Melo no iba a haber más de un recepcionista en el horario de la mañana en pleno verano.

—Sí, es verdad, señorita Kaczka —afirmó, sin dudarlo. Sus ojos dejaron los míos para ver la pantalla de la computadora frente a él, sus manos siguiendo al teclado—. Veo que la reducción que tenía planeada para Eva Kaczka sucedió hace un par de días, ¿tiene alguna pregunta al respecto?

—No, no necesariamente —dije, apoyando las manos en su escritorio.

Era apenas más alto que yo, bajito para ser un hombre, pero dudaba que le estuviera resultando intimidante si titubeaba como una boluda—.

Quería preguntar si guardaron mi número en alguna ficha de mi hermana. Y, en caso de ser así, borrarlo.

El hombre parecía descolocado, parpadeando más lento al volverme a ver.

—Su número está acá sí…, es el secundario, después del de su padre.

¿Está segura de querer borrarlo? —preguntó, desconfiado, y algo en su voz me hizo entender que su interacción con mi padre había dejado la suficiente marca en su memoria como para no querer repetirla, si fuera necesario.

Era un hombre joven, seguramente un poco más grande que lo que Eva sería actualmente, así que también podía suponer que conocía el caso lo suficiente como para reaccionar así.

—Sí. Y también quiero preguntar si alguien llamó en busca de él.

—¿Disculpe? —preguntó, ahora sí visiblemente sorprendido—. ¿En busca de…?

—Mi teléfono.

Sus ojos se deslizaron entre mi cara y su pantalla, para volver a mí.

—No, no tengo ninguna nota al respecto. ¿Debería…?

Aproveche su estado de confusión para estirar el cuello, mirando su pantalla descaradamente. Él se fue hacia atrás, con evidente nerviosismo.

—¿Cómo es tu nombre? Si te voy a hacer tantas preguntas, creo que sería mejor que nos tuteáramos. —Sus labios se mantenían en una línea recta perfecta, su cerebro seguramente tratando de pensar qué carajos me pasaba. Así que suavicé el tono, para no sonar tan brusca en general—. Por favor.

—Emiliano.

—Un gusto, Emiliano. Mi nombre es Chiara —sonreí, como si estuviera presentándome por primera vez—.

Estoy teniendo unos problemas con mi número, Emiliano.

Creo que podés entender que, por mi familia, somos muy secretivos con nuestras cosas.

Y ahora me están llegando unos mensajes de un número desconocido.

Y la única fuga de información que podría haber con respecto a mi número viene de acá, ¿entendés?

—Uhmmm, no… —dudó, torciendo el gesto—. Nosotros no compartimos la información personal de ninguno de nuestros clientes, está terminantemente prohibido.

No imaginaba a nadie consiguiendo mi teléfono de esa manera, simplemente pidiéndolo por medio de una llamada, pero era una pregunta que no podía evitar hacer, al menos para confirmar mis sospechas.

—Bueno, te creo —dije, jugando entre mis manos con la lapicera de su escritorio, haciendo ruido con el plástico de la tapa cuando se chocaba contra la madera—. ¿Y quienes tienen acceso a esa información personal de los clientes, Emiliano?

—Solo los trabajadores de la funeraria, por supuesto.

—¿Y quiénes serían estas personas?

—El director funerario, embalsamadores, encargados de mantenimiento, choferes, consejeros de duelo…

Solté una leve risa, negando con la cabeza.

—Nombres, Emiliano. Te estoy preguntando nombres.

Él frunció el ceño y yo conocí así de simple el límite de ese hombre.

La página web de la funeraria no estaba actualizada, por lo que solo mostraba al fundador y director, nombres que no me parecían reconocibles ni importantes.

Me había fijado por la mañana, antes de dejar el hotel, a ver si me ahorraba la visita a la central.

Pero, tristemente, no había sido el caso.

—Me temo que no puedo darte esa clase de información, Chiara.

Hice un esfuerzo sobrehumano por no cambiar el gesto, denotando mi irritación.

Tratar de hacerlo por las buenas había sido la primera opción, la que Marcos estaba de acuerdo y al tanto, pero no creía poder conseguir gran cosa de esa manera.

Yo no me caracterizaba por tener un gran carisma para hechizar a nadie con simples palabras y gestos, eso siempre había sido parte de la personalidad de Eva.

Lo único que podía traer a la mesa era, evidentemente, jugar por debajo de ella.

—Tenés razón, me zarpé —dije, con una sonrisa triste.

Él se llevó las manos a la corbata, todavía descolocado—.

¿Por lo menos me podés imprimir el comprobante de la reducción de mi hermana?

Para llevar al laburo y eso, que ni sabían que tenía una hermana y ahora tienen que anotarme unos días libres porque se murió…

—Claro, por supuesto —anunció, con rapidez, como si estuviera muriéndose de ganas por deshacerse de mí.

Que, seguramente, era el caso dado lo molesta que me estaba portando.

Hizo un par de clics con el mouse y se fue hacia atrás, para levantarse de la silla—.

La impresora está acá al lado, en la oficina del director. Ya vengo.

Se fue hacia la puerta detrás de él, dejando la recepción en soledad.

Formé una sonrisa amplia y dejé que se me resbalara de los dedos la lapicera, cayéndose sobre el escritorio, detrás de la torre de la computadora.

Apoyé el pecho sobre la encimera, para alcanzarla de vuelta, y al hacerlo dejé que cayera el pendrive pequeño que tenía guardado en la manga, enchufándolo en la parte trasera de la torre.

La pantalla se iluminó, detectando un usb 3.0 conectado.

El auto-run malware dentro del pendrive se ejecutaba automáticamente, copiando toda la información del disco duro.

Debía aparecer invisible en el sistema, ocultando la actividad, como si se hubiera conectado un en par de auriculares en lugar de un sistema de copiado maligno, pero tampoco me sobraba el tiempo para comprobar su invisibilidad ante un antivirus promedio.

El sudor que naturalmente me caía por la espalda se enfrió, el tiempo congelándose cuando escuché la impresora escupir el papel.

—¡Emiliano! ¿Me podés hacer más de una copia, por las dudas?

La velocidad de la transferencia de datos podía variar dependiendo de la capacidad de la computadora y el tamaño de los archivos, pero, al final del día se trataba de una casa fúnebre en una ciudad con una población de 50 mil habitantes, con solo un poco más del 50% urbanizado, no era como si estuviera tratando de copiar los datos de una funeraria de Buenos Aires.

Emiliano no me respondió, pero podría jurar que escuché la fotocopiadora.

Quedaba un porcentaje todavía por completarse, necesitaba más tiempo.

—¿Sabés qué, Emiliano? ¿Podés hacer un par de copias? ¡Siempre tengo la cabeza en cualquiera y me da miedo perderla!

No respondió, otra vez.

Las manos me sudaban, topándose con los cables de la torre, amenazando con desconectarlos todos y fingir demencia ante el desastre, yéndome con las manos vacías, pero sin pruebas visibles ante las cámaras de que había intentado hacer algo .

Respiré hondo, tirando del pendrive el momento exacto en el que apareció la transferencia como completa.

—¿Todo bien? —preguntó Emiliano, volviendo a la recepción con varios papeles en la mano, encontrándome con la mitad del torso sobre la encimera de su escritorio y con mis manos en la torre.

—¡Sí! Se me había caído la lapicera —exclamé, tirando de ella con una mano, mientras usaba la otra para estabilizarme y cerraba el puño con el pendrive dentro—.

Disculpá por el quilombo, tenía miedo de que se rompiera y te llenara de tinta todo…

—dije, metiéndome una mano en el bolsillo y dejando la otra con la lapicera sobre la encimera.

Emiliano todavía me miraba alzando una ceja, pero más extrañado que desconfiado.

Dios, debía parecer que finalmente había perdido la cabeza.

—Los comprobantes —dijo, pasándomelos. Los agarré y me los llevé al pecho, aun sabiendo que se me iban a empapar de sudor—. ¿Te puedo ayudar en algo más, Chiara?

Sonreí, negando con la cabeza.

—No, Emiliano. Fuiste de mucha ayuda. ¡Muchísimas gracias!