CAPÍTULO DIECISÉIS DENNA Y MANUEL #2
—Y ellos pudieron habérselo dado a esta persona —resolvió Marcos, como si fuera lo más simple del mundo—. Y si sabemos quién fue, podemos buscarlo directamente, sin tener que mandarle mensajitos.
—¿Me estás pidiendo que hackee la seguridad de una funeraria?
—¿Qué? ¡No! Joder, Chiara —dijo Marcos, con una mueca entre sorprendida y alarmada en el rostro—. No, no, digo de pasarnos mañana y preguntarles. Físicamente. Y, más importante, legalmente .
—Ah.
Decía mucho de mí que eso ni se me hubiera ocurrido como primera opción. Ni la segunda.
—¿Podrías hacer eso? ¿Hackearlos? —preguntó, segundos después, de forma suspicaz. Alcé una ceja—. No te estoy pidiendo que lo hagas, eh. Es curiosidad pura y dura.
—Supongo que sí, no creo que una funeraria de Cerro Largo tenga una ciberseguridad muy fuerte —admití, encogiéndome de hombros—. Rastreé el número este por mi cuenta, pero no me llevó a ningún lado. No tenía tarjeta de crédito asociada, ni nombre, ni dirección…, ni nada.
—O sea, que se compraron el número para hablarte. E hicieron un esfuerzo consciente en mantenerse anónimos.
Suspiré, viendo el cursor en su pantalla en blanco.
—Parece.
—¿Qué te dijeron, específicamente, para hacerte dudar? —preguntó entonces, curioso, volviéndose hacia a mí, dejando la laptop de lado—. Porque la última vez que nos vimos, en el cementerio…, no parecías capaz de cambiar de opinión.
Me mordí el interior del cachete, tratando de concentrarme en mis recuerdos.
Dos caretas. Dos caretas. Dos caretas.
El hotel de Marcos olía a limón, a fresco, a limpio. Estaba ahí. No estaba en mi casa, con olor a comida pudriéndose en la cocina. No estaba en mi cuarto, con el olor a las pinturas de Eva. Estaba en el hotel. Con Marcos. Con Marcos que olía a Marcos.
Estaba bien.
—La careta. —Alcancé a decir, a media voz.
Me estiré, para pasarle el ticket que guardaba de la compra de Eva—.
Encontré entre las cosas de arte de Eva unas notas para una segunda careta, igual a la que le hizo a Hugo.
No sé para quién era, no sé ni por qué había hecho dos…
, pero creo que el dueño de esa careta fue el que la mató.
—Y vos solo te acordabas de eso, de la careta —dijo, boquiabierto.
Casi podía ver los engranajes de su cabeza moverse a toda velocidad, tanto que temí que empezara a salirle humo por las orejas, mientras observaba el ticket—.
Pensé que el asesino había usado la de mi hermano y la había dejado en casa después.
Nunca imaginé que Eva hubiera hecho dos.
Una risa irónica se escapó de mi garganta.
—Yo tampoco.
Por un momento, ambos nos sumimos en el silencio.
Mi respiración estaba normal, no me sentía ni siquiera cerca de hiperventilar, pero agradecí la calma. Al menos, de momento.
—¿Confiás en ese número desconocido?
—No, pero creo que quiere ayudar —admití, con sinceridad. Fuera o no Hugo, sabía más de lo que decía y eso era lo importante—. Pero quiero saber quién es. Voy a ir mañana a primera hora a preguntar en la funeraria.
—¿Querés que te acompañe?
La pregunta me agarró desprevenida, a pesar de dónde estábamos.
—¿Cuánto tiempo tenías pensado estar en Melo, Marcos?
Ahora fui yo la que pareció sorprenderlo.
—Tengo unas entrevistas por el libro en Montevideo la semana que viene…, así que hasta entonces —dijo, lo cual me hizo acordar a los avisos que había en Tres Cruces con su cara, así que asentí. También eso significaba que iba a quedarse hasta el final del carnaval—. ¿Vos?
—No sé. Ya estoy quedándome más de lo que esperaba. Pero es que no me puedo ir ahora, no cuando por fin me siento, no sé, cerca de descubrir algo grande. Algo importante.
Era la primera vez que lo decidía. Las palabras ni siquiera habían pasado por mi cabeza, creía que habían salido de mi corazón directas a mi boca, sin escalas, porque me había quedado atónita al oír mi propia voz pronunciarlas.
—¿Y sabés qué más? Voy a aceptar la entrevista del podcast —decidí, con un subidón de energía repentino.
Me acerqué al touchpad de su laptop, para abrir la pestaña donde estaba el perfil de Instagram de los hermanos, donde mencionaba como eran gemelos, periodistas y montevideanos apasionados por el lore uruguayo—.
Son de Montevideo, ¿cómo conoció Ramiro a Eva, entonces?
¿Eran amigos, más que amigos? Eso tiene que significar algo.
—Chiara…
—¿Qué? No me mires así, es una buenísima idea.
—Son dos hijos de puta esos dos —sentenció Marcos, la bronca volviendo a su voz como si nunca se hubiera ido—. No merecen que les des un segundo de tu tiempo.
—Ya sé, pero también llevan investigando para el episodio este…
—Van a preguntarte cosas horribles, no vale la pena.
—¿Vos confiás en mí?
Él se alejó como si le hubiera dado una cachetada.
—Obvio que confío en vos, Chiara, ¿qué me estás preguntando?
—Entonces no me cuestiones, antes de que cambie de…
El estómago me sonó, tan alto y tan fuerte que pude sentir las orejas enrojecerse de la vergüenza, porque parecía como si un oso estuviera gruñendo dentro de mi cuerpo, para nada sutil y obligando a ser atendido.
—¿Cenaste?
No había ni almorzado, pero no tenía pensado aclarárselo.
—¿En qué momento? Si llevo contigo desde hace horas.
—La puta madre, Kiki. Avisá esas cosas —refunfuñó, poniéndose de pie del suelo. Movió unos papeles que estaban sobre la mesa de luz y, para mi sorpresa, había un teléfono de línea debajo de tanto quilombo—. Voy a pedir servicio a la habitación, ¿tenés alguna restricción alimenticia o…?
—Soy vegetariana.
Y, por primera vez desde que contaba eso en Melo, alguien sonrió.
Y se sintió todo por nada.