La última noche de carnaval CAPÍTULO DIECISÉIS DENNA Y MANUEL
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CAPÍTULO DIECISÉIS DENNA Y MANUEL

Nunca me había puesto a razonar realmente el laburo que había detrás de la creación de un libro hasta que tuve el trabajo de Marcos frente a mí, esparcido sobre su cama como si de un tornado de papeles y resaltadores flúor se tratara.

Entre las hojas había recortes de periódicos amarillentos, notas garabateadas a mano y esquemas que conectaban personas, lugares y eventos como si se tratara de una telaraña intrincada.

Sentí un escalofrío al ver fotos antiguas, algunas de escenas de crímenes reales, que me hicieron dudar si estaba mirando material para una novela o los archivos de un detective.

Pero luego recordé que esto no era ficción; era un intento desesperado por limpiar el nombre de su hermano y, tal vez, resolver el caso que había destrozado nuestras vidas.

Cada documento parecía contar una historia propia, piezas sueltas de un rompecabezas que Marcos había recopilado con precisión.

Había entrevistas transcritas, perfiles psicológicos, e incluso mapas con rutas subrayadas en rojo, empezando con la suya con Hugo desde mi casa, siguiendo un camino hacia Brasil que él creía que era donde su hermano había ido primero, antes de que mandaran el aviso para buscarlo por el Mercosur.

Mi nombre formaba parte del mapa, pero no había ninguna ruta conectándome con ella, solo un gran signo de pregunta.

Y recordé que Marcos nos había perdido a los dos esa noche, a Hugo y a mí, por lo que parecía ser para siempre.

Y aunque supiera la sinopsis de memoria, estuviera quemada a fuego en mi cerebro, eso no evitó que la releyera al tener el primer manuscrito a mi disposición, aquel que Marcos le había presentado a un profesor de la universidad después de que le dijera que tenía un futuro real como escritor si creía en él mismo y en lo que tenía para decir.

Han pasado dos años desde que la hermana mayor de Denna Lara fue brutalmente asesinada en las fiestas de La Mercè, y la policía barcelonesa cerró el caso sin respuestas convincentes.

Manuel Castro, el hermano del principal sospechoso y mejor amigo de Denna, nunca creyó en su culpabilidad, y ha dedicado su vida a investigar lo que realmente sucedió aquella fatídica noche.

Juntos, Denna y Manuel desentrañan una red de mentiras, secretos oscuros y corrupción que va mucho más allá de lo que cualquiera de los dos podría haber imaginado.

A medida que se acercan a la verdad, también se exponen a un peligro cada vez mayor, enfrentándose a fuerzas que harían cualquier cosa para mantener el pasado enterrado.

¿Podrán Denna y Manuel descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde, o serán ellos las próximas víctimas de un asesino que sigue suelto?

Sentí como se me cerraba el pecho, una presión apretándome los órganos vitales, amenazándolos con explotar y pintar de sangre real aquella investigación.

—No había que ser Sherlock Holmes para saber a qué caso te referías, ¿eh? —dije, con una leve risa. Era todo tan obvio, tan evidente, que me costaba entender cómo el público había tardado meses en descubrir a Eva—. ¿Qué carajo son las fiestas de La Mercè?

Marcos rio, sentado en el suelo con su laptop frente a él.

—Son unas fiestas en honor a la patrona de la ciudad, la Virgen de la Mercè. Hay desfiles, conciertos y eventos culturales por toda la ciudad —explicó, encogiéndose de hombros—. Aunque no es un carnaval en sí, comparte la energía festiva y la participación masiva en las calles.

—¿De verdad aprendiste catalán allá?

—Per descomptat —dijo, con una sonrisa ladeada que nunca le había visto antes. Orgullosa y sobradora. Le quedaba extrañamente bien. Bufé y él volvió a reírse. Casi vuelvo a hacerlo, solo para ver si él lo volvía a hacer—. «Por supuesto», dije. Las clases en la universidad eran en catalán e inglés.

Con mucho esfuerzo Marcos era capaz de decir watermelon en las clases de inglés que teníamos en la escuela cuando aprendíamos las frutas, por lo que, imaginármelo aprendiendo lo suficiente como para tener la fluidez de meterse en clases donde el castellano ni siquiera era una opción me recordaba, una vez más, que no lo conocía.

Que la distancia entre los dos, aunque ahora no física, seguía siendo kilométrica.

Para centrarme, me detuve en otra pieza de información, una con el final.

—¿En quién te basaste para escribir a Antonio, el asesino real?

—pregunté, extendiendo en su dirección la hoja con la línea del tiempo de La verdad no, no hace ruido, específicamente donde los personajes principales descubrían quién había matado a la víctima—.

Digo, si nuestros hermanos son, bueno, eso, nuestros hermanos , y Denna y Manuel somos nosotros… , ¿quién es él?

—Denna es rubia, Chiara, obviamente no sos vos —dijo él, como si estuviera explicándole algo completamente disparatado.

Puse los ojos en blanco, lanzándole la hoja en la cara.

Suponía que no era la única que acababa de recordar que había sido él quien había descrito una relación romántica entre los protagonistas que los ayudaba a descubrir el misterio—.

Nadie en particular. Había pensado que podía ser un excompañero de liceo, que laburaban juntos ahora y que estaba celoso porque nunca le había dado bola.

De ahí nació Antonio —explicó, contrariado consigo mismo—.

Pero si hubiera tenido al menos una sospecha justificada, haceme caso que no hubiera escrito un libro, sino que me plantaba acá mismo con la policía.

El mensaje de Catalina me asaltó la mente, haciendo que se me erizaran los vellos de los brazos.

—¿Un expareja serviría?

—Pensé que Eva no había estado de novia con nadie antes de Hugo —dijo él, frunciendo el ceño, dejando de lado su laptop, donde tenía más apuntes del libro.

Llevábamos un buen rato revisándolos todos, buscando algo que se le podría haber pasado a él cuando estaba investigando, algo que capaz necesitaba ojos frescos para encontrar.

—Bueno, de novia en sí, no —aclaré, recordando que Catalina había hecho la misma especificación—. Gente que estuvo antes de él. Yo no sabía, nunca me contó…, así que capaz no es importante, pero es algo.

Me senté a su lado en el suelo, apoyando la espalda en la cama.

—¿Quién es? —preguntó, abriendo una nueva pestaña en Google.

Me tuve que reír, era imposible no hacerlo. Parecía una cámara oculta; ni poniéndole ganas se me hubieran ocurrido dos personas menos probables de en algún momento haber tenido que ver con mi hermana.

—El pibe del podcast.

—¿Me estás jodiendo?

—Ojalá.

Me di cuenta de que Marcos quería tomárselo en serio, pero también acabó riéndose.

—¿Cómo te enteraste?

—Catalina, la mejor amiga de Eva, me avisó hace un rato que se acordó de quienes eran.

—Ahhh, ¿era ese el mensaje que te llegó en el coche?

Que te habías puesto pálida y todo —inquirió Marcos, pensativo.

Luego parpadeó más rápido, como deteniéndose en algo que todavía no había verbalizado—.

Pará, ¿le habías preguntado eso antes? Como para estar esperando una respuesta y que te tuviera tan nerviosa.

Tragué saliva, inquieta.

—Bueno, me parece que «ponerme pálida» es exagerar…

—Chiara, no es la primera vez que te veía saltar cuando te sonaba el móvil. Era obvio que estabas esperando algo importante. Pensé que era algo del laburo, pero…

Comprendí, pronto, que estar los dos solos en su habitación de hotel era un momento igual de bueno como cualquier otro para decirle de los mensajes, sin necesariamente hablar de más.

Después de todo, mis pruebas para sostener que se trataba su hermano del otro lado todavía estaban en la cuerda floja.

Y darle esas esperanzas tampoco me parecía sensato.

Y, bueno, la verdad es que no me venía útil en ningún escenario para mí.

—Cuando estaba en el cementerio me empezaron a llegar mensajes de…

de alguien diciendo que Hugo no había matado a Eva.

Pensé que era alguno de tus fans rompiéndome las pelotas, la verdad.

Que habían descubierto quién era yo y querían jugar al detective…

—expliqué, suspirando—. Pero le empecé a responder y la persona me dio razones para dudar…

, me dijo que mi hermana estaba con otro, que cuando hablara con ese otro entendería muchas cosas…

Actualmente muchas personas dudaban de la culpabilidad de Hugo, pero estas se encontraban fuera de Melo y eran atraídas por su libro. Dentro, acá mismo, Marcos nunca había encontrado a alguien más de su lado aparte de su madre, y su rostro mostraba esa sorpresa.

—¿Y quién es esa persona? ¿Te lo dijo? —preguntó, visiblemente ansioso—. Si tanto sabe, deberíamos hablar con él.

—Es que no tengo idea cómo consiguió mi número —confesé, con completa sinceridad, a pesar de que antes estuviera omitiendo verdades—.

Nadie tiene mi número, solo mi tía y mi padre, que es mi número de Argentina.

Ahora lo tienen Nicki, Catalina y vos…, pero todo eso fue después.

En Buenos Aires este número está a nombre de «Kiara Gómez», con ka , que no soy yo…

, o sí, pero, pero no acá…, ¿entendés? Acá no.

—¿Y tú viejo está en condiciones como para guardar un secreto? Que le contó a todo Dios que venías a Cerro Largo…

—Sí, es un pelotudo, pero no tanto —aclaré, a pesar de que entendía cómo había sido tan rápido como para saltar a la yugular de alguien como mi padre, porque yo había hecho exactamente lo mismo—.

Lo fui a ver y me juró y perjuró que no fue él, que protege mi identidad y esas cosas.

Creo que es lo único y último que le quedó de su sentido de paternidad.

Marcos hizo un sonido pensativo, para luego quedarse en silencio.

—¿Y a qué número te llamó la funeraria para que vinieras?

Torcí el gesto, tratando de seguir su tren de pensamiento.

—Al de Argentina, pero se los pasó mi padre, ellos mismo me lo dijeron, no me parece que cuente como él faltando a su palabra —recordé, con rapidez—. ¿Por qué?

—Porque eso quiere decir que la funeraria lo tiene.

—¿Y…?