CAPÍTULO QUINCE CÓMO NO SER UNA VÍCTIMA
La noche era ruidosa y calurosa. Si cerraba los ojos, podía pretender que era Buenos Aires.
Pero no lo era.
Cuando llegué al Parque Zorrilla de San Martín esa noche de febrero, el carnaval estaba en pleno apogeo, pero a mis ojos todo se teñía de una sombra que no podía ignorar.
Las luces que colgaban entre los árboles, en lugar de traerme alegría, me recordaban a un tiempo en que esas mismas luces iluminaban noches que ahora prefería olvidar.
Las risas y la música, que para otros eran el alma de la fiesta, para mí eran ecos de recuerdos que intentaba enterrar.
A medida que avanzaba, el bullicio se hacía insoportable.
Los tambores de candombe retumbaban en mi pecho, las voces de las murgas, cargadas de humor y crítica, me parecían distantes y huecas, como si estuvieran cantando para otros, no para mí.
Era como si el carnaval se hubiera convertido en una máscara que todos llevaban, pero yo veía lo que había detrás: las promesas rotas, las palabras dichas en medio del ruido y nunca cumplidas.
Pero yo le había dicho a Marcos de encontrarnos ahí.
Había sido mi decisión, contra todo pronóstico.
Por la tarde, Hugo me había respondido por mensaje, preguntándome qué era la pista que estaba buscando y si había servido de algo. Pero no había tenido el corazón para responderle que me había llevado a un callejón sin salida más, pero incluso uno que ni con luz me animaría a recorrer.
En cambio, mis dedos tecleaban otra pregunta mientras esperaba a su hermano:
¿Por qué no me dijiste que estabas con Marcos cuando Eva murió?
La respuesta no se hizo de rogar.
tenías que escucharlo de él para creerme
Observé a las personas a mi alrededor, charlando entre ellas o utilizando el celular, pensando si alguno de ellos estaría detrás de la pantalla en lugar del hombre desaparecido que estaba escapando de la justicia desde hacía diez años.
Porque, pensándolo, sería más fácil cuestionarme por qué en ningún momento había considerado entregar este contacto a la policía; podía ser inocente, pero seguía prófugo.
Pero la respuesta era fácil y simple, caminaba hacia mí mientras lo pensaba.
Marcos . Nunca podría hacerle eso a Marcos.
cuál era la pista? tenés un sospechoso?
Guardé el celular apenas Marcos se manifestó a mi lado. No me saludó, solo se quedó de pie ahí, mirando al frente, como si estuviera concentrado en la murga que cantaba a pocos metros de distancia.
Yo tampoco reaccioné. No se suponía que debía hacerlo.
—¿Por qué estamos acá, Chiara?
Apenas lo escuché por sobre la gente, por lo que sabía que estaba siendo discreto.
—Es el lugar perfecto para saber si alguien está prestando demasiada atención. Además, desde acá podemos mirar a los demás sin que se den cuenta.
—¿Por qué?
Aplaudimos cuando debíamos hacerlo, e incluso silbé para animar a la gente.
—Fijate.
Algunas cabezas se giraron a verme, pero nadie reconocible, aunque sí algunos alzaron las cejas.
A esas alturas, después de haber pasado más días de los planeados en Melo —y, por supuesto, gracias a mi padre—, ya todo el pueblo sabía que estaba ahí.
Y aunque llevaban una década sin verme, mi cara era muy similar a la de Eva, yo solo usaba el pelo más corto, por arriba de los hombros.
Exactamente para evitar las similitudes frente al espejo, en la oscuridad de mi cuarto por las noches bonaerenses.
Por el rabillo del ojo lo vi asentir con la cabeza, y suspiré.
Él no era la viva imagen de su hermano, como yo, pero su cara era reconocible para cualquiera en el último año en el que su libro había ganado la popularidad bestial que tenía ahora.
Era cuestión de tiempo para que los rumores empezaran a volar, las dudas de por qué los hermanos de Eva y Hugo eran vistos juntos, diez años después de la tragedia, disfrutando las celebraciones del carnaval que tanto les había quitado a ambos.
—¿Qué viste en las cámaras?
—Nada, borraron esa noche. —Solté de sopetón, sin anestesia.
Mantuve la vista al frente, escudándome en la táctica para no mostrar la cobardía que sentía al hablar sin verlo, evitando la reacción de desilusión que cubriría su rostro al ver nuestra pista deshacerse en el aire con esa facilidad luego de la emoción de horas atrás—.
El servidor está conectado a la casa de los Delgado y Da Rosa, pero había un tercer usuario.
La conexión de la ip es una estimación general, y solo me dice que está en Melo.
La mano de Marcos se cerró en torno a mi antebrazo, para que lo mirara.
Sus ojos estaban alertados, atónitos.
—¿Qué?
—Pará, que hay más.
—Chiara, joder…
Me tragué el comentario sobre sus modismos españoles, y respiré profundamente.
—Borraron la grabación el día que me llamaron del cementerio.
Marcos entreabrió la boca de la sorpresa, para luego tapársela con la mano, soltándome en el proceso; no podía imaginar la cantidad de escenarios que estaban pasando por su mente, pero suponía que eran parecidos a los que habían viajado por la mía en casa de Nicki.
Ella me había jurado que nadie había entrado a la oficina de su casa, nadie más que ellos, que nadie tenía acceso a la casa en general, y lo mismo con la de sus padres.
Y le creía. Simplemente no creía que ella supiera todo lo que había que saber.
No después de la desconfianza que me daba Polo.
Pero no podía verbalizar mis miedos hacia su marido , no todavía.
Dejé de ver a Marcos, concentrándome en la gente.
—Alguien quería asegurarse de que no revolvieras la mierda al volver.
—Sí, pero, ¿quién?
Inconscientemente, me crucé de brazos.
Mi cuello estirado, observando.
—Los Da Rosa lo ganaron todo con tu padre vendiéndoles el campo.
Tensa, volví a mirarlo. Pero Marcos no me observaba. Y podía jurar que era por la misma razón que yo lo había evitado antes: porque no le daba para decirme a la cara lo que estaba tratando de implicar.
—Ellos no mataron a Eva.
—¿Ninguno de ellos?
Su tono no me gustó una mierda.
—¿Quién? ¿Nicole? —dije, con una risa irónica.
—Vos viste a un hombre esa noche, ¿no? Y ellos son unos cuantos.
—Marcos, la puta madre —protesté, empezando a ponerme incómoda—.
Kamil es un pelotudo y sé que algo raro tiene Leopoldo, aparte de haber salido con una menor, que no es algo de lo que tú hermano no sea culpable también —recordé, negando con la cabeza, más para mí misma que para él—.
Pero quién borró el video mató a mi hermana y quiere que la investigación siga cerrada.
Y ellos no tienen ninguna razón para haberlo hecho.
—Todas las familias de plata generacional esconden cosas, Chiara, por eso la mantienen con los años y años —sentenció él, con seguridad—. Y la protegen. Incluso al punto de matar.
—¿Ni siquiera estás considerando la posibilidad de que lo haya hecho ese tercer usuario sin identificación? Es de Melo, pero no tienen que ser ellos. Hay que expandir las ideas, Dios.
—Estoy considerando todas las posibilidades, precisamente porque no me estoy cerrando a ninguna idea —insistió él, todavía sin mirarme. Su tono era monótono, como si tratara de separarse de sus palabras lo más posible—. Que es algo difícil para vos con la cercanía que tenés con ellos.
—No, vos te estás centrando solo en ellos —protesté, cruzándome de brazos—. Marcos, mirá que crearlo no es particularmente difícil, especialmente si tenés experiencia básica en la administración de sistemas o en la configuración de dispositivos en red.
—¿Y quién tiene esa clase de conocimiento acá, Chiara? Por favor.
—¡Cualquiera que se vea un tutorial de YouTube!
Mi grito salió disparado en el peor momento posible: el silencio mínimo entre presentación y presentación, llenando el espacio lo suficiente como para ser escuchado a la perfección.
Y los suficientes ojos se posaron en mí como para sentirme una presa, en lugar de una cazadora, lo cual hacía fracasar mi plan totalmente.
Mientras yo pensaba identificar miradas curiosas de posibles sospechosos, Marcos ya había decidido los suyos.
Bufé y pedí permiso por lo bajo para moverme entre la gente, para dejar de ver el pasto debajo de mí y en cambio tener el asfalto de la calle; porque capaz, solo capaz, esa era suficiente exposición por un día.
—Chiara, pará, por favor.
Marcos me siguió, sus pies moviéndose con velocidad.
—Creo que nuestra investigación tiene que seguir en solitario, ¿no te parece?
Su rostro decaído no tardó en aparecer, sus ojos tristes haciendo presencio.
—La única forma de tener más de una perspectiva es discutiendo si no estamos de acuerdo. Solo así podemos llegar a ideas que antes no consideraríamos, ¿no? —preguntó, imitándome—. Como los trabajos en grupo en la facultad, están hechos para aminorar la carga. Pues lo mismo.
Chasqueé la lengua, inevitablemente.
—No hago trabajos en grupo, Marcos. No los necesito.
Él torció el gesto, su mano buscando la mía.
—Pero capaz sí necesitás aminorar la carga esta vez, Kiki —insistió, su voz suavizándose en segundos, como si hubiera entendido que no iba a llegar a ningún lado tratando de ser más terco que yo—. No podemos hacer esto solos. Los dos estamos demasiado cerca del caso para entenderlo sin el otro.
Abrí la boca para corregirlo, pero sabía que tenía razón. Simplemente no estaba acostumbrada a yo no estarlo.
Antes de que pudiera terminar de formular una respuesta, debatiéndome conmigo misma qué tan dispuesta estaba a buscar ayuda con el peso sobre mis hombros que ya debía estar dejándome jorobada, unas personas se interpusieron en mi campo de visión.
Pensé que nos iban a pedir permiso para pasar, pero pronto noté que estaban esperando, capaz desde hacía varios minutos, a que les prestáramos atención.
Eran dos, una piba y un pibe, probablemente un poco más grandes que yo, y similares entre sí.
Similares como lo éramos Eva y yo, inevitablemente.
Hermanos, con seguridad. Mismo pelo oscuro, mismos ojos verdes brillantes, apenas escondidos por viseras iguales con las siglas cnsuv bordadas en blanco.
—Chiara Kaczka, ¿verdad? —preguntó la piba, dando un paso al frente. Sin esperar mi respuesta, continuó—: ¿Tenés un minuto para hablar con nosotros?
—No —dijo Marcos, su voz agravándose de repente. Sonaba, de pronto, como un adulto, lo cual me sorprendió mucho más que su negativa tan visible ante dos desconocidos—. Ya nos vamos.
—¿Qué? ¿Quiénes son? —preguntó, notando su ímpetu tan desafiante que hasta me había vuelto a agarrar la mano.
—¡Eh, Marcos! ¡No seas botón! —protestó el pibe, con una sonrisa ladeada que solo podía traer problemas. Todo ellos lo parecían—. Somos los dueños del podcast C ó mo No Ser Una Víctima , donde hablamos de true crime de Uruguay, y queríamos hacerte unas preguntas.
Al instante cerré mi mano en torno a la de Marcos, aunque temía que empezara a sudar.
Catalina me había hablado de ellos, de cómo les había cerrado la puerta en la cara, porque estaban escribiendo un episodio hablando de Eva.
También había dicho que mi padre los había mandado a cagar.
Sin embargo, no lo parecía, por la potestad que parecían sentirse parte como para dar la cara así frente a mí.
—¿Ya hablaste con ellos vos? —pregunté, en cambio, mirando a Marcos.
—Quisieron entrevistarme, pero me fui porque sus preguntas eran una mierda —dijo, visiblemente enojado. Tenía el ceño fruncido y los ojos oscuros, casi no podía distinguir el iris —. Y me han entrevistado lo suficiente para saber cómo ser profesional. Más en historias reales.
—Vos escribiste tu libro porque estabas buscando respuestas, Marcos, ¿verdad?
Nosotros solo te estamos ayudando —insistió la piba, con media sonrisa, dentando que no se arrepentía una mierda de lo que había pasado, ni estaba dispuesta a negarlo—.
Soy Floren y él es mi hermano, Ramiro. Solo queremos unos minutos, Chiara.
Estoy segura de que nadie más que vos quiere que este tema se lleve con la mayor verdad posible, ¿no?
—Me preguntaron si mi hermano se había comportado de manera violenta o amenazante conmigo antes del asesinato.
Y, si fuera culpable, si lo hubiera defendido igual o me habría distanciado de él —explicó Marcos, sus ojos todavía clavados en los míos.
Sentía que no me habían dejado ni un momento, como si no valiera la pena perder el tiempo con los hermanos.
Suspiró y giró el cuello para verlos—. Eso no es buscar la verdad, es sensacionalismo .
—Todo es sensacionalismo, querido —insistió Floren, encogiéndose de hombros—. Pero hablando con los medios controlás cómo se escucha. No seas así. Solo queremos ayudar.
—Vamos a estar toda la semana en Melo, Chiara —continuó Ramiro, con calma. No veía a Marcos, ignorante de su palpable odio. Solo me veía a mí—. Buscanos en Instagram. Estamos disponibles cuando a vos te quede bien, no te vas a arrepentir.
—Y se pueden ir a la reputa que…
—Yo les recomiendo cambiar de tema, que este no los va a llevar a ningún lado.
Vamos —dije, cortando a Marcos al medio de la frase, tirando de su mano para que me siguiera, como si ambos no pudiéramos sentir los ojos de los gemelos clavados en la nuca.
Lo solté cuando distinguí el fusquita a lo lejos estacionado, esperando—.
Al menos todavía puteás como latino, eh.
Marcos no me respondió y pude ver cómo temblaba de la bronca.
En ningún momento habíamos acordado irnos juntos del parque, pero no concebía dejarlo solo después de verlo así, por eso me subí en el asiento de acompañante del auto apenas me abrió la puerta.
—Yo no defendería a Hugo si supiera que mató a Eva, lo sabés, ¿verdad?
¿Era eso lo que lo traía tan mal de repente, la posibilidad de que yo no lo supiera?
—Obvio que ya lo sé —respondí, al instante, porque no cabía otra posibilidad para mí. Pero él tenía las manos en el volante, los nudillos blancos, y ahora la frente también apoyada en él. Carraspeé, y mi mano viajó a su cuello—. Posta, Marcos.
No pretendía quedar tan cerca de su cara como lo estaba cuando la levantó.
No pretendía mantener mi mano en su nuca, mi pulgar tocando el pelo naciente.
Pero si pretendía quedarme ahí, suspendida en ese espacio, por el tiempo que fuera prudente hasta quitarle esa expresión triste de los ojos, que me partía el corazón.
Mi teléfono sonando fue el motivo de mi separación, de pronto dándome cuenta de que no le había dado oportunidad de alejarse antes, tampoco, por lo concentrada que estaba en mi propio subconsciente.
Pero el mensaje no era de parte de Hugo, como esperaba.
Era de Catalina:
¡Chiara, holi! ¿Todo bien? Lo hablé con las chicas y nos acordamos con quien estuvo Eva antes que Hugo. Era uno de sus secretos, pero se llama Ramiro Bandelli. Espero que te sirva de algo, ¡nos hablamos, que tenemos una cena pendiente!