La última noche de carnaval CAPÍTULO CATORCE MISCELÁNEO #2
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CAPÍTULO CATORCE MISCELÁNEO #2

Antes de meterme en el sistema, observé por fuera.

El escritorio tenía una puerta a la derecha, sin llave, y al abrirla encontré un aparato reconocido como un almacenamiento conectado en red, que permitía a varios usuarios y dispositivos en la red de área local acceder a los datos desde un área centralizada en la red.

No tenía teclado ni pantalla, pero se configuraba y gestionaba a través de una interfaz web basada en la maquina conectada que tenía.

La interfaz era moderna y fácil de usar, y no me tomó muchos intentos para ver que no había permisos de escritura para abrir ningún archivo.

Estaba bastante desprotegido, sin credenciales más allá del usuario principal, que llevaba al grupo donde aparecía Alejandro Da Rosa como propietario, Leopoldo Delgado, y un usuario más sin nombre.

Porque, por supuesto, «Usuario 14» no era digno, pero a simple vista podría tratarse de una empresa externa que tuviera acceso, por temas burocráticos mayoritariamente.

—Me va a tomar un tiempo, ¿te molesta? —dije, mientras me ponía a bajar por los años, meses y días.

—Es todo tuyo —dijo Nicki, con su simpatía natural volviendo a su tono de voz—. Voy a poner a hervir unas verduras para la cena, ¿sí? Avísame cualquier cosa.

Asentí con la cabeza y continué con los ojos clavados en la pantalla.

Mi padre nunca le había prestado la atención necesaria a la ciberseguridad, porque era algo que no era importante cuando sus antepasados habían fundado la estancia décadas atrás.

Aparte, era la clase de persona que escondía su celular dentro de sus calzoncillos y lo consideraba una medida de seguridad a la altura de la situación.

Simplemente ese era el tipo de persona que era él. Había sido mi madre la que lo había obligado a poner cámaras en primer lugar antes de que yo naciera, como algo innovador y necesario para evitar que me comiera una vaca si salía a caminar sola como bebé.

Pero esperaba más de alguien tan meticuloso como Alejandro.

Si bien ser cirujano no le daba ninguna clase de característica allegada a las redes, parecía ser alguien preocupado en los detalles y en tener todos sus temas en orden, porque si perdía de vista alguno podía costarle la vida a algún paciente.

Sin embargo, su almacenamiento interno parecía confuso y desorganizado desde la red madre.

Mientras navegaba por las carpetas, cada una de ellas parecía un rompecabezas malintencionado, como si alguien hubiera querido asegurarse de que nadie encontrara lo que buscaba.

Había archivos etiquetados como «2014_Audit», «Aud_Feb_15», y otros simplemente como «misceláneo», que significaba la unión de unas cosas con otras.

No había un sistema, una lógica que seguir.

Cada carpeta abierta me enfrentaba a más subcarpetas y archivos aparentemente colocados al azar.

Casi a propósito, tanto que me detuve un momento y miré la pantalla como si fuera un objeto completamente nuevo para mi vida, como si hubiera caído del espacio con un alíen de tres patas y azul dentro.

Esto no era solo desorganización; esto era deliberado .

La frustración creció mientras intentaba diferentes combinaciones de búsqueda y filtros.

Todo parecía apuntar a una cosa: alguien con acceso suficiente había decidido enturbiar las aguas.

Las fechas y nombres de archivo mezclados de forma caótica sugerían un esfuerzo consciente por ocultar algo.

Quizás una manipulación o, peor aún, la eliminación de datos críticos.

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que encontré una carpeta que parecía prometedora. Abrí la carpeta con esperanza, solo para encontrarme con archivos de diferentes años mezclados sin orden aparente. Pero ahí, en medio del caos, vi un archivo con el nombre “Audit_14Feb.txt”.

Mi corazón latió más rápido mientras hacía doble clic para abrirlo.

—¡No!

—¡Chiara! ¿Estás bien?

—¡No, no, no!

No me podía callar, a pesar de que todo en mí decía que no hiciera un escándalo.

Sudaba frío mientras confirmaba mis peores sospechas, al descubrir que todos los días de ese mes, de ese año, se encontraban en la carpeta más difícil de encontrar que el oro. Todos, menos la noche que habían asesinado a mi hermana.

—¿Chiara? —preguntó Nicki, alarmada, entrando de golpe a la oficina.

—Borraron ese día. No está —sentencié, con gravedad. Mis dedos se movían con rapidez, mis ojos escaneando cada rincón que podía encontrar, pero lo sentía en mi corazón, sentía la seguridad de que no iba a encontrar nada ahí—. ¡La puta madre!

La carpeta de reciclaje estaba vacía.

Me tapé la cara con las manos, con la respiración agitada.

—No puede ser, tiene que ser un error…, nadie haría eso, Chiara, no creo…

No podía escuchar las excusas de Nicki, porque mi cerebro estaba demasiado ocupado tratando de encontrar alguna puerta trampa, algo que hiciera valer mis horas frente a la computadora y probaran que no era un fracaso.

Que el hijo de puta que se había metido en el sistema terminara siendo un pelotudo, alguien que ni siquiera sabía lo que hacía y yo tenía que ser más…

—Pará, pará, pará…

Todas las huellas no podían estar escondidas. Esto era un sistema cerrado, todo llegaba a algún lado; me incorporé con brusquedad, causando un chillido sorprendido de parte de Nicki.

Este tipo de sistema tenía registros de auditoría de eliminación, que mostraba los logs de actividad reciente.

Era algo que no se podía editar tan fácilmente, precisamente porque los sistemas bien diseñados restringían eso para evitar su manipulación y no es como si estuviera tan protegido como para necesitar más contraseñas.

—La puta que me parió.

Me fui hacia atrás en la silla, atónita.

La grabación de la noche de la muerte de Eva había sido borrada el día en el que el cementerio me había llamado para reducir sus restos.