CAPÍTULO CATORCE MISCELÁNEO
Decidimos que iría sola a pedirle las grabaciones de las cámaras a Nicki, para ahorrar tiempo y explicaciones; confiaba en ella, de verdad, pero había cosas que se sentían demasiado personales como para compartirlas.
Y ahora Marcos tenía mi número. Había quedado en avisarle lo que encontrara.
No tenía muchos números agendados en mi celular; un par de facultad y unos pocos del trabajo (que me conocían como «Kiara»), mi tía, mi padre, Nicki y Catalina. Y ahora Marcos. Además del número desconocido, que seguía con un signo de pregunta, pero ahora, mentalmente, había cambiado a Hugo Arias.
No podía seguir negándolo, buscando agujeros en su palabra. Tenía que ser él.
Estaba en la puerta de la casa de los Delgado cuando recordé que no le había contestado.
Hablé con Marcos. Tenemos una pista, esperemos que sea la posta.
Guardé el teléfono en el bolsillo con rapidez, porque Nicki estaba invitándome a pasar.
—¡Chiara! —dijo, alegremente, mientras entraba a su casa. Llevaba viéndome tres días seguidos y parecía que su emoción no disminuía—. Tenés mucha mejor cara, ¡como una nueva luz! Sabía que te iba a hacer rebién hablar con Catalina.
Me atraganté con saliva al reírme, porque me había olvidado completamente de la mentira que había dicho esa mañana. Parecía que había sido un mundo atrás, a millones de años luz de distancia de mi presente actual.
Capaz el tiempo se movía más lento en Uruguay, contra el estrés de Argentina.
—¿A dónde fueron? ¿Estuvieron juntas toda la tarde? ¿Qué hicieron? —continuó, ante mi silencio, con incluso más emoción que antes.
—Comimos en lo de sus viejos y dimos un par de vueltas, nada del otro mundo —sonreí, restándole importancia.
Esperaba que no me hiciera ruido la panza del hambre, o eso me descubriría inmediatamente.
Habíamos pasado toda la tarde hablando con Marcos en la estación de trenes abandonada de Cerro de las Cuentas y se me había olvidado completamente la necesidad de comer.
Y ahora lo padecía, obviamente—. ¿Vos terminaste de trabajar?
—Hace un ratito, sí —dijo Nicki, y pude ver la desilusión al no contarle, seguramente, que me había enamorado de Melo al caminar por sus calles en verano—. ¿Te hago un té? ¿Café con leche? ¿Mate? ¿Tereré? Allá toman eso, ¿no? ¿Mate con jugo o…?
—Café solo, por favor.
Mantuve mis manos rodeando la taza humeante frente a mí, a pesar del calor abrasador, apenas Nicki la puso frente a mí en la mesa.
Poner café negro en mi estómago vacío no era algo nuevo, dadas las largas noches de estudio cuando estaba en la facultad, porque me mantenía alerta, aunque mi cuerpo me estuviera pidiendo que parara.
No podía parar, no todavía.
Los detalles de mi día siguieron al mínimo, a pesar de que Nicki continuó haciendo preguntas.
Y no la culpaba, la verdad, porque parecía que pasaba muchas horas sola haciendo más o menos lo mismo cada día, por lo que me contaba, a pesar de que cuando se quedaba en su casa era para continuar con los registros de información y análisis de datos.
Si no, su rutina parecía ser supervisar el ciclo reproductivo de las ovejas y asistir en partos, prácticamente, porque todo giraba en torno a aumentar el número de ovejas de la estancia.
—Pero te gusta tu trabajo, ¿no? —pregunté, cuando explicó lo agobiada que se sentía por la cantidad de laburo en sus hombros.
—¡Obvio! —exclamó, con demasiada efusividad como para ser genuina—. Solo que es un montón. Pero si mi madre pudo encargarse siempre de todo con dos hijos, yo debería poder también. Mejor prepararme, ¿no?
—¿Para qué, exactamente?
—¡Para cuando tengamos hijos con Polo, claro!
Me quemé la lengua con el café, y utilicé eso para ocultar mi sorpresa.
—Nicki, tenés veintidós años.
—Casi veintitrés —me corrigió, encogiéndose de hombros—. Estamos en nuestro mejor momento. Aparte, nuestros padres nos tuvieron a esta edad, Chiara, no es tan loco.
—¡Eran los dos mil en el campo, no había nada más que hacer! ¡No había internet!—dije, con una risa, para no sonar tan alarmada cómo me sentía—. ¿No hay algo más que quieras hacer antes de tener hijos?
Ella me rehusó la mirada un instante, un segundo, pero fue lo suficiente para hacerme dudar.
—Hago todo lo que quiero y tengo todo lo que podría querer, amiga. Estoy lista.
No la contradije, porque podría ser verdad y no tenía derecho de aparecer después de años de ausencias y pretender que sabía más de su vida que ella misma. Los Delgado estaban económicamente increíbles y literalmente casados, con una seguridad inmejorable de su lado. No había más que discutir.
—¿No te gustan los bebés?
—No estoy cerca de uno desde que nosotras éramos bebés, ¡imaginate!
—confesé, con su emoción usual, para tratar de redimirme.
No odiaba a los niños, simplemente nunca había pensado lo suficiente en ellos como para tener una opinión a futuro.
Sobre todo, porque cuando la mayor parte de tu cerebro se cierra en el pasado, es difícil considerar que para los demás no funciona igual.
—¿Y María Eva?
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Quién?
—María Eva, la hija de Catalina —dijo Nicki, imitando mi gesto y voz. Torcí la cabeza, inconscientemente—. La trajo para que vea a sus abuelos, ¿no la viste en el almuerzo?
Muy brevemente conseguí recordar que Catalina me había hablado de su hija y el hecho de que sus padres estaban cuidando de ella cuando me la había encontrado fuera del bar, pero nunca había mencionado su nombre.
Jamás me había aclarado que la había nombrado por mi hermana.
Y entendía el por qué; no sabía cómo iba a reaccionar ante eso.
Yo tampoco sabía cómo hacerlo.
—Sí, claro —respondí, a media voz, demasiado tarde como para sonar genuino. Un escalofrío me recorrió entera. Nicki alzó una ceja, expectante de que continuara—: Es divina, igualita a Cata.
Nicki hizo un sonido desde la garganta que no supe calificar, y a mí las manos me empezaron a sudar, por lo que alejé la taza, todavía medio llena, porque temía levantarla y que se me resbalara para siempre.
Como sentía que se me resbalaba la confianza de la chica frente a mí, sus ojos escudriñándome como nunca antes.
No podía , tampoco, permitirme dudas en ese momento.
—Nicole, ¿puedo hacerte una pregunta medio particular?
Ella se había levantado, dándome la espalda, para fregar su taza vacía.
—Contame.
No sonaba exageradamente benevolente, pero era lo mejor que tenía.
—¿Sabés si guardan las grabaciones de las cámaras de seguridad de la estancia? ¿En algún servidor local u online o…, no sé, un disco óptico?
Nicki se volteó a verme, desconcertada.
—¿Estás buscando algo en específico?
—La noche que murió Eva —confesé, sabiendo que la seriedad en mi voz hablaría lo que no podía verbalizarle todavía—. O sea, si sabés si guardan las grabaciones desde, mínimo, diez años atrás.
Nicki apretó los labios, su ojos de muñeca consternándose visiblemente.
—Ay, Chiara, yo no sé de esas cosas… —dijo, acomodándose el pelo rubio detrás de las orejas con rapidez—.
Las más recientes sé que están online, tipo, en la nube.
Pero tan viejas no sé, me mataste —explicó, pero se veía pensativa.
Pausó y suspiró, como considerándolo internamente antes de decírmelo a mí—.
Hay un almacenamiento conectado a la computadora en la oficina de Polo, que llega a la de mi padre.
Capaz hay algo ahí, ¿querés que lo llame?
—No, no —dije, poniéndome de pie, alcanzándole mi taza medio vacía. Mi confianza empezaba y moría en los Da Rosa, no quería tener que involucrar a su marido a menos que fuera estrictamente necesario—. Me puedo fijar yo sola, si te sabés la contraseña de su computadora, nomás.
Por alguna razón, eso no pareció ser lo correcto para decir.
—Ah, claro, que estudiaste Ingeniería en Informática, entonces no necesitás al tipo del campo ayudándote.
Lo mordaz de su tono me sobresaltó visiblemente, haciéndome dar un paso atrás.
—No es algo malo, Nicole —dije, con tono pausado y contenido, estudiándola, porque no sabía por dónde iba a saltar—.
Si me ponés a mí a acarrear una vaca o esquilar una oveja va a ser un quilombo, porque solo sé lo que hago con una computadora en frente —aclaré, con seguridad—.
Si querés llamalo, yo qué sé, era para no joder al pedo, pero es tu marido. Hacé lo que quieras.
Pasaron unos segundos, pero Nicki relajó el gesto poco a poco, volviendo a verme a la cara.
—Tenés razón, perdón. Ya sé que no me estás atacando, que no nos ves como inferiores, pero entre lo que te asustó que me ponga a tener hijos ya y los comentarios de mi madre el otro día sobre cómo no terminé la facultad…
, como si fuera algo para comentar —bufó, irritada, pero ahora parecía que no conmigo necesariamente—.
Me quedé a la defensiva. Perdón, Chiara.
Obvio que podés hacerlo vos, ¿te muestro la ofi, querés?
Asentí con la cabeza, guardándome mis reacciones, porque nunca hubiera imaginado a Nicole Da Rosa sintiéndose inferior en ninguna manera, mucho menos conmigo o hacia mí.
Pero capaz su madre comentaba más seguido de lo que yo pensaba cómo había dejado los estudios tan pronto, al menos lo suficiente como para crearle un complejo al respecto.
Subimos las escaleras, y la puerta siguiente a la que ya sabía que era la habitación de invitados, por mi breve noche ahí, estaba la oficina de Leopoldo.
Las paredes eran de madera oscura y había una simple computadora de torre sobre el escritorio, sin ningún papel a la vista o archivero.
Todavía tenía olor a nuevo, los suelos lustrosos y brillantes, denotando poco uso.
—Ninguno usa mucho la oficina —dijo Nicki, como si me leyera la mente—.
Si trabajo desde casa prefiero quedarme en el living y Polo no entiende mucho de sistemas, la verdad —confesó, con cierta vergüenza, ante su arranque de antes.
No se sentó en la silla en frente, pero se acercó al teclado, tipeando la contraseña—. ¿Te puedo ayudar en algo más?
—Uhmmm, a ver.