CAPÍTULO TRECE UNA VERDAD
Marcos nunca explicó a lo largo del libro exactamente a qué se refería como «una verdad», pero en ese instante, sentada en la estación de tren abandonada, lo entendí. Esa verdad era la certeza infalible que tenía él de la inocencia de su hermano, una que yo nunca había tenido sobre su culpabilidad.
Me pesaba el cuerpo como si hubiera estado corriendo en círculos hasta hartarme, cavando mi propia tumba con el surco de mis pasos, cuando solo me había quedado callada, pensando, en el silencio más sepulcral que haría estremecer a los cementerios.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Marcos chasqueó la lengua, con la mirada perdida en el mismo punto que yo, en las iniciales de nuestros hermanos cavadas con fuerza y amor en una pared, un recordatorio constante de que existieron y existirán siempre.
—¿Antes o después de que me echaras del hospital?
—preguntó, con voz quedada. No sonaba a reproche, sino más bien carente de emoción, como si se lo hubiera preguntado tantas veces que la respuesta ya estaba ensayada en su cabeza—.
¿Antes o después de que el pueblo nos obligara a irnos con mi madre, porque si no, nos linchaban?
Tragué saliva, sintiendo una bola en la garganta, que le era imposible bajar.
—Cuando te llamaron a declarar.
Sabía que no estaba siendo justa, pero estaba tan, tan cansada. Y tan, tan triste.
—Les dije, debe estar en mi primera declaración, archivada por ahí. Les chupó un huevo —dijo, y esa vez sí escuché el dolor en su voz—. Era mi hermano, no me creyó nadie. Y no tenía ninguna prueba, era mi palabra…, era mi palabra contra la tuya.
Apoyé los codos en las rodillas y me tapé la cara con las manos.
—Y a mí me habían baleado.
—Y a vos te habían baleado.
Nadie iba a cuestionar mi palabra. Era la única testigo y víctima que conservaban.
El caso había estado cerrado antes de abrirse.
—¿Qué viste ese día?
La pregunta era tan, pero tan simple. Pero la respuesta no lo era, y él lo sabía perfectamente, por eso me atormentaba con ella, con la tranquilidad de su voz de forma repentina, con la desesperación del ambiente, encerrados solo los dos.
—No mucho —confesé, a media voz. Cerré los ojos, haciendo más presión con mi mano sobre ellos.
Transportarme a esa escena, describirla en detalle, era algo que no había conseguido hacer con exactitud ni con años de terapia—.
Lo primero…, lo primero que vi fue el charco de sangre a mis pies, y a metros el cuerpo de Eva.
Su pecho estaba cubierto de sangre, también, salía y salía.
Y tenía los ojos cerrados, yo le hablaba y ella no me miraba.
Le salía sangre por la boca y… —El pecho me subía y bajaba con irregularidad.
Estaba sentada en el frío suelo de la estación de trenes, podía enfocarme. Sabía que podía—. Estaba muerta.
—Perdón, Chiara, no tenés que seguir, no…
—No, no, sí que tengo —dije, con terquedad.
Las uñas se me clavaron en las cejas, el dolor centrándome en mi lugar—.
Me arrodillé al lado de ella, traté de parar el sangrado con mis manos, pero era imposible.
Escuché un ruido, no sé qué fue…, y cuando miré vi a alguien, a un tipo, y la careta blanca de plumas rojas.
Y el arma apuntándome. —susurré, tan bajo que ya ni siquiera sabía si Marcos podía escucharme, pero si lo decía más alto iba a romperme—.
Después del disparo, el mío. Me tiró hacia atrás…
, no podía respirar. Traté… traté de alcanzar la mano de Eva, porque si me iba a morir al menos lo iba a hacer con ella…
, pero estaba muy lejos y no podía moverme… , no podía…, yo…
Me clavé las uñas con más fuerza, rasgando la piel debajo de mis dedos. Y descubrí que estaba llorando cuando una de las lágrimas saladas se me metió en la boca abierta, porque estaba hiperventilando.
Dos caretas. Dos caretas. Dos caretas.
Capaz ese no había sido Hugo, sino el dueño de la otra careta.
Sentí como Marcos rodeaba sus manos con mis muñecas y las separaba de mi cara, ante mis brazos débiles que se lo permitían sin luchar, pero no abrí los ojos, porque debía estar viéndome como un animal rabioso y si había algo que no podía soportar era observar mi reflejo en sus ojos en esos instantes.
No creía que mi corazón pudiera sanar de esa fisura con tanta facilidad.
—Kiki.
Abrí los ojos, como acto reflejo.
Las lágrimas también bañaban su rostro de una forma desgarradora.
Sus brazos me sujetaron, de repente, acercándome a su cuerpo, envolviéndome entera.
Y yo escondí la cara en su pecho, sintiendo el leve roce de sus manos por mi espalda y escuchando los susurros tranquilizadores que salían de su boca, a pesar de que podía jurar que lágrimas caían sobre mi coronilla.
Marcos olía a papel de diario, tinta y algo sencillamente suyo.
No sabría decir cuánto tiempo permanecimos así.
Podría tratarse de un par de minutos, unas horas o una eternidad, porque para mí el tiempo se había congelado en el único instante en años que experimentaba algo similar al consuelo consumirme desde dentro.
No olía nada, no escuchaba nada, no sentía nada más que él.
Era paz.
Pero mi celular sonando en mi bolsillo logró romper nuestra burbuja.
Poco a poco, sin hacer movimientos bruscos, como si estuviera despertando a un sonámbulo y quisiera crear el menor escándalo posible, me separé del cuerpo de Marcos, que en algún momento se había acercado tanto al sentarse que nuestras piernas se rozaban.
Y eso me reconfortaba, de alguna forma, el no haber perdido el contacto del todo.
La mano me tembló mientras buscaba el teléfono para leer el mensaje, pero algo me decía que todo mi cuerpo se veía de la misma manera y no era algo particular de mis extremidades.
hablaste con mi hermano?
Lo volví a guardar, sin contestar, antes de que Marcos pudiera verlo. Sin embargo, cuando levanté la cabeza me di cuenta de que su mirada nunca se había desviado de mi cara, hasta que levantó una mano, llevándola ahí, pasando el pulgar por uno de los surcos nuevos que habían creado mis uñas.
—¿Estás bien?
De la boca de cualquier otra persona tomaría esa pregunta como una cotidiana, pero la sinceridad de su mirada me hacía creerle que de verdad le importaba saberlo.
—Sí —afirmé, tras alejarme un poco y limpiarme las lágrimas con el dorso de las manos—. Siempre es así, cuando recuerdo de verdad, por eso no lo hago. Me meto demasiado en lo que pasó y no puedo salir.
Lo vi tragar saliva, tensando la mandíbula.
—No sabía, perdón.
—No tenías por qué saberlo, muchas cosas pueden cambiar en diez años.
—Demasiadas.
Asentí con la cabeza, aunque no estaba haciéndome una pregunta.
Nos mantuvimos en silencio, sin embargo, lo sentí cómodo. Paciente, casi.
—¿Dónde estaban ustedes la noche que murió Eva?
Marcos suspiró, dejando las manos en su falda, con las piernas cruzadas ahora.
—Es una pelotudez, la verdad —dijo y, por alguna razón, incluso en la mala iluminación del lugar, me pareció ver color en sus cachetes—.
¿Te acordás de que estábamos todos juntos viendo el desfile?
Bueno, Eva y Hugo se fueron sin que los viéramos, porque los teníamos podridos a veces, pero yo los busqué.
Le hice acuerdo a él que me había prometido algo, que si podíamos ir en ese momento que nadie nos iba a ver.
—¿Qué te había prometido? —pregunté, confundida por la seriedad con la que lo mencionaba.
Sabía que de un momento para otro me había quedado solo con Nicole mirando el desfile, pero para cuando me había dado cuenta ya había sido demasiado tarde como para seguirlos de forma propiamente dicha, como sí había hecho él.
—Que iba a llevarme a tu casa en auto, porque yo no podía manejar solo, obvio…
—¿Mi casa?
—Quería ir a buscar el peluche de oveja que tenías, el de la oreja rota, no sé ni si te acordás ahora.
Pero dormías con él desde que Luna había muerto…
, y como Hugo la había atropellado, sin querer, te lo juro…
, había prometido ayudarme —explicó, titubeando, dentando que le costaba horrores hablarlo, pero todavía había más—: Mi madre me había dicho que podía coserla y que era refácil, y yo quería dártela antes de empezar las clases, como sorpresa.
Me quedé boquiabierta observándolo, incapaz de pronunciar una sola palabra.
Eva nunca me había dicho, específicamente, cómo había muerto mi oveja. Pero esta era la segunda vez que alguien me decía, con completa seguridad, que había sido un error de Hugo. El primero, el número desconocido; y, ahora, su propio hermano.
Él elevó la mirada, sus ojos avergonzados clavándose en los míos.
—¿Ves? Te dije que era una pelotudez.
No creía que me caracterizara por ser una persona impulsiva, más bien calculadora, a pesar de que mi tiempo en Melo dijera lo contrario.
Pero en ese instante, por un momento, creí que las manos iban a moverse solas, sin permiso, para atraer la cara de Marcos hacia la mía y decirle con un beso que sí, que era una pelotudez, pero era la pelotudez más linda que había escuchado en mis veintidós años de vida.
Pero no lo hice, porque no conocía a ese Marcos que tenía frente a mí, a pesar de que el que me hablaba se escuchaba mucho como el que pasaba todo el tiempo vital conmigo cuando teníamos doce años.
En cambio, carraspeé, formando una débil sonrisa.
—Mi oveja sigue en casa, ¿no llegaron a tiempo?
—Estábamos estacionando fuera cuando lo empezaron a llamar y llegar mensajes, y vos ya estabas en el hospital, era demasiado tarde —explicó, tras suspirar—. Algunos ya decían que había sido él, otros solo le avisaban que Eva había muerto y que…, y que vos probablemente también, en horas.
Recordaba, años después, haber leído los recortes de las noticias de esas semanas, donde primero habían afirmado que las dos Kaczka habían muerto esa noche, porque la cirugía que había hecho Alejandro Da Rosa para sacar la bala sin dañar ningún órgano vital todavía podía fallar.
La semana siguiente se retractaron y era como si yo hubiera vuelto a la vida, al menos por la cantidad de flores que habían llegado al hospital.
—¿Le dijiste todo esto a la policía?
—Obvio, y ellos sí que pensaron que era un pelotudo.
¿Ir a buscar un peluche para coser? El rey de los boludos —bufó, más para sí mismo que para mí, por la amargura de la voz—.
Mi hermano me dejó cerca del centro y dijo que se tenía que ir, que no iba a terminar preso como papá. Y se fue. Nunca más lo volví a ver.
—¿Nunca más te contactó? —susurré, tratando de no delatarme en el tembleque de la voz.
—Nunca. No sé si está vivo o muerto o… no sé, preso en Bolivia. No sé nada.
Ahora fue mi turno de ofrecer alguna clase de consuelo, agarrando una de sus manos con las mías.
Porque yo sabía dónde estaba mi hermana y que nunca más la iba a ver, pero desconocer su destino me haría imposible dormir por las noches; porque lo peor ya había pasado, yo ya estaba enterada. No saberlo sería insoportable de vivir.
—Es como vos, que ni con plata pude encontrarlos.
Formé una sonrisa triste, negándome a imaginarme el desconsuelo y desesperación que podría haber sentido al terminar sin nada después de haberlo dado todo. Porque nos había perdido a los dos el mismo día, igual que yo lo había perdido a él y a Eva.
Y ese era un dolor que no le deseaba a nadie experimentar.
—Eso es porque ninguno de los dos queríamos ser encontrados.
Marcos me mostró la misma sonrisa cansada y apretó mi mano.
—¿Estuviste bien estos años?
—Más o menos —admití, algo que a veces no lograba confesarme ni a mí misma—. Mi tía Ana me cuidó siempre, nunca me faltó nada: hice facultad, tengo trabajo… Sé que podría estar peor, me podría haber matado esa bala.
—Para mí lo hizo, al menos por un tiempo —confesó Marcos—. Me odiabas y no podía verte. Era hasta peor que si estuvieras muerta.
Era un pensamiento lúgubre y retorcido, pero lo entendía. Eso era lo peor, que lo entendía.
—Yo también te extraño, Marcos.
Alzó las cejas, visiblemente sorprendido. Pero yo solo sonreí. Sentía que me habían sacado un peso de encima, un peso que solo yo me sostenía. Porque a nadie le importaba si yo extrañaba o no a Marcos. Solo a mí. Y a veces ni a mí.
Silencio.
Una pregunta fugaz me pasó por la cabeza, en un instante de iluminación.
—¿Sabés si la policía revisó las cámaras?
—¿Qué cámaras?
—Las de la estancia, hay una apuntando a la entrada —dije, recordando cómo me imaginé que me habían grabado vomitando en la puerta esa misma mañana—. Las vi hoy mismo, siguen estando ahí, solo deben haber cambiado de nombre porque ahora son de los Da… de los Delgado, de Nicki y su marido.
Su mirada se vio renovada, con una pincelada de esperanza cubriéndola.
—No sabía que había cámaras.
Una ilusión me recorrió entera, con una rapidez alarmante.
—¡Claro que había cámaras! ¡Había cámaras por toda la estancia!
—exclamé, con demasiada efusividad, porque podía escuchar como mi grito hacía eco en la estación vacía—.
Deben guardar copias en algún lado, en el sistema, no sé.
Y yo podría encontrarlas, ya que no me gradué de Ingeniería en Informática al pedo.
La luz llegó a sus ojos y yo quise llorar, porque extrañaba mucho, mucho esa luz.
—¿Informática? ¿Posta?
Me reí, una risa sincera y real, que sentí desde el centro de mi pecho.
—Posta. Y los Delgado están de nuestro lado, tampoco va a ser difícil conseguirlo.
—¿Harías eso por Hugo? Porque esto podría cambiarle la vida. Podría hacerlo volver a casa, volver a mi madre…
Fruncí el ceño, tragando saliva, nerviosa.
—No lo haría por Hugo, lo haría por vos, Marcos.
—Solté, de sopetón. Al instante juré que mi cara debía asemejar un tomate, por el calor que me llegaba.
Él solo sonreía, una sonrisa que me hacía tartamudear el corazón—.
Y por Eva. Y porque limpiar su nombre significa reabrir el caso, y que encuentren quien mató a mi hermana. Y se haga justicia, de una vez.
—Eva merece esa justicia.
—Todos la merecemos. Pasó demasiado tiempo.
Todavía no había soltado su mano.
Y tampoco quería hacerlo.
Pero, con esa, una nueva revelación se asentó en mi cabeza debido a todas las verdaderas que ahora dejábamos sobre la mesa, una que hasta ese momento nunca me había permitido razonar.
—¿Qué pasa, Kiki?
Mi cara debía ser tan fácil de leer para un escritor como él.
O capaz solo porque él era él.
Mi cerebro soltó las palabras antes de poderme arrepentir, dejándonos atónitos a ambos:
—Eso significa que hay un asesino suelto en Melo.