La última noche de carnaval CAPÍTULO DOCE EL FUSQUITA AZUL #2
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CAPÍTULO DOCE EL FUSQUITA AZUL #2

—¿Un fusquita? —pregunté, una risa escapándoseme sin permiso al ver el pequeño auto azul despintado al que él se subía—. Por favor, decime que no te trajiste un fusquita desde Barcelona, que parece que se cae a pedazos.

—Lo alquilé acá para no llamar la atención. ¿Qué esperabas?

No respondí, porque la verdad era que no sabía qué esperar nunca con él.

Pero, una vez me subí entendí por qué había elegido ese auto, porque por ninguna razón del mundo podrían creer que un tipo alto y de guita como él estaría manejando un escarabajo.

¡Si parecía incómodo de solo estar sentado!

Le faltaba un pedazo de delantera para que le entraran las piernas, si yo estaba medianamente cómoda y nunca me había caracterizado por ser una persona alta.

—¿A dónde vamos, Marcos?

—¿Qué, te estoy jodiendo la agenda?

Tuve que morderme el interior del cachete para no sonreír por la imitación.

Era todo tan familiar, tan conocido, tan de repente, que a pesar de que de forma consciente quería mostrar desconfianza y altanería, había algo en la dinámica que siempre habíamos tenido que me resultaba demasiado fácil volver a caer. Volverle a creer.

Capaz por eso me quedé callada durante el camino, sin volverle a insistir a dónde nos dirigíamos.

Callada y solo escuchando el repique del motor del Fusca, que parecía haber visto mejores días en algún pasado muy, muy lejano.

Pero al menos el olor a aceite y el de pasto que me llegaba por la ventana abierta eran lo suficiente como para mantenerme en mi órbita.

Una vez en la carretera, volví a mirarlo.

No era la primera vez que veía a Marcos detrás de un volante, si su hermano le había enseñado cuando éramos chiquitos, preparándolo para su mayoría de edad como su padre no podía hacerlo, pero esta era la primera en la que sus pies sí que tocaban los pedales y sus manos se cerraban con precisión en torno al volante.

Tenía imágenes mezcladas abrumándome, pero no lo suficiente como para volverme ciega al exterior:

—¿El Cerro de las Cuentas? —pregunté, al ver un cartel a lo lejos con el nombre.

—La antigua estación de trenes del Cerro de las Cuentas, específicamente.

Las viejas vías de los trenes, arrumbadas y débiles, estaban a pasos de lo que alguna vez había sido la oficina de la estación, pero ahora solo parecía una casona abandonada y a medio tirar abajo, donde el tiempo no había visto con calidez.

—¿Por qué? —pregunté, cuando finalmente estacionó a un lado.

—Porque está abandonada —dijo, encogiéndose de hombros—. Y… no creo que el fusquita llegue hasta arriba del cerro, ni con suerte. Esto es lo mejor que se me ocurrió para estar solos.

Me bajé del auto, mirando el pasto muerto debajo de mis pies.

—Nunca vine antes acá —dije, observando mi alrededor. No había muchos lugares en Melo de los que yo pudiera decir eso, no cuando perseguía a Eva a todos lados la mitad de mi tiempo y, la otra mitad, estaba unida a la cadera de Marcos—. ¿Cómo conocés este lugar?

Lo vi respirar hondo antes de contestar, como preparándose antes de hablar:

—Hugo me habló de él.

Me estremecí, a pesar de que era evidente, mientras caminaba hacia la casona.

—¿Él traía a mi hermana acá?

Silencio.

La respuesta era obvia, sobre todo en un pueblo tan chusma y chiquito, donde todos se conocían con todos, con alguien como mi padre del otro lado de la puerta de mi casa.

A pesar de que su relación ya no era secreta cuando falleció, sí que era incómoda de ver y llevaba los años suficientes como para haber sido la comidilla de todos por un momento, por los años de diferencia entre los dos y el detalle en el que yo no estaba segura si habían empezado cuando ella era menor de edad. Catalina tampoco lo había estado.

Entendía que había pocos lugares para esconderse en un pueblo así, para tener privacidad real, pero, ¿una estación de trenes abandonada? ¿Esa era la mejor opción?

Lo primero que noté al entrar fue el aire viciado y el eco sordo de mis pasos sobre el suelo polvoriento.

Las paredes estaban cubiertas de grafitis y manchas de humedad, y el techo mostraba grietas y trozos de yeso caídos.

Las luces, rotas y colgando de cables expuestos, ofrecían una luz tenue y fantasmal que apenas iluminaba los rincones más oscuros en los que no daba el sol.

Los bancos de espera, desgastados por el tiempo, estaban en desorden, algunos rotos y otros cubiertos de una capa de polvo.

En el andén, los viejos raíles y traviesas estaban oxidados y cubiertos de maleza, como si la naturaleza hubiera comenzado a reclamar el espacio.

Los paneles informativos y los horarios de los trenes estaban desgastados y amarillentos, y el reloj en la pared, detenido desde hacía décadas, marcaba una hora que no tenía relevancia.

Un pensamiento fatal me heló la sangre, tanto que no tuve problemas para verbalizarlo:

—Si Hugo la hubiera querido matar, este habría sido el lugar perfecto.

La tristeza cubrió su rostro y estaba segura de que también el mío, con los párpados caídos.

—Pero no lo hizo.

Observé los detalles de las paredes, porque él me las señalaba: «e&h» estaba tallado en una de ellas, la más resguardada de la temperatura y la curiosidad ajena, seguramente con un cuchillo o navaja.

—¿Cómo estás tan seguro?

Marcos apretó los labios en una línea recta perfecta, paciente.

—Porque Hugo estaba conmigo la noche que mataron a Eva.