La última noche de carnaval CAPÍTULO DOCE EL FUSQUITA AZUL
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CAPÍTULO DOCE EL FUSQUITA AZUL

Parecía que Leopoldo no le había contado sobre nuestra incómoda interacción a Nicki y, una vez más, estaba agradecida de que los hombres a veces entendieran cuándo guardar silencio.

O, si lo había hecho, ella no lo había considerado importante como para preguntarme al respecto cuando fui a su casa para devolverle el Jeep.

—¿Conseguiste lo que querías de tu padre, al final? ¿O todavía no, y decidiste quedarte un par de días más en Melo?

Apreté los labios, pensativa.

—Algo así. Es complicado —dije, a media voz, todavía sopesando en mi cabeza lo que había vivido por la mañana.

La confesión de mi padre, como si de repente estuviera sobrio, explicando que cuidaba mi número de teléfono como un tesoro había sido desconcertante, cuanto menos.

Pero el ticket de las dos caretas, que ahora descansaba en el bolsillo de mi pantalón, era mucho más confuso—.

Todavía tenemos unas cosas que resolver.

Creo que me voy a quedar un par de días más, ya que estoy.

—¡Ay, Kiki! —exclamó, con una gran sonrisa. Me abrazó, de sorpresa, como parecía ser habitual para ella—. ¡Me encanta! ¡Tenemos que hacer muchos planes! ¡Hay tanto que quiero mostrarte!

Correspondí el gesto por instinto, aunque podría jurar que ella sentía la tensión en mis hombros.

—Nicki, ¿por qué me decís así? —pregunté, por fin, tras respirar hondo—. De chiquitas…, de chiquitas no usabas ese apodo. No sé, me llama la atención.

Ella se fue hacia atrás, sus cachetes redondos coloreándose de rosado.

—Bueno…, es que siempre me gustó el apodo, ¿entendés? «Nicki y Kiki» suena bien, tiene un buen tonito —explicó, visiblemente avergonzada—. Además, supuse que te hacía acordar a Melo, si no creo que nadie te dijera así en Argentina. Pensé que podía… resignificarlo, de alguna manera. ¿Está mal?

Torcí la cabeza, pensando hasta qué punto podía ser sincera con algo que todavía no me consideraba lista para verbalizar ni hacia mí misma. Pero escuchar otra voz decirme así se sentía incorrecto , como un error.

—No tiene que ver contigo, es solo… raro, no sé.

—Entiendo, claro.

Podía notar que estaba hiriéndola por cómo bajó la mirada, pero lo dicho, dicho estaba.

—Gracias por prestarme el auto —dije, ante el silencio incómodo que se había formado entre las dos. Ya se lo había dicho, pero a ese punto me repetiría las veces necesarias para cambiar de tema—. Es refácil de manejar. La camioneta de Leopoldo debe ser un horror en comparación.

Nicki formó una débil sonrisa, levantando la mirada de nuestros pies.

—Te lo dije —asintió, quedadamente—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Querés quedarte a almorzar? Te prometo que tengo más que tomate y lechuga para darte esta vez. Mamá se angustió la última vez y me pidió que buscara alguna receta vegetariana…

Sonreí, ciertamente enternecida por su interés, pero negué con la cabeza.

Dos caretas. Dos caretas. Dos caretas.

—No puedo, perdón. —Aunque la desilusión estaba en sus grandes ojos marrones, la explicación debía continuar si acaso quería sonar convincente sin romper el corazón, como parecía que siempre hacía cada vez que le negaba un plan—: Quedé en ver a Catalina Castro, ¿te acordás de ella? Era la mejor amiga de Eva.

—Ah, Catalina, sí. No vive más acá —dijo, haciendo caras como si estuviera tratando de recordar su cara—. Seguro les hace bien verse. A las dos.

—Espero que sí —dije, jugando con mis manos a los lados de mi cuerpo. No podía comprender la rapidez con la cual había arruinado una conversación completamente normal con cosas mías que no podía exteriorizar. Era un martirio relacionarse así—. Nos hablamos, ¿dale?

Nicki sonrió, pero por primera vez no la encontré sincera.

Y no la juzgaba, porque no me consideraba la mejor compañía en esos momentos.

Principalmente porque era una mentirosa.

Pero tampoco podía ponerme a explicar que todavía no había arreglado ninguna reunión con Catalina, y en realidad tenía el nombre de Marcos abierto en internet y estaba traqueando qué decían de él recientemente para ver si alguien mencionaba explícitamente en qué lugar de Melo estaba en ese momento.

Después de todo, no tenía su teléfono, no es como si pudiera contactarlo directamente.

Y él era una persona pública, una que de repente era muy reconocida en un pueblito como este; y era increíble la cantidad de información que la gente daba voluntariamente en las redes solo por algunos likes en respuesta.

Marcos estaba en la Intendencia, aparentemente. Así que ahí fui.

El edificio se erguía en el centro de la ciudad; sus paredes de un blanco y azul resaltaban bajo la luz del sol, y las columnas frontales añadían un aire de autoridad.

Sobre la entrada principal, un gran escudo de la ciudad estaba esculpido, simbolizando el gobierno local y su historia.

Había estado ahí cientos de veces con mi padre por reconocimientos de la estancia, pero nunca sola.

Me sentí pequeña al observándola por fuera.

Al empujar las pesadas puertas de madera y entrar al vestíbulo, vi que el interior estaba impecablemente cuidado.

El suelo de mármol reflejaba las luces del techo, las paredes del vestíbulo estaban adornadas con retratos de intendentes pasados y fotografías históricas, cada una contando una parte del legado de la ciudad.

Y, como era esperado, nadie estaba prestando atención, con el movimiento que generaba la semana de carnaval.

Me confundí entre la gente, estirando el cuello, buscándolo.

Subí y bajé escaleras.

Las oficinas estaban alineadas a lo largo de un pasillo amplio, cada puerta con una placa indicando su función, algunas con escritorios llenos de documentos y computadoras, otras con personas moviéndose de un lado a otro como gallinas sin cabeza.

Antes de llegar al final, me detuve en seco.

Detrás del vidrio cuadrado en la parte superior de la puerta veía a dos personas charlando, un hombre mayor de traje que no reconocía y Marcos, quien tenía un sobre blanco en la mano y estaba entregándoselo, con el ceño fruncido y una expresión de seriedad máxima.

—¿Qué…?

Me tapé la boca con la mano, notando que había hablado en alto cuando esos pares de ojos se clavaron en los míos.

Y el pánico fue instantáneo en sus facciones, el hombre guardándose el sobre en el bolsillo del saco con cierta violencia, como si lo hubiera encontrado en un momento tan comprometedor que todavía ni siquiera entendía.

Vi la boca de Marcos abrirse como en cámara lenta, todavía mirándome.

Y salí corriendo, como acto reflejo.

—¡Chiara, pará!

Escuchaba sus pasos detrás de mí, agitados, pero no me detuve hasta salir de la Intendencia y doblar la calle, y solo porque casi me chocaba con un árbol.

Me agarró del brazo, consiguiendo que lo mirara a la cara.

—¿Me estás siguiendo?

Repentinamente furiosa por su tono, me zafé de su agarre.

—¿No te gusta que te hagan lo que vos mismo hacés? —pregunté, dando un paso hacia atrás para poner distancia entre los dos—. ¿Qué hacías ahí? ¿Quién era ese tipo?

—Son temas míos —protestó, todavía con el ceño fruncido.

—¿Qué tenía el sobre? ¿Plata?

Marcos abrió mucho los ojos, el espanto plagando sus facciones.

—Joder, Chiara, con las películas que te montás vos deberías escribir historias, no yo.

—Hablá bien, la puta madre. —Contra todo pronóstico, Marcos rio—. ¿Qué te da tanta gracia? Te estoy hablando en serio, pelotudo.

—¿Me estabas buscando, Chiara? ¿O todo esto fue casualidad?

Me crucé de brazos, pero solo porque no quería que viera el temblor de mis manos.

Respiré hondo, tratando de normalizar los latidos de mi corazón.

¿Realmente iba a hacer eso, creerle a un número desconocido, desafiando todo lo que había creído durante los últimos diez años? Había creado montañas de suposiciones encima del asesinato de mi hermana, que había sido declarado crimen pasional, que su relación era tóxica, que era cuestión de tiempo.

Mi visión del amor, de las relaciones, de las parejas había quedado permanentemente manchada por ese suceso, porque yo veía el amor en los ojos de ambos, escuchaba las promesas a futuro y había sido testigo de los que los unía.

No había podido concebir, por mucho tiempo, que aquello fuera una mentira, o qué tan rápido podía tornarse en sangre y disparos.

Desde entonces, nunca me había sentido capaz de amar a otra persona.

Ya había recibido una bala al pecho por un amor ajeno, ¿qué más podía darme uno propio? ¿Una que apuntara al corazón?

—¿Por qué estás tan seguro de que tu hermano no mató a Eva?

La sorpresa fue inmediata en sus ojos, que si seguían abriéndose iban a salirse de sus cuencas, porque era evidente que esperaba que saliera con cualquier cosa, menos con eso.

Marcos miró a alrededor, las personas paseando por las calles, dirigiéndose a sus destinos sin prestarnos más atención que un par de miradas. Pero yo sabía de sobra que alguien sí que estaba mirando, alguien siempre lo hacía, y así había conseguido su ubicación.

—¿Me estás preguntando en serio? —preguntó, en un susurro, solo para los dos—. ¿O solo querés gritarme en público un poco más?

Bufé, haciendo un esfuerzo consciente para no poner los ojos en blanco.

—Te estoy hablando en serio, Marcos. Quiero hablar de esto posta.

Su rostro se suavizó visiblemente, sus hombros destensándose.

—¿Ahora?

—¿Qué, te estoy jodiendo la agenda?

Ahora fue su turno de mostrarse irritado conmigo.

—Vale, pero acá no —decretó Marcos, con una voz que no daba espacio a la crítica—. Vení, tengo el auto estacionado a la vuelta. Vamos a otro lugar a hablar, ¿ta?

La queja de por qué mierda pensaría ir a cualquier lado con él murió en mi garganta cuando vi por el rabillo del ojo un par de miradas curiosas de más, y terminé asintiendo con la cabeza, lo cual pareció ser suficiente para él, que empezó a caminar hacia donde había señalado antes.

Caminar lado a lado con Marcos por las veredas de Melo se sentía… surreal.

O al menos a eso le atribuía la presión en el pecho que me apretaba las palabras mientras lo miraba.