CAPÍTULO ONCE UN VASITO MÁS
Debería haberme ido. Contrastar los cálidos recuerdos de mi niñez con el cascarón vacío que había dejado mi padre ahora no podía hacerme ningún bien. Pero, a pesar de que tenía toda la intención, mis pies se detuvieron solos frente a la puerta de mi cuarto.
El cuarto que compartía con Eva, por supuesto.
No de forma oficial, pero las dos pasábamos el suficiente tiempo ahí dentro como para considerarlo compartido.
Como yo había nacido cuando mi hermana tenía casi catorce años, su personalidad ya estaba desarrollándose, al igual que los pasatiempos que crecerían con ella, por eso mi cuarto antes era su sala de estudio y todavía permanecía con sus cosas.
A mí nunca me había molestado. Ella hasta solía dormir en el sillón que tenía al lado de la biblioteca más que en su propia cama.
A mi izquierda, la cama infantil estaba cubierta con una colcha de flores azules que había amado tanto.
La oveja de peluche desgastada, con una oreja descosida, seguía sentada en la almohada como si me hubiera estado esperando todo este tiempo.
Cada objeto era un vestigio de los días en que la mayor preocupación era qué juego inventar a continuación, con mi hermana mayor ayudándome a volverlos realidad.
La habitación estaba intacta, a diferencia del resto de la casa.
Y me conmovió, de alguna manera, que algo permaneciera sagrado al terremoto que lo rodeaba, aunque fuera tan pelotudo como las posesiones de dos niñas que ya no iban a usarlas más.
Y es que me había ido a Buenos Aires con lo justo y necesario, insistiendo que podría comprar allá lo que fuera que precisara.
Había un estante con los collares que me había regalado Alejandro Da Rosa, uno por cada año que nos llevaba con Nicki a la feria de artesanías que armaban en el centro en la semana de carnaval.
Estaban hechos de cuero, piedras preciosas y plumas, todos del mismo artesano que los hacía a mano, individualmente, que ahora me parecían parte de otra vida.
Me moví lentamente hacia el lado derecho de la habitación, donde las cosas de arte de Eva ocupaban la mitad del espacio.
Un caballete viejo sostenía la última pintura que había comenzado, un paisaje inacabado de campos dorados bajo un cielo azul con un tractor y una oveja, pero las pinceladas incompletas por ahora eran solo un eco de sus sueños no realizados.
La mesa estaba abarrotada de tubos de pintura, pinceles de diferentes tamaños y vasitos de plástico para el agua.
Al tocar los pinceles, sentí un escalofrío recorrerme, como si pudiera sentir su presencia en cada herramienta que había utilizado con tanto amor.
Un cuaderno de bocetos, abierto a medias, mostraba dibujos detallados de flores y retratos de nuestra familia, sus trazos precisos y llenos de vida.
El aroma de los aceites de pintura y el papel envejecido se mezclaba con el olor a madera del cuarto. Miré alrededor, abrumada por una mezcla de tristeza y consuelo. Este lugar era un santuario de nuestros años juntas, un refugio de inocencia y creatividad.
Las lágrimas llenaron mis ojos mientras pasaba los dedos por una de sus pinturas terminadas.
Recordé cómo Eva me había prometido que siempre volvería a mí y, aunque físicamente ya no lo estaba, su esencia impregnaba cada rincón de la habitación.
Estar ahí me hacía sentir que, de algún modo, nunca se había ido del todo.
Capaz nunca se iría.
Un papel sobresalía entre las pinturas, manchado ligeramente de dorado y con lo que parecían plumas rojas a un lado. Los colores juntos lograron ponerme nerviosa, llevándome a mover lo que me obstruía el camino. Era un ticket de compra.
La fecha era de la semana antes de morir, donde detallaba la compra de materiales suficientes para dos caretas, incluyendo yeso, pinturas y decoraciones idénticas.
Mi corazón dio un vuelco al recordar las historias que Eva solía contar sobre cómo había pasado horas perfeccionando cada detalle de esa careta, no entendía por qué había comprado dos, si nunca se había hecho una para sí misma.
Ni para mí; no me gustaban, porque las plumas me picaban en la cabeza; Eva sabía eso.
También que mi padre nunca se pondría una, porque se interponían con la imagen de seriedad que quería darle al pueblo.
¿Podría haberle hecho una a Catalina, o alguna otra amiga?
Cerré los ojos, tratando de centrarme en el olor a pintura para no pensar en el olor a sangre.
Yo no estaba en el callejón, mi hermana no estaba muerta frente a mí y a escasos pasos de nosotras no estaba Hugo usando la careta blanca, con labios dorados y plumas rojas que Eva le había hecho. Estaba a salvo.
Mi celular no sonó, pero recordar que lo tenía en el bolsillo me hizo estremecer.
Sabía lo que había visto diez años atrás, lo que le había dicho a la policía, lo que le había gritado a Marcos y a su madre cuando dejaban el hospital en el que estaba ingresada. Sabía que había visto esa careta antes de recibir un balazo. Cosas así no se olvidaban.
—La puta madre.
Me arrodillé en el suelo, desesperada, y empecé a revisar todo lo que estuviera en mi poder, con los dedos nerviosos, casi temblando.
—No, no, no…
Seguí buscando y, finalmente, en el fondo de una caja con botones y cintas de colores, con collares de cuero y arreglos de piedras preciosas similares a los míos regalados por Alejandro, encontré una página con un esbozo detallado de las dos caretas.
Lo que significaba que no había hecho una de repuesto, en caso de que la primera le saliera mal.
Había hecho dos, de forma consciente, planeada.
Una la tenía la policía, había aparecido como evidencia en la casa de los Arias. Solo una.
Pero había dos caretas. Eva había hecho dos caretas exactamente iguales.
Se me revolvió el estómago y supe, sin lugar a duda, que iba a vomitar.
Salí corriendo de mi cuarto, tropezándome con mis propios pies y las paredes, abriendo la puerta principal de un golpe seco. El aire fresco no ayudó. Me tiré al suelo, apenas sosteniéndome con las manos para no romperme la nariz, y vomité lo poco que había desayunado antes de dejar el hotel.
—¡Eh, eh, Chiara! ¿Estás bien?
Si algún crédito debía darle a Nicki en su matrimonio era que parecía haberle enseñado a Leopoldo qué hacer cuando veía una piba vomitando, porque antes de escucharlo lo sentí, sosteniéndome el pelo para mantenerlo hacia atrás y que no se me llenara del bilis que escupía por la boca.
—Pará, pará, quedate acá, ya vengo.
Sentía que estaba deshaciéndome de mis órganos por la garganta, o capaz alcanzaría a decirle que, en la posición en la que estaba, no iba a ir a ningún lado.
Apenas pude me enderecé, con los ojos cristalizados y el pulso acelerado.
Leopoldo se hincó a mi lado, a una distancia perfectamente respetable para lo que sucedía, y me pasó un vasito con agua y un trapo mojado.
Consideré, con brevedad, la ironía que eso era lo mismo que yo había usado con mi padre antes para hacerlo reaccionar.
De tal palo, tal astilla, suponía. Las cámaras de la entrada iban a divertirse con eso.
—¿Estás mejor?
Tomé dos grandes buches, tratando de no pensar en el estado del vaso, y asentí, limpiándome la boca con el trapo.
—Gracias —susurré, sin mirarlo.
—Fua, la casa es un quilombo —exclamó, sorprendido—. Alejandro le prohibió al personal entrar hace años, y ya veo por qué… —No respondí, me dediqué a tomar aire a bocanadas, por lo que él continuó—: Disculpá, que es tu viejo, pero ta…
—No, no, ya fue. Es verdad —dije, tras toser un poco. Cuando por fin logré calmarme lo suficiente como para saber que no iba a llorar, me volví a mirarlo—. Dios, es horrible.
—Lo suficiente como para que te den arcadas, re.
No me atreví a contradecirlo, todavía con los oídos zumbándome.
Dos caretas. Dos caretas. Dos caretas.
La cabeza me iba a explotar.
Me levanté con cuidado, con Leopoldo sosteniéndome el brazo, porque todavía tambaleaba al conseguirlo.
—¿Necesitás algo? ¿Querés que llame a Nicki?
—¡No! —dije, definitivamente con más efusividad de la que pretendía—. Se va a preocupar al pedo. Solo me dio asco ver mi casa así…, me revolvió el estómago.
—¿Estaba tu viejo adentro? Nicki me dijo que lo estabas buscando.
El estado deplorable en el que lo había encontrado me hizo bufar.
—Desgraciadamente, sí —confesé, a media voz. Me removí, inquieta, tratando recordar cómo tener una conversación normal con otra persona—. Perdoná, no quería cortarte la jornada laboral. ¿Cómo va…, cómo va el campo? ¿Te gusta?
Leopoldo se encogió de hombros.
—Me va bien. A Nicki también. Está bueno.
Era la tercera mención de su esposa en los cinco minutos que llevábamos de conversación, por lo que no pude evitar extrañarme un poco.
—¿Cómo la conociste? A Nicki, me refiero. Nosotros nunca nos cruzamos en… en el liceo, entonces nunca… nunca los vi juntos antes.
Si él notó la incomodidad con la que recordé su diferencia de edad, no lo mostró.
—Siempre supe quién era Nicki, era imposible no hacerlo —respondió él, con simpleza—. Además, la veía en comidas del hospital desde pendejo. Nuestros padres trabajan juntos. O algo así.
—¿Tu viejo es cirujano?
—Médico forense. Viajan mucho juntos —aclaró Leopoldo—. A Montevideo. Y otros departamentos.
—¿Y nunca te interesó la medicina?
—No, ni en pedo, son muchísimas horas y demasiada presión —dijo, casi al instante, como si le hubieran hecho esa pregunta toda su vida.
Que, seguramente, sí era el caso—. ¿Vos nunca quisiste laburar en el campo?
—Negué con la cabeza con la misma facilidad que él.
Porque, también me habían hecho esa pregunta toda la mía—. ¿Tu hermana tampoco?
—Eh…, algo así, se había recibido de Veterinaria y hacía un par de visitas a las vacas como chequeo —expliqué, arrugando la nariz al recordar.
Nunca había logrado asociar a mi hermana con esa parte de su vida, porque no era una que ella hablara con efusividad—.
Amaba a los animales, aparte, y alguien tenía que heredar la estancia y trabajarla…
o no, yo qué sé —agregué, dándome cuenta al hablar que de todas formas no había ninguna estancia que heredar—.
Al final no, claro. Pero no me mires así, que no es culpa tuya.
—Lo estamos cuidando bien, esa es la posta. Llevo laburando en él desde los veintidós, mejoró una banda desde entonces. Volvió a ser un pilar para la ganadería de Uruguay. Es una banda de responsabilidad.
Torcí el gesto, haciendo la cuenta en mi cabeza.
—Todavía no estaban casados con Nicki entonces. Ella tenía, no sé, trece años.
Leopoldo se enderezó, en alerta.
—¿Qué tiene que ver?
—Que todavía no tenías motivos para trabajar en él, aunque el campo ya fuera de los Da Rosa…, porque mi padre se los vendió cuando me fui, ¿verdad?
Y los conocía lo suficiente como para saber que no involucrarían en sus negocios a nadie que no fuera familia, pero no lo dije, porque sonaba acusadora de por sí.
—Ya era amigo de Kamil, estuvimos toda la vida en las mismas clases, ¿te acordás? Somos la misma generación —insistió, por un momento, con una voz que me hizo pensar si acaso no era estúpida—. Capaz seguís mareada, ¿te traigo más agua?
El vaso, todavía en mi mano, no era de vidrio ni pertenecía a la cocina. Era de plástico, pequeño, cuyo hogar se encontraba en mi cuarto específicamente, porque era uno de los que Eva usaba para limpiar sus pinceles entre colores.
Y la cocina no quedaba ni cerca de mi cuarto.
Era el lugar natural al que alguien desconocido iría a buscar un recipiente para poner agua, no ir hacia un cuarto extraño, buscar algo que se asemejara a un vaso, y después moverse hacia la cocina o el baño para llenarlo de agua.
Era antinatural, no se movía con el instinto necesario para reaccionar al ver a alguien vomitar su vida de repente.
Me dio un vuelco al corazón, mirando a Leopoldo como si fuera la primera vez.
—¿Vos habías entrado antes? A mi casa, digo.
Él torció el gesto, sus ojos viajando de la puerta principal hacia mí.
Silencio.
—No, ¿por? —respondió, aunque su mirada ya no estaba en mí, sino en la camioneta detrás de nosotros. Se pasó la mano por la nuca, pero no sabía si para limpiarse el sudor o por el nerviosismo—. Disculpá, Chiara, tengo que volver a laburar. ¿Te puedo ayudar en algo más?
Dos caretas. Dos caretas. Dos caretas.
—No, gracias. Ya sé lo suficiente.
Leopoldo formó una sonrisa que pareció costarle esfuerzo físico, por cómo tembló. Pero luego se alejó de mí sin mirar atrás, su postura recobrando ese aire sobrador que solo podía darte estar emparentado con los Da Rosa.
La camioneta todavía no había arrancado cuando saqué el celular del bolsillo y fui hacia el contacto desconocido, ahora agendado con un «?», y tipeé con rapidez:
¿Eva había hecho dos caretas iguales?
Al haber bloqueado el número antes no sabía si había tratado de mandarme algún mensaje de por medio, ni si pretendía continuar haciéndolo ahora.
Pero, para mi fortuna, la respuesta no tardó en llegar:
ahora me crees?
Dudé, antes de contestar:
Capaz. Respondeme.
La cicatriz me empezó a picar, pero no cedí ante el impulso de rascarme.
nunca vi los bocetos porque decía que eran una sorpresa y re que la sorpresa era que me estaba cagando con otro
Bufé, poniendo los ojos en blanco, aunque nadie podía verme.
No empieces, que te vuelvo a bloquear.
La respuesta fue inmediata:
algo no cierra chiara y tenés que averiguar qué es, yo no puedo hacerlo desde acá y vos no podés meterte sola. Esa otra persona te quiso matar a vos y si seguís pelotudeando te van a encontrar
Podía jurar que el agua que acababa de tomar me subía por la garganta, pensando si acaso no estaba tirando por la borda todo el esfuerzo que había hecho mi tía Ana para protegerme, siguiendo a un desconocido al que todavía no le creía.
Antes de responder, él continuó:
hablá con mi hermano que él te va a ayudar
Fruncí el ceño, asumiendo que donde fuera que se escondiera, tenía el internet suficiente como para leer la noticia del renombrado escritor novel que volvía a su pueblo natal de visita. O lo que fuera que habían escrito los diarios gallegos.
¿Le hablaste? ¿Tenés contacto con él?
A juzgar por la angustia en la cara de Marcos cuando le había preguntado por él podría haber creído que no, pero ahora no estaba segura.
no le digas nada que marcos trataría de encontrarme, y yo sé que vos no. Vos estás centrada en eva. Eso es lo importante ahora
Chasqueé la lengua, incrédula por lo que leía.
¿Qué te hace pensar que él me va a querer ayudar así nomás, con explicaciones a medias y pistas que no van a ningún lado?
Respiré hondo, mirando el cielo.
Era un bonito día. Lástima que me estuviera yendo tan para el orto.
fua chiara, ya tendrías que saber que yo no era el único arias enamorado de una kaczka