La última noche de carnaval CAPÍTULO DIEZ BUSCANDO EL PULSO #2
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CAPÍTULO DIEZ BUSCANDO EL PULSO #2

Busqué en la habitación algo que pudiera usar para ayudarlo a recobrar la conciencia, pero todo daba el mismo asco que él.

Encontré una toalla en el baño al correr hacia ahí, la mojé con agua fría y regresé a su lado.

Pasé la toalla por su frente y cachetes, esperando que el frío le proporcionara un poco de lucidez.

—La puta madre, papá, no te podés morir así.

Finalmente, sus ojos comenzaron a enfocarse, parpadeando contra la luz tenue.

Emitió un suspiro profundo y miró alrededor, desorientado.

—¿Ter… Teresa?

El nombre de mi madre me resonó en los tímpanos con una brutalidad bestial, a pesar de que él apenas había podido susurrarlo. No recordaba la última vez que lo había escuchado en alto.

Mi corazón se apretó en mi pecho, haciéndose chiquito.

—No, papá. Chiara —suspiré, antes de que mencionara a Eva como siguiente explicación lógica—. Dios, ¿qué hiciste?

Él tomó la toalla entre sus manos y se la apoyó en la cara, limpiándosela, para después arrojarla lejos e incorporarse con los codos, mirándome tras parpadear varias veces. Estaban idos, le costaba enfocar, pero lo veía hacer el esfuerzo por conseguirlo.

Tragó saliva varias veces y carraspeó. Por un momento temí que me escupiera.

—Andate de acá, nena.

Me fui hacia atrás, asqueada como si lo hubiera hecho.

—¿Es esta la forma en la que te querés morir, ahogado en tu propio vómito? —dije, bufando—. ¿Esto es algo de todos los días? ¿O es por eso por lo que no estabas en el bar ayer?

Él protestó, retorciéndose en el colchón, sin sábanas siquiera.

—¿De qué carajos me hablás, pendeja?

—En el bar, no estabas —repetí, con más lentitud, porque entendía que estaba a un nivel de borrachera que debía costarle procesar las palabras—. El dueño parecía sorprendido. Dijeron que vas todos los días. ¿Esto te parece mejor?

Me acerqué a la ventana para abrirle las cortinas, como hacía él cuando tenía que ir a la escuela. Y mi padre gritó como si fuera un vampiro alérgico a la luz solar. Puteó a los cuatro vientos, también, a mí, a él y a Dios, pero no le presté atención.

—¡Dejame de joder! —bramó mi padre, como un animal herido, enterrando la cara en la almohada a su lado—. ¿Qué carajos querés? ¿Qué mierda hacés acá, nena?

Borracho o no, conseguir respuestas de él iba a ser un caso perdido, así que me centré.

—¿A quién le diste mi número? —pregunté, entonces, con seriedad. Miré alrededor, pero solo había ropa sucia y platos sin lavar, incluso en el suelo—. ¿Al menos sabés dónde mierda está tu celular ahora?

Esa pregunta pareció despertarlo lo suficiente como para mirarme, parpadeando.

La luz del sol detrás de mí, ahora con las cortinas abiertas, parecía estarle haciendo daño a los ojos, por lo secos y enrojecidos que estaban. Pero eso no lo detuvo, porque la terquedad corría de familia.

—¿De… de qué hablás? —preguntó, sonando casi genuinamente sorprendido. Incluso, interesado—. Yo no… no, no, yo no…

—Papá, ¿le diste mi número a alguien que te lo pidió en el bar? ¿Un periodista, un borracho más? —insistí, aprovechando su momento de lucidez—. El dueño del bar dijo que hablabas de mí. ¿Es verdad?

—Javier no sabe callarse la boca —refunfuñó, por lo que supuse que ese era el nombre del dueño, ya que yo nunca se lo había preguntado.

Casi me avergüenzo de eso, ante la bajada de vara que me estaba haciendo con solo esa oración.

La investigación en persona no era, claramente, mi fuerte—.

Nadie más tiene tu número. La loca de tu tía y yo.

Guardo mi celular en el bóxer —Y, contra mi mejor juicio, se metió la mano ahí para sacarlo y mostrarlo.

Parecía tenerlo en un bolsillo. Me quejé por la imagen, pero continuó—: Dijimos que… , que era privado. Solo familia.

No necesitaba el recordatorio de que no tenía más familia que ellos, pero asentí, porque esas habían sido las condiciones cuando me sacaron el nuevo número al llegar a Argentina. Personal, privado, el adjetivo que fuese para encerrar un secreto de estado.

Mi padre era un borracho, con poca credibilidad, incluso en sus momentos lúcidos, como esos.

Pero se veía… sincero. Hasta herido de que estuviera dudando de él, como si me hubiera dado alguna razón concreta para no hacerlo, como si no se encontrara en la posición más comprometedora del mundo en ese momento para ignorarlo.

—¿Y si no fuiste vos quién fue?

Frunció el ceño y vi la calidez desaparecer de sus ojos en un instante, tanto que podría habérmela imaginado en primer lugar. Esa calidez que me invitaba a creer que mi padre, el verdadero, el de mis recuerdos, todavía seguía ahí.

—Yo qué sé, problema tuyo.

La acidez con la que me habló consiguió, si era posible, quebrarme el corazón.

Mi padre no estaba ahí. Capaz nunca lo había estado.

Me picaba la garganta, abrazándome a mí misma, aunque sintiera calor, pero al menos me protegía del exterior. Daba un paso extra a la lejanía con mi padre, al descontrol de su vida, a lo que podría haber sido la mía.

Capaz él también me había salvado un poco la vida, mandándome a vivir con mi tía.

Respiré hondo, arrepintiéndome apenas mis fosas nasales me odiaron, y suspiré.

—Anoche, ¿tomaste para morir?

Mi padre, con el semblante oscuro, se volvió a recostar en el colchón, cerrando los ojos.

Iba a irme sin respuesta, porque la pregunta se me había escapado y era casi capciosa dado su estado de inconsciencia anterior —además, de que parecía que él iba a continuar con su insana siesta—, hasta que lo escuché murmurar, de forma casi audible.

—Siempre tomo para morir porque no estás, Eva.