CAPÍTULO DIEZ BUSCANDO EL PULSO
Después de una llamada rápida la noche anterior, Nicki me esperaba en la puerta del hotel a primera hora de la mañana, con un auto negro más pequeño que la camioneta de antes (pero no por eso menos intimidante en lo que debía ser su costo, conociendo a los Da Rosa).
—Espero que no te decepcione que no traje la camioneta —dijo Nicki, al notar mi reacción cuando me pasó las llaves, luego de abrazarme a modo de saludo como solo ella necesitaba.
—Lo decepcionante es que me sorprenda que tengan dos autos, la verdad —reí, más para mí misma que para ella—. O más.
—¿Lo decís por cómo manejo? Mirá que con mi Jeep todo es diferente, eh, que el otro es un armatoste. ¡No llego ni a los pedales a veces! —Se quejó, haciendo pucheros con la boca. Sonreí, aceptando las llaves—. Vos sabés manejar, ¿no? Ni se me ocurrió preguntarte antes.
—Sí, ni te quemes —dije, encogiéndome de hombros.
La realidad era que en el interior era muy común aprender de chiquito, y en mi caso no había sido la excepción.
Además, mi tía había insistido en que me sacara la libreta apenas cumplí los dieciocho en Buenos Aires, porque tener licencia de conducir era una herramienta, en caso de necesitar…
huir—. Muchas gracias, espero que no te joda el laburo.
—Tranqui, pensaba trabajar desde casa hoy —insistió, restándole importancia con un movimiento ligero de manos—. ¿Segura que no querés que te acompañe? No me jode para nada.
—No, no…, es algo que tengo que hacer sola —repetí, algo que ya le había dicho por teléfono, pero con algo menos de convicción que antes.
No sentía que necesitara protección, pero capaz si testigos—.
El campo, mi viejo…, tengo que ir sola. Pero te aviso cuando esté volviendo a tu casa de vuelta, obvio.
Nicki sonrió, pero la luz no llegó a sus ojos, sino la pena.
—Tomate tu tiempo, entiendo que es importante para ambos esto —dijo Nicki, con calma, colocando un mano en mi hombro en forma de apoyo—. Más tarde seguro va Polo, por si querés hablar.
Asentí con la cabeza, porque me parecía un poco forra al especificarle que no tenía ninguna clase de confianza con su marido para desahogarme en caso de que la reunión con mi padre saliera mal. Ella seguramente lo veía como una extensión de su propia persona, pero para mí era un desconocido.
—Gracias, yo…
—Y perdón, por lo del otro día. —Se apresuró a decir ella, mientras yo me subía al Jeep—. No quería ofenderte con la «celebración» de Eva, no pensé que te iba a poner tan mal… Tendría que haber pensado mejor mis palabras. Sé que nunca va a ser un tema fácil, así, inconcluso.
Por un momento ni siquiera recordé a qué estaba refiriéndose Nicki, principalmente porque después del momento que relataba me había llegado el primer mensaje del número desconocido y poco más que descubrir su identidad me había importado después.
Lo había desbloqueado después de mi encuentro con Marcos en ese mismo lugar, frente al hotel, pero escondidos en el manto de anonimidad que solo proporcionaba la oscuridad sin contaminación lumínica de edificios altos y molestos.
Marcos, quién me había dejado sola luego de decirme que me extrañaba y no conseguir respuesta. Y no lo culpaba, a pesar de que sentía que las palabras entre los dos todavía seguían inconclusas, él parecía que había dicho todo lo que sentía.
Capaz la culpa era solo mía y estaba proyectando. No lo sabía. No quería saberlo, tampoco.
—Y por Kamil, que es un poco pelotudo.
Me reí, casi sintiendo en el pecho el suspiro que salió de ella al notarlo, como si hubiera estado conteniendo el aliento todo ese tiempo en el que yo había permanecido en silencio, simplemente recreándome en mis propios momentos.
—No te disculpes, ni por él ni por nada. —Conseguí decir, luego de centrarme en el momento y lugar en el que estaba, con una leve sonrisa ladeada—. Está todo bien, Nicki. Posta.
Ella formó una amplia sonrisa, contagiosa, simpática. Podría nacer un hada de ella.
Abrí la puerta del auto y me metí, abrochándome el cinturón y poniendo el celular en el soporte, para buscarlo en el mapa.
Aunque la estancia ya no llevaba el nombre de mi familia, y ahora era una extensión de los Delgado, todavía figuraba así en Google Maps, como si se negara a actualizarse a pesar de los años.
—¡Suerte, Kiki!
Me alegraba de no haber arrancado todavía, o capaz ya hubiera chocado. Todavía tenía pendiente la charla con Nicki sobre mi apodo porque, obviamente, no era el mayor de mis problemas. Ni cerca. Pero me sentía como un cable pelado cada vez que la escuchaba y eso podría generar otros a futuro.
Respiré hondo y me tomé todo el tiempo del mundo antes de arrancar, porque no estaba detrás del volante desde que había cumplido la mayoría de edad, y más allá de las clases, no tenía ninguna práctica.
Manejar en Buenos Aires era un suicidio que yo nunca había tenido ganas de practicar.
Pero esto era Melo, lo peor que podía pasar era que se me cruzara una vaca, no un motociclista en drogas duras.
La estancia y, por consiguiente, mi casa familiar quedaba a media hora aproximadamente en auto. Menos, si me hacía la loca con la velocidad máxima de la carretera, pero tampoco iba a tentar a la suerte.
Lo malo era que nunca me había preparado mentalmente para ver el campo de mi infancia.
El encuentro con mi padre debería haberse dado en una calle desconocida, con él a punto de dejarse la jubilación en el fondo de una botella, pero no había sido el caso.
Su terquedad por esconderse la única noche que estaba buscándolo me obligaba a esto. A ver mi casa, sin Eva.
Traté de hacerme a la idea mientras manejaba.
Al llegar a la estancia me encontré con un vasto paisaje que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Conocido, familiar. La entrada estaba marcada por un portón de madera robusta, enmarcado por dos grandes árboles que parecían guardianes antiguos del lugar.
Al cruzar el umbral, el camino de tierra me llevó a través de campos verdes, salpicados aquí y allá por vacas pastando tranquilamente.
Al menos hasta que fueran al matadero que estaba a un par de kilómetros de distancia.
El olor del pasto fresco y la tierra mojada por la reciente lluvia llenaban el aire.
Al bajar del auto, el sonido de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas era casi hipnótico.
A lo lejos, el balido de unas ovejas y el mugido de las vacas creaban una banda sonora rústica que me transportaba a otra época.
Una donde era feliz, genuinamente feliz.
La casona principal de la estancia emergía al final del camino, con su estructura de madera y piedra, con un techo a dos aguas cubierto de tejas rojas que resaltaban contra el cielo azul del verano uruguayo.
Pero yo solo reconocía las cámaras de vigilancia escondidas a los lados; había sido repintada desde la última vez que la había visto, como si quisieran darle una nueva vida después de tanta muerte.
No funcionaba. Parecía maquillaje caro en una cara demacrada.
Los trabajadores cercanos no me prestaron atención al llegar a la puerta de la casa, ni al estacionar el auto.
No sabía si porque estaban acostumbrados a mujeres desconocidas apareciendo por ahí o porque Nicole les había avisado de mi llegada, pero me inclinaba por la segunda.
Si algo caracterizaba a mi padre era mantener una fidelidad ciega a la imagen de mi madre, incluso después de muerta; nunca nos había presentado a ninguna novia, y en un pueblo tan chico como este, nos hubiéramos enterado si existiera alguna.
Aunque, muchas cosas habían cambiado desde entonces.
Lo comprobé una vez más cuando empujé la puerta principal, al encontrarla entreabierta, y recibir como una cachetada el olor a ropa sucia, mojada y mohosa.
Las ventanas debían estar todas cerradas para conservar tan concentrado el olor.
No veía el comedor al final del pasillo, con la larga mesa con sillas a juego de madera oscura, sino soledad.
Ni muebles, ni personas, solo papel tapiz salido, como si hubiera sido arrancado, y partes de lo que antes, capaz, sí que había sido un escritorio, pero ahora eran astillas de nada ni nadie.
En la pared lateral, solo colgaba una foto torcida con el marco roto, del viaje de Eva a Bariloche cuando tenía quince años.
Se me contrajo la garganta, porque el contraste con el exterior era brutal.
—¿Papá?
No obtuve respuesta, pero no evitó que caminara hacia adelante.
La cocina era la principal fuente de olores y colores, por lo que la evité sin prestarle más atención, continuando por el pasillo. El interior de la casa estaba irreconocible para mí, pero sabía el camino hacia la habitación de mis padres.
La puerta estaba cerrada, pero no trancada, como descubrí cuando moví el pestillo.
—¿Papá?
La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas. Al acercarme a la cama, el aire se volvió más pesado, cargado con el olor acre del alcohol y el sudor.
—¡Papá!
Sobre la cama yacía mi padre, con una musculosa gris manchada y bóxers negros grandes.
Su piel estaba pálida, casi translúcida bajo la poca luz, como si toda la vida se hubiera drenado de su cuerpo.
Los ojos hundidos y rodeados de sombras profundas me miraban sin realmente ver, perdidos en un abismo de embriaguez.
La botella de licor medio vacía en su mano temblaba ligeramente con cada débil respiración.
Coloqué mis dedos en su cuello, buscando el pulso: estaba vivo. Y que bien, porque no iba a ver a otro familiar muerto. Me negaba rotundamente.
El olor a alcohol era abrumador, mezclado con un leve pero persistente aroma de vómito y orina, indicios de una larga y penosa agonía. Su respiración era irregular, un jadeo entrecortado que parecía luchar por mantenerse constante, pero al menos vivía.