CAPÍTULO NUEVE A CABALLITO #2
—Vivo en España desde los diecisiete, es inevitable que se me pegue alguna cosa —explicó, gesticulando con las manos. Solía hacer eso de chico. Me estremecí—. Seguro vos le decís «colectivo» al ómnibus.
Tenía razón, pero no iba a dársela.
—¿Dónde huiste antes? Si te fuiste de acá casi antes que yo.
Si Marcos se regocijó de mi curiosidad al menos tuvo la decencia de no hacerlo notar.
—Con mi madre nos fuimos Aceguá, en Brasil, por…
—Por frontera —terminé por él, porque era evidente, tan evidente que me daba bronca que no se me había ocurrido antes. Habían tenido que meterse tanto debajo de una piedra en Uruguay cuando su hermano huyó que ellos habían terminado en Brasil—. ¿Ahí está tu hermano?
Él endureció la mirada y, por primera vez, no lo reconocí.
—No sé dónde está mi hermano, Chiara.
—Eso decís —dije, encogiéndome de hombros. Tenía en la punta de la lengua otra pregunta, pero dado que era de mal gusto y que ambos estábamos de mal humor, estaba debatiéndome si merecía la pena saciar mi curiosidad—. ¿Cómo…?
—¿Cómo terminé en España cuando no teníamos ni un peso partido al medio?
—continuó él por mí. Y asentí, con algo de vergüenza, porque era una duda que me carcomía desde que había visto que la publicación de su libro era de ahí y que decía que vivía en Barcelona; porque había visto a su madre remacharle los pantalones lo suficiente como para saber que no tenían esa plata como colchón ni en sus mejores momentos—.
Hay un programa para hijos de inmigrantes españoles que pueden ir menores, a Galicia.
Cuando… cuando me di cuenta de que mi hermano no iba a aparecer decidí que no quería seguir escondiéndome y me fijé cómo hacerlo.
Y me fui —pronunció, como si fuera simple, pero podía ver cómo se le tensaba la mandíbula al hablar.
Una que, definitivamente, no tenía a los doce años cuando éramos mejores amigos, y ahora no podía dejar de mirar—.
Años después conseguí estudiar la Licenciatura en Filología Inglesa en Barcelona y…
—Sí, ya sé.
Físicamente me tapé la boca con la mano, aunque sabía que era ridículo.
—Dijiste que no me investigaste.
Me sonrojé porque yo sola me había pisado el palito.
—Estaba en tu libro, en la biografía de autor, no te hagas ideas.
—¿Leíste mi libro?
Aunque a lo mejor debía referirse a realmente el contenido de este, la historia, no podía evitar pensar si estaba pidiéndome mi opinión por la dedicatoria.
Aquella donde me hablaba a mí , diciendo que a pesar de todos y de todo, en esta vida y en las demás, me seguiría buscando donde fuera que estuviera.
No respondí y, en cambio, miré sus pies como si tuvieran los secretos del universo.
Podía sentir sus ojos clavados en mi coronilla, expectantes.
Entonces, para variar, empecé a escalar entre las palabras que acababa de decirme, en la explicación de su paradero en los últimos diez años y cómo era el único mencionado una vez llegó a España, a pesar de que su madre también era parte del recorrido.
—¿Gisela está enferma?
Volví a verlo y la sorpresa estaba tan presente en sus ojos que hasta podría ser cómica (en otras circunstancias, claramente).
—¿Cómo sabes? Nunca dije nada, yo…
Los mensajes del número desconocido, todavía bloqueado, me quemaban la memoria.
—¿Qué tiene?
Marcos apretó los labios, como debatiéndose qué tanto compartir conmigo. Porque era una desconocida para él, ya no éramos mejores amigos, a pesar de que naturalmente me había sentido con la confianza de mencionar a su madre con su nombre de pila. Había sido un desliz, una pelotudez.
—Cáncer —dijo, casi ladrando la palabra—. Está internada en Barcelona. Va mal.
Quería más detalles, porque necesitaba ahogarme en el golpe del pecho que había sentido al escuchar la confirmación de los pensamientos que hasta ese momento nunca me había permitido contemplar.
Porque Marcos amaba a su madre, era la única figura familiar real que tenía como guía, e imaginarla desmoronarse me rompía el corazón. Por ella.
—¿Y qué hacés vos acá, entonces?
Soltó otra risa ácida, apartándome la mirada.
—Ya te dije, ¿tanto necesitás escucharlo para creerme? — protestó él, cansado—. Tenía que verte. No sabía si iba a tener otra oportunidad de hacerlo.
De pronto, y sin mi permiso, la imagen de Marcos frente a mí se transformó en su versión de doce años.
Sus facciones, sus gestos, su humor. Lo vi tocar la puerta de mi casa para salir a jugar.
Lo vi correr por el campo atrás de las ovejas conmigo.
Lo vi enseñándome a andar en bicicleta y dándome la mano cuando me caía al doblar.
Lo vi pequeño e indefenso, sin nada a favor, sin nadie de su lado.
Me vi a mí a su lado. Me vi despertándolo de una pijamada con una almohada en la cara.
Me vi haciéndonos caras detrás de nuestros hermanos porque se daban besos frente a nosotros.
Me vi subiéndome a caballito a su espalda, porque no llegaba a ver el desfile si no era sobre él, que era mucho más alto que yo.
Y, de repente, quise ponerme a llorar.
Y sentí que él también, por la forma en la que le tembló el labio inferior.
—Te extraño, Kiki.
Yo también lo hacía, casi tanto como a Eva.
Pero no me atrevía a verbalizarlo.
No sabía si alguna vez podría.