La última noche de carnaval CAPÍTULO NUEVE A CABALLITO
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CAPÍTULO NUEVE A CABALLITO

Mi padre no estaba en el bar. Y, lo peor, era que el personal parecía más sorprendido que yo.

—¿Tienen idea dónde puede estar? —pregunté, mirando al hombre canoso que me habían indicado que era el dueño cuando entré a preguntar. Usaba un delantal manchado, por lo que asumí que también era el asador. Al menos desprendía un olor a leña quemada que iba por encima del del vino del ambiente.

El hombre negó con la cabeza, apenas mirándome.

—Debe estar tirado en una cuneta por ahí —dijo otro hombre, más joven y de rulos rubios, sentado en la barra a mi derecha—. No te mates esperando gran cosa de él, nena.

—¡O gritándole al desfile! —interrumpió otra voz, a lo lejos. Se escucharon, apenas sobre la música, unos murmullos afirmativos y otros que simplemente querían meter la cuchara en el tema—. ¡O peleándose con un árbol!

Otras risas siguieron, restándole totalmente la importancia a lo que decían. Como si fuera normal, natural. Y seguramente lo era.

—¿Para qué lo querés? —preguntó el dueño, más alto, callando a los comensales así, yéndose hacia atrás para observarme mejor.

Me enderecé, en respuesta, notando que estaba a prueba, de alguna forma, por uno de los locales que seguramente más veía a mi padre a diario. Al hacerlo, miré por encima de él, notando fotografías antiguas enmarcadas en las paredes, al lado de mates y banderas, manchadas de aceite y hollín.

No podía estar segura, pero podía jurar que una de esas fotos era mi padre, siglos atrás a juzgar por la juventud de su sonrisa y facciones en general, situado a un lado de un cartel con las palabras «estancia kaczka».

Y lo creía porque una muy similar, también en blanco y negro, solía estar en la pared de mi casa, al lado de la del matrimonio de mis padres.

Capaz, incluso hasta en un marco más grande que el de la boda.

—Nada, nada —dije, tras volverlo a mirar a los ojos, notando como me estudiaban con atención—. Gracias, eh.

—¿Quién sos? —insistió el dueño, viéndome girar sobre mis talones para dejar el bar. Lo miré, pero no respondí. Ante mi silencio, continuó—: ¿Chiara?

Bufé, inevitablemente.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

Él se encogió de hombros.

—Para estar seguro, claro.

Chasqueé la lengua, incómoda por la forma en la que me seguía mirando, como esperando el error, casi buscándolo.

—Felicitaciones.

Asumía que se podía palpar mi sarcasmo, pero eso no evitó que continuara hablando:

—La foto es de cuando tu viejo decidió quedarse con el campo y no venderlo, que se lo había ofrecido a Alejandro Da Rosa, pero después se casó con tu madre y se arrepintió, porque quería dejarle algo a su familia, algo importante —dijo el hombre, ante mi silencio—. ¿Sabías?

Negué con la cabeza, pero me encogí de hombros, también.

—Al final lo terminó vendiendo, ¿no? Con o sin nosotras.

—Él habla de vos, ¿sabías? Todo el tiempo —Sentí mis hombros tensarse, más ojos de los esperados empezando a estar pendientes de mis reacciones—. Habla tanto que pensé que no existías más, que eras una de sus imaginaciones.

—¿Qué imaginaciones? —pregunté, alzando una ceja. Me gustaría haber nacido con el don para esconder mi curiosidad, pero se veía que había llegado tarde a escogerlo al nacer y en cambio tenía una cara que o estaba completamente impasible o abierta a entenderse por todo el público.

—Los fantasmas que ve, claro. Su cabeza está llena de esos y él se piensa que los puede hacer desaparecer con un vino, pero no pasa —insistió, con simpleza—. Y vos sos tres de esos. Obvio que tenías que ser Chiara.

—¿Qué decís?

Él suspiró, agarrando un paño húmedo y empezando a pasarlo sobre la barra.

—Sos igual a tu madre. Y tu hermana. —Dejó de mirarme, centrándose en el trapo—.

Por eso tu viejo no está acá hoy. No vendo suficiente alcohol para lo que quiere.

La única vez que lo vi tomar así fue cuando murió tu madre, después tu hermana…

, y ahora. Antes, tu viejo ni venía por acá, éramos amigos solo por el liceo —dijo, y suspiró—.

Consiguió dejar de tomar después de lo de tu madre cuando tu hermana le dijo con trece años que tenía que reaccionar, que te tenía que criar.

Pero esta vez no estuviste vos para decírselo cuando ella murió.

No tenía idea de que mi padre tenía un pasado alcohólico ni tenía forma de saberlo, dado que acababa de nacer en una ocasión y en la otra me habían mandado lejos todavía con los puntos de la cirugía frescos.

—¿Me estás echando la culpa de que es un borracho?

Porque no lo es. La terapia existe, ¿sabías?

—dije, irónica, cruzándome de brazos. Mi padre había estado en contra de ponerme a hablar con una psicóloga cuando era chica, mi tía había tenido que forzarlo a aceptar, por lo que no era sorprendente que él mismo no hubiera pasado jamás por un consultorio.

Cada vez que lo pensaba encontraba más simpleza en el hecho que hubiera terminado siendo el borracho del pueblo en consecuencia—.

Si le daba un poco de bola capaz no vivía tanto en el pasado y conseguía avanzar.

—¿Y vos conseguiste avanzar, Chiara?

Su tono era pausado, para nada acusatorio.

Pero así lo sentí, casi como tener un reflector sobre mí y un micrófono en frente, esperando mi equivocación.

Pero ese hombre solo era el dueño de un bar en Melo, que seguramente se forraba los bolsillos de la falta de autocontrol de cientos de viejos como mi padre.

Y él no iba a darme ninguna lección de moral.

—Si lo ves, decile que lo busco. Gracias.

Continué sobre mis pasos y finalmente salí del bar, con la necesidad desesperada de llegar al hotel y gritar sobre la almohada, impotente; el otro lugar obvio sería ir hasta la casa familiar, pero no podía ir hasta la estancia sin un auto, porque antes ya lo había buscado por las cunetas, por los parques cercanos.

Sin embargo, mi padre no parecía estar en ningún lado.

Estaba perdiendo el tiempo. Y odiaba eso.

Y mi teléfono seguía sin sonar, porque el contacto desconocido se mantenía bloqueado.

¿Sería prudente, acaso, desbloquearlo durante la madrugada a ver si de casualidad se le ocurría continuar con sus mensajes ininterrumpidamente?

Sin tener una respuesta, capaz no sería muy útil, pero a lo mejor decía lo suficiente en su afán de hacerme creer que era Hugo Arias y terminaba revelando su verdadera identidad, en desesperación.

Ya había notado que no reaccionaba bien al silencio, al menos.

Además, si era alguien del pueblo, capaz sabía dónde estaba mi padre.

Me detuve en seco apenas divisé la estructura irregular del hotel, porque la figura de un hombre estaba apoyada en una de las paredes.

Esperando.

Antes del asesinato de Eva, Melo era considerada una ciudad segura.

Antes, yo no tenía razón para estar asustada de un desconocido recreándose en la noche como escudo, sobre todo no cuando estábamos en época turística, como era el carnaval.

Pero ahora lo estaba. Y capaz si lo hubiera estado más en el pasado ahora no tendría una cicatriz de bala en el pecho.

—¿Qué hacés vos acá?

Marcos Arias se incorporó al escuchar mi voz.

Solos, por primera vez en diez años.

Y se veía igual que en el cementerio, paciente y tranquilo, pero consternado, con el ceño ligeramente fruncido y las manos en los bolsillos del pantalón. Atento, casi. Esperando mi reacción. Preparándose para ella.

Sin distracciones y en un ambiente conocido podía reconocerlo a él también. Pero no olía como en mis recuerdos, a un detergente fuerte y tierra mojada. Casi no podía sentirlo, ajeno, desconocido para mí.

Una forma de identificarme en mi ambiente en terapia habían sido los aromas, para no encerrarme en el callejón de mis memorias y el hierro de la sangre. Y lo lejano todavía me sobresaltaba casi tanto como lo reconocido, sobre todo cuando esperaba algo más.

Pero no sería la primera vez que esperaba algo más de él y era incapaz de dármelo.

—Te estaba buscando —respondió Marcos, como si fuera lo más obvio del mundo—. Quería hablarte. A solas, creo que nos merecemos eso.

—¿Me estás siguiendo? Solo Nicki sabe en qué hotel me quedo y ni loca te lo diría a vos—pregunté, alzando una ceja—. ¿Sabés lo raro que es esto? ¿Lo mal que se vería para tus fans si se sabe? Deberías cuidarte más, con la cantidad de prensa que trajiste al pueblo.

—Chiara, por Dios —protestó, agotado.

—¿Me equivoco? —bufé, enderezando la postura de mi espalda.

Él se fue hacia atrás, como si pudiera tener el derecho de estar asustado de mí y no al revés, siendo él quien era, siendo yo quien era—.

¿O la prensa nos está mirando ahora mismo?

¿Los llamaste? ¿Llegan en unos minutos? ¿Esperas quedar bien si te vuelvo a pegar… ?

— Kiki —me espetó, con seriedad, dando un paso adelante—. ¿Podés, por favor, escucharme?

Me envolví con mis brazos al escuchar el apodo en su boca, para que no notara como se me erizaba la piel visible; no era justo que supiera el poder que tenía sobre mí con una palabra de mierda que no podía importarle a nadie más que a mi retorcida memoria.

—No quiero escucharte, Marcos. Si quisiera hacerlo, te hubiera buscado.

—Quise pedirte permiso antes de publicar el libro, pero no te pude encontrar —siguió él, haciendo caso omiso a mi clara negativa—.

Te busqué por todos lados, de todas las formas posibles.

Joder , hasta busqué registros de defunción y contraté a un investigador privado antes de tener la plata del libro y…

—¿«Joder»? ¡Qué español de tu parte!

La burla era la forma más fácil de hacerlo dejar de hablar, porque la forma en la que me palpitaba el corazón al imaginarlo realmente haciendo una investigación, sin tener los medios para conseguirlo, en afán de encontrarme era para encerrarme en un manicomio.

No creía que en otro lugar pudieran entenderlo mejor.

Él rio, pero sin humor.