La última noche de carnaval CAPÍTULO OCHO CATALINA
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CAPÍTULO OCHO CATALINA

Había dejado Melo muchos años antes de que fuera legal para mí tomar alcohol (aunque poco se respetaba eso en el interior), pero eso no evitaba que supiera cuál era el bar más concurrido del pueblo por los viejos borrachos, porque mi hermana me había aconsejado no pasar frente a El Boliche de los Paraísos sola por la noche.

Iba a pie. Las calles me seguían resultando ajenas, la emoción del carnaval resbalándome del cuerpo como el sudor por la nuca.

Pero el olor era el mismo: hierba crecida, heno seco y transpiración de vaca.

Al menos no era estiércol, para variar, y sabía que cambiaría a alcohol pesado y carne asada a medida que me acercara a las zonas más ajetreadas.

Y es que antes de llegar tenía que pasar, irremediablemente, por el boliche donde salían los jóvenes. Y, a pesar de saber de sobra que nadie me conocería, las multitudes siempre me causaban ansiedad, por lo que me alejé lo más posible para cruzar, con la cabeza agacha.

—¡Kaczka! —Escuché que alguien gritó, a lo lejos. Tensé los hombros, pero no seguí el sonido—. ¡Kaczka!

Una mano se posó en mi hombro, obligándome a prestarle atención.

—¿Catalina? —pregunté, mis ojos recorriendo la gran sonrisa de su rostro pecoso.

—¡Kaczka!

La chica me abrazó con fuerza, sus brazos saltándome al cuello; no olía a alcohol, lo que significaba que su efusividad por verme era genuina.

—Ay, Catalina…

—¡No pensé que fuera posta! —exclamó, separándose para mirarme a la cara.

Sus ojos negros eran pequeños, del color de su cabello atado en una colita alta, resaltando más la sombra verde que llevaba.

Combinaba con su pollera y aros brillosos, tintineando con sus movimientos enérgicos hacia mí—.

Dios, tu viejo dijo por ahí que ibas a venir, pero no…

, no pensé que fuera posta. Estás enorme —susurró, bajando su intensidad.

Sus ojos se clavaron a los míos, tanto que me sentí analizada hasta lo más profundo de mi ser, partes que ni siquiera conocía de mí.

Pestañeó varias veces—. Estás igual a ella.

No necesitaba ninguna aclaración para saber a qué estaba refiriéndose.

O a quién .

Por un momento, un breve instante eterno, no pude evitar pensar si abrazarme ahora, a mi edad, se sentía para ella como volver a tener a mi hermana entre sus brazos. La mejor amiga que no fue, ni sería, nunca.

Pero, al contrario, yo me sentí más pequeña que nunca, buscando la aprobación en sus ojos, buscándome en ellos como la buscaba a ella a diario en el espejo, como sabía de sobra cómo era encontrar a mi madre.

—¿Sí?

Ella asintió, su labio inferior temblando ligeramente.

La última vez que había visto a Catalina había sido en el funeral de Eva.

Habían sido mejores amigas desde el jardín, pasando a la escuela y el liceo juntas, yéndose a Montevideo al mismo tiempo para hacer la facultad, aunque no estudiaran lo mismo.

Ni siquiera me acordaba de qué se había recibido, solo que lo había hecho, y que una de las fotografías impresas que solían decorar la habitación de Eva era de ellas dos ese día, con Catalina sacándole una cabeza de altura, cubierta en huevo y harina, manchándola de yerba de costado.

Verla sin Eva a su lado era casi tan doloroso como no verla nunca más.

—Entonces, ¿es verdad? ¿Volviste por Eva?

Tragué saliva, nerviosa.

—Había que reducirla, nos llamó el cementerio —confirmé, a media voz—. Perdoná que no te dije nada, ni siquiera pensaba quedarme más de un día, fue…

—No, no, está bien —dijo con rapidez, llevando sus manos hacia mi pelo—.

No querías hacer un circo del tema, solo familia y eso —asumió en alto y yo asentí, porque algo así había sido la ceremonia de su funeral al que había ido seguramente todo Cerro Largo.

En parte, porque mi hermana era una persona adorada por todos los que la conocían, simpática y simplemente querible .

Pero, también porque su muerte había despertado un morbosidad, hasta ese momento desconocida para mí, que ocultaba el pueblo.

Hasta mi tía en Buenos Aires había tenido que apagar la tele varias veces por noticias de lo que había pasado y así evitar que yo siguiera recreándome en mi trauma—. ¿Estás bien?

—Sí, gracias —respondí, automáticamente—. ¿Vos cómo estás? ¿Vivís por acá?

—Cuando…, cuando pasó todo me volví a Montevideo y me quedé allá.

Vuelvo para el carnaval a ver a mis viejos y eso —explicó, encogiéndose de hombros, casi con vergüenza de contarme que también había necesitado desaparecer.

Era increíble como la pérdida de una persona podía cambiar la vida de tantas, alejándolas de los recuerdos localizables para buscar nuevas memorias que no estuvieran manchadas de sangre—.

Me junté allá con mi pareja y tengo una beba, la están cuidando mis padres hoy que quisimos salir con las chicas —añadió, señalando por encima de mi hombro, donde un grupo de mujeres nos observaba atentamente.

A distancia, podía asumir que también habían sido amigas de Eva, al menos en el liceo, porque algunas caras me resultaban familiares, pero no estaba segura.

Mi memoria no era de fiar, siempre me habían dicho en terapia.

El trauma infantil podía hacer estragos con ella con una facilidad abismal—.

¿Cuánto tiempo te quedás? Tenemos que tomar algo algún día. O cenar, si no tomás, no sé.

Me dio ternura el nerviosismo notorio que se reflejaba en los ojos de Catalina, todavía acariciándome el pelo como si fuera a desaparecer entre sus dedos, hablándome con una calma como si fuera a explotar contra su cuerpo.

—No sé todavía, pero…, pero sí, obvio, podemos juntarnos y hacer algo. —Alcancé a decir.

—Tenés Instagram, ¿no? Te puedo hablar por ahí si te parece y arreglamos… —empezó a decir, dejando de tocarme para llevar las manos al bolso que tenía colgado del hombro, sacando su celular de él.

—No uso, no —mentí, por lo bajo, porque era más fácil que explicar que sí tenía uno, con mi nombre nuevo, pero solo porque entendía que era rarísimo para alguien de mi edad no tener y eso podría llamar más la atención.

Pero era privado e impersonal, apenas con algunos seguidores de la facultad y el trabajo.

Ni siquiera tenía la aplicación descargada en mi teléfono—.

Te puedo pasar mi número si no…, si no se lo das a nadie.

Imagino que no, porque no le importa ni a Dios, viste, pero…

, por las dudas —añadí, sintiendo mi cara enrojecer más allá del calor, porque me sentía una ridícula teniendo que aclarar eso.

—Lo reentiendo, Chiara. No te preocupes —me aseguró Catalina, con calma.

Sus ojos se veían sinceros y acogedores, logrando que no me sintiera juzgada por mi paranoia.

Se aclaró la garganta, removiéndose en su lugar, de repente—.

Hablando de eso, es imposible hablar con tu viejo, entonces no sé qué piensa de todo eso, pero…

¿estás bien con lo del libro ese? Nunca había visto tanta gente interesada por los quilombos de Melo antes.

Debe ser horrible que se metan en sus cosas así…

Miré alrededor, recordándome que nos encontrábamos al aire libre, con varios grupos de personas cerca, por lo que tenía que medir mis palabras.

No solo por si alguno de esos interesados estaba prestando atención, sino porque el número desconocido (ahora bloqueado en mis contactos) podría encontrarse entre ellos.

—Sí, sí es horrible. —Me limité a decir, torciendo la cabeza.

—Quisieron entrevistarme unos pibes con un podcast de Montevideo, cayeron en patota a mi casa y apenas les di bola antes de cerrarles la puerta en la cara —me confesó, algo que soltó con tanta rapidez, atropellándose con las palabras, que no me sorprendía si acaso había decidido acercarse a mí antes solo para contarme eso—.

Parece que no es muy difícil juntar los puntos y entender que el misterio del libro es…

, es Eva . Y ta, buscaron a sus amigos y eso.

Tu viejo los mandó a cagar, me sorprende que no les haya pegado con una botella en la nuca.

Pero ahora que estás acá capaz te buscan a vos también.

Fruncí el ceño, teniendo todos los insultos imaginables en la punta de la lengua. Sin embargo, suspiré y solo dije:

—Y que lo intenten. —Catalina sonrió, todavía con el teléfono en la mano—. ¿Me dejás…? —Ella me pasó su celular, por lo que anoté mi número, para evitar decirlo en voz alta—. Bueno, nos hablamos entonces, ¿dale?

—Ta, sí —dijo ella, volviéndome a abrazar una vez le devolví el celular, antes de darme tiempo a reaccionar.

Esta vez tuve la destreza suficiente como para devolverle el gesto, sintiéndola estremecer.

Era obvio que estaba buscando en mi calor uno que ya no podía sentir más, por la forma en la que olía mi pelo, como si fuera a oler como el shampoo de jazmín que usaba Eva.

Catalina tampoco olía como en mis recuerdos, había un perfume más dulce tapando al anterior, más juvenil, por lo que no conseguía reconfortarme como quisiera, pero sabía que no era su culpa, así como no era mi culpa no ser Eva—.

Me alegro mucho de encontrarte acá, Chiara.

Posta. Siempre me pregunté cómo estabas…

, y está bueno ver con mis propios ojos la respuesta.

No sabía si la respuesta era bien o mal, pero no tuve la valentía para preguntar.

Estaba por perder contacto con ella, cuando las palabras se amontonaron en mi garganta, obligando a que mi mano se cerrara en torno a su muñeca, logrando que Catalina volviera a mirarme, esta vez con algo de sorpresa.

—Catalina, ¿sabés si mi hermana estuvo de novia con alguien más aparte de Hugo? —murmuré, tirando de ella hacia mí para hablar cerca, como un secreto.

Ella torció el gesto, haciendo tambalear la colita en su cabeza, mientras parecía hacer memoria.

—«De novia» en sí no… —dijo, haciendo comillas con los dedos—. Es que con él empezó muy chiquita, no sé si tenía dieciséis años, antes se dio algunos besos con pibes del liceo, no mucho más formal que eso.

—¿Te acordás quiénes eran?

—Ahora mismo no, pero puedo pensarlo más tranquila mañana y avisarte, ¿querés?

—preguntó, todavía algo descolocada por mi pedido.

Yo asentí con la cabeza, sin pestañear. La posibilidad de que la infidelidad fuera real era mínima, y el que tuvieran algo que ver los pobres boludos de su pasado lo hacía todavía más improbable, pero ahora que la duda estaba instalada en mi cabeza debía investigarla, porque las dudas hacían que me picara la piel del balazo, como en alarma constante—.

¿Puedo preguntar por qué querés saber, Chiara?

—Curiosidad. —Me encogí de hombros, fingiendo desinterés, olímpicamente—. Hablar con personas que la conocían me ayuda a poner las piezas juntas sobre quien era mi hermana en su día a día, reconstruila , por así decirlo. Me lo explicaron en terapia.

Ella rio, contra todo pronóstico; entendí que no creía una sola palabra que había salido de mi boca, pero no iba a presionar.

—Sos igual a Eva, chiquita. Siempre con sus secretos.

—¿Eh?

—Tu hermana era muy misteriosa, siempre de un lado a otro con sus cosas. Había otras que no me decía ni a mí, que era su mejor amiga, de eso estoy segura —explicó, con sencillez, como si estuviera contándome que el cielo era, por supuesto, celeste como la bandera del país.

Eva siempre había sido como un libro abierto para mí: no había pregunta que yo le hiciera que no obtuviera una respuesta, por más dura que fuera.

Me había explicado cada detalle que yo había pedido sobre la muerte de mamá, aunque había sido dándome a luz a mí, incluso cuando papá se negaba a hacerlo.

—Conmigo no —respondí por impulso, casi con una petulancia infantil—. Ella… ella me contaba todo —dije, en alto, aunque por un momento no sabía si estaba tratando de convencerla a ella… o a mí.

Los ojos de Catalina se suavizaron, mirándome con una pena casi palpable.

Conocía esa pena como la palma de mi mano, porque era la misma que mi tía se permitía mirarme de forma fugaz, cuando creía que no estaba prestando atención.

Era una tristeza que parecía ir más allá de mi persona, que reflejaba mis años de vida y daba el resultado de que me faltaba mucho, mucho de la vida por comprender como para entender lo que estaba afirmando con una convicción bestial.

—Tenías doce años cuando Eva murió, Chiara —dijo ella, con calma.

Chasqueé la lengua, porque no era la primera persona en las últimas dos horas que me lo recordaba, como si por eso entendiera menos de lo que había pasado, pero ninguna de esas personas había estado ahí, con ella, cuando estaba desangrándose en el suelo—.

Capaz no estabas haciéndole las preguntas correctas para conseguir las respuestas importantes.

Me mordí el interior de los cachetes hasta hacerme sangre, sosteniéndole la mirada, en silencio. El bullicio de alrededor llenó mis oídos, haciendo que mi pausa sonara menos dramática. Menos importante.

Mi memoria era una mierda, mi padre también, pero mi hermana no.

Había cementado muchos aspectos de mi ser con el cincel de base sobre ella.

Una base fuerte, estable, que me había ayudado a levantarme después de haber estado internada en el hospital al borde de la muerte.

La seguridad que sentía en la personalidad de Eva había sido mi guía al crecer, con o sin ella a mi lado.

Que un desconocido por mensaje de texto quisiera hacerme dudar del carácter de mi hermana era, cuando menos, vergonzoso.

Pero era diferente con Catalina, la que había sido su mejor amiga durante toda su vida, que la había conocido por más años que yo…

ella sí podía crear una pequeña grieta en el pulcro y perfecto retrato que colgaba de Eva en mi mente.

Y no me gustaba una mierda.