CAPÍTULO SIETE LUNA
Le estaba exigiendo al Wi-Fi del hotel algo que el pobre no podía darme, pero en tiempos desesperados se necesitaban medidas desesperadas, como el dejar sin conexión a las demás habitaciones del edificio.
Con mis estudios a espaldas, sumado a la paranoia familiar, no era la primera vez que me encontraba investigando un número desconocido en mi laptop, pero sí era la primera que no encontraba… nada.
En el pasado, los números desconocidos que me llamaban terminaban siendo Claro o Movistar para cambiarme de plan o aumentarme el servicio, incluso llamadas de spam del Banco de la Nación Argentina tratando de conseguir mis datos para crear cuentas nuevas.
O de personas que lo hacían por error, y terminaba con sus redes sociales y reseñas de restaurantes de Santiago del Estero en mi pantalla.
La realidad era que a veces se me iba un poco la mano investigando, cuando toda la información estaba a un click de distancia.
Hacía años que no me pasaba; cada vez había más protecciones técnicas en las páginas para prevenir el scraping , que era utilizar scripts y herramientas atomizadas para extraer datos, tapándomelos con restricciones de IP, detección de bots y captchas.
Pero eso no evitaba lo que me entretenía hacer un rastreo manual de información, recopilando datos tanto relevantes (registros de propiedad inmobiliaria de desconocidos) como que no (ver los likes racistas de Facebook de la pobre mujer que me había llamado pensando que era su nieta).
Nunca había encontrado nada preocupante, ninguna amenaza.
Pero, tampoco nunca había encontrado… nada .
El número de teléfono que me había enviado dos mensajes el día anterior no estaba asociado a ningún nombre, dirección de correo electrónico o tarjeta de crédito.
Parecía, incluso, que estaba siendo usado en un teléfono comprado con efectivo en un kiosko de mala muerte, con un chip prepago de $65 uruguayos.
Era desesperante. Parecía un fantasma.
Pero no podía ser Hugo Arias.
Mi teléfono personal, en el que me reconocían como «Chiara» y no «Kiara», era secreto de estado; solo lo tenían mi tía y mi padre.
Por lo que, era obvio que mi padre se había ido de lengua en algún bar, por bronca, y había divulgado mi información personal por ahí; seguro a algún periodista que quisiera molestar por el libro de mis pesadillas.
Y ahora estaban riéndose de mí, esperando que cayera en la trampa, para escribir al respecto.
Debía ser eso. Tenía que ser eso.
Pero no podía ser Hugo Arias.
No tenía idea de dónde estaba Hugo actualmente, pero no lo recordaba tan tremendamente estúpido como para pedirme a mí , a la hermana menor de la chica que había matado, que lo ayudara en algo.
Ni siquiera contando el balazo que me había llevado de recuerdo por su partida. Era simplemente inconcebible.
Cerré la última pestaña en mi laptop y casi que pude escuchar el suspiro de alivio del otro lado de la pared, al liberar la red.
El hotel al que me había ido para estar (e investigar) en paz, no tenía piscina, pero sí aire acondicionado, televisión y minibar, por lo que en un día de febrero tan caluroso como ese en el medio de la nada como era Melo, no había mucha cosa más que hacer que estar colgado de internet como un parásito y rezar porque la noche fuera más fresca.
Me tiré sobre la cama, escuchando al colchón quejarse debajo de mí, y miré el techo; un nuevo día, una nueva noche, y yo seguía en Uruguay.
Había cancelado mi pasaje de vuelta a casa, porque simplemente no podía irme sin descubrir cómo se había filtrado mi número, aunque eso significaba hablar con mi padre.
Hasta le había avisado al laburo que necesitaba unos días sin trabajar, esta vez de verdad.
Mi tía había amenazado, una vez más, en venirse a Melo. Pero le había dicho que no, que estaba bien, que solo había decidido quedarme un poco más para reconectar con algunas amigas de la infancia.
Dudaba que me creyera, pero no me había presionado más.
Por eso, ahora solo estaba recobrando fuerzas después de haber freído las últimas neuronas que me quedaban en mi laptop, confirmando que no había nada más que yo pudiera entrar para descubrir la identidad de quien estaba del otro lado de su celular.
El fracaso sabía amargo en mi boca; había dedicado una carrera universitaria y laboral entera en descubrir errores, no podían estarme superando con tanta facilidad.
Bufé, tapándome los ojos con las manos. El olor a humedad y pintura secándose del hotel estaba empeorando un galopante dolor de cabeza que seguramente me saludaría más avanzada la noche.
El celular, al que le había puesto sonido luego de descubrir los mensajes encerrada en el baño de los Da Rosa, me alertó:
chiara quiero volver a ver a mi familia, ayudame por favor
La mención de los Arias me puso los pelos de punta; recordando el rostro desconsolado de Gisela, la madre de la familia, cuando había tenido que forcejear con Marcos para llevárselo del hospital donde estaba visitándome.
Les había gritado que se fueran, que no quería volver a verlos en mi vida.
Seguridad los había escoltado lejos. Y poco después me había enterado de que se habían mudado, incluso antes que yo.
Furiosa por la insinuación, mis dedos se movieron por cuenta propia.
Cortala, flaco. No se cree nadie la joda.
Sabía que responder no era la decisión más inteligente de mi día, y que lo siguiente que debía hacer era bloquear el número y seguir adelante, pero otro mensaje llegó de forma casi instantánea:
la puta madre te estoy hablando en serio. mi vieja está enferma y quiero que pueda volver a su casa de toda la vida a morir en paz en su familia
No respondí, solo bufé.
Otro mensaje llegó:
qué puedo decir para que me creas?
Puse los ojos en blanco, a pesar de que nadie más que las paredes de ese descolorido hotel podían verme perder la cabeza, resignándome a entretener a alguien con severos problemas, que encontraba alguna clase de alegría en molestarme.
¿No tenés nada mejor que hacer?
Al no obtener respuesta con la misma rapidez, asumí que había entendido su derrota. Sin embargo, me incorporé cuando el celular volvió a sonar, mis ojos recorriendo la extensión del texto con sorpresa.
la última vez que te vi fue esa noche en el desfile.
Eva y yo queríamos estar solos pero vos nunca la dejabas, eras una garrapata.
Siempre te dije así. Mi hermano era igual.
Decíamos que iban a terminar juntos aparte después de que te puso ese apodo kiki porque no entendía cómo pronunciar tu nombre con CH y vos lo usaste el resto de tu vida
Tragué saliva, frunciendo el ceño.
Lo que decía de los apodos era verdad, ambos dos, para mi desagrado, pero eso no significaba nada. probablemente medio Melo sabía eso, sí vivían en esa época por los alrededores.
¿Quién te dio este número?
La respuesta fue instantánea:
atropellé a tu oveja luna con el tractor de tu viejo sin querer y eva no me dejó decírtelo porque dijo que iba a explicártelo ella y los que nos quieren nunca nos dejan y esa oveja nunca iba a dejarte
Alejé el teléfono de mi mano como si el contacto con él me quemara la piel.
Recordaba aquella tarde de verano como si hubiera sido ayer.
Mi hermana y yo habíamos decidido dar un último paseo juntas antes de que se fuera a Montevideo para estudiar en la Facultad de Veterinaria.
Era uno de esos días en los que el sol parecía querer prolongar su estancia, bañando el campo en un cálido resplandor dorado.
Eva montaba a Estrella , su yegua blanca, mientras yo caminaba al lado de Luna , mi oveja fiel; siempre me seguía a todas partes, donde solía contarle historias, imaginando que podía entender mis palabras y compartir mis sueños.
Los caballos nunca se me habían dado tan bien como mi oveja.
Eva y yo nos habíamos dirigido al viejo roble al borde del prado, un lugar especial para nosotras.
Ahí, bajo sus ramas, habíamos pasado innumerables tardes inventando historias y riendo hasta el anochecer.
Nunca había sentido la diferencia de edad entre nosotras, aunque ella tuviera dieciocho y yo seis. Era mi mejor amiga.
«Prometeme que vas a volver» le había dicho, sintiendo un nudo en la garganta. Recuerdo que tenía terror de que se enamorara de la ciudad y no volviera más a casa. «Los que nos quieren nunca nos dejan, Chiari», me había respondido, abrazándome con fuerza.
Eva había estado lo justo y necesario en Montevideo, volviendo seguido a ver a papá y a mí. Y a Hugo, cuya relación era más seria de lo que yo entendía a esa edad, pero ya formaba parte de su vida de una forma más permanente que un novio adolescente.
Un año después habíamos vuelto al mismo lugar del prado, porque Eva quería un lugar tranquilo para contarme que Luna había muerto.
Y yo lo había entendido, igual que había entendido la muerte de mamá, pero lo que se había quedado conmigo desde entonces había sido su repetición de las palabras: «Los que nos quieren nunca nos dejan, Chiari».
Nadie más que nosotras conocíamos esa historia.
¿Y dónde estás ahora? Vení a Melo y tené un juicio justo para limpiar tu nombre, pelotudo.
Pero, en consecuencia… él podría saberla.
me van a meter en cana apenas me vean y yo no soy mi viejo no voy a vivir eso
Carlos Arias, hasta donde yo sabía, seguía preso en el Penal de Libertad de San José por homicidio agravado en Montevideo, porque había matado premeditadamente a dos policías cuando lo habían descubierto traficando. Yo nunca lo había conocido, y creía que Marcos apenas si lo había visto alguna vez.
¿Dónde estás?
Pero eso no era ningún misterio, no probaba nada…
no te puedo decir eso
Bufé, levantándome de la cama, mirando por la ventana del hotel.
Mi habitación quedaba en la parte de atrás, en el segundo piso, por lo que mi vista era la fachada amarronada del complejo de apartamentos y los autos del garaje.
Pero podía ver el cielo, el sol escondiéndose, para recordarme que el tiempo pasaba.
El tiempo pasaba y yo no era estúpida.
Entonces que te ayude Dios.
Lo iba a bloquear, pero esa vez fue consciente el movimiento de mi mano, esperando.
tenés que confiar en mí esta vez por favor. Nunca le hubiera hecho daño a eva era la mujer de mi vida
Hugo solía decir eso en cada comida familiar, que Eva era la mujer de su vida.
Y ella decía lo mismo, a pesar de como mi padre torcía el gesto.
Ambas sabíamos que, en el fondo, papá pensaba que alguien de la clase social de Hugo Arias no era la mejor pareja para ella, que no estaba a la altura y era un problema andante, a punto de explotar.
Y hoy en día no sabría decir si tenía razón.
¿Y quién la mató, entonces?
Debía estar realmente desesperada por comunicación con otro ser humano si estaba rebajándome a creerle a un píxel en mi celular, ya que la pregunta tenía tanto sarcasmo como curiosidad real empapada, y qué vergüenza ajena me generaba siquiera estarla tipeando.
Hugo Arias había matado a Eva. Yo sabía eso. El pueblo sabía eso.
ella tenía a otro y quiero saber saber quién era, y vos también
Una risa irónica se me escapó, sin siquiera darle más vueltas al asunto.
Lavate la boca antes de hablar así de mi hermana, pelotudo.
No recuerdo si había cumplido los cinco años cuando Eva me había presentado a Hugo como su amigo, pero sé que tenía siete cuando me había confesado que estaban juntos, a escondidas de papá.
Ella tenía diecinueve y él veintinueve. En ese momento no me parecía gran cosa, a mí solo me importaba lo feliz que veía a mi hermana.
Me había dicho que lo amaba. Nunca había dejado de decírmelo.
ya sos grande razoná como un adulto. Los tiempos no cierran y ella no se fue conmigo del desfile. No sé con quién se fue pero esa fue la última persona en verla viva y no fui yo
Había existido un antes y después en la vida de Eva con la llegada de Hugo. Yo sabía eso. El pueblo sabía eso.
No iba a permitir que se embarraba su memoria de esa manera, ni siquiera por mensaje.
Andate a cagar.
Y lo bloqueé.
Tiré el teléfono lejos, quedando arriba de mi valija abierta.
No había suficiente ropa ahí para más que un par de días, y si resolver esto con mi padre me llevaba más, seguramente tendría que buscar el lavarropas del hotel.
Pero no fue con la ropa con la que se golpeó el celular, sino con ese libro.
Era ficción, totalmente inventado, donde había una pareja protagonista de mejores amigos que estaban empeñados en descubrir el misterio del asesinato de una prima de ella, Denna y Manuel.
Pero ellos no tenían doce años, como Marcos y yo cuando sucedió.
Eran adultos, veinteañeros, enamorados. Nosotros no éramos esas personas.
Las pistas para encontrar al asesino también debían ser ficticias, inventadas.
Tomé la copia de bolsillo entre mis manos, aquella que había comprado antes de enterarme que tenía que volver a Melo, y la abrí con cuidado, como si fuera a salir una bala del lomo a terminar el trabajo que la cicatriz en mi pecho había empezado, y leí el primer párrafo:
El niño vio la luna y de pronto supo que su vida tenía sentido. Y cuando se fue, esperó toda su vida a que volviera. Era más que un simple astro por lo que trajo a su vida: dirección, belleza, sentido. Había muchos que no podían entenderlo y, a veces, él caminaba entre ellos.
¿Podría haber en estas páginas algo que yo no hubiera considerado antes?
¿Tenía la valentía necesaria para preguntármelo, diez años después?
No estaba tan segura.