CAPÍTULO SEIS TOMATE, LECHUGA Y UN SUEÑO #2
—¿Y vos, Chiara? ¿Vos querías volver a casa?
La voz de Alejandro me sobresaltó, porque sonaba tan, tan serio, como si la respuesta me definiera como persona a sus ojos.
Y solo podía generar el gesto más natural la mía.
—No.
La sorpresa en las caras de los Da Rosa era lo que más me llamaba la atención de lo surrealista de la situación: ¿por qué querría volver a un lugar que me había arrebatado a mi hermana para siempre? Esta no era mi casa.
Silencio.
Nicole no me miraba, sino a su regazo, con los hombros caídos, como si estuviera decepcionada de mi respuesta. Y entendía, realmente entendía su amor por su familia, por su casa, por su tierra, pero no era la mía y no podía obligarme a sentirlo.
El celular me vibró en el bolsillo, pero Alejandro continuó:
—Es entendible —concibió, con un sonido desde la garganta de afirmación.
Frunció el ceño ligeramente, pensativo—.
Verte aquel día sobre mi mesa… es, hasta el día de hoy, uno de los más oscuros de mi carrera.
Pensar en que te perdíamos…, después de haberte visto crecer…
—suspiró—. Sé que Nicole nunca me lo hubiera perdonado.
—Papá… —susurró ella, acercando su mano para tocarle el brazo.
—No tener la oportunidad de hacer lo mismo por Eva… Dios, eso es algo que yo nunca me voy a perdonar.
Leopoldo hizo contacto visual conmigo por primera vez en la noche, para luego dejar sus ojos viajar hacia los de Kamil, a pesar de que este estaba atento a cada palabra que salía de la boca de su padre como si fueran a hacerle una prueba después.
Suspiré.
—Hiciste lo que pudiste —dije, por lo bajo. Tenía miedo de hablar de más y escupir el corazón por la boca ante la seriedad de sus remordimientos—. Estaba fuera de tu alcance. Eso no fue tu culpa.
Alejandro asintió, con la mandíbula tensa.
Sabía que la familia Da Rosa había utilizado toda la influencia que tenían en el departamento (y el país) para encontrar a Hugo Arias y condenarlo como se merecía, dando un paso adelante cuando mi padre era incapaz de hacerlo por tener que cuidarme a mí en el hospital, y saber que había sido en vano parecía ser algo que una persona como Alejandro todavía no podía dejar atrás.
Me alegraba saber que no era la única con ese peso en el pecho, para variar.
El reflejo de Marcos me atravesó el pensamiento, logrando que me diera una puntada en la cabeza de dolor.
—A pesar de que esta ya no sea tu casa, espero que sepas que siempre serás bienvenida en la nuestra —insistió Alejandro, afable.
Una mano la tenía agarrada con su esposa, y la otra había llegado para sostener la de Nicole, como si las necesitara como apoyo para hablar.
No recordaba si mi padre alguna vez nos había necesitado a Eva y a mí de esa manera, ni siquiera después de haber perdido a mamá.
Quizás por eso Nicole sentía tan personal la idea de sentirse desconocida en su casa—.
¿Sabes cuánto tiempo te quedarás en Melo?
—Me voy mañana ―dije, carraspeando para aclararme la garganta y centrarme en su pregunta—. Solo vine por la reducción y ya está todo terminado en el cementerio. No me necesitan más en Uruguay.
Además, la sola idea de Marcos y yo compartiendo país, con la posibilidad de cruzarnos en cada esquina de esta pequeña ciudad, me daba ganas de gritar hasta que se me rompieran las cuerdas vocales del esfuerzo, pero no iba a decirles eso.
Nicole chilló, aparentemente sorprendiéndose a sí misma por su reacción.
—Pero, Kiki, hay un… un memorial para Eva en la última noche de carnaval, como un vigilia, en el centro —dijo Nicole, repentinamente agobiada.
Fruncí el ceño—. Lo… lo hacemos cada año.
Para recordarla . Para recordarle a todos que aún merece justicia y…
, y sería increíble que fueras partícipe. Tu papá nunca ha ido.
—¿Qué? —pregunté, a media voz—. ¿De qué hablás?
Ella soltó la mano de su padre, llevándosela a la boca, notando que había hablado de más.
—Pensé que sabías.
Sabía, sabíasabíasabía que Nicole no tenía la culpa, pero había algo en los ojos inquisitivos de sus familiares, de la inocencia en su voz, que solo fomentaban mi incomodidad, una irritación conocida subiéndome por la garganta como si fuera bilis; no tenían derecho a homenajear a Eva, no cuando su asesino seguía libre.
Olvidarla sería descortés, porque era una mancha en la historia de Melo, pero… ¿celebrarla? Ellos no la conocían.
No era una leyenda urbana, era mi hermana.
—¿Cómo iba a saberlo? La última noticia que tuve de este pueblo de mierda es que todavía no habían encontrado al hijo de puta que mató a mi hermana, pero dejaban que otro haga plata con un libro sobre ella —escupí, sin razonarlo.
Susana ahogó un respigón ante mi brusquedad, logrando hacerme bufar.
Respiré hondo, mordiéndome el interior de las cachetes hasta probar el sabor metálico de la sangre que me centraba en el momento y lugar en el que me encontraba—.
Perdón. Tengo que ir al baño, ¿dónde es?
Con una mano temblorosa, como si fuera un cachorrito al que acababa de pegarle, Nicole me señaló la siguiente puerta a la derecha del pasillo.
Me levanté sin mirar a nadie más y caminé hacia ahí en un par de zancadas.
Cerré la puerta detrás de mí y abrí el agua de la canilla, tirándome un poco en la cara, para después apoyar ambas manos en la pileta y mirarme al espejo; llevaba un día en Cerro Largo y las ojeras con las que había luchado toda mi vida estaban asomándose debajo de mis ojos como un mal augurio.
Saqué el celular del bolsillo para ver la hora y pensar qué excusa podía inventarme para volver a la casa de Nicole, meter mis mierdas en la valija y ver de adelantar el colectivo hasta Montevideo, aunque eso me dejara a la deriva en Tres Cruces de forma indefinida, cuando noté dos mensajes de texto del mismo número desconocido; uno era de horas atrás, seguramente cuando estaba en el cementerio.
yo no maté a Eva
Fruncí el ceño, leyendo el siguiente, que había llegado solo minutos atrás.
chiara, soy hugo, yo no fui, por favor, tenés que ayudarme a probarlo