La última noche de carnaval CAPÍTULO SEIS TOMATE, LECHUGA Y UN SUEÑO
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CAPÍTULO SEIS TOMATE, LECHUGA Y UN SUEÑO

En el estado en el que me encontraba nadie debería haberme dejado tomar decisiones. Pero, a mi edad, y con figuras familiares tan distantes, no es como si alguien fuera a detenerme.

—¿Estás segura de que no querés vacío, tesoro? Es de la casa…

Negué con la cabeza, llevándome una mano a la nuca para presionar la piel en el cuello, sintiendo una molestia ahí cuando especificó que la carne era «de la casa», es decir, de las propias vacas que criaban ellos en el campo. Su campo, que antes era mi campo. Técnicamente.

—No, gracias, Susana, estoy bien —insistí, por tercera vez, moviendo el tenedor en el plato de ensalada frente a mí.

Aunque, «ensalada» era un término un poco amplio para referirme a tomate, lechuga y un sueño, pero no iba a ponerme exigente, que al final del día era una invitada imprevista en el almuerzo familiar de los Da Rosa—. No te preocupes.

La madre de Nicole frunció el ceño, todavía consternada.

Parecía que los años no habían pasado sobre ella, porque se veía exactamente igual que el vago recuerdo que albergaba mi memoria de ella, con el pelo teñido de rubio igual de impoluto, los ojos delineados de negro con muchísimo cuidado, y la boca roja.

Casi no había arrugas en su rostro, a pesar de que debía tener cincuenta y largo de años en su espalda.

—¿Y chorizo? ¿Tampoco comés chorizo? —preguntó, acercándome la fuente con el resto del asado—. Está buenísimo.

—Es… es carne también —dije, luchando por no sonar petulante. Los ojos de Nicole y su hermano mayor, Kamil, me observaban con atención—. No como carne, perdón.

Susana se veía decepcionada, pero al menos no personalmente ofendida.

—Ay, Chiara, si te escuchara tu padre…

—Mamá, por Dios. —La detuvo Nicole, con una seriedad que no le había escuchado hasta entonces. Se aclaró la garganta, como reacomodándose en su posición en la mesa y volvió a mirarme a mí—. ¿Desde hace cuánto sos vegetariana, Kiki?

Me encogí en mí misma al escuchar el apodo, incómoda; si la lengua me funcionara lo suficiente como para pedirle que dejara de decirme así lo haría, de verdad, pero todavía estaba adormecida después del encuentro con Marcos Arias, en persona, después de tantos años.

Había sido ese mismo atontamiento el que me había hecho aceptar esa invitación a almorzar, en lugar de volver por mis cosas e irme lo más rápido posible de Melo, como tenía planeado.

Y sabía que Nicole solo quería ayudar, pero no sabía si en ese momento ella tenía alguna herramienta para hacerlo. No sabía si alguien las tendría.

—Muchos, muchos años… —alcancé a decir, porque ponerme específica no iba a jugarme a favor en ese momento porque, honestamente, apenas había puesto un pie en Buenos Aires había decidido hacerlo y mi tía había estado de acuerdo.

—¿Y por qué? —preguntó Kamil, pronunciando sus primeras palabras desde que me había visto pasar por la puerta principal de la casa, a parte de un saludo cordial a medias, con su madre abrazándome después como si no hubiera mañana—. Sabés de dónde viene la plata de tu familia, ¿no?

Apreté los dientes, haciendo un esfuerzo consciente por no poner los ojos en blanco.

Kamil tampoco había cambiado en nada; era egocéntrico y caprichoso en sus veinte, no me parecía descabellado que en sus treintas le hubiera agregado ser grosero.

Alzando el mentón tan familiar, siendo el único en conservar el castaño como color de pelo, de cejas tupidas y desafiantes, siempre fruncidas.

Veía su cara más seguido de lo que prefería cuando era niña, porque tenía una obsesión con que mi hermana le prestara atención, como si fuera su derecho divino porque nuestras familias eran cercanas, por eso siempre se paseaba por casa con la excusa de llevar a Nicole a jugar conmigo.

Siempre hablándole por lo bajo, siempre buscándola con los ojos.

—De tu familia, ¿no? Si mi viejo les vendió el campo a ustedes…

—Alguien tenía que gestionarlo bien de una vez y no es como si a vos te interesara hacerlo —replicó Kamil, como si me hubiera cerrado la boca con su argumento, pero no obtuvo reacción, por lo que siguió—: Y tu viejo lo dejó en la ruina en los libros contables, nosotros lo salvamos.

Deberías ser más agradecida. Volvimos a poner el campo en el mapa internacional.

Abrí la boca para decirle que, por mí, podría prenderse fuego todo el campo y él en el camino, pero la puerta principal abriéndose, con el personal de la casa haciendo un escándalo al acercarse, me lo impidió al distraer mi atención de la mesa.

—Papi, ¡llegaste antes!

La emoción en la voz de Nicole me sobresaltó por un instante, al verla levantarse de un salto de la mesa para ir a su encuentro.

Alejandro Da Rosa mantenía un porte impecable que no omitía crítica, de tanta prominencia que por poco se me pasa que había otra persona detrás de él, que Nicole no tardó en darle un tímido beso en los labios como saludo, así que no me quedaba otra que asumir que se trataba de su marido, Leopoldo Delgado.

Él olía a tierra mojada, capaz de la lluvia del otro día, mientras que Alejandro parecía estar sumergido dentro de alcohol antiséptico en mi cabeza. Como siempre.

—La consulta terminó antes —dijo él, con una sonrisa afable mirando a su hija—.

Además, no podía ser descortés con nuestra invitada al enterarme que venía a almorzar…

—continuó, paseando sus ojos hacia mí. Eran pequeños, incluso más detrás de los lentes de medialuna que usaba, pero no por eso menos intensos—.

Es una maravilla verte después de tanto tiempo, Chiara. ¿Cómo has estado?

Un dato muy personal de mi parte era que siempre había sentido cierto miedo hacia Alejandro, al verlo tan alto como una torre y con una voz gruesa que me ponía nerviosa de niña. Además, estaba el detalle de que ese hombre me había salvado la vida.

Si bien Nicole encontrándome justo a tiempo en un charco de mi propia sangre había sido decisivo para que la bala no me matara, que un profesional tan renombrado y experto como él me hubiera operado había hecho toda la diferencia, sobre todo porque estaba yéndose a Montevideo cuando sucedió y él había tomado la decisión de dar la vuelta para operarme, a pesar de que en el hospital le habían dicho que era un caso perdido.

—Estoy… bien, muy bien, ¿y ustedes?

—Encantados de que nos acompañes hoy, eso es seguro, querida —respondió Alejandro, con una sonrisa amable. Luego se movió ligeramente, dando paso a la persona detrás de él—. ¿Te acordás de Leopoldo Delgado, el marido de mi Nicole?

La verdad era que no y, para mi fortuna, Leopoldo tampoco parecía muy interesado en conocerme, al menos eso veía en sus aburridos ojos oscuros, con su brazo envolviendo la cintura de Nicole, por lo que compartimos un breve saludo antes de que los ojos de Alejandro volvieran a mí.

Sin embargo, no observaban mi cara, sino mi pecho.

Y, a diferencia de lo que podría sentir con un hombre tres veces mi edad mirándome ahí con tanta atención, sabía que lo que él estaba viendo era su trabajo, como si tuviera visión láser a través de mi ropa y estuviese al descubierto la cicatriz de la bala que había sacado de mi cuerpo.

—Sentémonos, por favor, que la comida se va a enfriar —dijo Susana, arreglando la mesa para acomodar a los recién llegados, con ayuda del personal.

Alejandro, obviamente, ocupaba la cabecera de la mesa, con Susana a su lado; sin embargo, los platos se habían movido en un instante para dejarme a un lado de Kamil y así poner a Nicole y Leopoldo lado a lado.

Antes no sabía si era posible estar más incómoda, pero lo había logrado ahora, sentada en ese lugar y con ambas partes del matrimonio Da Rosa haciéndome preguntas sobre mi vida en estos años.

Porque, a sus ojos, yo había sido un fantasma, desapareciendo en el aire y en el tiempo. Un completo misterio.

Lo cual, obviamente, había sido la intención.

—Argentina, uhm. Creí que estabas más lejos del país, que tenían algún familiar en España o algo de eso —dijo Alejandro, casi más para sí mismo que para mí. Luego, sonrió—. ¿Estudiaste en la Universidad de Buenos Aires?

—Sí, Ingeniería en Informática. Me gradué el año pasado.

—¡Impresionante, tesoro! ¿Y por qué lo elegiste? —preguntó Susana, todavía acercándome el condenado plato con chorizos, como si fuera a arrepentirme de ser vegetariana después de diez años, por ellos y sus maravillosos animales.

—Es… fácil, si lo entendés. Todo sigue un orden y, si no, es porque hay algo malo. Y encontrar esos errores es lo que hago programando ahora en el laburo. —Me limité a decir, llevándome un tenedor con lechuga a la boca.

—¡Pero no lo digas solo así! Debe ser muy difícil, hacer una carrera siempre lo es —continuó ella, con intensidad.

Hasta donde yo sabía, Susana siempre había sido ama de casa, con los campos de su familia haciéndola terrateniente, pasando del techo de sus padres al de su marido, pero sonreí—.

Sé que mis niños lo pasaron muy mal en la universidad.

Kamil apenas la soportó y Nicole hasta decidió priorizar su salud y trabajar acá…

, Montevideo es tan fría y lejana… Nunca va a ser como estar en casa…

—¿Cómo? —pregunté, confundida, porque recordaba a Nicole decir que era técnica ovina y había supuesto que eso se estudiaba a nivel universitario.

Nicole se veía claramente avergonzada, negando con la cabeza.

—Dejé Zootecnia después de un año, es eso.

La facultad no era para mí, estaba muy lejos y sola y prefería estar cerca de Polo —insistió ella, con una risa nerviosa, restándole importancia—.

Además, prefiero aprender por mi cuenta mientras trabajo en nuestro campo, que es lo que hace Kamil llevando la contabilidad.

y nos va muy bien, ¿verdad? A veces la práctica supera a lo teórico —Su hermano asintió, pero mi rostro debía verse todavía perdido, por lo que continuó, por lo bajo, como una confesión bajo coacción, aunque ninguna palabra más había salido de mi boca—: Solo… solo quería volver a casa.