La última noche de carnaval CAPÍTULO CINCO KIKI
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CAPÍTULO CINCO KIKI

Nunca, jamás diría en voz alta que me había imaginado este exacto momento por lo menos una vez por mes durante la última década. Ni siquiera me lo admitiría a mí misma en susurros en la noche, con solo la luna de testigo.

Pero, de alguna forma, todas mis imaginaciones se quedaban cortas a la realidad.

Su cara siempre era la misma, quemada en mi retina de tanto verlo en las contraportadas de los libros que ocupaban mi biblioteca, su mirada oscura y tranquila, de párpados caídos, despreocupados de lo que causaban.

El pelo negro despeinado y corto, incapaz de arreglarse ni cuando era chico y su madre lo trataba incansablemente, pero como si fuera a propósito, como su nariz grande y torcida, aunque se la había roto su hermano de un codazo cuando éramos chicos.

No había contado en su altura; de niño ya era más alto que yo, pero ahora todos eran más altos que yo, así que no debía sorprenderme tener que elevar la mirada para observarlo bien.

Su ropa ya no parecía sucia y de segunda mano, ya que antes siempre era heredada de su hermano que las traía con poco cuidado.

Usaba un pantalón de jean claro, sin dobladillos, y botas —como si no estuviéramos en febrero—, pero con una musculosa blanca que no tenía pinta de haber sido usada más de una vez como para mantener ese color impoluto.

Nunca me había sentido pequeña en su presencia, al considerarlo un igual. Pero, en ese momento, parecía una nube negra del pasado que se elevaba más allá de mí y de todo lo que pudiera alcanzar.

Y escucharlo decir mi apodo, el apodo que me había puesto él , que nadie solía usar más que él, tantos años después, en una boca adulta que no reconocía, con una voz pesada que me era ajena, despertó en mí una desesperación que hasta ese instante parecía haber estado aturdida, expectante del desastre.

No sabría decir cuánto tiempo me pasé solo mirándolo, procesando la situación, congelada en mis propios pensamientos, pero la realidad volvió a moverse con una rapidez abismal cuando mis pies empezaron a dar pasos hacia adelante y fui incapaz de detenerme hasta que mi mano abierta se estampó con su cara.

Ahí se desató una repercusión de eventos que yo, con mi ansiedad galopante, podría haber previsto, pero que en ese momento no estaba considerando, como el sentir los brazos inquietos de Nicki tratar de tirar de mí hacia atrás o los flashes de los teléfonos que me enceguecieron por un segundo.

—¿¡Qué hacés acá…!? —grité, a todo pulmón, creyéndome capaz de despertar a los muertos en el proceso—. ¿Quién te…? —Cerré la boca, como un pez fuera del agua—. ¡Salí de acá! ¡Andate! ¿¡Quién te crees que sos!?

Sus ojos se volvieron tristes, pero no había sorpresa en ellos. Sus manos no habían tratado de empujarme y su pecho recibía mis golpes sin hacer el mínimo atisbo de que estuviera sintiéndome.

Él sabía que se merecía mi reacción, cada parte de ella. Pero eso no era suficiente para mí. No conseguía nada con eso, no ganaba ni perdía. Y yo quería ganar, por una vez, contra el fantasma que él había creado de mí.

—¡Respondeme, pelotudo! —continué chillando, haciendo oídos sordos de todo lo que nos rodeaba, incluso que por el rabillo del ojo divisaba al personal de seguridad del cementerio, pero él tampoco se había acercado a separarnos—.

¡Hacé algo! ¡Decí algo, por Dios! —Su boca permanecía en una línea recta, impasible.

Yo escuchaba vagamente voces alrededor, pero necesitaba escuchar la suya con una desesperación que me hacía querer arrancarme mi propia piel—. ¡Marcos, la puta madre, hablá!

Sus ojos se iluminaron, como si por fin hubiera dado con la tecla para hacerlo reaccionar.

—Kiki.

Volverlo a escuchar, esta vez tan cerca, me hizo estremecer.

Quería llorar, sentarme en el suelo y hacer un berrinche, que me arrastraran lejos.

Pero estaba tan, tan cansada.

—¿Solo eso tenés para decirme? —pregunté, con la voz tan rota como me sentía.

¿Solo eso tenía para decirme después de diez años de no saber de mi existencia, de no saber si estaba viva o muerta?

¿Solo eso tenía para decirme después de nuestra despedida donde me había pedido que me quedara acá, cuando todavía estaba en la camilla del hospital y mi destino ya estaba comprado del otro lado del charco?

¿Solo mi apodo era capaz de despertarlo?

—Estaba esperando que dijeras mi nombre —dijo él, con voz pausada, controlada, como si yo fuera un animal herido—. Estaba esperando que me reconocieras .

Podría reconocerlo entre mil caras y recuerdos, aun cuando mi infancia estaba borrosa y oscura.

Podría reconocer en cualquier parte a mi primer y mejor amigo, el que pensé que siempre iba a estar ahí, del otro lado de mi puerta, cuando pudiera salir de casa a jugar.

Reconocerlo nunca había sido el problema.

Reconocer a su hermano aquella noche tampoco lo había sido.

Inconsciente, mi brazo se volvió a alzar, dispuesto a volverlo a cachetear.

Pero él, ahora esperándoselo, consiguió agarrar mi muñeca con una mano.

Su calma me enfureció. La necesidad visceral de conseguir una reacción de él fue más grande que el lugar en el que estábamos, que lo que acababa de pasar y que las personas que nos rodeaban.

—Sos un imbécil —escupí, con rabia—. ¿Con qué cara decís estas cosas?

¿Me venís con estas pelotudeces de delirio de protagonista ahora, cuando estamos reduciendo el cuerpo de mi hermana?

Mi hermana, Eva, la persona que tu hermano mató —espeté, dando un paso hacia atrás, para ver cómo su rostro cambiaba cuando las palabras hacían eco—.

No tenés ningún derecho a siquiera mostrar la cara acá, boludo.

¿Qué pretendías? ¿Venís a dar el pésame por tu familia?

Porque te lo podés meter en el culo. —Miré a mi alrededor, a las personas expectantes de una pelea que él no me iba a dar—.

¡Vos y todos los demás! ¡Váyanse de acá de una puta vez! ¿¡Quién mierda los llamó!?

Tenía tantas cosas para decirle, reclamarle y gritarle, pero la garganta estaba cerrándoseme a medida que los gritos salían de mi boca, amenazando con callarme y ahogarme, como cuando la boca se me había llenado de sangre por el balazo en el pecho.

—Kiki, yo…

—¡Me llamo Chiara! —grité, volviendo a verlo—. ¡Chiara!

—¡Y yo qué sé! —chilló él, por fin. Que se abriera una grieta en la careta de calma que usaba era la mayor satisfacción que había sentido en mucho tiempo, porque podía notar en cómo apretaba la mandíbula que le molestaba tanto como yo lo disfrutaba—.

¡Es imposible encontrarte por cualquier nombre!

Parece que te tragó la tierra desde que te fuiste, la puta madre.

—Ah, claro, me buscaste. Porque te importaba tanto …

—¡Obvio que te busqué! ¡Eras mi mejor amiga y desapareciste! —chilló, agitado. Se detuvo, silencioso, sigiloso como una serpiente a punto de morderme y por fin matarme—. ¿Vos…? ¿Vos nunca me buscaste a mí?

No respondí.

—¡Era la idea desaparecer, por si volvía tu hermano a terminar lo que empezó!

Por fin, por fin, el dolor atravesó sus ojos negros, quedándose en ellos.

Marcos dio un paso atrás, como si le hubiera pegado en el estómago.

—Mi hermano amaba a Eva. Nunca la hubiera lastimado.

—Callate. Yo sé lo que vi.

—¿Estás segura? —remató, frunciendo el ceño, como si fuera un desafío—. ¿Después de haber perdido litros y litros de sangre, a punto del desmayo y en estado de shock? ¿Estás segura de lo que viste?

No, por supuesto que no, pero jamás se lo había admitido a nadie y no iba a empezar por él. Sabía que el plástico blanco pintado por mi hermana lo había hecho con sus propias manos para él, como un regalo. Y la recordaba, el reflejo blanco antes del dolor de la bala.

—¡Tenía la careta que le regaló Eva, yo sé lo que vi!

—¡Cualquiera podría haber usado esa careta!

¿¡No entendés, después de tanto tiempo, de que solo repetís lo que te dijeron!

? —gritó, apretando la mandíbula otra vez, como si estuviera haciéndole daño contenerse para no hablar de más, para no decir lo que realmente estaba pensando—- ¡Estaban buscando un peón y mi hermano era la opción perfecta!

—¿¡Y dónde mierda está tu hermano para limpiar su nombre!? —chillé, una de las preguntas que me mantenían despierta por las noches, incluso en la actualidad. Ya no sabía si era por miedo o curiosidad, pero una necesidad—. ¡Una persona inocente no huye, Marcos! ¡Una persona inocente no se esconde!

Él se detuvo en seco, tensándose visiblemente.

—Él fue declarado culpable cuando vos seguías inconsciente en el hospital, Chiara .

Por alguna razón escucharlo decir mi nombre de pila fue todavía peor.

Sonaba erróneo, como un insulto en un idioma que no conocía, pero que entendía.

—No digas eso, Marcos. No —siseé, entre dientes, cruzándome de brazos.

—Te estoy hablando en serio —insistió, perdiendo la paciencia, todavía con el ceño fruncido—. Hugo no hubiera lastimado nunca a Eva.

—¡No los nombres! ¡Ni se te ocurra nombrarlos juntos!

—Se amaban, Chiara. Eso es lo único real —susurró, pese a mis gritos—.

Y yo quería a Eva como parte de mi familia.

Crecí con ella. Mi familia nunca…, mi familia no me mandó a hacer nada ni mandar ningún pésame.

Quería venir a dártelo en persona. —Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad desconocida para mí hasta ese instante, haciéndome callar.

Alcé una ceja, esperando que continuara—.

Tu padre les avisó a todos que volvías a Melo. Y tenía que verte.

—¿Para qué? —pregunté, a media voz, pero sintiéndome tan agitada como si hubiera corrido un maratón—. ¿Para mentirme en la cara?

Él se veía derrotado, como si realmente creyese que dos palabras de él iban a cambiar la idea que tenía instalada en la cabeza desde hacía una década, como si fuera tan importante en mi vida para conseguirlo con esa facilidad.

—Nunca te mentí en mi vida. No voy a empezar ahora.

—Dios —bufé, frustrada—. Sos un careta y un mentiroso. Seguro tu hermano está abajo de tu puta cama en Barcelona y venís acá a tratar de limpiar su nombre, porque es demasiado cobarde para hacerlo el mismo. No quiero volver…

—¿No era que no me buscaste? —me detuvo, alzando una ceja, casi con curiosidad. Cerré la boca de golpe, frustrada por haberme pisado el palito sola—. ¿Cómo sabías dónde estaba entonces, Chiara?

—Obvio que sabía dónde estabas, Marcos, ¡tus libros de mierda están en todos lados! ¡Vendiendo a mi hermana, vendiendo una historia que no es tuya para contar!—dije, esquivando el tema—. ¡Son una puta pandemia!

—¡Solo estoy tratando de encontrar la verdad! También es mi historia, también…

—Marcos. —Lo corté, con seriedad, conociendo mis propios límites—.

A vos no te balearon. No tenés nada que ver en esto.

Llamate al silencio por una vez en tu vida —insistí, por lo que sentía que era la última vez que me veía capaz de hacerlo—.

Y andate de acá. Vos y el circo que trajiste al cementerio, que se me está yendo el poco respeto que me quedaba por vos.

Marcos apretó los labios, una vez más, como si se guardara las palabras de forma física.

Él miró a su alrededor, notando los flashes.

Era una locura; a nadie le había importado nunca antes Melo, ni Cerro Largo en general.

La cantidad de publicidad dañina que estaba trayendo al departamento era abismal.

Ni siquiera en Montevideo o Buenos Aires creía ver tanto revuelo, esto olía a medios españoles usando terceros en el extranjero a una distancia abismal.

—Yo no quería que nada de esto pasara. Tenés que creerme en eso.

Él quería una absolución Santa que yo nunca iba a darle.

Guardé silencio, de pronto sin encontrar mis palabras. Quizás ya las había dicho todas.

—Marcos, tenés que irte. Por favor. —Habló Nicki detrás de mí, pero ahora moviéndose para aparecer a mi lado. Él asintió, a regañadientes, dando un paso atrás—. Y no vuelvas. No sos bienvenido en Melo. Pensé que había quedado claro.

Giré el rostro para mirarla, sorprendida por la seguridad de sus palabras; había asumido, por alguna razón, que si Marcos no había tenido contacto conmigo en estos diez años entonces no había tenido contacto con nadie más del pueblo. Pero parecía que no era el caso.

Él soltó una risa fría, amarga.

—Tu padre todavía no te compró el derecho de admisión al departamento, Nicole. No te confundas.

La rubia hizo un sonido de ofensa desde la garganta, llevándose una mano al pecho.

Pero, antes de que continuara, proseguí yo:

—Marcos —insistí, logrando que volviera a mirarme—. Andate. Ahora.

Jamás le diría «por favor», de eso estaba segura.

Él expulsó aire por la boca, como si lo tuviera trancado en el pecho.

Y yo hice lo mismo, porque estaba segura de que me ahogaba los pulmones.

Giró sobre sus talones y se alejó, con un susurro casi imperceptible de por medio:

«Perdoname, Eva».