La última noche de carnaval CAPÍTULO CUATRO PAPÁ
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CAPÍTULO CUATRO PAPÁ

Había olor a flores. Las flores marchitándose tenían un olor particular, como a melancolía y tristeza; algo que iba muy de la mano con lo que sentía uno al entrar a un cementerio. En Argentina, en Uruguay, y en todo el mundo, el olor debía ser muy similar y el sentimiento también.

El aire estaba cargado de una quietud solemne, interrumpida solo por el suave susurro de las hojas que bailaban en la brisa de verano.

El sol brillaba en el cielo, lanzando su luz dorada sobre las lápidas y las estatuas que se alzaban en silencio como guardianes eternos.

Pero ninguno de ellos cuidaba de mi hermana.

—¿Sabés a dónde ir?

Por un momento, la voz de Nicki me sobresaltó, a pesar de que ella me había llevado al cementerio y solo estaba cumpliendo su palabra de quedarse conmigo durante la ceremonia de reducción.

La noche anterior se había pasado con toda la rapidez que le había faltado a mi viaje, porque entre que me había mostrado los álbumes de fotos que había mandado revelar de su casamiento y me daba el recorrido por la casa ya me había entrado sueño.

Por eso, habíamos cenado mientras la escuchaba hablar, para luego excusarme e ir a dormir.

Su boda había sido preciosa, según entendía; había sido la fiesta de Cerro Largo, la que el campo hablaba incluso años después.

Me había parecido que todos los habitantes de Melo estaban ahí, al menos todas las caras que reconocía vagamente, menos mi padre.

En cambio, la familia de Nicole se alzaba con una elegancia digna de la realeza británica, con cierta aristocracia difícil de imitar: estaban en colores pastel, menos la novia (por supuesto) con el campo detrás de ellos.

Lo que sí era un poco espeluznante era lo similares que eran entre sí, con las facciones que parecía que habían sido fotocopiadas de sus padres, Nicole y su hermano mayor, Kamil, tenían el mismo porte, además de ser la versión del otro en el sexo contrario.

Tanto así que, a pesar de llevarse más de diez años, podrían ser mellizos.

Y sus primos también eran parecidos. Suponía que la genética sí que tenía a sus favoritos.

No me había cruzado con Leopoldo ayer en su propia casa, por lo que asumía que había vuelto tarde del carnaval, así que capaz Nicki podría haber conseguido esconderme su existencia si tan solo hubiera hecho lo mismo con las fotos.

—Creo que sí —alcancé a decir, recordando el mail que me habían mandado del cementerio con las instrucciones para ese día.

Caminé por los senderos cuidadosamente trazados, observando los nombres tallados en las lápidas y los ramos de flores frescas que adornaban algunas tumbas.

Cada paso que daba resonaba en el suelo, por lo vacío que se encontraba y, no podía evitar preguntarme si acaso mi hermana también tenía flores nuevas esperándome.

A medida que me acercaba al lugar designado para la reducción, un escalofrío recorrió mi espalda.

Era un lugar tranquilo y apartado, alejado del bullicio del mundo exterior.

El silencio era profundo y sereno, como si el mismo cementerio estuviera conteniendo el aliento en anticipación de lo que estaba por venir.

Un hombre de uniforme nos esperaba frente a la tumba de mi hermana, con un «eva kaczka díaz» y su fecha de cumpleaños y defunción grabada en el nicho. Sin flores, para sorpresa de nadie.

Pero no estaba solo.

—¿Papá?

Llevaba una década sin verlo, pero mis recuerdos no podían estar tan distorsionados, porque esa persona no se veía para nada como mi padre.

Parecía una cáscara de quien recordaba, con el pelo largo y grasoso, la postura tan mala que parecía una joroba en la espalda y unas ojeras tan grandes que podría nadar en ellas.

Y un olor a alcohol que podría desmayar al borracho más digno.

Él bufó, apenas mirándome.

—Te dignaste a volver, nena.

Su tono tan desagradable me hizo reaccionar, torciendo el gesto.

—Me obligaste. —Solté, de golpe—. Le diste mi número a la funeraria, mi nombre .

Él rio, pero fue una risa amarga y pausada, cínica.

—Ya era hora que te preocuparas por tu familia —me espetó, refunfuñando—. No podés huir para siempre, Chiarita.

—¿Huir? Fuiste vos el que decidió mandarme con la tía Ana. ¿De qué hablás? —dije, dando un paso al frente en su dirección. Pausé, mirándolo de arriba abajo—. ¿Qué te pasó?

—La vida, ¿qué te parece que me pasó?

—Pensé que estabas trabajando en el campo y no tenías tiempo, que por eso habías dado mi número —insistí, tratando de saciar mi curiosidad, pero mi voz se rompió al ver a una figura tan fuerte de mi niñez desmoronada en cenizas—.

¿Por qué nos hiciste venir a los dos? ¿Por qué seguir alargando todo esto?

—Estoy jubilado, ¿no te dijo tu amiguita? —ladró, señalando a Nicki a mi lado.

—¿Qué…?

Nicki tenía el rostro enrojecido, pero no parecía por el calor.

—Le vendió el campo a mi familia hace años. Ahí trabajamos con Polo, él lo maneja y yo soy asesora técnica ovina —explicó, con cierta vergüenza—. Te lo iba a decir ayer, pero…, se me pasó, no sé.

Mi padre amaba su campo, sus vacas, ovejas y toda su producción casi tanto como amaba a mi madre, o al menos eso solía decir mi tía Ana, cuando él había faltado a reuniones familiares por estar trabajando.

Era una herencia de generaciones y generaciones, aprendiendo el oficio entre ellos hasta el cansancio, y la razón por la cual siempre se había negado a mudarse de Melo conmigo cuando sucedió todo.

Es decir, había preferido a su campo antes que a mí.

¿Para… esto? ¿Para venderlo? ¿Para tirar a la mierda todo lo que había hecho su familia por, no sé, siglos?

—¿Y qué mierda llevás haciendo la última década?

Era la pregunta incorrecta para hacer, por la irritación pintada en su rostro, pero, afortunadamente para ambos, fuimos interrumpidos por el hombre del cementerio.

—Disculpen, pero… se nos pasa la hora —dijo el trabajador, visiblemente incómodo—. ¿Estamos esperando a alguien más?

—No —Me crucé de brazos, como si pudiera protegerme—. Empecemos.

—La reducción se hace a unos metros de acá, no es necesario que estén presentes en el proceso, en caso de no quererlo —empezó a explicar el hombre, con calma, a pesar de lo incómodo que seguía—.

Después, volvemos a colocarla en su lugar, donde también pueden despedirse si lo prefieren, así que no se sientan presionados.

No quería ir, no quería verla así, pero ella nunca me había dejado sola. Y había llegado hasta ahí…

El hombre se dio media vuelta, indicándonos que lo siguiéramos.

—La princesa se queda acá —bramó mi padre, señalando Nicki antes de moverse.

—Papá, compórtate.

—No, no, Kiki. Está bien —dijo Nicole, apresuradamente, todavía visiblemente nerviosa—. Te espero acá, no pasa nada. Es un momento familiar, está bien, está bien.

Suspiré; no importaba cuantas veces lo repitiera, eso no significaba que lo estuviera.

Dejándola atrás a ella y al nicho vacío con su nombre grabado, nos dirigimos al lugar designado para la reducción.

Caminamos en silencio, sin mirarnos, como completos desconocidos, deteniéndonos donde se llevaría a cabo el proceso, en una puerta al final de un callejón con olor a hierro, muerte y almas en pena.

Hierro. Como la sangre que había pisado cuando había encontrado a Eva, justo antes de que una bala me atravesara el pecho.

La sangre de Eva, porque Eva había muerto.

La sangre que se me pegó en el pelo, que se quedó en mi nariz, que se me metió debajo de las uñas.

La suya y la mía, unidas por última vez.

Cerré los ojos, sintiendo mi corazón latir desbocado, creyendo que me iba a desmayar.

—Aquí es donde se realizará la reducción. Siéntanse libres de tomar el tiempo que necesiten para despedirse y decir sus últimas palabras.

Tenía demasiadas palabras enredadas cómo para empezar, solo mirando el cajón.

—Estamos listos —dijo mi padre, casi un segundo después.

Lo miré petrificada, negando con la cabeza.

—No, no, pará.

—¿No era que querías dejar de alargar esto, Chiara?

—Era tu hija, ¿qué mierda te pasa? ¿No tenés ni un poquito de respeto?

Él me miró de la forma más seria que había visto nunca y dijo:

—¿Y vos? —Dicho eso, miró al hombre—. Estamos listos, dije.

Me fui hacia atrás, chocándome con la puerta cerrada y me deslicé hacia el suelo cuando empezó a insistirle al hombre (ya de mala manera) que le hiciera caso, hasta que pareció no poder seguir negándose, mirándome por encima de su hombro.

Me hice chiquita en mi lugar, tapándome las orejas con las manos y enterrando el rostro en mis rodillas.

—Perdón, perdón, perdón… —susurré para mí misma, las palabras que siempre repetía en mis pesadillas cuando veía a Eva—. Perdón, perdón, perdón…

Si hubiera sido más rápida al encontrarla capaz esto nunca pasaba. Si hubiera esquivado la bala que iba hacia mí capaz hubiera visto a dónde salió corriendo Hugo Arias. Si hubiera sido mejor hermana capaz él ya estaría preso, como merecía.

El perdón se me trancaba en la garganta, asfixiándome.

El celular me vibró en el bolsillo del vestido negro que usaba, indicándome que había llegado un mensaje, lo cual logró hacerme reaccionar como para poder escuchar perfectamente lo siguiente:

—Si hay algo más en lo que pueda ayudarles, no duden en decirme.

Abrí la puerta y salí de la habitación apenas creí escuchar como cerraban la caja.

Había sido una mala idea, porque nada de eso era una celebración de la vida de Eva, sino un recordatorio de lo efímeros que éramos como seres humanos y dónde todos íbamos a terminar.

Mi hermana no estaba ahí.

Afuera, encontrarme con el olor a antiséptico de Nicki se sintió como un regalo.

—Ya pasó, Kiki. Estás bien —me dijo, abrazándome sin mediar palabra—. Estás bien.

No recordaba mucho el momento en el que Nicki me había encontrado diez años atrás, debido a la pérdida de sangre, pero estaba segura de que me había dicho algo así. Incluso teniendo doce años, no dudaba que manejara una compasión mucho mayor que mi padre, y lo demostraba una vez más sin pedírselo.

No lloré, solo sollocé en silencio, sin separarme de ella.

—Gracias por encontrarme —murmuré, cerniendo mis brazos en su pequeña cintura—. Estaría muerta sin vos.

Si no me hubiera encontrado, mi tumba se encontraría al lado de la de Eva.

—Dios, Kiki, no me agradezcas —dijo ella, al instante—. Es lo mejor que he hecho en mi vida, encontrarte . Estás bien, estás bien, estás bien…

No éramos cercanas al crecer, porque yo perdía todo mi tiempo con alguien que dadas las circunstancias correctas dejaría de estar a mi lado a la primera de cambio, cuando Nicki siempre había intentado ser mi amiga.

Y después había estado demasiado traumatizada como para formar un vínculo con ella y con nadie.

Al poco tiempo me había ido con mi tía, dejando atrás a alguien que capaz podría haber hecho mi adolescencia menos confusa, porque compartíamos un vínculo que nadie más podía explicar: haber visto desangrarse a alguien, con diferentes consecuencias.

Nunca me había puesto a pensar cómo había quedado Nicole después de verme, pero, ahora, notándola temblar entre mis brazos, repitiéndome una y otra vez que estaba bien, que no iba a pasarme nada, entendía que ella también había cambiado luego de la última noche de carnaval para ambas.

Porque mi sufrimiento no detenía el de otros.

Me separé de ella cuando empecé a recobrar el aliento, sintiendo como mi corazón iba normalizando sus latidos, y alcé la vista, encontrándome muchos más autos estacionados a un lado de la camioneta de Nicki, que antes se encontraba sola.

—¿Qué está pasando?

Ella los miró con la misma confusión, frunciendo el ceño.

—Ay…

—¿Le avisaron a alguien más de esto? —pregunté, tratando de reconocer a las personas, todavía a lo lejos. Era inconfundible el hecho de que iban en dirección al nicho de mi hermana, con su nombre engarzado, vacío—. Pero, la puta madre, ¿a quién más le podría interesar esto ?

—No quería ser yo quien te lo dijera, pero…

, tu papá, él… — suspiró Nicole, frustrada consigo misma por como parecía estarle costando continuar—.

Ayer cuando Polo volvió me dijo que tu padre les había contado a todos de la reducción, a cualquiera que quisiera escucharlo.

Desde lo que pasó, desde que te fuiste…, él es el borracho del pueblo, amiga.

Es lo único que hace. Dice cualquier cosa, se pelea con todos…

—continuó, escupiendo todo el conocimiento que llevaba guardándose desde que me vio—.

No es raro que lo dijera…, porque dice cualquier cosa, posta, lo raro es que alguien le creyera .

Pestañeé varias veces, procesando la información.

—Mi padre no tomaba ni una birra en Navidad.

Amaba tanto el campo, sus animales, su espacio, que quería siempre estar disponible para atenderlos y cuidarlos, y el alcohol podía entorpecerlo y hacerle perder valiosos momentos que no sabría recuperar luego.

Incluso haber sentido olor alcohol antes me había resultado ajeno, pero dadas las circunstancias, lo había dejado pasar como algo más.

Pero Nicki no parecía estar mintiéndome, no por la seriedad que tenía.

—Perdón, Chiara.

Las personas fueron acercándose hasta que se volvieron reconocibles, a pesar de que todavía no lograba encajarlos en mi memoria. Parecían desconocidas, con teléfonos, con cámaras.

Excepto a una persona.

Me detuve en seco, sosteniendo el brazo de Nicki con más fuerza, tanto que la oí quejarse.

—Marcos.

Frente a mí, a escasos pasos, Marcos Arias se erguía entre las tumbas.

Y yo temblé como si estuviera detrás de la vidriera de una librería, pero peor.

—Hola, Kiki .