La última noche de carnaval CAPÍTULO TRES LA PRIMERA PIEDRA #2
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CAPÍTULO TRES LA PRIMERA PIEDRA #2

Ella extendió la mano derecha hacia mí, enseñándome un anillo de compromiso con una piedra que podría haber matado a los dinosaurios en el pasado.

Abrí mucho los ojos, atónita.

—¿Tu… qué? —pregunté, titubeando. Ella soltó una carcajada, con una normalidad abismal para el pánico que seguramente pintaba mi cara—. Nicole, por Dios.

—¡Pensé que sabías! No sé, que te había dicho tu papá en algún momento o…

, no sé, la verdad. Pero es que no es reciente ni nada, eh.

Me casé hace dos años —explicó, mientras seguía caminando, obligándome a reaccionar a ir a su lado si acaso quería saber el resto de la historia—.

Me hubiera encantado que estuvieras ahí, pero tu padre nunca me dio ni tu número y…

—¿Te casaste a los veinte años? —Fue, de alguna forma, lo único que entendí de todo eso—. Pero…, ¿por qué?

Por plata no podía ser, que tenían más que Dios en un lugar así.

Podría ser por hijos, que el pueblo todavía fuera un poco retrógrado de más y les pareciera mejor para el apellido familiar y con el tema de las herencias.

O por pasaporte, capaz su marido tenía ciudadanía italiana y ella tenía ganas de ponerse a decir dolce vita por ahí…

—¡Por amor, amiga! ¿Por qué más? —preguntó, casi de forma capciosa, sin quitar la sonrisa.

Al ver que mi rostro no conseguía imitar el gesto, alzó las cejas—.

¿Soy tu primera amiga casada? ¿No había ninguna allá por dónde estabas?

—Negué con la cabeza, porque era menos vergonzoso que explicarle que no tenía ninguna amiga cercana en Argentina.

Tenía conocidas, compañeras de trabajo con las que hablaba de forma virtual, pero ninguna…

amiga—. Ah, mirá. Y, ya que estamos, ¿dónde estabas?

—Buenos Aires —dije, a la par que continuaba seguirle el paso hacia el auto. Era una camioneta negra, como era esperable en el campo y dada su situación socioeconómica, entendible—. ¿Llevaban mucho tiempo juntos antes de… de decidir casarse?

—Desde mis dieciséis, sí —dijo Nicki, encogiéndose de hombros. Le sacó la alarma al auto, abriendo la valija para que pusiera la mía dentro—. Fue la decisión más natural del mundo, de verdad, que éramos amigos de toda la vida y me pareció el paso más normal para dar entre los dos.

—Ah, ¿es de acá? No me acuerdo de ningún «Polo» en nuestra clase —dije, mientras me subía al asiento del acompañante.

Al haber crecido en un pueblo del interior del Uruguay, la población no superaba los 50 mil habitantes, pero el tema con los niños era que nos conocíamos todos, porque o éramos parientes, vecinos, o simplemente amigos. No era fácil pasar desapercibido.

Nicki carraspeó, subiéndose en el asiento del conductor.

—No estaba en nuestra clase. —Solo dijo, como si quisiera dar el tema por zanjado.

Y, para variar, decidí no presionar, al menos no cuando estaba teniendo la amabilidad de invitarme a pasar una noche en su casa (obligada) pero, no dejaba de ser servicial.

Nunca habíamos sido las más cercanas en la escuela, más que nada por nuestras familias por temas de los campos y las vacas, pero durante mi recuperación en el hospital nunca se había alejado de mi lado, así que lo menos que podía hacer era aceptar su silencio cuando parecía quererlo—.

Perdón si se me va un poco el volante, que no manejo mucho este auto, ¿ta? Siempre lo hace Polo.

Me reí con levedad, porque entendí que ella trataba de aligerar el ambiente, pero pronto comprendí que no estaba exagerando.

Nicki podría ser fácilmente la peor conductora que había visto en mucho tiempo, y eso que en Buenos Aires nos caracterizábamos por no ser las personas más respetuosas del tránsito que podría haber; pero ella apenas tenía obstáculos en su camino y, sin embargo, iba como serpiente por una calle tranquila.

Pero capaz era porque la camioneta claramente no era de ella, por cómo tuvo que ajustar el asiento al subirse.

Empecé a regular mi respiración a medida que dejaba de escuchar las voces del carnaval, hasta que logré algo símil a la tranquilidad para cuando Nicki estacionó.

Dos casas iguales de ladrillos oscuros de dos plantas se alzaban entre las demás, separadas entre sí y del resto por rejas y columnas prominentes, pero se podía ver una puerta que conectaba ambas.

Y supe que había estado ahí antes, aunque no todo el panorama me llamara la atención.

—¿Ahí viven tus padres? —pregunté, señalando una de las casas, cuando por fin me cayó la ficha en mis recuerdos borrosos. Casi podía jurar que el olor a antiséptico llegaba por ahí.

—¡Sí! Compramos el terreno de al lado para mi casa cuando me casé, ¿no te encanta?

Asentí con la cabeza al notar su emoción y salí del auto, yendo a buscar mi valija mientras ella iba a abrir la puerta y me hacía señas con la cabeza para que la siguiera.

Por dentro la casa también era casi una copia de lo que alojaban mis recuerdos, con un interior acogedor y casi escupido de una revista de decoración de interior, con un precioso y cuidado recibidor con fotos enmarcadas en la pared lateral, para que fuera lo primero que viera la persona al llegar.

—Podés dejar tus cosas arriba, el cuarto de invitados es el segundo en el pasillo, a la derecha —dijo Nicki, señalando la escalera al otro lado, con rapidez, poniéndose delante de la pared con las fotos—. ¿Tenés hambre? Es un poco temprano para cenar, pero si llevás desde temprano en viaje…

Entrecerré los ojos, observando la foto que estaba arriba de su cabeza: era ella, en un elegante vestido de novia, con labios rosados y cara de porcelana, siendo abrazada por detrás por un hombre de lentes y nariz aguileña, de cejas tupidas y pelo oscuro.

—¿Tu marido es Leopoldo Delgado?

La sorpresa de mi voz fue inconfundible e inevitable, porque no lo reconocía de la escuela, obviamente, si él de la generación de Eva y su hermano, Kamil, por lo que debía tener treinta y pocos actualmente.

—¿Me vas a juzgar, Kiki?

No sabía si fue el apodo que estaba tan desacostumbrada de escuchar o la infinita tristeza de su voz, pero estaba segura de que mi respuesta solo podía ser una:

—No.

Ella sonrió, aliviada.

—Gracias —dijo, dejando de jugar con su pelo—. Entonces, ¿comida?

Reí, dándome por vencida.

—Por favor.

Que Nicki hubiera intentado esconder, en vano, la identidad de su esposo cuando al mismo tiempo me había invitado a pasar la noche con ellos me parecía, cuando menos, curioso .

Pero bueno, suponía que todos teníamos secretos irracionales.

Y yo no estaba libre de pecado como para tirar la primera piedra.