La última noche de carnaval CAPÍTULO TRES LA PRIMERA PIEDRA
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CAPÍTULO TRES LA PRIMERA PIEDRA

A pesar de que los recuerdos de mi infancia tenían un tinte borroso, ni mirándolos con los ojos imaginarios de mi madre y su amor por este lugar podía encontrar la belleza a simple vista de Melo, Cerro Largo.

Era todo tan… chiquito . Como se suponía que debían ser los libros de bolsillo, pero de verdad.

Capaz eran los diez años viviendo en Buenos Aires que hablaban por mí, pero era inevitable que fuera mi primera reacción al bajarme del interminable colectivo en mi destino, nueve horas y media después de haber salido de Argentina.

La tarde ya había caído en Uruguay, escondiendo el sol en el horizonte.

Estaba muy oscuro. La falta de edificios era tremenda visualmente, dejando ver estrellas en el cielo con un brillo diferente. La contaminación lumínica jamás había sido tan gráfica para mí como en ese momento. No debería sentirme tan incómoda como lo hacía.

Saqué el celular del bolsillo del pantalón para buscar la dirección del hotel que había reservado; quedaba a trece minutos caminando.

Racionalmente entendía que no debía sentir miedo de caminar de noche unas cuadras, pero es algo a lo que no estaba acostumbrada en casa, por lo que avancé mirando sobre mi hombro en todo momento.

Me faltaba solo un cartel de «visitante» en la frente. O «fuera de lugar».

Al doblar a la esquina sentí como se me cerraba el pecho, al encontrarme con la calle principal del desfile del carnaval. Las personas avasallaron el espacio, con coloridas pelucas, tambores y una felicidad que no podía imitar. Así que me di media vuelta y empecé a caminar por la paralela.

Y entendí, por primera vez desde que había decidido viajar que, si habían pasado diez años de la muerte de mi hermana, eso también significaba que era época de carnaval. Época festiva. Época de felicidad para un pueblo en el culo del mundo. Época de dicha.

Necesitaba desesperadamente llegar al hotel y fingir que no estaba ahí en primer lugar.

Pero Eva estaba en todas partes, incluso en mis débiles recuerdos.

Corría una película en mi cerebro como si yo nunca hubiera sido parte de ella, mirándola desde afuera.

La veía sonriendo, bailando y levantándome en sus hombros desde que era chica para que pudiera ver más allá de mi altura.

La veía llevándome de la mano por las calles irregulares, saltando charcos conmigo.

La veía en los colores, que antes pintaba en su cuarto, que también era el mío.

La veía .

No podía concebir el pensamiento de estar ahí sin ella.

Dios, iba a ponerme a llorar. En público. En Melo. Sola .

—¿Kiki?

Me detuve en seco, con tanta fuerza que la valija se me escapó de las manos y se estampó de un golpe sordo en el cordón de la vereda, pero el sonido se vio ahogado por el carnaval, pero yo lo escuché.

El sonido siempre, siempre se vería ahogado por él. Eso lo sabía de sobra, pero yo siempre, siempre lo escuchaba.

—¡Kiki!

Nadie me decía así, nadie menos una persona, una sola persona que no podía ser.

De pronto, me vi atrapada por un abrazo que estuvo a segundos de hacerme caer el suelo, todavía de lado, por lo tanto, sin poder reconocer a la persona.

Cerré los ojos y los vellos de la nuca se me erizaron, presintiendo un ataque, pero cuando mis manos se cernieron en su cuerpo para empujarla con la misma fuerza con la que me había sorprendido, me detuve.

Era un leve olor a antiséptico. Alcohol isopropílico, para ser exactos.

— Nicole —susurré, a media voz, increíblemente aliviada.

—¡Kiki! —gritó la chica entonces, con más fuerza, al ser reconocida.

Abrí los ojos y observé la gran sonrisa del cuerpo que me rodeaba.

Su pelo ya no era castaño y corto como cuando era chica, ahora era rubio —pero con las raíces muy oscuras, tanto que no sabía si era apropósito o no, como un fashion statement —, y largo por la mitad de la espalda.

Pero eran los mismos ojos marrones, grandes, como si todo les diera curiosidad, con largas pestañas.

Y sus manos eran las mismas que alguna vez habían tratado de detener la hemorragia de mi herida de bala con sus palmas, sujetándome como si fuera un sueño.

Se me empañaron los ojos, juntando más mi cuerpo al suyo, inundándome en ese olor a hospital que Nicole Da Rosa traía impregnado en la piel desde nacimiento, principalmente por su padre, el único cirujano del pueblo y por lo tanto la persona que pasaba el tiempo más humanamente posible en el hospital. Era inconfundible.

Era algo, también, que había reconocido cuando estaba peleando por mi vida diez años atrás, desangrándome en la calle, cuando ella me había encontrado antes que nadie, alertado a la policía, y por consiguiente salvado mi vida.

—No puedo creer que sos vos —alcancé a escuchar, con sus brazos todavía rodeándome el cuello—. Después de tanto tiempo, estaba pensando que nunca más te iba a volver a ver. Estoy tan feliz. No lo puedo creer.

Me recreé en el silencio, luchando por no derramar lágrimas, hasta que se separó de mí.

Ella lloraba, incorregiblemente y sin disculpas, sin preocuparse que la viera.

—Nicole…

—Sos imposible de encontrar, Kiki —dijo, sosteniéndome la cara entre las manos, como si no pudiera creer que me tenía enfrente—. Imposible. De verdad, el pueblo no sabe nada de vos, es como si te hubiera tragado la tierra.

—Me cambié de nombre —dije, con una sonrisa leve, levantando las manos hacia sus cachetes para limpiarle las lágrimas con el pulgar, como si pudiera esconderse de mi vista y así no imitarla por nada del mundo—. Legalmente, hace siglos. A mi tía le pareció que era lo mejor, por las dudas.

Por las dudas, por si el asesino de mi hermana sentía que tenía algo que terminar.

—¡Ay! —exclamó, con una alegría nueva mezclada de sorpresa. Se separó un paso, soltando una risa nerviosa—. Que alivio, Dios mío. ¿Cómo te llamas ahora? Me muero de ganas de saber.

Cualquier otra persona creería que ese entusiasmo era fingido, pero alguien como ella lo tenía como segunda lengua, una alegría casi irónica.

—Kiara Gómez, con «ka» en lugar de «ce hache».

No es lo más original del mundo, pero tenía doce cuando lo hicimos y el terapeuta de ese momento sugirió no mezclarme de más y…

, bueno, eso —dije, incomoda por mi necesidad de hablar de más, cuando no me lo había pedido—.

Y el apellido nada, que es uno de los más comunes de acá, y ta. No quería resaltar más.

—Me encanta —insistió Nicole, con una gran sonrisa.

Tenía las lágrimas pegadas a las pestañas y conservaba el aura de ternura de su niñez, como una muñeca de porcelana ajena a todo mal—.

Me encanta, posta. Y me encanta verte. ¡No lo puedo creer!

—Dio un saltito de alegría que automáticamente me llevó a cuando era una niña de once años, con piernas huesudas y desproporcionadas, pero de alguna forma nunca acomplejada—.

¿Y eso? ¿Te volvés? —preguntó, con entusiasmo, señalando mi equipaje.

—No, no, por Dios —respondí, capaz con demasiada efusividad, viendo como la sonrisa se caía de su cara—. Es…, es complicado.

—¿Venís a visitar a tu papá? —preguntó, entonces, llevándose una mano al pecho, consternada. Yo sabía mis razones por las cuales la pregunta era tan descabellada, pero no las suyas como para reaccionar así.

—Menos que menos, es…

—¿Pasó algo más? ¿Tienen noticias de Hu…?

—¡Nicole! —chillé, más alto de lo que pensaba, todo para evitar que pronunciara el nombre del asesino de mi hermana en voz alta, en mi presencia.

Pude ver cómo se le pusieron colorados los cachetes, avergonzada, pero, antes de que abriera la boca para disculparse, continué—: Eva.

Pasaron diez años, entonces tienen que reducir el cuerpo al cementerio y…

, y tenía que firmar un pariente. Y mi padre no podía molestarse en hacerlo, parece.

Torció el gesto, asintiendo con la cabeza.

—Claro, entiendo —dijo, con más normalidad de la que esperaba, como si estuviéramos en la misma página cuando yo no sabía ni de qué libro hablábamos—. ¿Entonces solo viniste por eso? ¿No a visitar?

—No, Nicki —confesé, a pesar de que era evidente que esa no era la respuesta que ella quería escuchar. Apretó los labios—. Perdón. Sabés que no es fácil para mí volver, por eso…, por eso no quise hacerlo antes.

—Pero, ¿podés quedarte unos días? ¿Para ponernos al día, al menos?

—susurró, con cierta esperanza indiscutible en la voz.

Abrió mucho los ojos y recordé que ese era un gesto que hacía en la niñez para conseguir lo que quería de su padre, porque daba una ternura como si jamás hubiera roto un plato en la vida y necesitara cuidado incondicional. Casi como un cachorro.

—Pienso irme mañana, apenas se termine la burocracia necesaria. Ni siquiera reservé habitación en el hotel por más de una noche…

—¿¡Hotel!? ¡Ningún hotel! —dijo, al instante. Se agachó, agarrando del suelo la manija de mi valija, olvidada al encontrarnos—. Te quedás en casa, no hay discusión que valga. Y mañana te acompaño al cementerio o a donde sea, Kiki.

Negué con la cabeza al instante, sorprendida.

—¿Cómo me voy a quedar contigo? Ay, Nicki, yo…

—Ni te gastes, querida —dijo, con una sonrisa ladeada, como si ya fuera victoriosa ante mis quejas, aunque todavía no me había dejado terminarlas—. Polo estacionó la camioneta acá nomás a la vuelta para evitar el desfile, dale, que te llevo a casa y te quedás en el cuarto de invitados.

No debería sorprenderme que alguien como Nicole, que había crecido en un pueblo más que nada empobrecido como una de las herederas de un matrimonio feliz entre una terrateniente y el único cirujano de Cerro Largo, estuviera acostumbrada a usar el término «cuarto de invitados» y tuviera uno disponible en su propia casa, pero, de alguna forma, sí lo hacía.

—¿Quién es «Polo»? —pregunté, viéndola ya avanzar hacia la calle siguiente.

Ella giró la cabeza, torciendo el gesto, pero formando una sonrisa fácil, como si estuviera haciendo la pregunta más obvia del mundo.

—Mi marido, Kiki, ¿te acordás de él?